El Diario Down: Vidas de silenciosa desesperación

Heidi, El diario Down, vidas de silenciosa desesperación
Heidi. Fuente de la imagen

El Diario Down: Vidas de silenciosa desesperación

Un hijo que ha nacido con problemas necesita unos padres que sepan amoldarse urgentemente a esos problemas. Nosotros lo intentamos. Y ciertamente vamos adquiriendo tal práctica, lo hacemos a veces con tanto pragmatismo, con tanta soltura, que no puedo evitar preguntarme si estaremos obrando mal.

Un ejemplo: a la salida de la consulta con el cardiólogo comentamos la necesidad de hacer la compra de la semana. Así que, sin darnos cuenta, comenzamos a entremezclar observaciones sobre la reciente consulta al médico con la inminente visita al supermercado. Palabras contundentes como “cardiopatía”, “operación”, “electrocardiograma”, “ecocardiograma”, “cicatrices” o las temibles “a corazón abierto” conviven hermanadas con palabras inofensivas y alimenticias como “pan”, “leche”, “azúcar”, “toallitas”, “pañales” o “manzanas”.

¿No deberíamos llorar un poco?, me pregunto mientras arranco el motor del coche. ¿No deberíamos compadecernos de Francisco, de nosotros mismos, de nuestra mala suerte? ¿No seremos unos padres insensibles al asimilar con tanta normalidad (¿acaso ligereza?) que Francisco nació con el síndrome de Down y que le van a operar su minúsculo corazón cuando tenga unos meses de vida? ¿No deberíamos quejarnos, esforzarnos en ser infelices…? ¿No deberíamos…?, me pregunto invadido por la angustia de los puntos suspensivos. O quizá deberíamos limitarnos, en sintonía con David Henry Thoreau, a llevar vidas de silenciosa desesperación.

Tal vez lo decente sería llorar un poco. Pero ¿llorar para qué? Ya lloramos en su momento. ¿Sirvió de algo? Sí, me respondo: sirvió de exorcismo, pero se pasó la hora: estamos ya en otro capítulo de la novela. Que lloren otros, decido. Un poco de paz espiritual no le hace daño a nadie.

Y sin embargo… no es tan fácil ser positivo. A mí no me sale con naturalidad. Me embarga cierta tristeza latente por no poder llorar. Y ver al niño tan feliz, tan sano (por suerte no ha sufrido ninguna crisis de cianosis), no empuja precisamente al llanto. En estos casos uno busca ciertas dosis de legítima alegría en los resquicios de la tristeza. O quizá sea a la inversa…

Es todo tan complicado.

Aparco el coche en el aparcamiento del supermercado y nos dirigimos hacia la entrada. Hablaba antes de capítulos y novelas. Un asco de novela esta en la que nos pasamos media vida en el hospital y la otra media en el supermercado.

(¡Ya vale!, me amonesto con dureza. ¡Ya vale!).

Ahora, por fin, haciendo de la necesidad una virtud decido pensar en positivo. Tengo que volver a ser el mismo de hace una hora. Olvidar la visita al cardiólogo. Ver nuevamente en Francisco no un bebé enfermo sino un niño precioso al que dentro de unos meses sacaremos de paseo por el parque o sentaremos en el sofá para que pueda ver películas de dibujos animados. Será mi pasaporte para regresar a la infancia: parques infantiles y series de televisión blancas, sin sexo, drogas y rock and roll. Con Francisco tendré una buena excusa para evadirme de las agrestes responsabilidades propias del adulto y hacer una inversión en los territorios del niño que fui. Será mi oportunidad de recrearme nuevamente en los mitos de mi niñez: Mazinger ZPopeye,  Érase una vez el hombreLa pantera rosaEl oso Yogui. Y por qué no HeidiMarco, de los Apeninos a los Andes, dos dramones con los que los chiquillos de mi generación nos habituamos a sonreír pero también a llorar.

–¿Te encuentras bien? –me pregunta Madre Coraje–. Te noto muy pensativo –dice justo cuando, en un mecanismo de autodefensa, comienzo a recrearme en los felices días de la infancia.

–Sí, tranquila –contesto mientras empujo por el pasillo central el carrito de Francisco, felizmente dormido–. Estaba pensando en la lista de la compra que no hemos escrito. Y en los yogures. Ya verás, al final se nos olvidará comprarlos, como siempre.

Miento.

Vivir es mentir (a los demás o a uno mismo), y yo ahora miento cuando hablo de yogures. Realmente estoy pensando en temas importantes: en la crisis, en las hipotecas, en la lucha de las civilizaciones, en la transmigración de la especie y en Heidi y en Marco, esos niños que se criaron sin el calor de unos padres, esos niños cuya historias melancólicas pronto nos enseñaron  –como le enseñarán a Francisco– que esta vida, con sus luces y sombras, es un hermoso valle de lágrimas.

Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo.

(Libros de Francisco Rodríguez Criado)

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