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Cuento de Alberto Moravia: El amante rechazado

La calle se mostraba como una especie de túnel bajo una bóveda de diminuto y plumoso follaje verde y amarillo. Sostenían esta nube de hojas otoñales determinados árboles cuyos troncos eran de una negrura violenta y como carbonizada, que parecían empapados por toda la lluvia de los días anteriores. Innumerables hojas verdes y amarillas derribadas por el agua sobre el pellejo negro y graso del asfalto habían quedado adheridas haciéndolo parecer manchado como la piel de la pantera. En un sitio se había formado un gran montón de esas hojas; el verde y el amarillo, mezclándose y reluciendo por el agua, daban la ilusión de un oro copioso vomitado por la rotura de un cofre; y era una extraña visión, casi digna de ser deplorada como una gran riqueza inexplicablemente abandonada y despreciada. Yo no padecía, pero sabía que si hubiese tenido un dolor aquellos colores tan fuertes me habrían hecho sufrir, como todo detalle de excesiva evidencia al que una sensibilidad herida atribuye inmediatamente un significado. Así, en cuanto salimos de la casa, le hice notar a Livio el color de esas hojas y de esos troncos. Pero él meneó la cabeza y contestó que no tenía la mente como para eso. A continuación, con un tono suplicante, me pidió que no lo dejara: quería estar conmigo algo más. Más »

Joaquín Edwards Bello, cuento, perpetua

Joaquín Edwards Bello

 Cuento de Joaquín Edwards Bello: Perpetua

Perpetua sabía contar varias clases de cuentos. A veces mezclaba a las reinas de Calleja con Isabel II, y en medio de un cuento de “Las mil y una noches” brotaban escenas del bombardeo de Valparaíso.

El día 1º (de cada mes) Perpetua recibía su sueldo y era una fiesta para ella y para mí, que la acompañaba a comprar. Esto duró hasta cuando yo era grandecito. El cielo invernal era blanco, de una gran blancura de leche que rociaba los cerros. De las peluquerías trascendían olores a sábado y salían hombres afeitados y peinados con quinina de sábado. Lavanderas entregaban ropa; señoritas entraban en los baratillos y salían encendidas por los “piropos” turcos y españoles. El puerto estaba enervado por el deseo de locuras de sábado, perfumadas en chicas nuevas y vino rubí. Niñas pintadas aparecían en las puertas del pecado. Perpetua aquella vez me apretó de la mano, presintiendo la influencia del sábado, y me dijo:

-Los vapores junto con los abanicos, los mantos de espumilla y las cajas de té traen al puerto las escarlatinas, la esquelencia y las enfermedades de garabatillo. Tenga cuidado. Los besos pegan enfermedades malas. Nunca se quede en la cama después que despierte, porque el diablo las calienta. Más »

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Poema de Eva Vaz: Donde habita el olvido

La abuela se fue muriendo
de olvido.
Se olvidó de sobrevivir.
Y a su corazón se le olvidó
seguir latiendo
después del último latido. Más »

Leonardo Da Vinci, el ocaso de las humanidades

El hombre de Vitruvio, dibujo de Leonardo Da Vinci. Fuente de la imagen

El ocaso de las Humanidades

Dice el erudito George Steiner que para enseñar literatura hay que tener un punto de iluminado. Tiene razón. He tenido profesores de ese tipo –de literatura o de otras materias–, hombres y mujeres que se dirigían a la clase imbuidos de una pasión incontrolable, los ojos vidriosos, a punto de levitar por la emoción. Estos profesores nos hacían creer –quizá fuera cierto– que estábamos asistiendo a un capítulo singular de la Humanidad mientras nos explicaban los avatares de la Revolución Rusa, las últimas malandanzas de los dioses de Homero o la resolución de una raíz cuadrada. Era su pasión desbordada más que el interés intrínseco por las materias que impartían lo que conseguía que algunos perezosos como yo apartáramos por un instante nuestra atención en las musarañas y la dirigiéramos hacia sus arrebatadas enseñanzas. En aquellas clases enardecidas, febriles, había mucho de enseñanza pero también de arenga: inconscientemente nos incitaban no solo a apasionarnos por su asignatura sino por el conocimiento en general. Más »

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Gustavo Martín Garzo, entrevista, Francisco Rodríguez Criado

Gustavo Martín Garzo. Imagen cedida por el autor


LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Gustavo Martín Garzo

Donde no estás (Destino, 2015)

Por Francisco Rodríguez Criado

 

Gustavo Martín Garzo (Valladolid, 1948), una de las voces más representativas de la literatura española contemporánea, se mueve con igual soltura en la narrativa para adultos como en la infantil y juvenil. Prueba de ello, ganó en 1994 el Premio Nacional de Narrativa con El lenguaje de las fuentes y diez años después el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil con Tres cuentos de hadas. Entre ambas obras cabe citar novelas como Las historias de Marta y Fernando (Premio Nadal 1999) o Marea oculta (Premio Miguel Delibes 1993).

