Cuento breve recomendado: “La felicidad clandestina”, de Clarice Lispector

[vc_row][vc_column width=”1/1″][vc_column_text] 

Cuento, Clarice Lispector
Clarice Lispector. Fuente de la imagen

“Una mirada de mujer, quizá también una escritura de mujer. Clarice Lispector hincó en el mundo su mirada de mujer inteligente, capaz de captar las mínimas sensaciones, los mínimos detalles y de saber que nada, por pequeño o banal que parezca, carece de importanciA. El mundo de lo cotidiano, de lo sin historia, que ha sido durante siglos el mundo de la mujer, puede proporcionar innumerables sorpresas, basta con saber mirar y entender esos signos de una realidad subyacente”.

                                                                                                                 Elena Losada Soler

 

 

LA FELICIDAD CLANDESTINA

(cuento)

 Clarice Lispector (Ucrania-Brasil, 1920-1977) 

Ella era gorda, baja, pecosa y de pelo excesivamente crespo, medio pelirrojo. Tenía un busto enorme, mientras que todas nosotras todavía éramos planas. Como si no fuera suficiente, por encima del pecho se llenaba de caramelos los dos bolsillos de la blusa. Pero poseía lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un papá dueño de una librería.

No lo aprovechaba mucho. Y nosotras todavía menos; incluso para los cumpleaños, en vez de un librito barato por lo menos, nos entregaba una postal de la tienda del papá. Para colmo, siempre era algún paisaje de Recife, la ciudad en donde vivíamos, con sus puentes más que vistos. Detrás escribía con letra elaboradísimas palabras como “fecha natalicia” y “recuerdos”.

Pero qué talento tenía para la crueldad. Mientras haciendo barullo chupaba caramelos, toda ella era pura venganza. Cómo nos debía de odiar esa niña a nosotras, que éramos imperdonablemente monas, delgadas, altas, de cabello libre. Conmigo ejercitó su sadismo con una serena ferocidad. En mi ansiedad por leer, yo no me daba cuenta de las humillaciones que me imponía: seguía pidiéndole prestados los libros que a ella no le interesaban.

Hasta que le llegó el día magno de empezar a infligirme una tortura china. Como por casualidad, me informó de que tenía El reinado de Naricita, de Monteiro Lobato.

Era un libro grueso, válgame Dios, era un libro para quedarse a vivir con él, para comer, para dormir con él. Y totalmente por encima de mis posibilidades. Me dijo que si al día siguiente pasaba por la casa de ella me lo prestaría.

Hasta el día siguiente, de la alegría, yo estuve transformada en la misma esperanza: no vivía, nadaba lentamente en un mar suave, las olas me transportaban de un lado a otro.

Literalmente corriendo, al día siguiente fui a su casa. No vivía en un apartamento, como yo, sino en una casa. No me hizo pasar. Con la mirada fija en la mía, me dijo que le había prestado el libro a otra niña y que volviera a buscarlo al día siguiente. Boquiabierta, yo me fui despacio, pero al poco rato la esperanza había vuelto a apoderarse de mí por completo y ya caminaba por la calle a saltos, que era mi manera extraña de caminar por las calles de Recife. Esa vez no me caí: me guiaba la promesa del libro, llegaría el día siguiente, los siguientes serían después mi vida entera, me esperaba el amor por el mundo, anduve brincando por las calles y no me caí una sola vez.

Pero las cosas no fueron tan sencillas. El plan secreto de la hija del dueño de la librería era sereno y diabólico. Al día siguiente allí estaba yo en la puerta de su casa, con una sonrisa y el corazón palpitante. Todo para oír la tranquila respuesta: que el libro no se hallaba aún en su poder, que volviera al día siguiente. Poco me imaginaba yo que más tarde, en el transcurso de la vida, el drama del “día siguiente” iba a repetirse para mi corazón palpitante otras veces como aquélla.

Y así seguimos. ¿Cuánto tiempo? No lo sé. Ella sabía que, mientras la hiel no se escurriese por completo de su cuerpo gordo, sería un tiempo indefinido. Yo había empezado a adivinar, es algo que adivino a veces, que me había elegido para que sufriera. Pero incluso sospechándolo, a veces lo acepto, como si el que me quiere hacer sufrir necesitara desesperadamente que yo sufra.

¿Cuánto tiempo? Yo iba a su casa todos los días, sin faltar ni uno. A veces ella decía: “Pues el libro estuvo conmigo ayer por la tarde, pero como tú no has venido hasta esta mañana se lo presté a otra niña”. Y yo, que no era propensa a las ojeras, sentía cómo las ojeras se ahondaban bajo mis ojos sorprendidos.

Hasta que un día, cuando yo estaba en la puerta de la casa de ella oyendo silenciosa, humildemente, su negativa, apareció la mamá. Debía de extrañarle la presencia muda y cotidiana de esa niña en la puerta de su casa. Nos pidió explicaciones a las dos. Hubo una confusión silenciosa, entrecortada de palabras poco aclaratorias. A la señora le resultaba cada vez más extraño el hecho de no entender. Hasta que, esa mamá buena, entendió al fin. Se volvió hacia la hija y con enorme sorpresa exclamó: “¡Pero si ese libro no ha salido nunca de casa y tú ni siquiera quisiste leerlo!”.

Y lo peor para esa mujer no era el descubrimiento de lo que pasaba. Debía de ser el horrorizado descubrimiento de la hija que tenía. Nos observaba en silencio: la potencia de perversidad de su hija desconocida, la niña rubia de pie ante la puerta, exhausta, al viento de las calles de Recife. Fue entonces cuando, recobrándose al fin, firme y serena le ordenó a su hija: “Vas a prestar ahora mismo ese libro”. Y a mí: “Y tú te quedas con el libro todo el tiempo que quieras”. ¿Entendido? Eso era más valioso que si me hubieran regalado el libro: “el tiempo que quieras” es todo lo que una persona, grande o pequeña, puede tener la osadía de querer.

