Rubén Darío,

Felix Rubén García Sarmiento es el verdadero nombre del poeta nicaragüense Rubén Darío (1867-1916). Es el fundador del modernismo y su influencia aún corre por las venas de la literatura de habla hispana en todo el mundo. Este año se cumple el primer centenario de su fallecimiento. Habrá ceremonias y discursos por doquier. Narrativa Breve entrega este hermoso texto como homenaje a su talento y señorío en las letras.

Ernesto Bustos Garrido

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primera novela

Tras escribir FIN no lo dudé dos veces: imprimí la novela, la introduje en un sobre y me marché a la oficina de correos para enviarla a Xorpescu, una editorial del norte que presta dedicación especial a los escritores noveles. “¿Urgente?” “No, correo ordinario”, respondí. Al fin y al cabo, no había que esperar demasiada fortuna de aquel envío. Volví rápidamente a casa para reanudar actividades metafísicas que últimamente tenía abandonadas (fregar los platos, planchar la ropa, cambiar las sábanas…); justo en el momento de abrir la puerta sonó el teléfono. Una voz varonil y campanuda al otro lado de la línea me preguntó si yo era Francisco Rodríguez. Contesté afirmativamente. Querían tratar el tema de mi novela.

–¿Qué novela? -pregunté.

–¿No nos ha enviado usted una novela para su posible edición?

–Sí… pero la he enviado hace cinco minutos. Es imposible que haya llegado ya.

El editor (supuse que era Juan Llanos en persona) no mostró el menor síntoma de asombro. Según él, el tiempo es un concepto abstracto que aún no se ha estudiado a fondo y es normal que de vez en cuando nos dé alguna sorpresa. No alegué nada al respecto, de tan embobado como estaba. Dije sí. Sí a todo. Un “sí” esperanzador. Solo veía talones millonarios y viajes y guapas mujeres solicitándome autógrafos y favores íntimos. Las condiciones me parecieron buenas, excelentes, quizá porque cuando uno es un autor novel no sabe qué es, editorialmente hablando, bueno o malo.

–De acuerdo –concluyó–, pondremos ahora mismo en marcha la máquina de las letras –metáfora con la que daba a entender que la novela, mi primera novela, iba a pasar en breve a la imprenta.

Colgué el teléfono sin saber qué pensar. Todo parecía un sueño. Desconcertante aunque hermoso. 

Descolgué otra vez el auricular y llamé a mi madre para comunicarle la nueva. Sus estallidos de alegría retumbaron en mis oídos.

–Voy ahora mismo a decírselo a la abuela.

–Mamá, la abuela vive en Boston. Te va a costar un riñón la conferencia.

–Es igual, un día es un día. Por cierto, ¿qué vas a comer hoy?

(¿Comer? Ni siquiera había desayunado).

Mi madre se despidió al poco con unas palabras llenas de afecto; respiré profundamente, como si hubiese retenido el aliento durante siglos. Fui a la cocina con la intención de preparar café y un par de tostadas. Pero, al encender la tostadora, sonó otra vez el teléfono.

Aún recuerdo aquella última llamada. Era mamá, ahora embargada por un terrible sentimiento de dolor. La abuela había muerto tras un infarto. Falleció antes de llegar al hospital. Al parecer estaba leyendo tranquilamente cuando se desplomó al suelo. Me quedé sin habla. Mi madre sacó fuerzas de donde no había y añadió con la voz entrecortada: “Estaba leyendo tu novela. Había comentado a las vecinas lo orgullosa que estaba de ser la abuela de un famoso autor de bestsellers.

Mi madre no dijo nada más; yo tampoco. El tiempo posee sus propios mecanismos, es un concepto abstracto y a veces da sorpresas. No hay que darles más vueltas al asunto.

Regresé a la cocina y apagué la tostadora. Me senté en una silla, apoyé los codos en la mesa y me eché a llorar desconsoladamente.

