El mundo perdido de Isaac Bashevis Singer

El mundo perdido de Isaac Bashevis Singer
Escritor Isaac Bashevis Singer. 

 

EL MUNDO PERDIDO DE ISAAC BASHEVIS SINGER

Francisco Rodríguez Criado [1]

(Artículo escrito y publicado en la revista de literatura judía Raíces en 2004)

 

Con motivo del centenario del nacimiento de Isaac Bashevis [2] Singer (1904-1991), al que llevo estudiando desde hace años, me permito reflexionar sobre lo poco que se habla de él en los ambientes culturales de nuestro país. Su índice de popularidad es tan bajo que son escasos los lectores que frecuentan hoy su obra, desconocida para muchos. Los editores, con honrosas excepciones, dejaron hace ya tiempo de reimprimir los libros de este prolífico autor [3]. (Ni el propio Singer tenía contabilizados cuántos libros había escrito; se calcula que no deben de andar muy lejos del centenar).

Fue en las estanterías de una librería de viejo donde di una tarde con La casa de Jampol, una segunda edición de 1978 de la desaparecida editorial Noguer. Lo compré cautivado por su sugerente portada, el fondo verde con el título sobreimpreso en letra violeta, en el que se podía verse a dos judíos ortodoxos leyendo los libros sagrados. En un ejercicio de promoción aparecía bajo el título una confesión entrecomillada de Henry Miller: “Si tuviese hoy que volver a empezar a escribir, tomaría como modelo a Singer”. Quizá fuese la alabanza del autor de los Trópicos lo que me animó a comprar no sólo ese libro sino todos los que allí había suyos, a saber: Shosha, La familia Moskat, El mago de Lublin y Krochmalna nº10 [4]. De esta forma tan azarosa, y a un precio módico, se me abrieron las puertas a uno de los escritores más importantes e injustamente olvidados del pasado siglo.

He mencionado una y otra vez su nombre en conversaciones con amigos lectores, intentando no sólo compartir mi pasión por su literatura sino también recabar datos biográficos. El éxito ha sido escaso: confesaron no ser lectores de Isaac Singer. Los más avispados llegaron a mencionar Sombras sobre Hudson, novela póstuma que ha gozado de cierta popularidad. Habrá, pues, que “conformarse” con su colección de relatos Krochmalna nº10, donde detalla lo que fue su infancia, y su autobiografía Amor y exilio, “ficción superpuesta a un fondo de verdad”, o algunos ensayos como Isaac Bashevis Singer, A Life, de Janet Hadda y The Brothers Singer, de Clive Sinclair.

Pero ¿quién es Isaac Bashevis Singer?

A poco que uno se tome ciertas molestias averiguará que nació en Leoncin, un shtetl a orillas del Vístula, aunque fue registrado en Radzymin [5]. A los cuatro años su familia se desplazó a la capital polaca en un carro. Hijo y nieto de rabinos, se formó en el seminario rabínico de una Varsovia preindustrial. Colaboró con algunos periódicos de la capital polaca hasta que en 1935, animado por su hermano mayor Israel, emigró a Estados Unidos huyendo de las garras del nazismo. En el nuevo país de adopción no tardó mucho en vender sus narraciones al Jewish Daily Forward [6] con el seudónimo de Isaac Varshawsky [7].

Con esto y poco más despachan las enciclopedias a quien fue premio Nobel de Literatura en 1978. De no ser por la trascendencia de dicho galardón, tal vez ni eso.

Más complicado aún es seguir la pista de sus hermanos Israel Yehoshúa Singer (Los hermanos Ashkenazi, Perla y otros relatos, Yoshe Kalb…) y Esther Kreytman [8], excelente escritora de cuentos y novelas que empieza a ser rescatada poco a poco en España. El único que no siguió los pasos de la escritura fue el menor de los cuatro hermanos, Moshe, que prefirió seguir la vocación religiosa de su padre, Pinjos-Mendel, un hombre ingenuo y pío al que tenían en la comunidad por poco menos que un santo.

El mundo perdido de Isaac Bashevis Singer
Niños judíos estudiando las Sagradas Escrituras. Fuente de la imagen

Para mayor obstáculo de la difusión de sus narraciones, Isaac Singer eligió una lengua dormida: el yiddish. La crítica dice de él que es el autor en yiddish más famoso del mundo. Cuando abandonó su país, huyendo del totalitarismo nazi, tenía treinta y cinco años. A diferencia de otros intelectuales exiliados a Estados Unidos, como Nabokov (que curiosamente empezó a escribir sus novelas en inglés durante su estancia en París), Singer nunca adoptó el idioma de Shakespeare, aunque en ocasiones ayudase en la traducción de sus novelas.

