Nona Fernández, microrrelato

Escritora y actriz Nona Fernández

Hoy es la última vez que piso este barrio de repuestos. Ha sido tanto el tiempo que he pasado recorriendo estas calles buscando las piezas que necesitaba, que nunca pensé que llegaría este momento. Todos los días me bajé de la 567 en la esquina de Diez de Julio con Madrid y caminé cincuenta y tres pasos hasta llegar al Palacio del Repuesto. Aquí me detuve tantas veces a mirar la fachada. Manubrios, antenas, tuercas de todos los tamaños, gomas, metales. Un sector importante del Palacio del Repuesto está destinado a los parachoques. Otro a los focos. Los hay de color naranjo, rojo, amarillo y blanco. Los focos son los repuestos que más salen. Lo sé porque a veces deben vender hasta los que se encuentran en la fachada (la vitrina) a modo de exhibición. Los repuestos del Palacio del Repuesto son innumerables. Si alguien ha quebrado un espejo, si le han robado las tapas de las ruedas, los parabrisas, los parlantes de la radio, la antena, si ha chocado un foco, abollado una puerta, se ha hecho mierda el tapabarro, en el Palacio del Repuesto, y si no es allí, en cualquier casa de Diez de Julio encontrará el accesorio que necesita. La Casa de la Citrola, El Reino del Tapabarros, el Rincón de la Tuerca, El Castillo del Espejo. Trece cuadras y media destinadas a entregar un repuesto tan bueno como la pieza que se perdió. Más »



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Gonzalo Drago

Escritor Gonzalo Drago Gac

Hoy se escribe con abundancia de uno mismo. Los jóvenes se autorretratan con facilidad en su narrativa. Muchos creen que la literatura nace y muere con ellos. No daré nombres para no encender una hoguera y pecar de injusto porque también hay varios que suelen escribir sobre los demás. La lista de estos últimos abarca muchas latitudes. En estos parajes australes, entre cordillera y mar, se dan nombres graníticos por la fuerza de su verbo. Entre ellos están Francisco Coloane, que escribió sobre los hombres de una Patagonia rebelde y sangrienta; Baldomero Lillo, que se metió en los túneles sórdidos de las minas de carbón en Lota y Coronel para mostrar la miseria y la injusticia; Andrés Sabella y sus epopeyas con los mineros del salitre en la pampa del norte chileno; el rancaguino Oscar Castro, que humanizó las correrías de cuatreros y bandoleros del medio campesino, en el Chile central; y sobre todo, Gonzalo Drago, quien es el escritor de los mineros del cobre. Más »

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Es bien sabido que la guardia pretoriana de la antigua Roma era un cuerpo especial de las legiones que ponía y quitaba emperadores a su gusto, sobre todo en determinados periodos de inestabilidad política. En uno de esos periodos dijo el historiador romano Tácito: “Cuanto peor el Estado, más leyes tiene” (corruptissisma republicae, plurimae leges). Nadie mejor que un ciudadano del Imperio romano para juzgarlo, puesto que ellos (los romanos) sentaron las bases jurídicas para un sistema legal que llegaría a extenderse por todo el occidente cristiano. Nosotros somos herederos de ese Imperium, aunque, todo hay que decirlo, a través de una institución que copió fielmente los modelos romanos e hizo que se transmitieran a reyes medievales e incluso a los primeros Estados modernos: la Iglesia. El sistema administrativo y judicial (van de la mano) creado por la iglesia cristiana —más tarde católica— fue un modelo a seguir para la organización del territorio y para su control efectivo, con el fin primordial de recabar impuestos —diezmos y alcabalas por ejemplo. Más »

