Entrevista a Enrique Gallud Jardiel

Enrique Gallud Jardiel, entrevista, Francisco Rodríguez Criado

Pensar que el humor se hace sólo para zaherir es una visión limitada. La literatura que parodio no sólo la conozco muy bien, sino que me gusta mucho. A los autores de los que me río los amo también; precisamente por la confianza que me da ese afecto, les puedo tomar el pelo.

E.G.J.

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Enrique Gallud Jardiel

Historia estúpida de la literatura (Espuela de Plata, 2014)  

Enrique Gallud Jardiel (Valencia, 1958) es Doctor en Filología Hispánica y autor de numerosos libros literarios, históricos y filosóficos, y ha impartido clases en universidades de España y del extranjero. Muy vinculado al teatro desde joven (es hijo de actores), ha sido director de varias compañías de teatro (actualmente lo es de Barbieri), circunstancia que le ha permitido llevar a escena sus propias obras y también la de dramaturgos como Jean-Paul Sartre, Alfonso Paso, José Zorrilla, Miguel Mihura o incluso de su abuelo: Enrique Jardiel Poncela.

 

Francisco Rodríguez Criado: Uno de los apartados de Historia estúpida de la literatura (Espuela de Plata, 2014) se titula “Cien maneras de no empezar un libro”. Como no incluyes otro apartado que enseñe “Cien maneras de no comenzar una entrevista”, me dejo llevar por mi instinto y me tomo la libertad de iniciar esta entrevista hablando de tu abuelo, el gran escritor Enrique Jardiel Poncela, destacado miembro de lo que se ha venido a llamar La Otra Generación del 27. Tengo la impresión de que no solo estás orgulloso de su legado sino que en cierta manera has recogido su testigo y enarbolas la bandera del sentido del humor y el amor a la vida y a las letras, que eran sus señas de identidad. ¿Me equivoco al pensar que la presencia de Jardiel Poncela ha inspirado tus pasos en el mundo de la creación, como escritor y como director de teatro?

Enrique Gallud Jardiel: La impresión de que continúo la batalla que libró Jardiel por dignificar el humor es totalmente certera. El humor está infravalorado en nuestro tiempo y eso es injusto, porque es un arma poderosísima contra los abusos del poder, aparte de proporcionarnos felicidad objetiva con la risa. Mi vínculo teatral no es de Jardiel, sino que me viene de mi padre, Rafael Gallud, que era actor y que tenía la paciencia de llevarme diariamente a todos sus ensayos, desde que yo recuerdo. El influjo de Jardiel está en mí, obviamente, pero no tanto por la lectura y conocimiento de sus obras, sino de otra manera más directa: mediante el estilo «cómico» de comunicación que siempre ha imperado en la intimidad de la familia: uso de camelos, deformación de refranes y frases, gusto por las respuestas absurdas e incongruentes, etc., así como por la visión humorística del mundo en general.

 

F.R.C.: Historia estúpida de la literatura es un libro de reflexiones articulado en cuatro partes (“Crítica Literaria”, “Antología de Escritos Recién Encontrados”, “Literatura explicada para que no haya que leerla” y “Taller de Escritura: Hágalo usted mismo”) donde abordas la literatura desde diversos frentes, pero siempre con intención humorística, desinhibida, desacralizadora. Algún lector errado podría pensar que te mofas del quehacer literario, cuando lo cierto es que exhibes grandes conocimientos literarios sin los cuales no podrías escarnecer a autores y géneros. ¿Por qué siendo doctor en Filología Hispánica –algo a priori más bien serio– adoptas aquí el papel de enfant terrible para escribir sobre lo que entiendo debe ser una de tus grandes pasiones: la literatura?