Las características de su obra, abundante en cultismos y referencias bíblicas, filosóficas y científicas, enmarcada siempre en el ámbito judío, parecen agravar aún más el hecho de que no sea un autor de masas en nuestro país. Como tampoco lo son, pese a su reputación, otros escritores judíos: Amos Oz, Gore Vidal, los Roth (Henry, Joseph y Philip), Bernard Malamud…

Pese a todo, los libros de Isaac Singer son de fácil lectura una vez superada la traba que puedan suponer los numerosos términos hebraicos que habitan sus páginas. A partir de aquí, el lector puede sumergirse sin complejos en un gran friso de lo que es la comunidad judía más estricta, hermética, orgullosa y obstinadamente apegada a las tradiciones y los textos bíblicos: la de los rabinos, jasidim y cabalistas. Los baños rituales de las mujeres, los rabinos que no pueden mirar a los ojos a una mujer, el rechazo de la cirugía porque entienden el bisturí como un objeto pecaminoso, la prohibición de llevar a cabo cualquier tipo de actividad en sábado… Cuanto más llamativas y anacrónicas nos resulten estas pautas de comportamiento, más azuzados nos sentiremos por la curiosidad.

Es de suponer que personajes tan dogmáticos puedan resultar lineales, previsibles, pero gracias a la introspección de Singer éstos devienen singulares e incluso exóticos. No hay que entender su obra como una recreación turística que trata de exportar los valores de su pueblo: Singer actúa desde el conocimiento, es un judío que escribe sobre los judíos, y lo hace con escéptica sabiduría. Su intención es la de rescatar la memoria de un mundo perdido aplastado por los tiempos modernos. Los temas que subyacen son: ¿Existe Dios? Ysi existe, ¿por qué hay tanto mal en el mundo? ¿Vendrá el Mesías a liberar al pueblo judío o acaso se trata tan sólo de una vieja superstición? ¿Deberíamos aferrarnos como hasta ahora a las tradiciones o abrirnos, por el contrario, a las ideas modernas?

En sus novelas y en sus cuentos menudean numerosos personajes en un estilo falsamente coral, pues en el fondo todo gira alrededor de uno de ellos, un modelo que se ha convertido en marca de la casa: el del hombre mujeriego, farsante, empleado a menudo en oficios de dudosa honradez, atormentado por el reconocimiento de sus pecados aunque incapaz de hacer nada positivo para superar sus debilidades. Un arquetipo masculino ciertamente escandaloso en la literatura yiddish, tan reacia a retratar las relaciones sexuales.

Vuelvo a Henry Miller y amplío su cita: “Hace cuarenta años elegí como inspirador a Knut Hamsun; si tuviese hoy que volver a empezar tomaría como inspirador a Singer. Todo lo que hace es perfecto: cuando come, come, cuando canta, canta, cuando camina, camina…”. Habría que anotar unas observaciones al respecto: Miller, conscientemente o no, está impregnado de Singer. A ambos escritores norteamericanos (uno nativo y otro de adopción) los une una gran vitalidad, una fuerza interior desbocada, el sentimiento de ternura hacia los más frágiles, su atención por el lado recóndito de la mente humana y, precisamente, ese gusto por potenciar los más rudos valores masculinos. La gran diferencia, aparte del estricto autobiografismo [9] de Miller, siempre convertido en héroe omnisciente de sus novelas, es que en éste el sexo, explícito, es un acto de liberación, de exorcismo, de integración naturalizada con el mundo, mientras que en Singer es síntoma de la “defectuosidad del alma”, por emplear las palabras con las que Ortega y Gasset definió la pasión. El lector sin prejuicios podrá disfrutar con las andanzas de Miller en los Trópicos o en la trilogía La crucifixión rosada (Plexus, Sexus y Nexus), mientras que en las novelas de Singer (El mago de Lublín, Sombras sobre Hudson o Enemigos: una historia de amor, por citar algunos títulos), no hay lugar para la frivolidad. Lo que en uno es evasión y desarraigo libertino, en otro es “pecado mortal”. Lo más “singeriano” en Miller es el final desolador de Sexus, esa solapada confesión de que su positivismo no es tan inquebrantable como él pretende hacernos creer con su imparable vitalidad.

En Miller y en Singer, como ocurre con otros grandes narradores de la condición humana (Lawrence, Dostoievski, Céline, Moravia, Hamsun…), el hombre, fronterizo y desprovisto de hipocresías y convenciones sociales, está siempre al borde del caos. Su crítica de la civilización es despiadada, sin concesiones directas a la ternura, aunque en ocasiones ésta acabe por brotar de forma orgánica.