Durante los últimos días he repasado, quién sabe por qué, mis inicios como escritor. Cosas del azar. Yo estaba sentado en el banco de un parque, esperando a una amiga, y como esta no llegaba me entretuve escribiendo unas frases en mi cuaderno de inglés. Aquel fue mi primer cuento. Un par de folios, nada del otro mundo, pero una obra literaria a fin de cuentas. Mi amiga llegó con una hora de retraso; al parecer una de las ruedas de su coche había sufrido un pinchazo. Yo no le di la menor importancia a su retraso (y, menos aún, a mi cuento), pero ahora sé, y lo sé para el resto de mis días, que de no ser por aquel maldito pinchazo mi abuela aún seguiría viva.


Francisco Rodríguez Criado, Siete minutos, La bolsa de pipas, Mallorca, 2003

 

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divorcio

Aquellos dos gestos suyos, para muchos, no alcanzaban a exculpar un carácter tenaz y altanero; a veces era hasta mal educado, sin embargo, el hombre poseía dos cualidades notables y escasas en estos tiempos: sabía ser agradecido y era capaz de morderse la lengua hasta sangrar, si era necesario, con el fin de guardar un secreto, que de ser develado podría causar estragos irreparables, sobre todo al interior de su propia familia.

Cuando falleció, quise decirlo y así dejar un testimonio público de estas virtudes no reconocidas en un hombre que, como muchos, fue incomprendido hasta por sus hijos. Más »

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difunto

                                     

Si hubiera sospechado lo que se oye después de muerto, no me suicido

                                                                                                       OLIVERIO GIRONDO

 

Siempre fue un cretino -había dicho mi primo Alberto. Y también tacaño y miserable -sentenciaba mi furibunda esposa Leonor. Un fracasado con manías de grandeza y pretencioso, ridículo, y además pésimo en la cama e impotente -añadía por lo bajo. Y tan alcohólico el pobre hombre, se emborrachaba antes de destapar la botella y caía por los suelos descompuesto -decía con sorna mi tía abuela Ester. ¡Qué desgracia de hombre, ni siquiera sabía ocultar nuestros encuentros clandestinos! –exclamaba con desprecio mi cuñada Iris. Total, yo ya estaba muerto, y bien muerto para desgracia mía, y con unas ganas locas de revivir y enfrentarme a esos infames que ni sospechaban que yo seguía todos sus pasos y escuchaba sus improperios y maldiciones, sus trifulcas interminables por arrebatarme todo aquello que alguna vez fue mío y ahora se disputaban como encarnizadas aves de rapiña. Y mis hermanos blasfemando, compitiendo por ganar el primer puesto de quien hablaba peor de mí. Alguien dijo una vez, no recuerdo su nombre, que lo que más le habría gustado era asistir a su propio funeral y saber en realidad lo que pensaban de él sus familiares y amigos. Mi relato le habría parecido rotundo y mortífero. Ahora lucen sus mejores trajes de duelo y acompañan el coche fúnebre en un silencio mentiroso hasta el cementerio, sin ceremonias previas, sin alusiones descomedidas. ¡Qué mejor muestra de respeto! ¡Qué maravillosa hipocresía familiar! ¡Qué conmovedora escena de amor por el difunto! Han bajado mi cuerpo hasta el fondo de la fosa que se supone será mi tumba quién sabe hasta cuándo, no pierdo las esperanzas de… Han puesto en la lápida simplemente:

                       “¡QUÉ BUENO ERA EL DIFUNTO!”

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se-busca-una-mujer

Charles Bukowski, un escritor visceral

Por Ernesto Bustos Garrido

 

A Henry Charles Bukowski (Heinrich Karl Bukowski), nacido en Andernach, Renania-Palatinado, Alemania, el 16 de agosto de 1920  y fallecido en Los Ángeles, California, Estados Unidos, 9 de marzo de 1994, le han llamado de todo: escritor maldito, escritor sucio, enfermo, degenerado, puto, esperpento. El narrador peruano Julio Ribeyro lo ha nombrado como un escritor visceral; esto es más justo y más cercano a la verdad. Dice que el autor de La máquina de follar y Mujeres escribía desde las tripas, y Ribeyro se preguntaba por qué en Perú y en otras latitudes no surgían autores de esa calaña. “Casi todos los que hay o que aparecen –sostiene Ribeyro–, son muy buenos escritores, responden a la academia y conocen las reglas y los códigos del buen contar”.