En la última de sus novelas, Donde no estás (Destino, 2015), Martín Garzo hilvana los numerosos sucesos vividos por una familia de Villalva gobernada por una mujer autoritaria y de gran personalidad. Es ahora su nieta, Ana, a la muerte de su madre, quien recompone, gracias a la complicidad de otros personajes, la trágica historia de su familia.

Hoy charlamos con Martín Garzo sobre Donde no estás. Más »

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Cuento de Isaí Moreno: 22:22

Qué mejor que el mundo no se entere de las nimias tragedias que, al final del día, aquejaron en cadena a Jesús Salvatierra. Cataclismos sin importancia, si viene al caso, aunque nada triviales para él, que magnifica lo microscópico. En mi haber de conocidos, Salvatierra sobresale por dominar el arte de ahogarse en un vaso sin agua. Su llamada me extrañó porque lo suponía pegado a la TV mirando el show de pago por evento que transmite la llegada del meteorito a la atmósfera terrestre. Hace más de un año la gente se rio de las predicciones de nuestros ancestros, diseminó burlas y pitorreos en las redes sociales hasta que la NASA reveló toda la mierda de información que ocultaba, desparpajada y confusa, al grado que se escindieron las opiniones de los eruditos. Un bando de optimistas afirma que el astro sólo rozará la atmósfera, obsequiándonos una suerte de aurora boreal inofensiva y espectacular. El grupo de los pesimistas se divide en dos: 1) Los ‘moderados’, inclinados por la postura de que el cuerpo caerá en altamar, elevando tsunamis que anegarán las costas del Pacífico, dejando apenas dos millones de muertos. 2) El segmento ‘radical’, cuya creencia supone al bólido cayendo en tierra a la altura de Utah, EE. UU., con secuelas inenarrables para la Humanidad. Kaputt! Ya les tocó a los dinosaurios del jurásico, ahora a nosotros. Eso sí, qué bendición que empiece con los mormones, dije a Salvatierra, quien no disfrutó de la ironía y se dejó ahogar por el pánico de los científicos paranoicos, no sin acumular compras copiosas, también de pavor, para refugiarse con Melina en un rústico bunker bajo su departamento. Conozco la esperanza de ambos de que los estragos no sean tan notorios en el DF, hecho por demás risible. Tan luego descolgué el auricular, escuché la voz chillona de mi amigo, hablando apresurada y con atropello. Está bien, lo detuve, entiendo lo estresado que te encuentras, no es para menos. Se apresuró a decir que no era por eso, es decir, sí, por el final de los tiempos también, pero que su preocupación se debía a otra cosa, igualmente delicada. Calma entonces, acoté. A ver, dímelo más despacio. Su voz se sosegó un poco y me comunicó un incidente que acababa de ocurrirle. De nueva cuenta, poca claridad brotó de sus labios, y no es que la retórica le escasease, pero sus palabras se enredaron consigo mismas, como trenzadas en una disputa perruna de la que se levanta inmensa polvareda. Del discurso pude colegir que su conflicto se refería a un bicho descubierto bajo la regadera. Para ser precisos, fue su novia quien hizo el hallazgo tras la puerta plegable de la ducha. Melina es adepta de la Luz del Mundo y quería estar atildada —léase pulcra, interprétese purificada— para el Rapto, por lo que decidió darse un buen baño. Ahí vio a la criatura, destacando entre el blancor de los mosaicos, hecho que de inmediato comunicó a Salvatierra. Éste había decidido beber un vaso de leche, dijo, o así lo deduzco, pues hambre no sintió durante el día, sino sed, por eso del estrés referido. Se disponía a encender la TV, ansioso de mirar el aerolito y oír alguna indicación útil para salvar el cataclismo, cuando Melina se le acercó, tomó su hombro y dijo, como sintiendo culpabilidad: Amor, creo que esto no te va a gustar, pero hay un alacrán en el piso de la regadera. De inmediato, me confesó Jesús Salvatierra, corrió insecticida en mano donde el suceso, con Melina pisándole los talones. Lanzó una nebulización del cilindro antiplagas, rico en elementos químicos alacranicidas. La alimaña se movió en