cuento corto, Ciudad Juárez

En Ciudad Juárez, por desgracia, existe un espectáculo macabro que desde hace bastantes años se produce en sus avenidas principales en los momentos de mayor tráfico. De vez en cuando, además con frecuencia, alguien suelta unos “paquetes” horribles sobre las calzadas: Cadáveres ensangrentados, los cuerpos mutilados de las numerosas víctimas de los ajustes de cuentas del narcotráfico y de la violencia desplegada sobre una ciudad ahora maldita, cientos de mujeres desaparecidas, asesinadas y enterradas en el desierto cercano. Como si los dictadores del crimen quisieran recordar de manera constante a la ciudad su hegemonía impuesta a golpe de cuchillo, pistola o metralleta. Más »

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Cuento corto

Las sombras empañan sus ojos, el hombre sueña el aleph. En Ariel, todo está recuperado. Es un ser  devenido al todo, lo real  y lo soñado. Es el ayer y lo que tendrá que esperar que llegue.

En la playa La Mansa, la mujer en la noche camina, bebe el vino sentada en la arena, evoca la musicalidad ausente de las olas, un poema olvidado en las sábanas de un cuarto. Despierta de noche. El aire frío de Cabo Polonio le anuncia la llegada del invierno. Es cuando ella se va. Es cuando lo perdido se pierde aún más. Más »

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Miguel Ángel Carmona del Barco, cuento

Me quedan seis meses de vida y voy al hospital a ver si subo a doce. Es un doble o nada, así que en el bolsillo llevo mi cepillo de dientes: mi cicerone en este descenso a los infiernos.

No se puede estar más solo en el mundo. Cuando uno llega a este punto, hasta la muerte hace compañía. O por lo menos la idea que tenemos de ella, que a lo mejor está muy equivocada. Yo la veo llegar con cuerpo humano, no como una bruma ni una energía extraña. La personalización de la muerte, según el psicólogo del hospital, es una forma de aceptación, pero a mí la palabra aceptación me da más miedo que la muerte. Más »

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Iván Teruel Cáceres, cuento corto

Iván Teruel. Imagen cedida por el autor

A mi padre

Uno de los pequeños, el de once años, mira a su padre tras la indicación: apenas un vago movimiento de cabeza, el mentón ejerciendo de dedo índice. También mira un instante hacia los demás rostros curtidos. Duda un momento. A unos diez metros, contra la luz declinante del atardecer, se recorta la figura de El Tuerto, el capataz de la hacienda. El pequeño, con paso receloso, avanza atenazado por su timidez, y observa el parche que cubre el ojo ciego del capataz, el ojo blanco pavoroso que un día les mostró a él y su hermano ante las carcajadas del resto de jornaleros, ante la sonrisa cómplice de su padre. De repente, se siente atravesado por la intensidad acuosa del ojo sano, que parece querer compensar el déficit de su mirada mutilada. La boca del capataz esboza una mueca ambigua: otra asimetría en el gesto. El pequeño llega a su altura. Y El Tuerto le extiende un papel y una plumilla: “Firma ahí abajo, Andresín”. El pequeño Andrés titubea: nunca le han hecho firmar nada. Con pulso indeciso, escribe sus iniciales y las emborrona con un garabato, como ha visto hacer alguna vez a su padre. El Tuerto sonríe y le revuelve el pelo con su mano callosa: “Muy bien, chaval”. Más »

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Pasos en la piedra, José Ramón de la Huerga

BANDERINES DE ORACIÓN

(Del diario apócrifo de Antonio Lozano, el Pajarero, uno de los personajes de Pasos en la piedra)

Dicen que cuando uno se pasea por los aledaños del techo del mundo los encuentra a cada paso. Un niño de Barrio pensaría que en ese pueblo están continuamente de fiesta. Tal alegría proclama la exposición de trozos de papel bailando a los cuatro vientos, y en cada triángulo de color un mensaje a los dioses, a los muertos, al corazón, a todo lo que no se toca.

Uno de mis recorridos habituales discurre paralelo al agua, por Trascastillo, hasta la Central de San José. Regreso a mi época de bachiller de pantalón corto y acompaso el ritmo de mi corazón acelerado y boqueante al olor dulzón de los chopos que amarillean en otoño. El río que baña Barrio de Piedra tiene vida, recoleta y hasta cierto punto embarullada, pero vida al fin. Uno no vive como quiere, sino como le deja el mundo.

