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Cuento de Bertolt Brecht: Si los tiburones fueran hombres

–Si los tiburones fueran hombres –preguntó al señor K. la hija pequeña de su patrona–, ¿se portarían mejor con los pececitos?

–Claro que sí –respondió el señor K.–. Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los pececitos, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que el pececito no se les muriera prematuramente a los tiburones. Más »

Poema de Margarita Schultz: El Llaima             

¿fue un atila de fuego
            (revoltura de piedra líquida)
el que bajó desde el temible círculo
por donde la tierra incandescente
suele mirar al cielo? Más »

 

Lajos Zilahy, microrrelato escondido

Portada de El alma se apaga, de Lajos Zilahy

Microrrelato escondido de Lajos Zilahy: Viaje final con mi padre

Son las seis de la mañana. Otoño, noviembre. Afuera, empieza a amanecer. El tío Sámi barre el patio. La escoba de ramas, al frotar la tierra, produce un ruido frío y áspero. No he dormido en toda la noche, y ahora estoy levantado para hablar por última vez a mi padre.

Papá yace en la oficina. Todos los muebles han sido quitados; las paredes están cubiertas con colgaduras negras, y el ataúd está colocado en el centro de la estancia.

Entro en puntillas a la fría cámara y me quedo de pie contemplando a mi padre. El féretro está colocado de tal modo que la débil luz que penetra por la ventana ilumina el pálido rostro. Su frente parece estar más combada; en sus cabellos caídos hacia atrás hay canas que antes no había visto. Afuera las enrojecidas nubes del alba otoñal vuelan apresuradas y, por contraste, parece que el piso se estremece bajo mis pies y que esta tenebrosa estancia, con mi padre y conmigo, navega hacia quién sabe qué eternidad maravillosa, cuyo misterio presiento infinitamente próximo.  Más »

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Cuento, Jorge Luis Borges, La lotería en Babilonia

Borges y su esposa María Kodama. Fuente de la imagen

Cuento de Jorge Luis Borges: La lotería en Babilonia

Como todos los hombres de Babilonia, he sido procónsul; como todos, esclavo; también he conocido la omnipotencia, el oprobio, las cárceles. Miren: a mi mano derecha le falta el índice. Miren: por este desgarrón de la capa se ve en mi estómago un tatuaje bermejo: es el segundo símbolo, Beth. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los Ghimel. En el crepúsculo del alba, en un sótano, he yugulado ante una piedra negra toros sagrados. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: gritaba y no me respondían, robaba el pan y no me decapitaban. He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre. En una cámara de bronce, ante el pañuelo silencioso del estrangulador, la esperanza me ha sido fiel; en el río de los deleites, el pánico. Heráclides Póntico refiere con admiración que Pitágoras recordaba haber sido Pirro y antes Euforbo y antes algún otro mortal; para recordar vicisitudes análogas yo no preciso recurrir a la muerte ni aun a la impostura. Más »

 

Poema de Iosu Moracho: Los días felices

“Dejaré de buscarte
cuando un niño me sonría
ignorando el final que tomaron las perdices”
                                                                                          Manuela We (Manuela Ipiña)

La historia es cruel,
-Manuela lo sabe-,
cuanto más felices se acaban los cuentos,
más sufren los tristes del mundo,
los que siempre son ranas y nunca príncipes,
los que mueren en los caminos o en las cunetas
sin comer perdices de temporada.
Cuanto más aprende Caperucita su lección iniciática,
más golpes reciben los lobos en lo profundo del bosque.
Cuanto más capital acumula ese empresario llamado Marqués de Carabás,
más escarnio padece el ogro de los cuentos
a costa del gato y sus botas de siete leguas.
El mundo, muchacha,
está lleno de Pulgarcitos que hambrean
su bolsa de migas de pan.
Y las cenicientas siempre son grises
como esos cielos de plomo que guardan en su vientre
una lluvia fría y copiosa.
La historia es cruel, amiga,
nadie salva a los enanos de su trabajo en la mina
por mucha altura que tengan,
y una canción de carbón y grisú
sustituye cada día las alegres melodías que nos enseñaron de niños.
Nosotros ya crecimos, compañera,
los patitos feos nunca llegaron a ser cisnes,
y al lobo lo mataron como a un perro,
colgándolo de un árbol,
una manada de hombres salvajes.
Blancanieves tiene la piel de Rumanía
y llora de madrugada en un burdel de carretera…
Yo no sé cómo decirte que los sueños no se cumplen,
que los estibadores violan, a veces, a las muchachas de los puertos,
que los poderosos controlan todo el mercado de nuestra imaginación,
que el sistema está corrupto y no está preparado para escucharnos
y que de los cuentos que nos contaban para enseñarnos
el camino de la vida, hoy, apenas, quedan dos o tres supervivientes:
Grétel, la herbolera, en un claro del bosque,
Simbad, el náufrago, en una isla desierta
y la pequeña Campanilla, ignorada, vagabunda, siempre a la intemperie,
sonando de vez en cuando, de madrugada
cuando llega a la estación el tren de todos los días… Más »

El relato  “El  Cerezo de la Nodriza” –recopilado por el escritor  grecoirlandés nacionalizado japonés Lafcadio Hearn (1850-1904) en el libro Kwaidan, pronunciado kaidan, que es el nombre generalizado de los cuentos fantásticos y de terror japoneses– es una leyenda que me ha estremecido como pocas y, sin exagerar, me ha causado verdaderos escalofríos

Por cierto, una variante de esta misma leyenda también está incluida en el libro Kwaidan, con el título “Juuroku-zakura”, “El Cerezo del Día Decimosexto”.  En esta versión de la historia, es un anciano samurai de la provincia de Iyô quien  ofrece su propia vida mediante el ritual del Seppuku –la palabra que se utiliza comúnmente en Japón para denominar lo que nosotros conocemos como “harakiri–  para que el querido cerezo bajo el que jugaba en su niñez y que ya estaba marchitándose pudiera recuperar su esplendor. El espíritu del samurái entró en el cerezo, y desde entonces el árbol siguió floreciendo en el día decimosexto del mes primero cada año. Más »

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