El Diario Down: El bálsamo de las palabras

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Diario Down, hospital, el bálsamo de las palabras
“Visita al hospital”, de Luis Jiménez Aranda. Fuente de la imagen

El Diario Down: El bálsamo de las palabras

Los días siguientes al nacimiento de Francisco los recuerdo como una pesadilla, como si yo fuera un personaje de cuento de Horacio Quiroga inmerso en la selva de la adversidad, presa de un entorno endiablado que conspiraba contra mí.

Pasaba los días entre el hospital, el supermercado y la farmacia, y el poco rato libre de que disponía para dormir lo empleaba tratando de buscar un lugar de acogida provisional para la fogosa Betty (40 kilos de cruce de mastín y labrador), a quien no podemos dejar sola en casa por la noche porque sufre ansiedad por separación (en esta vida todos sufrimos algún tipo de síndrome, querido mío).

Pero el mundo seguía girando. No llegaba el carrito del nene que tenía pedido desde hacía semanas, no podía ducharme con agua caliente porque justo el día antes del parto se había estropeado la caldera, no podía dormir porque salía del hospital de madrugada y regresaba a él pronto en la mañana, nadie quería o nadie podía alojar a la hiperactiva Betty… pero el mundo seguía girando. Esa es una revelación que descubrí hace demasiado: el mundo va a girar siempre, al margen de tu circunstancia. Tendrás un cáncer y seguirá girando. Tendrás una depresión y seguirá girando. Se morirá tu padre y seguirá girando. Este puñetero mundo siempre seguirá girando.

Cuando telefoneé a la tienda para preguntar por qué se retrasaba tanto el cochecito del niño, no obtuve más que evasivas (hoy día sigo sin saber por qué tardó tres semanas en llegar a casa). La encargada llegó a insinuar que no tuviera tanta prisa, que aún había tiempo.

–Se equivoca –le dije–. El niño ha nacido prematuro.

–¿Y qué tal el parto? –preguntó.

–Podría haber sido manifiestamente mejor.

La mujer, por empatía o por simple curiosidad, siguió preguntando:

–Francisco tiene síndrome de Down –aclaré.

De repente se quedó sin palabras, y cuando habló lo hizo solo para confirmar el sentido ominoso de su silencio.

–No tengo palabras –dijo–. Menuda papeleta tenéis.

Entonces fui yo quien se quedó mudo. Esperaba algo más de una persona que gestiona una tienda de bebés. ¿Tan malo es tener un niño con síndrome de Down? Puede que yo mismo hubiera actuado con tanta torpeza si un amigo me comunicara que su niño había nacido con un cromosoma 21 de más… pero yo no me dedico al mundo infantil. Mi falta de tacto hubiera sido hasta cierto punto comprensible.

Sus palabras (o su falta de palabras) no hicieron sino aumentar mi desazón durante aquellos días en los que las escasas energías que me quedaban las dedicaba a llorar. (Los tipos duros no lloran, noveló Norman Mailer). Al terminar la conversación telefónica me miré en el espejo y no vi a un tipo duro de novela americana sino a un presidiario (con todos mis respetos para este sufrido colectivo).

Ahora sabía que las circunstancias de mi paternidad son de esas que dejan al personal sin palabras. O con pocas (y torpes) palabras.

Al día siguiente acudió a nuestra habitación del hospital una anestesista que es madre de una niña Down. Venía con una sonrisa en los labios (perdón por el tópico: ¿dónde va a acomodarse una sonrisa si no es en los labios?) y venía cargada de palabras de ánimo. No dijo “Tenéis una buena papeleta” sino “Felicidades. Sé que os parecerá exagerado, pero tener un niño Down es una bendición. Yo tengo una niña Down y también dos niños normales, y sé de lo que hablo. Este niño os va a hacer muy felices”.

Aquellas palabras y las que pronunciaría durante el transcurso de una charla de hora y media transmitían una electrizante energía positiva, ¿pero por qué yo no paraba de llorar mientras las escuchaba? ¿Qué significa realmente tener un hijo Down: una buena papeleta o una bendición? ¿Dónde cojones está el sentido de la vida? ¿Qué somos, quiénes somos, adónde vamos? ¿Por qué siempre a mí? Había comenzado el año en cama, con un doloroso pinzamiento de nervio ciático que no me dejó moverme un solo centímetro en diez días, y ahora esto… Comienzas el año en Urgencias y lo terminas en una habitación de hospital, narcotizado por los acontecimientos. Pero alegra esa cara, chaval, que la vida son cuatro días.

Aquella noche regresé a casa a las tres y media de la madrugada, muerto de sueño, un sueño que pese a su insistencia yo no podía conciliar. Antes de acostarme me miré en el espejo: seguía teniendo cara de presidiario.

Pero a la mañana siguiente obró el milagro. Cuando desperté, el dinosaurio de la desolación ya no estaba allí. Habían desaparecido el miedo, la sensación de fracaso, la angustia… Ya que la realidad no iba a cambiar, me dije, tendría que enfrentarme a ella. Luchar con “esa papeleta” o disfrutar “la bendición”, qué más da, me animé con estoicismo de urgencia: de aquí a cien años, todos muertos. Lo que tenga que pasar… pasará. Pero ahora al menos me consolaba el bálsamo de las palabras. ¿Qué había hecho yo en los últimos quince años sino escribir y leer palabras, buscando en ellas algo parecido al consuelo? ¿Acaso no había sido un poco más feliz gracias a los cuentos de Marco Denevi, los poemas de Jaime Sabines, las novelas de Isaac Bashevis Singer, los ensayos novelados de Milan Kundera, los haikus de Basho, los ensayos filosóficos de Ortega y Gasset? ¿No había sido un poco más feliz dándole forma a mis propias palabras, pariendo un libro tras otro? Seguía teniendo a mi disposición mi exhaustiva biblioteca (ay, la casa como un almacén de libros), contaba con el apoyo de los grandes escritores y con las palabras de mi querida anestesista y, por si fuera poco, el síndrome de Down comenzaba a revelarse como un tema literario, el tema literario del año. A lo mejor yo necesitaba sufrir un poco antes de volver a escribir desde el desgarro, como gustan los románticos y los decadentes…

Por si necesitara una confirmación, una prueba, una confidencia de que había obrado en mí el cambio, recibí una llamada telefónica a primera hora:

–Francisco, disculpe las molestias. Por fin hemos recibido el carrito -dijo una voz femenina.

¡La epifanía estaba en marcha! Feliz del giro de los acontecimientos, me duché sin reparar en el agua fría y me afeité. Y me miré en el espejo, ahora sin recelo, sacando incluso un poco de pecho: el destino podría seguir vapuleándome a su antojo, como era costumbre en él, pero yo ya había dicho adiós de una vez por todas a mi vida de presidiario.

Francisco Rodríguez Criado

 

EL DIARIO DOWN

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francisco rodriguezFrancisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. 

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