¿Cómo contar lo que siguió? Yo estaba atontada y fue así como recibí el libro en la mano. Creo que no dije nada. Tomé el libro. No, no partí brincando como siempre. Me fui caminando muy despacio. Sé que sostenía el grueso libro con las dos manos, apretándolo contra el pecho. Poco importa también cuánto tardé en llegar a casa. Tenía el pecho caliente, el corazón pensativo.

Al llegar a casa no empecé a leer. Simulaba que no lo tenía, únicamente para sentir después el sobresalto de tenerlo. Horas más tarde lo abrí, leí unas líneas maravillosas, volví a cerrarlo, me fui a pasear por la casa, lo postergué más aún yendo a comer pan con mantequilla, fingí no saber en dónde había guardado el libro, lo encontraba, lo abría por unos instantes. Creaba los obstáculos más falsos para esa cosa clandestina que era la felicidad. Para mí la felicidad habría de ser clandestina. Era como si ya lo presintiera. ¡Cuánto me demoré! Vivía en el aire… Había en mí orgullo y pudor. Yo era una reina delicada.

A veces me sentaba en la hamaca para balancearme con el libro abierto en el regazo, sin tocarlo, en un éxtasis purísimo.

Ya no era una niña más con un libro: era una mujer con su amante.

Felicidade clandestina, 1971.

Cuentos reunidos, trad. Marcelo Cohen, Madrid, Alfaguara, 2002, págs. 253-256.

 

Comentario

Esta historia infantil, que puede entender y degustar fácilmente cualquier apasionado de la  lectura, es un episodio que recuerda lo vivido en Recife por la propia escritora, aunque narrado con todas las libertades literarias que se quieran. Si la protagonista es la propia Clarice, “mona, delgada, alta”, la antagonista es una compañera suya, “gorda, baja, pecosa”, pero que tiene “lo que a cualquier niña devoradora de historias le habría gustado tener: un padre dueño de una librería”. La hija del librero es mezquina y sádica; y, movida por su envidia, quiere vengarse de Clarice. Le promete un libro tan maravilloso que el lector puede quedarse “a vivir con él, para comer, para dormir con él”. Se trata de El reinado de Naricita (As Reinaçöes de Narizinho, 1931) del autor Monteiro Lobato (1882-1948), libro compuesto por varias historias, muy conocido de los niños de Brasil, en donde, por entonces, era un clásico de la literatura infantil.

La dueña del libro le dice a Clarice que vaya a su casa y le prestará las aventuras de Naricita, pero siempre busca distintas excusas para no hacerlo. Durante días y días, movida por un goce perverso, mortifica y humilla a la pobre niña que corre entusiasmada, una y otra vez, en busca del libro soñado y siempre recibe la cruel negativa de su compañera; hasta que un día la madre de ésta, que ha encontrado  a Clarice varias tardes a la puerta de su casa, averigua el juego de vilezas que se trae su hija y le entrega el libro a nuestra protagonista para que lo tenga todo el tiempo que quiera. En contra de lo que se podría pensar, la niña no se enfrasca en la lectura, sino que busca sólo el placer de tener el libro, que es para ella mucho más que un simple objeto o un juguete: es el regalo más fantástico que pudiera poseer. El relato termina sin que Clarice lo haya leído, porque lo que intenta con todas las astucias posibles es dilatar la lectura para así disfrutar con un placer secreto e íntimo que consiste en mantener siempre viva la felicidad del encuentro a solas con el objeto deseado. Esta es “la felicidad clandestina” a la que alude el título del cuento.

La escritora neozelandesa Katherine Mansfield tuvo un influjo muy temprano en Clarice Lispector, como ella misma reconoció: «A los 15 años entré en una librería y uno de los libros que abrí contenía frases tan diferentes que me quedé leyendo, atrapada, allí mismo. Emocionada, pensé: “Pero si este libro soy yo”. Sólo después me enteré de que K.M. está entre los mejores escritores de su época.»

 En el magnífico prólogo a la edición de Clarice Lispector, Cuentos reunidos (Madrid, Siruela, 2008), Cossío Woodward observa que «este cuento, que en su primera versión se llamó “Tortura y gloria”, es también un pequeño homenaje a la célebre escritora neozelandesa. Aunque son dos historias totalmente distintas [ésta y la de “Bliss” (“Felicidad”) de Mansfield], el placer estético que experimenta la Bertha de Mansfield al contemplar desde su ventana un peral en pleno florecimiento, es igualmente íntimo, imposible de compartir. Así lo comprende, en otro contexto, la Clarice narradora que, al sentarse sobre la hamaca y balancearse con el libro abierto sobre el regazo, se convierte “en una mujer con su amante”. Hermosa metáfora del acto de leer que es, como dice Gloria Prado, “hacer el amor con el texto”, una cópula que Clarice Lispector va a sostener, infinita, ardiente y libremente, con el ser genético que está hecho, vive y perdura en las palabras.»

Migue Díez R.

[/vc_column_text][vc_carousel posts_query=”size:4|order_by:date|order:DESC|categories:1109″ layout=”title,image,text” link_target=”_self” speed=”5000″ mode=”horizontal” slides_per_view=”4″][/vc_column][/vc_row]

narrativa_newsletterp

¿Si te gustó el post, compártelo, por favor!Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someoneShare on Tumblr