Cuento de Silvio Huberman: Stanno tutti bene

La Nochebuena llegaría en un par de horas. Para la vigila eran siete a la mesa.
Evitaron el parque de la quinta, una espaciosa y descuidada mansión de otro tiempo en el contorno oeste de Buenos Aires porque algunos vecinos solían festejar el advenimiento de la Navidad con disparos al aire, un peligro que se alojaba en la punta y el derrotero de una bala perdida. La celebración, entonces, se amucharía alrededor de una mesa, antigua como las luces de la araña amarradas a sus viejas tulipas.

El ambiente, sobrecargado, barroco, inyectaba una cuota adicional de disimulada turbación. Más »

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El Diario Down, Tolstoievski

Portada de El Diario Down, de Francisco Rodríguez Criado (Tolstoievski, 2016)

Ocurre que me estoy acostumbrando a lo bueno: rara es la semana en la que El Diario Down (Tolstoievski, 2016) no recibe apoyo en algún medio de comunicación. Son ya decenas los impactos en radio, prensa e internet. Entrevistas en ABC, La Razón, Vocento, El Periódico... Sin ir más lejos, ayer sábado fui entrevistado en el programa Quédate (Gestiona Radio) por su directora, María Villardón. Aquí podéis escuchar, en podcast, la charla que mantuvimos en los estudios de Gestiona Radio (desde el minuto 43:22).

Y hoy ha aparecido una reseña en Medium del poeta y narrador Miguel Bravo Vadillo sobre El Diario Down. Creo que nunca antes nadie había dedicado tanto tiempo y esfuerzo a analizar, negro sobre blanco, uno de mis libros. La suya es una reseña literaria, pero también tiene una parte sociológica: Bravo Vadillo diserta sobre el síndrome de Down y su circunstancia, y se atreve a aclarar por qué estás personas siguen siendo estigmatizadas en ciertos sectores. Más »

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Juan Carlos Márquez, cuento, Menoscuarto

Juan Carlos Márquez, autor de una extensa obra narrativa, ganador de premios como el José Nogales de la Diputación de Huelva (2010), el Rafael González Castell (2005) y el premio Juan Rulfo al escritor novel (2003), nos ofrece un cuento que rezuma humor surrealista, “El corazón de mi padre”, incluido en Llenad la tierra (Menoscuarto, 2010).

Cuento de Juan Carlos Márquez: El corazón de mi padre

Para Lauro Anaya, Juan Villa y Marcos Gualda

 

Ese día mi padre apareció en el umbral de nuestra casa con el corazón en un puño.

—Se me ha caído ahora mismo, hijos, pero aún late. Llamad aprisa a vuestra madre.

Ismael salió corriendo a avisar a mamá, que en ese momento estaba tendiendo la ropa con una pinza en una mano y otra entre los labios. Yo tomé la mano libre de papá entre las mías, como solemos hacer las mujeres, hasta que llegó mamá. Traía consigo un cubo y una fregona.

—Dios santo, pero qué te ha pasado.

—Ha sido en el ascensor, me he agachado un momento para anudarme los cordones y lo he visto caer, como un pájaro muerto. Más »

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cacería

Stag Hunt, de Paul de Vos. Oil on canvas, 212 x 347 cm Museo del Prado, Madrid

 

Cuento de Liborio Justo: Una cacería

Mi padre fue uno de los primeros pobladores del Gutiérrez. Vino de Europa con mi madre y nosotros del allá por 1908 y nos instalamos en un lote cerca de la boca, sobre aquel río, entonces casi desierto. Mi padre comenzó a zanjar y a plantar, y de vez en cuando, cazaba. Porque había muchos animales en las islas y los cueros algo ayudaban. Yo ya tenía dieciocho años, pero mi padre no me autorizaba aún a cazar por más que se lo pedía. Más »

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Emilio Gavilanes, fábulas

Robert Louis Stevenson.

 

Cuento de Robert Louis. Stevenson: Janet la torcida

El reverendo Murdoch Soulis fue durante mucho tiempo pastor de la parroquia del páramo de Balweary, en el valle de Dule. Anciano severo y de rostro sombrío para sus feligreses, vivió durante los últimos años de su vida sin familia ni criado ni compañía humana alguna, en la modesta y solitaria casa parroquial situada bajo el Hanging Shazv, un pequeño bosque de sauces. A pesar de lo férreo de sus facciones, sus ojos eran salvajes, asustadizos e inciertos. Y cuando en una amonestación privada se explayaba largamente sobre el futuro del impenitente, parecía que su visión atravesara las tormentas del tiempo hasta los terrores de la eternidad. Muchos jóvenes que venían a prepararse para la ceremonia de la Primera Comunión quedaban terriblemente afectados por sus palabras. Tenía un sermón sobre los versículos 1 y 8 de Pedro, «El diablo como un león rugiente», para el domingo después de cada diecisiete de agosto, y solía superarse sobre aquel texto, tanto por la naturaleza espantosa del tema como por el terror que infundía su comportamiento en el púlpito. Los niños estaban aterrorizados hasta el punto de sufrir ataques de histeria, y la gente mayor parecía más misteriosa de lo normal y repetía durante todo el día aquellas insinuaciones de las que Hamlet se lamentaba. Más »

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Caminó por esa arena infinita, bajo un furioso temporal de viento extraño, sofocante, sin atisbos de sol y con resplandores enceguecedores. Perdió la sensación del tiempo y del espacio. Casi a ciegas, a lo lejos creyó divisar lo que parecía ser la cúpula de una catedral de estilo vago, hundida en la arena, tal vez una reliquia de quién sabe qué épocas pasadas. Al límite de sus fuerzas, llegó por fin a unos restos calcinados de los que sobresalían apenas gárgolas monstruosas, esculturas apocalípticas, demonios tallados en paredes demolidas. Al fin lo lograron –se dijo. Era el último sobreviviente del holocausto nuclear.

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Agata Christie

Agatha Christie. Fuente de la imagen

Cuento de Agatha Christie: Una broma extraña

–Y esta –dijo Juana Helier completando la presentación– es la señorita Marple.

Como era actriz, supo darle entonación a la frase, una mezcla de respeto y triunfo.

Resultaba extraño que el objeto tan orgullosamente proclamado fuese una solterona de aspecto amable y remilgado. En los ojos de los dos jóvenes que acababan de trabar conocimiento con ella gracias a Juana, se leía incredulidad y una ligera decepción. Era una pareja muy atractiva; ella, Charmian Straud, esbelta y morena… él era Eduardo Rossiter, un gigante rubio y afable. Más »

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Antón Chéjov, cuento, Vanka

Escritor ruso Antón Chéjov

En una estación de ferrocarril de la línea Nikoláiev se encontraron dos amigos: uno, gordo; el otro, flaco.

El gordo, que acababa de comer en la estación, tenía los labios untados de mantequilla y le lucían como guindas maduras. Olía a Jere y a Fleure d’orange. El flaco acababa de bajar del tren e iba cargado de maletas, bultos y cajitas de cartón. Olía a jamón y a posos de café. Tras él asomaba una mujer delgaducha, de mentón alargado –su esposa–, y un colegial espigado que guiñaba un ojo –su hijo.

–¡Porfiri! –exclamó el gordo, al ver al flaco–. ¿Eres tú? ¡Mi querido amigo! ¡Cuánto tiempo sin verte! Más »

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