E.J.G.: Pensar que el humor se hace sólo para zaherir es una visión limitada. La literatura que parodio no sólo la conozco muy bien, sino que me gusta mucho. A los autores de los que me río los amo también; precisamente por la confianza que me da ese afecto, les puedo tomar el pelo. Si desprecias algo o a alguien, no escribes sobre ello. Yo he dedicado mi vida a estudiar y a enseñar a esos autores. Lo que pasa es que he combinado mis conocimientos profesionales, por decirlo así, con mi afición privada: el humor. Pero puedo asegurarte que no hay en mí desprecio en absoluto por la tradición literaria. Sin embargo, nunca está de más la parodia, como elemento purificador. La ropa puede ser de muy buena calidad, pero de vez en cuando hay que meterla en la lavadora.

 

F.R.C.: En tu libro se desmitifican obras de autores de primera fila: Kafka, Homero, Cervantes, Dumas, Shakespeare, Lope de Vega, etcétera. Pero ahora te ruego que hagas un ejercicio de seriedad y nos hables de los autores y las obras que no deberían faltar en la biblioteca de un gran lector.

E.J.G.: Pues precisamente esos señores que has mencionado. Quizá Homero esté algo pasado para nuestro gusto, pero los demás siguen siendo magníficos y hay que conocerlos. Lope de Vega es como un dios para mí. Pero ningún lector de habla hispana debería prescindir de Tirso, Calderón, Quevedo, Góngora o Gracián, por mencionar sólo un siglo y un solo país. Un gran lector debería conocer a los clásicos, antes que perder el tiempo con contemporáneos que probablemente se olvidarán en una o dos décadas. Leer a Ruiz Zafón (es un ejemplo) y no conocer a Balzac o a Dostoyevski equivale exactamente a poner al Chiquilicuatre por delante de Mozart.

 

Historia estúpida de la literatura (Espuela de Plata, 2014)
Historia estúpida de la literatura, de Enrique Gallud Jardiel (Espuela de Plata, 2014)

F.R.C.: Después de publicar un libro sacrílego –por así decirlo– como Historia estúpida de la literatura, ¿te has planteado escribir su reverso, una Historia sabia de la literatura para sacralizar la literatura que te hace vibrar?

E.J.G.: En absoluto, y por varias razones. Una es que ese libro ya existe: se ha escrito muchas veces. Otra es que habría mucha gente que podría hacerlo mejor que yo; eso es lo que sucede con las obras de investigación o de divulgación. Yo he escrito varios libros de esos y me consta que otros escritores, investigando y documentándose como yo lo he hecho, pueden llegar a conclusiones muy parecidas. Pero la magia de los libros de ficción consiste en su condición de únicos. Pueden ser malos o muy malos, pero son distintos, y eso tiene un valor añadido. Por otra parte, con este libro mío (y otros del mismo género en los que trabajo y que confío que aparecerán en breve) me divierto mucho más.

 

F.R.C.: En un post que Fernando Sánchez Dragó le dedica a Historia estúpida de la literatura se queja de no arremetes contra ningún lector vivo. Reproduzco literalmente sus palabras: 

El libro de Enrique sólo tiene un defecto: en él no aparece ni un solo plumilla vivo, de ésos, tan abundantes hoy, que escriben con palotes, desconocen la gramática, la morfología, la sintaxis, el léxico, la retórica y no digamos la semántica (horrenda palabreja), y son leídos con meliflua devoción de beguinas y sacristanes por el rebaño de los asnalfabetos. 

No pretendo unirme a la petición de Sánchez Dragó, pero por curiosidad malsana me gustaría saber qué te ha frenado a la hora de evitar convertir a los “plumillas vivos” en la diana de tus invectivas literario-humorísticas.

E.J.G.: No me ha frenado nada en absoluto. De hecho, desde hace años mantengo un blog de escritos cómicos, titulado «Humoradas», donde me despacho a gusto con muchos vivos. Pocos días antes de la aparición del artículo de Fernando al que aludes, yo había escrito una necrológica, anunciando la muerte de Pérez-Reverte y tomándole el pelo a él. Si no he incluido este tipo de escritos en mi libro y me he centrado en otros autores ha sido por considerarlos más perennes. No quisiera ser presuntuoso, pero imaginemos que mi libro gusta y perdura, y que dentro de treinta años lo lee alguien y se pregunta: «¿Quién será este Fulanito del que Gallud se ríe? Debió de ser un escritor famoso en las primeras décadas del siglo, pero ahora no lo conoce nadie.» Yo tenía que impedir que pudiese pasar eso. Recordemos que el novelista más famoso de los años veinte y el que más vendía era Felipe Trigo, al que nadie recuerda hoy. ¿Para qué iba a arriesgarme yo escribiendo sobre alguien que, a lo mejor, es muy famoso hoy pero desaparece pasado mañana?

