Katherine Mansfield

 

Cuento de Katherine Mansfield: En una pensión alemana

Alemanes comiendo.

Se sirvió una sopa de pan.

–Ah –dijo Herr Rat, echándose sobre la mesa para mirar dentro de la sopera–, esto es lo que necesito. Mi “magen” ha estado un poco descompuesto desde hace varios días. ¡Sopa de pan y en su punto! Yo mismo soy un buen cocinero –se volvió hacia mí.

–Qué interesante –dije, tratando de infundir a mi voz el entusiasmo adecuado. Más »



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Cuento, Pío Baroja, Médium

Pío Baroja. Fuente de la imagen.

Cuento de Pío Baroja: Médium

Soy un hombre intranquilo, nervioso, muy nervioso; pero no estoy loco, como dicen los médicos que me han reconocido. He analizado todo, he profundizado todo, y vivo intranquilo. ¿Por qué? No lo he sabido todavía. Más »

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Cuento de Aleksandr Nikoláyevich Afanásiev: El soldado y la muerte

Un soldado, después de haber cumplido su servicio durante veinticinco años, pidió ser licenciado y se fue a correr mundo.

Anduvo algún tiempo, y se encontró a un pobre que le pidió limosna. El soldado tenía sólo tres galletas y dio una al mendigo, quedándose él con dos. Siguió su camino, y a poco tropezó con otro pobre que también le pidió limosna saludándolo humildemente.
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Microrrelato de Emilio Gavilanes: sobre el abismo del mar

Siendo ya un anciano, Turgueniev recordó que de joven hizo una vez la travesía de Hamburgo a Inglaterra en un mercante en el que era el único pasajero, si exceptuamos una hembra de mono que un comerciante hamburgués le enviaba a su corresponsal en Londres. La mona iba encadenada y se pasaba el tiempo forcejeando con la cadena y gimiendo. Cuando el joven Turgueniev pasaba delante de ella, la pobre extendía hacia él su manita. Turgueniev se la tomaba y el animal dejaba de quejarse y se tranquilizaba. El mar y el viento se mantuvieron en calma durante todo el viaje y solo avanzaron porque el barco tenía un motor de vapor. A veces veían alguna foca que asomaba a la superficie y se volvía a zambullir sin conseguir remover el agua. El capitán, que constantemente escupía sobre el mar inmóvil, frustraba con monosílabos los intentos de entablar conversación del joven Turgueniev, que siempre acababa buscando la compañía de la monita. Esta le alargaba la mano y abandonaba su agitación. Se apoyaba en él y así permanecían horas, contemplando el mar. A veces Turgueniev sentía que él era la madre para aquella hembra.


Cuento incluido en Autorretrato, Punto de Vista 2015.

Leer entrevista con Emilio Gavilanes

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Cuento de Alina Gadea Valdez: La casa muerta

En ese tiempo me interesaban las casas que habían muerto porque, a diferencia de las personas, uno las podía revivir. Eso es lo que buscaba una mañana brumosa frente al mar de Miraflores. Una casa para resucitar. Una casa donde hubiera habido vida a raudales que se hubiese ido extinguiendo poco a poco hasta quedar reducida a telas de araña y a fantasmas. Más »

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Poema de Octavio Paz: Acabar con todo

Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo. Más »

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Pedro Sánchez podría acceder a la presidencia del gobierno y ejercer su mandato durante varios meses. Se constata, pues, que en el actual sistema político, comandado no por los votos –insuficientes– sino por los pactos, uno puede ser presidente sin más apoyos que los de la familia y los de ciertos usureros políticos. Pedro Sánchez contra todos y todos contra Pedro Sánchez. Durante las elecciones criticó duramente al PP, Podemos, Ciudadanos y al lucero del alba: ahora que peligra su puesto de trabajo y con él su ambición de poder, quiere pactar con cualquiera, menos con el partido de mayor representación en el parlamento.   Más »

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Carta a los Reyes Magos

Carta a los Reyes Magos

Cuento de Emilio Gavilanes: Carta a los Reyes

Yo no conocí a mis padres. Murieron cuando tenía dos años, en un accidente. Me crio mi abuela, que vivía con ellos. Cuando digo “mi abuela” me refiero a mi abuela materna. A los otros abuelos tampoco los conocí.

No supe el tipo de educación que me estaba dando hasta que murió y salí de aquella casa y me relacioné con otra gente, pues hasta entonces yo casi únicamente hablaba con ella. Mientras vivió, nunca salí solo a la calle. No fui al colegio. Ella me enseñó a leer y a hacer cuentas. Yo no sentía necesidad de amigos. Cuando la acompañaba a la compra, o a un recado, a cualquier sitio de la calle, muchas personas me decían cosas y me saludaban, pero todo era tan breve que no tenía tiempo de darme cuenta de que no eran iguales que ella. Más »

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