Cuento breve recomendado: “Caperucita Roja”, de James Finn Garner

Portada de Politically Correct. The Ultimate Storybook, de James Finn Garner. Fuente de la imagen

James Finn Garner se dedica a escribir, dar conferencias y ofrecer espectáculos cómicos. Con “Cuentos infantiles políticamente correctos”, publicado en 1994, alcanzó universal celebridad. Originariamente, los cuentos recogidos en este libro formaban parte de un espectáculo llamado “Theater of the Bizarre. Un moderno y radical puritanismo, la obsesión por evitar cualquier tipo de palabra o expresión que ni remotamente pueda considerarse sexista, racista o discriminatoria, es lo que muestra y satiriza el libro de Garner, al reescribir algunos conocidos cuentos clásicos y adaptarlos, cómicamente, a la más escrupulosa ortodoxia vigente”.

[Este cuento incluye un comentario, al final, de Paz Díez Taboada]


CAPERUCITA ROJA

 (cuento)

James Finn Garner (Estados Unidos, 1939)

Érase una vez una persona de corta edad llamada Caperucita Roja que vivía con su madre en la linde de un bosque. Un día, su madre le pidió que llevara una cesta con fruta fresca y agua mineral a casa de su abuela, pero no porque lo considerara una labor propia de mujeres, atención, sino porque ello representaba un acto generoso que contribuía a afianzar la sensación de comunidad. Además, su abuela no estaba enferma; antes bien, gozaba de completa salud física y mental y era perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era.
Así, Caperucita Roja cogió su cesta y emprendió el camino a través del bosque. Muchas personas creían que el bosque era un lugar siniestro y peligroso, por lo que jamás se aventuraban en él. Caperucita Roja, por el contrario, poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar verse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana.
De camino a casa de su abuela, Caperucita Roja fue abordada por un lobo que le preguntó qué llevaba en la cesta.
-Un saludable tentempié para mi abuela, quien, sin duda alguna, es perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que es -respondió.
-No sé si sabes, querida -dijo el lobo-, que es peligroso para una niña pequeña recorrer sola estos bosques.
Respondió Caperucita:
-Encuentro esa observación sexista y en extremo insultante, pero haré caso omiso de ella debido a tu tradicional condición de proscrito social y a la perspectiva existencial -en tu caso propia y globalmente válida- que la angustia que tal condición te produce te ha llevado a desarrollar. Y, ahora, si me perdonas, debo continuar mi camino.
Caperucita Roja enfiló nuevamente el sendero. Pero el lobo, liberado por su condición de segregado social de esa esclava dependencia de pensamiento lineal tan propio de Occidente, conocía una ruta más rápida para llegar a casa de la abuela. Tras irrumpir bruscamente en ella, devoró a la anciana, adoptando con ello una línea de conducta completamente válida para cualquier carnívoro. A continuación, inmune a las rígidas nociones tradicionales de lo masculino y femenino, se puso el camisón de la abuela y se acurrucó en el lecho.
Caperucita Roja entró en la cabaña y dijo:
-Abuela te he traído algunas chucherías bajas en calorías y en sodio en reconocimiento a tu papel de sabia y generosa matriarca.
-Acércate más, criatura, para que pueda verte -dijo suavemente el lobo desde el lecho.
-¡Oh! -repuso Caperucita-. Había olvidado que visualmente eres tan limitada como un topo. Pero, abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
-Han visto mucho y han perdonado mucho, querida.
-Y, abuela, ¡qué nariz tan grande tienes!…, relativamente hablando, claro está, y a su modo indudablemente atractiva.
-Ha olido mucho y ha perdonado mucho, querida.
-Y… ¡abuela, qué dientes tan grandes tienes!
Respondió el lobo:
-Soy feliz de ser quien soy y lo que soy -y, saltando de la cama, aferró a Caperucita Roja con sus garras dispuesto a devorarla.
Caperucita gritó; no como resultado de la aparente tendencia del lobo hacia el travestismo, sino la deliberada invasión que había realizado de su espacio personal.
Sus gritos llegaron a oídos de un operario de la industria maderera (o técnico en combustibles vegetales, como él mismo prefería considerarse) que pasaba por allí. Al entrar en la cabaña, advirtió el revuelo y trató de intervenir. Pero, apenas había alzado su hacha, cuando tanto el lobo como Caperucita Roja se detuvieron simultáneamente.
-¿Puede saberse con exactitud qué cree usted que está haciendo? -inquirió Caperucita.
El operario maderero parpadeó e intentó responder, pero las palabras no acudían a sus labios.
-¡Se cree acaso que puede irrumpir aquí como un neandertalense cualquiera y delegar su capacidad de reflexión en el arma que lleva consigo! -prosiguió Caperucita-. ¡Sexista! ¡Racista! ¿Cómo se atreve a dar por hecho que las mujeres y los lobos no son capaces de resolver sus propias diferencias sin la ayuda de un hombre?
Al oír el apasionado discurso de Caperucita, la abuela saltó de la panza del lobo, arrebató el hacha al operario maderero y le cortó la cabeza. Concluida la odisea, Caperucita, la abuela y el lobo creyeron experimentar cierta afinidad en sus objetivos, decidieron establecer una forma alternativa de comunidad basada en la cooperación y el respeto mutuos, y juntos, vivieron felices en los bosques para siempre.