Hay bastante razón en estas palabras. Charles Bukowski cuando escribía no se parecía a nadie. No tuvo referentes y si los tuvo, uno de ellos fue Hemingway, a quien admiraba por la fuerza y la solidez de sus oraciones. “Bukowski –apunta finalmente Ribeyro–, logró crear un estilo peculiar, un estilo “bukowskiano” y ha quedado así en la historia de las letras. Veamos un ejemplo.

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cuento corto, susana martín gijjón, ciudad juárez

 

Nunca debí haberme entretenido en rematar aquella camisa. Nunca debí quedarme hablando con Jennifer. Nunca debí haber perdido la línea 38 del último turno que salía de la maquila. Al subir al autobús, más de una hora después, la noche era ya de una oscuridad densa. Como la de los ojos de aquel conductor que repararon en mí más tiempo del necesario, de una forma que me hizo estremecer.

Pero no supe verlo, como sí lo sospechó una afable señora, la última en descender, quien titubeó para pedirme que la acompañara hasta su domicilio pues no llegaría con la artrosis. Me disculpé con ella, no podía retrasar más el regreso a casa. Mi hermano me esperaba para que le preparara el tupper que tenía que llevarse a la obra. Con una extraña mirada, entre la lástima y la incomprensión, descendió los escalones del autobús para desvanecerse en la inmensa penumbra que parecía haber clausurado el mundo. Más »

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David Solana González, cuentoMe llamo David Solana González, nací el 1 de septiembre de 1994. Actualmente estudio la carrera de Sociología, pero antes cursé dos años de Biología. Mis aficiones no difieren mucho de las de la media de mi edad. Me gusta invertir tiempo en mis amistades y salir de fiesta. Paso más tiempo del que debería delante del ordenador. Disfruto leyendo casi cualquier cosa, pero la ciencia ficción me gusta especialmente. Casi siempre que escribo lo hago en un estado de profunda melancolía y a modo de desahogo, haciendo referencia a algún momento de mi vida. Aspiro a poder ir teniendo momentos de inspiración con otros estados de ánimo, para poder escribir más a menudo. A largo plazo me gustaría poder escribir mi propio libro, ya sea una novela o una recopilación de relatos cortos, pero eso es algo que aún veo muy distante.

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El informe de Brodeck

Por Ernesto Bustos Garrido

La guerra muestra y oculta. Muestra su barbarie con campos sembrados de cuerpos sin vida; viudas, huérfanos, madres despojadas de sus hijos, padres devastados por las pérdidas humanas y materiales. Estas son postales de las tinieblas. Pero también oculta lo no sabido y lo impublicable, lo que se ignora y lo que está tan bien enterrado que sólo el tiempo o una feroz retroexcavadora podrían sacar a la luz. El informe Brodeck es el tipo de novela que desentierra barbaridades, pero sobre todo devela las secuelas que dejan las guerras. En un pueblo, posiblemente austriaco, cercano a la frontera con Alemania, se comete un crimen inexplicable, absurdo, brutal, y a Brodeck le ordenan reportar el hecho y narrar cómo sucedió todo. Absurdo porque es de dominio público que el alcalde, el almacenero, el herrero y hasta el cura están involucrados. Entre todos asesinan a un extranjero, al que llaman “El Otro”, y que llega un día a ese pueblo con deseos de rehacer su vida, o huir, o esconderse. Son esas las dudas que atormentan a Brodeck; las tiene que aclarar, aunque le advierten que no debe llegar al fondo, porque él también corre peligro. El escritor francés Philippe Claudel ha construido esta historia dramática y estremecedora. Su libro aún no toca techo. Es superventas en varios continentes. Debe continuar saliendo de librerías y escaparates. Es al mismo tiempo un ensayo sobre las atrocidades que se pueden seguir cometiendo en algunos rincones de la Tierra, aun habiéndose firmado la paz. Es que los hombres pierden su humanidad entre los bombardeos y las matanzas, entre las violaciones de mujeres y niñas y el exterminio de comarcas completas. La guerra ha envilecido a múltiples generaciones y también a la nuestra. Más »

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