Cuento breve recomendado (262): “El saludo”, de Pedro Orgambide

Pero Orgambide
Escritor argentino Pedro Orgambide. Fuente de la imagen en Internet

-“Lo que siempre hubiera deseado ser, y no fui, es un gran poeta. Es mi gran fracaso. Aunque para equilibrar, la mirada poética está en otro lado. Busco la exaltación lírica, el estado de canto, la inspiración, trato de inducir el placer. Y si voy a hacer un mandado por la calle imagino un cuento, aunque luego no lo escriba. He sido letrista de tango, bailarín, pero sólo soy un escritor que baila tango. A través de la literatura uno llega a hacer todo lo que quiso y nunca pudo.”

– “Mi mayor virtud literaria es poder llevar al papel la oralidad y lo coloquial poder decirlo de diferentes maneras. Y más aún, crear este ardid: lo que no es coloquial transformarlo en coloquial. Y en los momentos en que llevo un pensamiento abstracto como el ser, la nada o la muerte, a un lenguaje sencillo, siento una exaltación, una especie de orgasmo.”

– “Soy un escritor realista heterodoxo. Yo me doy cuenta que a veces empiezo a escribir como un buen escritor realista de los años veinte, y después me voy por cualquier lado, se me pinta la fantasía. Prefiero considerarme un contador de historias.”

– “El éxito es un impostor, y el fracaso también. Un escritor escribe lo que quiere, y tiene cuentas pendientes con él mismo, con su historia, con su vida, con su país. La literatura debe hacerse cargo de la vida, por más que la historia, como decía Marx, a veces avance por el lado malo.”

Pedro Orgambide

EL SALUDO

Pedro Orgambide (Argentina, 1929-2003)

Ha sido una gran función la de esta noche. Los espectadores aplauden de pie y esperan el saludo de La Diva. Pero ella no sale aún. Algún crítico mal intencionado piensa que La Diva se hace rogar, que administra, con astucia, el fervor del público. Puede que sea así, pero yo no soy nadie para revelar esos secretos. Mi patrona, que otros llaman la Diva, sabe muy bien que no lo haré. En todos estos años que estuve a su servicio, nadie obtuvo de mí una infidencia, un comentario que pudiera afectar a la señora. Al contrario, muchas veces hice un discreto mutis, por decir así, para ocultar o disimular una situación embarazosa. “Esta mosquita muerta lo ve todo, lo sabe todo”, suele decir mi patrona. Y es así, realmente: he visto cosas por las que pagarían buen dinero esas revistas de chismes en las que a veces sale la foto de la señora, acompañada por el caballero o el jovencito de turno. Sólo yo sé que esas minucias poco tienen que ver con ella. A ella, lo que en verdad le importa es el aplauso del público. No, no sale todavía. Ella no es como esas jovencitas, como esas actrices novatas que apenas cae el telón, corren desbocadas hasta el proscenio, para mendigar el aplauso. De ningún modo. Ella suele esperar entre bambalinas, dejar que el aplauso crezca en forma considerable, antes de caminar hacia la gente que le arroja flores y la llama diosa. Sólo entonces mueve levemente la cabeza, como negando el mérito a la estruendosa realidad. Con modestia, debe admitir que el éxito es suyo. Puede permitirse entonces una sonrisa, un ademán gracioso, algún saltito que insinúa un deseo de regresar al camarín. Pero el público es tirano, el público exige otro saludo. Y bien, no hay que negárselo. Es entonces cuando La Diva arroja un beso al aire. El público se agita, grita, patalea. Entonces ella lleva su mano al pecho, hacia el corazón y llora. “un momento así vale la pena”, le oí decir muchas veces a mi patrona. Por ese momento, ella pasa horas haciendo gimnasia, pedaleando en la bicicleta fija, cubriéndose la cara con horribles mascarillas y cosméticos. Pero eso el público no lo sabe, es un secreto entre ella y yo. Nunca diré que vi su rostro envejecido, sus arrugas, el tic que afea su boca. No, no lo haré. Tampoco diré que se babea por las noches, que tose en la oscuridad y maldice su suerte. No quiero llevar agua al molino de sus enemigos, Dios no lo permita. Pero hay que reconocer que no siempre saluda con dignidad. Yo la he visto empujar al primer actor de la compañía, para que trastabille delante de los espectadores. También he visto como “tapaba” a la dama joven, poniéndose delante de la muchacha, como distraída. No, no me engaño. Así no saludan los grandes del teatro. Ellos saludan muy sobrios, con la ostentosa dignidad de parecer humildes. Pero yo no soy quién para juzgarla. En estos años la vi luchar por el aplauso, firmar contratos abusivos, soportar los chistes de ignotos productores, sólo para obtener ese premio que necesita como el aire. Porque después de meses de ensayo, de debatirse frente al espejo, de abandonar a su último amante, de aprender un texto que en realidad detesta, ella va a salir a saludar al público. Y la van a aplaudir. Y eso es lo único que importa. Ella quedará suspendida en el tiempo, oyendo el aplauso, las voces que repiten su nombre. Lástima que hoy no será así. Lástima su mal trato, la fea costumbre de insultarme. Aunque yo se lo había perdonado todo, en verdad. Porque yo la admiraba, igual que esa gente que ahora implora su presencia en el escenario, esas mujeres y esos hombres de pie, ansiosos, impacientes por ver a La Diva. Lástima. Porque ella no debió levantarme la mano, ni decirme bruta, ignorante, ladrona. No, eso estuvo mal. Si me puse el vestido de marquesa, el que ella usa en la obra, fue solo para imitarla, sin mala intención. Es lo que hice durante todas las noches, cuando ella se cambiaba y se ponía la bata de seda, para saludar y recibir los aplausos. No sabía que se iba a enojar tanto. Pero, ¿por qué me amenazó con esa tijera que ahora está clavada en su corazón? Con el vestido de marquesa y el antifaz ya soy igual a ella. Oigo el rumor de los aplausos. Es algo verdaderamente hermoso. Es hora de salir, de saludar al público. Ellos están allí, llamándome, gritándome divina, diosa. Hago una reverencia, arrojo un beso al aire y los saludo, fatigada y feliz.

Mujer con violoncello, Buenos Aires, Beas Ediciones, 1993

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R. 

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

narrativa_newsletterp

Las cosas compartidas son mejores...Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someone