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La tarta del Pequeño Nicolás

Gracias a la cobertura que El Mundo le ha prestado al Pequeño Nicolás, refrendada por la entrevista televisiva de Sandra Barneda (con una cuota de pantalla del 21’1 %), sabemos que no sabemos nada. 2.725.000 espectadores asistieron a una telenovela en directo en la que este joven de veinte años desgranó capítulos inconexos y mal hilados, tocados por un secretismo de sumario que nos dejó peor informados de lo que ya lo estábamos. No sabemos si es un impostor, un superdotado que ha intervenido como colaborador del CNI y mediador de la Casa Real, o una muestra viviente de que fumar marihuana no es tan sano como algunos lo pintan. Más »

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© Julio Vanzo

 

Me quedé sentado una hora más junto a su cama. Hubiera querido conversar con él, pero ya no sabía de qué. Un rato después le pregunté si le dolía algo. Dijo que no. De manera que tampoco le pude hacer más preguntas en cuanto a eso. Estuvimos callados todo el tiempo. La relación entre nosotros era púdica y reservada, hablábamos sólo de hechos. Pero los hechos que ayer todavía hubiéramos podido mencionar, para hoy perdieron importancia y se convirtieron en nada. De sentimientos nunca intercambiamos palabra.
I.Ö.

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Poema de Federico García Lorca: El lagarto está llorando 
 

El lagarto está llorando.
La lagarta está llorando.

El lagarto y la lagarta
con delantalitos blancos.

Han perdido sin querer
su anillo de desposados.

¡Ay, su anillito de plomo,
ay, su anillito plomado! Más »

Cuento, Julio Ramón Ribeyro, La insignia

Julio Ramón Ribeyro. Fuente de la imagen

 

Cuento de Julio Ramón Ribeyro: La insignia

 

Hasta ahora recuerdo aquella tarde en que al pasar por el malecón divisé en un pequeño basural un objeto brillante. Con una curiosidad muy explicable en mi temperamento de coleccionista, me agaché y después de recogerlo lo froté contra la manga de mi saco. Así pude observar que se trataba de una menuda insignia de plata, atravesada por unos signos que en ese momento me parecieron incomprensibles. Me la eché al bolsillo y, sin darle mayor importancia al asunto, regresé a mi casa. No puedo precisar cuánto tiempo estuvo guardada en aquel traje que usaba poco. Sólo recuerdo que en una oportunidad lo mandé a lavar y, con gran sorpresa mía, cuando el dependiente me lo devolvió limpio, me entregó una cajita, diciéndome: “Esto debe ser suyo, pues lo he encontrado en su bolsillo”. Más »


Biografía de Clarice Lispector

(Tchechelnik, Ucrania, 1920 – Río de Janeiro, 1977)

Clarice Lispector es una de las más renombradas escritoras del Brasil. Nació en Ucrania; sin embargo, sus padres emigraron a Brasil poco tiempo después, cuando ella apenas tenía dos años de edad (algunos biógrafos de la escritora hablan de dos meses de edad). La familia, compuesta además por dos hermanas mayores, se estableció al principio en Maceió, y en 1924 se cambia hacia el estado de Recife, en el norte de Brasil.

Clarice entra a la escuela “Joao Barbalho”, siendo una alumna despierta e inquieta. Cuando ella tenía ocho años de edad muere su madre, y la familia se debe mudar para Río de Janeiro. En el año 39 ingresa a estudiar derecho, licenciándose en 1943. Más »

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Cuento de Clarice Lispector: Restos del carnaval 

No, no del último carnaval. Pero éste, no sé por qué, me transportó a mi infancia y a los miércoles de ceniza en las calles muertas donde revoloteaban despojos de serpentinas y confeti. Una que otra beata, con la cabeza cubierta por un velo, iba a la iglesia, atravesando la calle tan extremadamente vacía que sigue al carnaval. Hasta que llegase el próximo año. Y cuando se acercaba la fiesta, ¿cómo explicar la agitación íntima que me invadía? Como si al fin el mundo, de retoño que era, se abriese en gran rosa escarlata. Como si las calles y las plazas de Recife explicasen al fin para qué las habían construido. Como si voces humanas cantasen finalmente la capacidad de placer que se mantenía secreta en mí. El carnaval era mío, mío.

En la realidad, sin embargo, yo poco participaba. Nunca había ido a un baile infantil, nunca me habían disfrazado. En compensación, me dejaban quedar hasta las once de la noche en la puerta, al pie de la escalera del departamento de dos pisos, donde vivíamos, mirando ávidamente cómo se divertían los demás. Dos cosas preciosas conseguía yo entonces, y las economizaba con avaricia para que me durasen los tres días: un atomizador de perfume y una bolsa de confeti. Ah, se está poniendo difícil escribir. Porque siento cómo se me va a ensombrecer el corazón al constatar que, aun incorporándome tan poco a la alegría, tan sedienta estaba yo que en un abrir y cerrar de ojos me transformaba en una niña feliz. Más »

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