dirección de Jesús, quien reaccionó lanzando un gemido prolongado, agudo, que bien hubiese podido proferir una niña, no el hombre de treinta y ocho años que conozco. Se sentía, dijo desde su auricular, avergonzado de por vida ante su novia. Presto sintió avanzar el anquilosamiento por los tejidos musculares. ¡Parálisis! Era natural en su persona debido a la aracnofobia adquirida en su niñez, cuando el veneno de un alacrán circuló por las venas de Pody, su french poodle, costándole la vida. Que el arácnido avanzase un poco hacia él, inmune al parecer al rocío asesino, le hizo pensar que la suya sería una variedad imposible de clasificar para los biólogos. Creyó distinguir en éste un par de antenas diminutas —como las de las cucarachas, agregó—, producto de vaya a saberse qué accidentes de la selección natural de las especies. Eso no importa. Aquí sólo incumbe que Salvatierra volvió a gritar como una pequeña de seis años, y antes de retroceder para ser presa de la inmovilidad absoluta, logró balbucir a Melina que no, que eso no podía permitirse, por el bien de ambos. Amor, dijo ella moviendo las trenzas de su cabello, imagino que entornando los ojazos cafés y arrugado la nariz respingona, sólo quiero que lo saques al jardín. Y Salvatierra casi se infarta, valiéndole un comino que el destino de la Humanidad estaba, está en una situación altamente crítica. Se expresó a gritos entrecortados que esa abominación no debía continuar ahí. No. No debe quedar vivo. Ni puede. Quien sabe de dónde salió para invadirnos, o cómo entró aquí, pero no puedo permitir que quede vivo. ¡Debe morir!, sentenció. Luego rogó a su amada: ¡Ayúdame, corazón, porque yo no puedo! ¡Encárgate tú! Al llegar a este punto en la narración telefónica de su cataclismo personal se le fue la voz, al parecer moqueó y se quedó callado un instante, de tal suerte que pude echar un ojo al televisor. Por alguna razón aparecieron las conejitas de Playboy bailando en el Yankee Stadium. ¿Recepción del día del Juicio?, tal vez, pero las imágenes pasaron a una transmisión en la que los primeros ministros de Corea del Norte y Corea del Sur mantenían un acercamiento. Entendí que de sobrevivir el mundo las dos Coreas se unificarían. Y Salvatierra volvió a su narración desconsolada, diciéndome que una vez hecha su petición a Melina, ella interpeló en favor de la criatura abyecta algo así como Pero quiere vivir, Chucho, ¿no ves que quiere vivir? Jesús insistió en lo abominable del animal, en sus antenas menudas explorando al frente, de modo avieso. Logró salir del baño. Una vez en la sala se entregó por completo a esa comunión con la inmovilidad, no sin antes cerrar la puerta. En la pantalla de la TV distinguí al vicepresidente de los EE. UU. dirigiendo un mensaje al mundo, despidiéndose quizá, mas lo que hubiese sido resultó inaudible para mí ante la voz angustiada de Salvatierra, en referencia a cómo, mientras él yacía paralizado, Melina habló al bicho. Ven chiquito, ven… Conozco a Melina desde hace años y puedo hacer constar ante notario su apego a la naturaleza y defensa a ultranza de los derechos animales, formando parte de al menos un par de asociaciones. Es de las que recogen en la calle a un perro desamparado y lo llevan a casa, por más sarnoso que se encuentre. Mi amigo balbuceó que tras un intervalo de silencio, en que no supo cómo procedería su hermosa chica dentro, y pese a la parálisis, le fue posible mover los pies para dirigirse al sofá y desplomarse. Luego escuchó el sonido del inodoro vaciándose. A los pocos segundos, o minutos, Melina asomó por la puerta y dijo que ya todo estaba bien y no debía preocuparse más. Lo miró con ternura antes de darse el regaderazo deseado. Esa fue la cuestión por la que Jesús me llamó hace minutos, mientras el chorro benefactor bañaba el cuerpo de su novia. Subrayó su preocupación porque la presencia del arácnido, evolucionado o involucionado, hubiera sido algún tipo de heraldo y su muerte empeorase los acontecimientos venideros. Más »

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