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Adán llegó por la tarde al centro de la ciudad con una idea pegajosa que le rumiaba en la sesera. Quizás no fuese una idea, quizás estaba siguiendo la indicación de un oráculo, cuando buscó y preguntó varias veces por la calle, hasta que dio con ella y se encontró delante del número once en Jesús del Monte. Era un palacete con entrada a un garaje y varias cámaras de seguridad que enfocaban hacia el exterior. Pero Adán ya era a esas alturas todo un experto. Se limitó a esperar. Encontró su oportunidad cuando anocheció. Escaló un muro, se coló por una ventana y desde ella cayó al suelo de un pasillo, desde el que comenzó a deambular: primero llegó a la cocina, encendió una pequeña luz que había en la campana extractora, se abrió una botella de vino y se sirvió una copa, cortó un poco de queso para comer y en la operación, puesto que utilizaba un cuchillo específico que nunca había manejado, se hizo un corte en la mano por el que sangró bastante. Se lavó la herida, pero los utensilios de cocina, los paños y las cubetas del fregadero, todo lo que tocó, quedaron como si alguien hubiese descuartizado allí a un inocente. Luego recogió un mechero, pero como no encontraba cigarrillos volvió a salir y fue paseándose y asomándose a diferentes habitaciones. Entró en un cuarto de baño y, aunque sabía que tirar de la cadena era una imprudencia, ese mínimo sentido del decoro, que en casa ajena se reforzaba por el pudor, le llevó a apretar el botoncito. Aguantó la respiración durante aquellos segundos que duró la tormenta de agua, el estruendo en mitad de la noche, pero no ocurrió nada, todo el mundo parecía dormir placenteramente en su cama. Sin embargo, cuando fue inspeccionando los dormitorios se dio cuenta de que estaban vacíos. Quizás no había nadie en casa. No obstante, no dejó de ser todo lo sigiloso que podía. En una habitación tropezó con un cenicero de pie, que cayó al suelo y se partió por la mitad. Finalmente llegó a un dormitorio en el que enseguida supo que había alguien, porque al abrir la puerta le vino ese fato a rancio, en el que se encuentra una mezcla de olores corporales, tabaco, alcohol y hasta restos de comida. Se le ocurrió que era el lugar ideal para encontrar cigarrillos, con uno solo le bastaba. Alguien roncaba. En la mesilla de noche había una bandeja. Se sentó en la cama y en ella estuvo fumando hasta que la anciana, bien entrada la mañana, abrió los ojos y lo descubrió. Más »

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Las conclusiones a las que hemos llegado tras un estudio detenido de la letra de setecientos ochenta y cuatro boleros (que han llevado al equipo que ha elaborado esta investigación al borde de la meningitis cerebral) es que las mujeres son inferiores, ya no diremos al hombre, sino incluso a algunos cuadrúpedos pastantes.

No compartimos esta opinión y esperamos no ofender a las lectoras, que nos perdonarán por abordar este tema tan peliagudo y en extremo desagradable, pero la crítica textual de dichos boleros no deja lugar a otras interpretaciones. Más »

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Manuel J. Prieto, cuento

Manuel J. Prieto

Yo era hijo del cura de mi pueblo. En realidad, cuando nací, no era así, pero sólo porque lo hice en un pueblo distinto al mío y el cura era otro. Siendo un muchacho se le puso remedio y llegué al que ha sido siempre mi lugar, y aparecí como sobrino de mi padre, el cura. Él siempre me trató bien y solía repetirme una frase que ha guiado mi vida: Dios proveerá. Con ella he recorrido mi camino sin tomar apenas decisiones, dejándolo todo en manos del Cielo. Al azar, diría un ateo. Más »

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microrrelato, rubén abella, londres

LONDON -AUGUST 4:Typical double decker buses in Shaftesbury Ave on August 4, 2014 in London.

 

Microrrelato de Rubén Abella: Londres

Tras una nueva bronca con su mujer, Richard salió de casa dando un portazo y se subió al coche.

—Esta vez se acabó —se dijo, con la voz enronquecida de tanto gritar.

Condujo a toda velocidad, espoleado por el desencanto.

Cerca de Ilford vio un todoterreno estrellado contra un poste de la luz. Se detuvo en el arcén y, olvidando sus propias circunstancias, corrió a echar una mano. El conductor estaba aplastado contra el volante, con el torso hundido y un ojo abierto que miraba ya desde la muerte. Junto a él descansaba un teléfono móvil que, asombrosamente intacto tras el choque, empezó a sonar. Más »

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Le Premier Meurtre (Caín y Abel)

Le Premier Meurtre (Caín y Abel), de Leon Bazille

 

 

Gracias, odio; gracias, resentimiento;

gracias, envidia:

os debo cuanto soy.

Lo peor de nosotros mantiene el mundo en marcha

y la ira es un don: estamos vivos.

 

De quien demonios sean las sonrisas,

derrochadas igual que mercancía barata,

yo nunca me he ocupado.

Gracias por no dejarme ser inconstante y dulce

mientras levanta el mundo su obra minuciosa de dolor

y nos hacemos daño unos a otros

amándonos a ciegas,

con torpes manotazos.

 

Yo soy esa pregunta del insomnio

y su horrible respuesta.

Bésanos en la boca, muchedumbre, y esfúmate,

que estamos siempre solos y no somos felices.

 

Gracias, angustia; gracias, amargura,

por la memoria y la razón de ser:

no quiero que me quieran al precio de mi vida.

 

Gracias, señor, por mostrarme el camino.

Gracias, Padre,

por dejar a tu hijo ser Caín.

 

José Luis Piquero

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