 

F.R.C.: Juan José Armas Marcelo cuenta en El vicio de vivir que Vargas Llosa era refractario al humor en la literatura porque consideraba que ambas cosas, humor y literatura, no hacían buenas migas; y cuenta también el escritor canario, tan buen conocedor de la vida y obra del Nobel peruano, que este, hasta Pantaleón y las visitadoras, no se había atrevido a usar el humor como elemento narrativo, y si lo hizo en esa novela fue porque tuvo la certeza de que esa historia de militares atendidos por prostitutas solo se podía contar en clave humorística. El caso del Vargas Llosa de entonces está lejos de ser único; muy al contrario, se piensa con demasiada frecuencia que la obra de un gran escritor debe ser seria. ¿Qué opinión te merece que el humor en la alta literatura tenga tantos detractores?

E.J.G.: Si Vargas Llosa dijo efectivamente eso, entonces yo me niego a reconocer a Vargas Llosa como alta literatura en absoluto. El desprecio al humor me parece rematadamente mal. En Grecia se consideraba a la tragedia y a la comedia como géneros de igual importancia. Lo dramático ha cobrado fama después y es una forma literaria más facilona. Cualquiera puede conmovernos contándonos una muerte o una enfermedad, por mal que nos la cuente. El humor, en cambio, es más difícil de crear;  es un producto de la inteligencia: precisa de una cultura previa, de un gran conocimiento de la lengua, de la capacidad de asociación de ideas, de originalidad. Quien desprecia el humor sólo está dando muestras de su mediocridad intelectual.

 

F.R.C.: Imaginemos a un espectador que acude al teatro con la mejor intención del mundo para disfrutar una obra de Lorca, de Lope de Vega, de Dürrenmatt, del propio Jardiel Poncela. ¿Crees que ese espectador se pierde algo si no ha leído previamente el texto teatral?

E.J.G.: No, porque el teatro se escribe, debe escribirse, para ser visto antes de ser leído y para ser entendido a la primera. Si no se entiende a la primera, si es confuso, entonces no cumple su función. Hay normas tácitas en la escritura teatral dirigidas a ello: por ejemplo, que las informaciones imprescindibles para entender la obra se repitan tres veces, para asegurarse de que todos los espectadores las escuchan y se enteran, cosas así.

Lo que sí es importante es que se respete al autor, que no se hagan versiones caprichosas, que no se corte indiscriminadamente su texto, sólo porque es largo. Hay que dejarle que nos diga por entero lo que quiere decir.

Hacer una versión de un autor implica gran vanidad y una mala elección. Gran vanidad del versionante, que parece decir, “esto que ha escrito Calderón está mal escrito, yo lo voy a hacer mejor”. Y mala elección. Si cambias una obra es porque no te gusta como está; entonces, elige otra.

Otro aspecto es que, una vez vista la representación, puedas disfrutar a posteriori con la lectura de la obra. Hay autores que se prestan mucho a eso: Bernard Shaw o Schiller, por ejemplo. Otros, como Jardiel, son más difíciles de leer, porque la abundancia de acotaciones hace difícil seguir la trama.

 

F.R.C.: Ya solo me resta hacerte una petición: que nos recomiendes un cuento o un poema para las secciones 1001 cuentos y 1001 poemas.

E.J.G.: Es complicado. Para el cuento recomendaría «La biblioteca de Babel», de J.L. Borges. El poema, quizá «El coloquio de los centauros», de Rubén Darío.

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