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Ramón Gómez de la Serna

Ramón Gómez de la Serna

La crónica de ciudad de Ramón Gómez de la Serna

Por Ernesto Bustos Garrido

Ramón Gómez de la Serna estuvo exiliado en Argentina y vivió en la ciudad capital de Buenos Aires en los años 40. Escribió el libro Explicación de Buenos Aires, que contiene infinidad de artículos sobre diversos aspectos de la vida en dicha metrópoli, la más europea de toda América Latina. De la Serna inaugura de este modo un género de crónica humorística con reiterados guiños al tango, a las confiterías, el barrio de la Chacaritta –donde está la tumba de Gardel–, a las frases y palabras diferenciales, al lunfardo, ese lenguaje rioplatense de baja estofa y que para entenderlo y oírlo hay que darse una vuelta por el barrio La Boca. El libro es una sabrosa recolección de trazos de una ciudad que nunca duerme y que hoy, pese al peronismo, a la bancarrota y los excesos financieros, a los escándalos que dejó Menen, y a los vomitivos negociados del kirchnerismo, entrega al visitante, a manos llenas, una cultura creada a partir de muchas vertientes migratorias (solo tres millones de emigantes italianos a comienzos del siglo XX), donde Lugones, Sarmiento, Borges y Cortázar son excelsos representantes. Bien por la crónica de ciudad de Ramón Gómez de la Serna. Más »

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Entrevista, Victoria Mera

Victoria Mera, autora del libro Universos mínimos. Imagen cedida por la autora

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Victoria Mera

Universos mínimos (Norbanova, 2015)

Por María Carvajal

Victoria Mera. (Cáceres, 1985). Licenciada en Traducción e Interpretación por la Universidad de Granada. Ha vivido durante un año en Rouen (Francia) y otro en Braga (Portugal) gracias a becas de su universidad. Su primer poemario en solitario se titula Rutas de Vuelo, publicado por Ediciones Oblicuas en 2013. Además, ha sido publicada en 3×3, Colección de Poesía, 4 (Editora Regional de Extremadura), en Taller de la Poesía y del Relato, Antología 2011 (Editora Regional de Extremadura, 2012) y Trece (Rumorvisual, 2010). Ha colaborado en las revistas literarias Generación espontánea, Ágora-Papeles de Arte Gramático, El coloquio de los perros, Fábula, Ventana sur (Cuba), Papalotzi (México), Ombligo (México) y Norbania. Su estilo ha sido definido como una “minuciosa arquitectura literaria” y sus poemas “frescos y llenos de poesía”. Más »

Medicina sin engaños, J.M. Mulet, Francisco Rodríguez Criado

Portada de Medicina sin engaños, de J.M. Mulet (Destino, 2015)

MEDICINA SIN ENGAÑOS

Mientras Occidente se abre los chacras, da a la luz en plena Naturaleza, planta jardines zen y trata de sanar el cáncer con batidos de frutas, J.M. Mulet alza la voz para prescribirnos las recetas de siempre: paracetamol y sentido común. Nada de psicoanálisis, acupuntura o filosofía ayurvédica, su apuesta es por la medicina avalada por estudios científicos, un medicina que no esté sujeta a la moda del momento sino a la eficacia científicamente demostrable. Mulet, claro, no es del agrado de quienes persiguen modelos de vida alternativos: rechaza las virtudes del reiki, la dieta alcalina o la homeopatía, que considera formas como otras cualesquiera de engaño o autoengaño.

Estas son a grandes rasgos las líneas temáticas que podremos encontrar en Medicina sin engaños (Destino, 2015), un libro que pretende alertarnos sobre los peligros de la medicina alternativa. Más »

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Microrrelato de Marco Denevi: El emperador de China

Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo – Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador. Más »

Cuento de Alejandra Pizarnik: Torturas clásicas (La condesa sangrienta)

Fruits purs de tout outrage et

[vierges de gerçures.

Dont la chair lisse et ferme

[appelait les morsures!

- Baudelaire

Salvo algunas interferencias barrocas –tales como la “Virgen de hierro”, la muerte por agua o la jaula– la condesa adhería a un estilo de torturar monótonamente clásico, que se podría resumir así:

Se escogían varias muchachas altas, bellas y resistentes –su edad oscilaba entre los 12 y los 18 años– y se las arrastraba a la sala de torturas en donde esperaba, vestida de blanco en su trono, la condesa. Una vez maniatadas, las sirvientas las flagelaban hasta que la piel del cuerpo se desgarraba y las muchachas se transformaban en llagas tumefactas; les aplicaban los atizadores enrojecidos al fuego; les cortaban los dedos con tijeras o cizallas; les punzaban las llagas; les practicaban incisiones con navajas (si la condesa se fatigaba de oír gritos les cosían la boca; si alguna joven se desvanecía demasiado pronto se la auxiliaba haciendo arder entre sus piernas papel embebido en aceite). La sangre manaba como un géiser y el vestido blanco de la dama nocturna se volvía rojo. Y tanto, que debía ir a su aposento y cambiarlo por otro (¿en qué pensaría durante esa breve interrupción?). También los muros y el techo se teñían de rojo. Más »

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Cuento de Julio Cortázar: Cartas de mamá

Muy bien hubiera podido llamarse libertad condicional. Cada vez que la portera le entregaba un sobre, a Luis le bastaba reconocer la minúscula cara familiar de José de San Martín para comprender que otra vez más habría de franquear el puente. San Martín, Rivadavia, pero esos nombres eran también imágenes de calles y de cosas, Rivadavia al seis mil quinientos, el caserón de Flores, mamá, el café de San Martín y Corrientes donde lo esperaban a veces los amigos, donde el mazagrán tenía un leve gusto a aceite de ricino. Con el sobre en la mano, después del Merci bien, madame Durand, salir a la calle no era ya lo mismo que el día anterior, que todos los días anteriores. Cada carta de mamá (aun antes de eso que acababa de ocurrir, este absurdo error ridículo) cambiaba de golpe la vida de Luis, lo devolvía al pasado como un duro rebote de pelota. Aun antes de eso que acababa de leer —y que ahora releía en el autobús entre enfurecido y perplejo, sin acabar de convencerse—, las cartas de mamá; eran siempre una alteración del tiempo, un pequeño escándalo inofensivo dentro del orden de cosas que Luis había querido y trazado y conseguido, calzándolo en su vida como había calzado a Laura en su vida y a París en su vida. Cada nueva carta insinuaba por un rato (porque después él las borraba en el acto mismo de contestarlas cariñosamente) que su libertad duramente conquistada, esa nueva vida recortada con feroces golpes de tijera en la madeja de lana que los demás habían llamado su vida, cesaba de justificarse, perdía pie, se borraba como el fondo de las calles mientras el autobús corría por la rue de Richelieu. No quedaba más que una parva libertad condicional, la irrisión de vivir a la manera de una palabra entre paréntesis, divorciada de la frase principal de la que sin embargo es casi siempre sostén y explicación. Y desazón, y una necesidad de contestar en seguida, como quien vuelve a cerrar una puerta. Más »

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