Por el sendero que discurre paralelo al agua encuentra el caminante ―o el corredor de fondo lento― imágenes desapercibidas a unos ojos veloces. Entre la maleza y los juncos, el arbolado de ribera y el hilo sinuoso del agua se compone más de un cuadro entre los párpados que acaso interesaría a algún pintor de trazos mínimos.

Éste es el de hoy: la brisa benévola de la tarde aventando banderines de oración. Eran más bien hileras de hojas amarillas, aún menudas, en la rama de un chopo joven. Todas iguales, cada una diferente, bailaban y hablaban con lo que no vemos, en un idioma intraducible. Los mensajes de las hojas no decían palabra conocida. Allí no había dioses a quienes rogar ni devoto que orara. Sólo pequeñas hojas amarillas mecidas en hilera por el viento a la luz del otoño, y yo, afortunado, que pillé el instante efímero.

¿Qué queda cuando no hay dioses ni devoto, ni siquiera mensaje? Puro éxtasis de la materia, irrepetible, gratuito, inservible, inútil…, inexistente ya. Y bien que así sea.


José Manuel de la Huerga, fragmento de Pasos en la piedra, Menoscuarto, 2016

Cuestionario literario: José Manuel de la Huerga

 

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Juan José Ventura, cuento corto

Amparo tenía el don de escuchar los pensamientos ajenos. Desde bien niña poseía esta facultad, cultivada en secreto, y ahora, a sus 56 años, lo que podría haberle proporcionado riquezas y fama, era simplemente un divertimento que ejercitaba los sábados, en el café del pueblo, ante la ignorancia de sus paisanos.

No necesitaba dinero. Heredera de una gran fortuna, vivía en una casa blasonada del norte de Cáceres, en un recóndito municipio que no llegaba al medio millar de almas. Nariz aguileña, pelo ensortijado, perlas al cuello y vestido descolorido comprado en la capital en un tiempo en el que ni siquiera el Corte Inglés había inventado las rebajas, Amparo disfrutaba sentándose en el centro de aquel casino de camareros con librea y mesas de un mármol tan desvaído como su indumentaria. Aquel truco mental le funcionaba con todo el mundo, salvo con una excepción: no podía leer el pensamiento de las personas que quería o con las que mantenía un vínculo, así que no era capaz de escudriñar las ideas de su marido ni de sus familiares. Más »

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Rodrigo Rey Rosa

Rodrigo Rey Rosa, Archivo General de Centro América, Ciudad de Guatemala, 13 de febrero de 2012.

 

Para mis padres

 

La luz del cuarto estaba encendida. Eran las cuatro y media de la mañana de diciembre. Lo despertó la voz de un viejo amigo de su padre que le gritaba desde fuera: “Llamaron. Dicen que vayas a la plaza de Tecún.” Él no respondió, se incorporó en la cama, se pasó la mano por la cara y el pelo, y se volvió a acostar, para quedar inmóvil, la mirada fija en el techo. Luego se descubrió y se levantó con rapidez; estaba vestido. Revisó su billetera y se agachó para sacar un bulto de debajo de la cama: una bolsa de viaje negra. Tanteó su peso y se la echó al hombro. Apagó la luz, salió del cuarto y bajó las escaleras con olor a madera recién encerada. Cruzó una antesala y siguió por un corredor. El hombre que lo había despertado lo aguardaba en el zaguán, con una sonrisa compasiva, pero él pasó a su lado sin hacerle caso y salió por la puerta. “Como un sonámbulo”, pensó el otro. En el garaje había un automóvil gris. Metió la bolsa en el baúl, se puso al volante y arrancó. Más »

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Os presentamos aquí un adelanto del nuevo libro de Pedro Menchén, que próximamente publicará Sapere Aude, titulado La felicidad no espera. Es el diario de un viaje al norte de España, realizado en 1984, a bordo de un Seat 850 (el coche que sustituiría al 600 en la década de los setenta), en compañía de dos tipos a cual más pintoresco: un ex marinero que sólo pretende emborracharse en los escenarios de su adolescencia y un exiliado uruguayo que intenta escapar de su turbio pasado. Como Menchén cuenta en el prólogo, cuando realizó este viaje, todavía no había escrito ni publicado ningún libro, a pesar de lo cual ya se consideraba a sí mismo escritor. El presente texto está extraído de un cuaderno de campo donde el autor fue anotando las incidencias del viaje.

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