En Hamsun o en Lawrence, ideológicamente paganos, el lastre de esa culpa es menor. Singer, dostoievskiano en algunos de sus planteamientos, está sometido a sus inquietudes teológicas. La obsesión por lo sobrenatural, por la dualidad premio-castigo tan arraigada en la cultura judeocristiana, lo atenaza. Pese a todo, mantiene una gran confianza en la bondad y el destino del hombre, un pensamiento que le acerca de alguna manera a Tolstói.

El mundo perdido de Isaac Bashevis Singer
Isaac Bashevis Singer. Fuente de la imagen

Hamsun se hizo famoso con su primera novela: Hambre (1890), en la que desarrolla las secuelas de la hambruna, una hambruna que en las narraciones del polaco –pese a que la sufrió junto a su familia durante la ocupación alemana en la Primera Guerra Mundial– acaba por ser más espiritual que física. Sus personajes se esfuerzan una y otra vez en combatirla mediante el contacto directo con Dios –con un éxito más bien módico, dicho sea de paso.

A poco que uno se detenga a examinar la vida de Singer (exiliado de su país huyendo del exterminio nazi, pasando de una Polonia atrasada a una América rica y moderna, debatiéndose entre sus raíces rabínicas y su rechazo racional a comportamientos tan programáticos), no es de extrañar que su obra resulte tan rica en matices, indagadora y extranjera de sí misma. Supone a grandes rasgos un rescate de lo irrecuperable, esa Polonia de ritos y costumbres ancestrales a la que físicamente no volvería pero a la que su pluma rinde tributo día a día.

Ahondando aún más en el pasado, tan diferente a lo que es ahora su vida en Estados Unidos, centra muchas novelas en su país natal. Satán en Goray, su ópera prima, es una recreación de las revueltas de 1648 en la aldea polaca de Goray, surgidas a raíz de los movimientos mesiánicos del siglo XVIII.

En cualquier caso, no se aprecian grandes diferencias conceptuales entre esta narración del siglo XVII y el resto de su obra: Singer siempre escenifica sobre un telón histórico; aporta una ubicación temporal reconocible y dota a los personajes con nombres y apellidos (y a veces no sólo los de ellos sino también los de sus padres y abuelos, como ocurre en la saga La familia Moskat). Sus narraciones, corroboradas por datos que retoma una y otra vez sin deslices, irradian verosimilitud. Uno acaba por creer que esas existencias anónimas han sido rigurosamente documentadas y revisadas durante siglos. Y es que, al fin y al cabo, la única diferencia entre las novelas de Singer (incluso las ambientadas en Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial) y las que reciben el nombre de “históricas” al uso, es que en las primeras los personajes carecen del estoque de la fama.

En Isaac Singer, como en Dostoievski, el lenguaje no está deconstruido: permanece intacto en función de lo que se pretende contar. No es un fin sino un medio. Es un lenguaje llano, transparente, exento de alharacas estilísticas aun sin llegar a la austeridad. No podría ser de otra manera: el yiddish es un dialecto fresco, rico en expresiones coloquiales, colorista, de gran viveza, nunca un obstáculo entre autor y lector. Y también, como en Dostoievski –una vez más–, Singer atiende a la estructura clásica de presentación, nudo y desenlace. El desarrollo de la trama en su teatro de la vida es a veces anárquico, podríamos pensar que surge libremente como resultado de las relaciones interpersonales propias de sus actores. Son historias que se alimentan de las extravagancias del día a día.

El argumento de Enemigos: una historia de amor, tal vez sea representativo de su propuesta literaria: un judío pierde a su mujer y sus hijos durante la Segunda Guerra Mundial y es cuidado en la clandestinidad por una campesina inculta que le salva la vida y con quien acaba por casarse en un gesto de agradecimiento. Huyen a Estados Unidos y allí él encuentra un trabajo como negro literario para un rabino licencioso, adinerado, inescrupuloso perseguidor de jovencitas. Herman Broder, que así se llama el protagonista, tiene una amante fogosa y llena de vida, puro contraste con su esposa analfabeta, anclada cerrilmente a las tareas de la casa. Cuando parece que la historia no puede complicarse más, recibe una llamada telefónica del tío de su mujer (después de tantas novelas ubicadas en la Polonia remota, el teléfono simboliza la modernidad). Le cuenta que su sobrina está viva, que pudo escapar de los crímenes de Hitler. A partir de ese momento el protagonista malvive entre tres mujeres. Casado con dos de ellas, se compromete a hacer otro tanto con la tercera.

