Opiniones de un corrector de estilo: La corrección de estilo y los concursos literarios

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Un guepardo y un leopardo. Fuente de la imagen.
Nota del corrector: hay un error en el pie de la imagen: ese “a” debería ser “ha”, del verbo “haber”.

Opiniones de un corrector de estilo: La corrección de estilo y los concursos literarios

A menudo, recibo manuscritos cuyo destino más inmediato es un certamen literario (o dos o tres, dependiendo de la pulsión del autor por probar suerte en la ruleta de las Letras). Los progenitores de estos textos solicitan mis servicios porque creen que después de una sólida corrección de estilo van a tener más opciones de ganar el certamen de turno.

Ahora que nadie me escucha, me hago una pregunta en voz alta: ¿una novela, un libro de cuentos, un ensayo o un diario tienen más opciones de resultar premiados tras la corrección de un abnegado profesional? Ya puestos, me respondo yo mismo, también en voz alta: pese a que la respuesta pueda jugar en mi contra, no tiene por qué.

¿Y entonces?

Entonces… hay que tener en cuenta que para convocar un certamen literario en este país hay ciertos elementos necesarios: infraestructura, ganas, unas bases, un jurado y, por lo general, algo de dinero. ¿Y qué no se necesita forzosamente? ¡Conocimientos literarios! Os puedo asegurar que los miembros de algunos concursos tienen serios problemas para distinguir un texto digno, bien escrito y bien pensado de otro texto chapucero, tantos o más problemas que tengo yo para distinguir a un guepardo de un leopardo.

Lo que debería mover (o incluso conmover) a un escritor a la hora de solicitar los servicios de un corrector de estilo no es el afán de resultadismo (una pena que esta palabra no tenga cabida en el DRAE) sino un gusto plausible por las cosas bien hechas. Sin ánimo de asfixiar los sueños de nadie, he de recordar que estadísticamente es un hecho incontestable –y lógico– que la inmensa mayoría de los textos presentados a los concursos no consiguen el pasaporte del éxito. Pero esto no es el fin del manuscrito, no debe serlo: muy al contrario, es tan solo el principio. Su autor probablemente opte por enviarlo a otro concurso o a un editor, hacer una autoedición, compartirlo con los compañeros del trabajo, con la novia o con el portero del inmueble que dedica sus ratos libres a leer libros en la garita. En resumen: no sabemos si el jurado se va a tomar la molestia de leer tu manuscrito, pero sí lo harán otras personas que, en honor al tiempo que van a dedicarte, merecen tu respeto. Y ahí es donde se agradece la tarea del corrector, ese señor o señora con ojos fiscales que se encarga de poner los puntos sobre las íes.

Un texto sin redundancias, sin solecismos, sin espacios dobles, sin errores en la articulación de los diálogos, sin erratas, sin estridencias sintácticas, sin fallos de puntuación y sin incongruencias conceptuales debería partir con ventaja en un concurso literario frente a otro manuscrito que parece una suerte de aguada sopa de letra tan difícil de comprender como un jeroglífico egipcio antes del advenimiento de la Piedra de Rosseta. En un mundo justo, escribir sin debería ser premiado con.

Desgraciadamente, no siempre ocurre así. La culpa la tiene esa miopía que nos impide distinguir lo que diferencia a un leopardo de un guepardo.

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Francisco Rodríguez Criado es escritor y corrector de estilo.

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francisco rodriguezFrancisco Rodríguez Criado: escritor, corrector de estilo, profesor de talleres literarios y creador del blog Narrativa Breve. Ha publicado novelas, libros de relatos, obras de teatro y ensayos novelados. Sus minificciones han sido incluidas en algunas de las mejores antologías de relatos y microrrelatos españolas: El cuarto género narrativo. Antología del microrrelato español (1906-2011). Ed. Irene Andrés-Suárez (Cátedra, Madrid, 2012),Velas al viento. Ed. Fernando Valls (Los cuadernos del vigía, Granada, 2010), La quinta dimensión (Universidad de Extremadura, Mérida, 2009), Soplando vidrio y otros estudios sobre el microrrelato español. Ed. Fernando Valls (Páginas de Espuma, Madrid, 2008), Histerias breves (El problema de Yorick, Albacete, 2006), Relatos relámpago (ERE, Mérida, 2006), etcétera. Es autor de El Diario Down, donde narra en primera persona sus experiencias como padre de un bebé con el Síndrome de Down. 

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