El quimérico Polanski

Polanski, el quimérico Polanski
“El quimérico inquilino” (Roman Polanski, 1976). Fuente de la imagen en Internet

EL QUIMÉRICO POLANSKI

Francisco Rodríguez Criado

En la historia del cine es raro encontrar un cineasta, ya sea actor, director o productor, que mantenga un alto nivel de calidad en cada una de sus películas, circunstancia que se agrava, como es lógico, en carreras cinematográficas de largo recorrido. Dando por válido el contenido de esta introducción, sigue sorprendiendo la excesiva asimetría que hay entre unas películas y otras aun llevando el mismo sello de autor. Esta situación llama la atención sobre todo cuando el espectador, como me ha ocurrido recientemente, ve lo mejor y lo peor de dicho cineasta en apenas veinticuatro horas de diferencia.

El quimérico inquilino (1976), interpretada por el propio Polanski (y por la bella Isabel Adjani), narra las desventuras de Trelkovky, un funcionario gris y timorato que, a excepción de alguna ocasional visita por parte de sus ruidosos compañeros de trabajo, vive aislado en un discreto piso de alquiler. El disparador de la historia parte de un personaje no visualizado (su actuación dura unos instantes, mientras yace en un hospital con todo el cuerpo vendado), una joven que había ocupado la habitación en la que ahora vive Trelkovky hasta el día en que decidió suicidarse lanzándose desde una ventana al patio interior. A partir de aquí, el espectador ha de seguir al cuasi omnisciente Trelkovky, quien creyéndose intimidado por sus vecinos –creen que le están empujando hacia el suicidio– acabará por desembocar en una suerte de manía persecutoria, hasta el punto de no distinguir la realidad de la ficción.

Intuyo que Polanski intentó conjugar en esta película los mismos elementos que tan buen resultado le habían dado en la exitosa La semilla del diablo (1968), basada en la novela de Ira Levin Rosemary´s Baby. Ambas películas practican eso que yo denomino “terror casero”, y entiéndase lo de casero: los personajes principales en ambas películas (Polanski y Mia Farrow respectivamente) no necesitan salir de casa para enfrentarse a fantasmas obsesivos que acabarán por minar su estabilidad mental. La aparente normalidad de la que parten ambas novelas/películas acaba por desmoronarse en un final climático, trágico, solvente. La diferencia está en que el buen ritmo y el suspense mantenidos de principio a fin en La semilla del diablo apenas dura una hora en El quimérico inquilino, y a partir de esos sesenta minutos el espectador –al menos quien escribe estas líneas– acaba por desinteresarse por una historia que en principio prometía mucho.

La cinta, un fracaso en su momento, goza ahora de cierta consideración por algunos incondicionales que la citan como “película de culto”, “obra maestra”, etcétera. (He leído incluso una reseña de quien la considera, y no hay ironía en sus palabras, “la mejor película de todos los tiempos”). Encanto no le falta, pero un excesivo regusto por el esperpento mal entendido, cansino, la convierten en un producto a la larga aburrido y desnortado que va perdiendo sentido conforme sobrepasa el ecuador de su metraje.

Estoy convencido de que El quimérico inquilino hubiera sido un producto mucho más afinado si Polanski, sin necesidad de alejarse un milímetro de su intención estética, no se hubiera puesto tan “quimérico” (“fabuloso, fingido o imaginado sin fundamento”, nos chiva el DRAE) y se hubiese limitado a despojar su película de ese esteticismo vacuo de última hora.

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