Singer escribió también libros para niños, y algunas de sus narraciones han sido llevadas al cine: Yentl (basada en su relato Yentl the Yeshiva Boy, dirigida y protagonizada por Barbara Streisand), El Mago de Lublin, de Menahem Golan, y la citada Enemigos, una historia de amor, de Paul Mazursky

En Amor y exilio escribe: “En la época en la que empecé a imaginarme convertido en escritor, ya me había percatado de que los grandes maestros siempre divierten a sus lectores”. Pues eso fue precisamente lo que él haría durante décadas sin bajar la guardia.

Mi sugerencia al lector que sabe mirar más allá de las listas de éxito de ventas es que se haga con alguno de sus libros, condenados al ostracismo en bibliotecas y librerías de viejo, a veces sin el conocimiento de sus empleados. En ellos encontrará la voz de un escritor impar, un ser humano fascinante, un premio Nobel hoy en el olvido que merece ser rescatado por su originalidad y talento.

 

 

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BIBLIOGRAFÍA CITADA Y COMPLEMENTARIA

 

LIBROS

Isaac Bashevis Singer

Krochmalna nº10, Madrid, Ediciones SM, 1962

Amor y exilio, Barcelona, Ediciones B, 2002

La casa de Jampol, Barcelona, Noguer, 1978

El mago de Lublin, Barcelona, Plaza y Janés, 1979

Shosha, Barcelona, Plaza y Janés, 1979

La familia Moskat, Barcelona, Planeta, 1977

Satán en Goray, Barcelona, Plaza y Janés, 1979

Israel Yehoshúa Singer, Los hermanos Ashkenazi, Barcelona, Ediciones B, 2003

Janet Hadda, Isaac Bashevis Singer, a life, Nueva York, Oxford University Press, 1998

Clive Sinclair, The brothers Singer, Londres, Allison & Busby, 1983

Knut Hamsun, Hambre, Barcelona, Plaza y Janés, 1985

Artículos 

Alicia Ramos González, La Varsovia judía de los hermanos Singer

Robert Fulford’s column about I.B. Singer’s More Stories from My Father’s Court

Isaac Bashevis Singer, The Nobel Lecture (8 de diciembre de 1978)

Peter Heinegg, Isaac Bashevis Singer: A life –Review

Norman Lebrecht, A tale of two writers (Graham Green and Isaac Singer)

Maurice Carr, My Uncle Yitzhak: A Memoir of I.B Singer

 

[1] Francisco Rodríguez Criado es profesor de narrativa y autor de cuatro libros de relatos: Sopa de pescado, Mérida, ERE, 2001; Los Bustamante, una familia del siglo XX, Badajoz, Diputación de Badajoz, 2001; Siete minutos, Palma de Mallorca, La Bolsa de Pipas, 2003; Textamentos, Alcancía, 2005.. Columnista de El Periódico Extremadura, es especialista en literatura judía y norteamericana, actualmente prepara el ensayo: Isaac Singer, de Krochmalna al exilio.

[2] Isaac Singer tomó el apodo Bashevis en honor de su madre, Batsheva. Y quizá también para diferenciarse del que entonces era un célebre escritor, su hermano mayor Israel Yehoshúa Singer.

[3] Las últimas publicaciones en España de Isaac Bashevis Singer son Los herederos (Debate, 2003), La casa de Jampol (Debate, 2003) y El certificado (Ediciones B, 2004).

[4] Título original: In mayn foters bezdin-shtub, que en inglés pasó a ser In my father´s court. En algunos países latinoamericanos fue titulado como En la corte de mi padre. La segunda parte, Más historias de la corte de mi padre, contiene 27 nuevos relatos y ha sido publicada en Argentina en 2003.

[5] Por ese motivo numerosos libros de literatura incurren en el error de señalar Radzymin como su lugar de nacimiento.

[6] Su traducción al yiddish es Forverts.

[7] Isaac Singer firmaba sus escritos en el Forverts bajo tres pseudónimos dependiendo del género: Y. Varshavsky para sus memorias Yitskhok Bashevis para la ficción y D. Segal para textos menores.

[8] Esther Singer, en un gesto de independencia hacia sus hermanos mayores, escritores ya reconocidos, prefirió publicar sus libros con el apellido de su marido.

[9] Isaac Singer también escribió libros autobiográficos, como Krochmalna nº10 o Amor y exilio, pero en términos generales su obra contiene muchos más elementos ficticios –y en ocasiones fantásticos- que la de Henry Miller. .

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