“Little Red Riding Hood”, en Politically Correct Bedtime Stories,1994.
Cuentos infantiles políticamente correctos, trad. Gian Castelli Gair,
Barcelona, Circe, 1995, págs. 14-19.

Comentario
Los cuentos maravillosos de tradición oral, recogidos por Perrault o los hermanos Grimm, entre otros, han servido durante siglos para poner en práctica el antiguo consejo del prodesse delectare o “enseñar deleitando”, pues lo que se pretendía era mostrar a los niños lo que es bueno, aunque sin obviar lo malo, y, a un tiempo, divertirlos y entusiasmarlos. Porque las viejas historias hacen referencia a la realidad contradictoria del mundo: por un lado, el amor, la bondad, la justicia, la piedad, la generosidad, la salud y la belleza, pero, por otro, el odio, la envidia, la crueldad, la injusticia, la fealdad, la enfermedad, la vejez y la muerte. Los cuentos eran, pues, un escaparate atractivo en el cual los niños contemplaban la vida entera tal como es, una mezcla de alegría y dolor, de amor y odio, de bien y mal.
Pero, en estos tiempos, una moda, que parte de actitudes que se pretenden muy modernas y no lo son, impone una drástica revisión del lenguaje y, con ello, también de las historias que se narran en dichos cuentos para que eduquen “en valores” al niño actual. Como ha dicho recientemente Ana María Matute,“lo políticamente correcto lo ha fastidiado todo. No le puedes leer a un niño un clásico, que son fabulosos, porque hay que decirles amén a todo y que al final Caperucita se hace amiga del lobo. Y esto no es así, porque en la vida se van a encontrar con unos lobos tremendos. Al niño es necesario decirle que hay cosas buenas, malas y tremendas y no darles una idea paradisíaca del mundo”.
Con gracia y gran sentido del humor, Garner ha ironizado sobre este estúpido afán de eliminar del mundo infantil no sólo aquello que resulte nocivo o perverso para unas mentes aún no formadas, sino cualquier aspecto tradicional, diferencial o personal que no responda a una concepción de la sociedad como masa uniforme, aséptica y deshumanizada, fácilmente manejable por el poder y sus esbirros. En Cuentos infantiles políticamente correctos, Garner reescribe algunos de los más famosos cuentos tradicionales para adaptarlos a esa moderna forma de hipocresía, oficialmente imperante y falsamente progresista llamada “corrección política”. En sus versiones, Garner evita cualquier palabra, expresión o referencia supuestamente “incorrecta”; y, como dice en el prólogo, con evidente sarcasmo, “deseo disculparme de antemano y animar al lector a presentar cualquier sugerencia encaminada a rectificar posibles muestras -ya debidas a error u omisión- de actitudes inadvertidamente sexistas, racistas, culturalistas, nacionalistas, regionalistas, intelectualistas, socioeconomistas, etnocéntricas, falocéntricas, heteropatriarcales o discriminatorias por cuestiones de edad, aspecto, capacidad, especie u otras no mencionadas”.
Así que, en este cuento, Caperucita no es una niña, sino “una persona de corta edad” que le lleva “fruta fresca y agua mineral” -nada de garbanzos, chorizo o vino, ¡vaderetro!- a su abuela, que es “una persona perfectamente capaz de cuidar de sí misma como persona adulta y madura que era” -¡que nadie imagine la obscena figura de una vieja enferma, impedida y doliente!-. Además, la niña “no podía tener miedo al bosque puesto que poseía la suficiente confianza en su incipiente sexualidad como para evitar sentirse intimidada por una imaginería tan obviamente freudiana”. Y, por supuesto, se mencionan “observación sexista o racista”, “chucherías bajas en calorías y en sodio”, “operario maderero o técnico en combustibles vegetales”, “la cooperación y el respeto mutuo”… En fin, sólo se echa en falta que apareciera “los/las lobos/lobas”, “los/-as lobos/-as” o una estupidez lingüística como “l@s lob@s”…

Paz Díez Taboada

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