Entrevistas en la mochila: Pedro Miguel Lamet

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Pedro Miguel Lamet, entrevista, Glora Díez
Pedro Miguel Lamet. © Fotografía: Gloria Díez

 

ENTREVISTAS EN LA MOCHILA, por Gloria Díez

¿Tiene un minuto..? Me parece que llevo unas preguntas en la mochila.

Hoy con Pedro Miguel Lamet

 

Pedro Miguel Lamet es gaditano, de la cosecha de los años 40. Es cierto que se trasladó muy pronto a Madrid, pero se trajo de Cádiz esa luz que siempre reverbera bajo sus palabras. “A la luz blanquileche/ que moja de frescura/ las noches del verano” escribe en su libro Génesis de la Ternura. Porque Lamet es poeta, ensayista, experto en cine, periodista de dilatada carrera y un prolífico escritor que cultiva la novela histórica con especial intensidad. Y así, libro a libro, ha superado los cuarenta. El último es una novela biográfica sobre Pablo de Tarso, a quien la posteridad recuerda como San Pablo. Saulo es, para muchos, incluido el propio Pedro Miguel, el segundo personaje más importante del cristianismo. El texto se titula El resplandor de Damasco y ha sido publicado por La esfera de los libros.

–Superar los 40 libros debe ser como traspasar la barrera del sonido. ¿Cómo se llega a escribir tanto?

–Sin querer… uno entra como en una especie de espiral que es la propia vida, que te va llevando y un libro te conduce a otro. A mí me ha ayudado la experiencia del periodismo, el escrito “puro” es mucho más lento, el periodismo te da oficio de escribir, pero yo distingo muy claramente el libro-informe del libro creativo. Creo que ambos tipos se va entreverando en mi producción.

Usted escribe cosas como: “Las frutas aliviaban una espera de labios”. ¿Con qué género se queda? ¿Cuál es más eficaz para describir la realidad?

–Sin duda la poesía, a través de la intuición y la sugerencia. Como decía Heidegger es la “desvelación de una verdad escondida”. O Juan Ramón Jimenez.: “Inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas. / Que mi palabra sea la cosa misma, / que por mí vayan todos/ los que no las conocen, a las cosas…”. Lo que sucede es que la auténtica poesía se ha convertido en un lenguaje de iniciados, cada día más marginada por el gran público. Intento por tanto hacer un trabajo didáctico de acercarla a la gente, aunque sea “poesía en calderilla”.

Antes de dibujar la figura de Pablo de Tarso, se ha enfrascado en contarnos los entresijos de Pedro de Arrupe, Díez Alegría o José María de Llanos. Al llegar a este punto hay que confesar que “algo” le tira a usted el ser jesuita. ¿Se siente testigo de la orden?

–Soy jesuita y es lógico que conozca y me tiren las historias de la Compañía porque las tengo cerca. Pero, además, creo que objetivamente es una orden con personajes y situaciones apasionantes, como Francisco de Javier, un pionero de la globalización, Borja, el duque predilecto de Carlos V, el socialismo cristiano de las Reducciones del Paraguay, Ricci en China o el actual papa Francisco. Arrupe, Alegría y Llanos fueron además hombres singulares a los que tuve la suerte de conocer y entrevistar personalmente.

–Su novela empieza con el incendio de Roma. ¿Qué debe tener y que debe “no tener” una novela histórica? ¿Puede dar un aviso para navegantes?

–Mucha gente piensa que es un género nuevo porque se han multiplicado mucho últimamente. Pero no es cierto. Pensemos en Walter Scott o nuestro gran Galdós y sus Episodios. Hay autores que priman la ficción sobre la historia y hasta se pavonean de inventársela. No comparto esta tesis. Creo que la novela histórica es una manera de acercar y hacer inteligible la verdadera historia al lector medio. Por tanto los datos esenciales deben ser rigurosamente históricos. La labor del novelista es arroparlos con una reconstrucción y ambientación de época, que exige un suplemento de investigación y con una ficción literaria que lleve en volandas de forma amena esa historia.

–¿Cuánto tiempo dedicó a documentarse? ¿Es más difícil reconstruir al hombre o a la época?

–Depende del personaje o de la época. En El resplandor de Damasco, como en El último jesuita (sobre la expulsión y extinción de la Compañía en el siglo XVIII) la investigación ha sido muy prolija, más o menos de un año para cada novela. No solo hay que analizar el detalle de los acontecimientos políticos, sociológicos, etc., sino que hay que ponerlos en escena, hacerlos vivos para que el lector se sienta sumergido en ellos. Eso supone estudiar cómo se comía, se viajaba, se luchaba o se convivía en la época, detalles de los que muchas veces los historiadores prescinden y que para el novelista son esenciales, porque la literatura es el arte de lo concreto.

–¿Por qué eligió a Saulo? El apóstol es hijo de un fariseo “puro”, un niño judío circuncidado al octavo día, educado en Jerusalén, un hombre que ostenta el título de ciudadano romano gracias al llamado privilegio de Tarso’. ¿Qué le atrajo de él? ¿Su caída del caballo?

–Es el segundo gran personaje del cristianismo después de Jesús. Aún más, su gran propagador fuera de mundo judío. Hoy diríamos que el que llevó a cabo su marketing con gran éxito. Además, me intrigaba sobremanera. Diría que al mismo tiempo me atraía y me producía rechazo, por su mezcla de altivo y humilde, magnético y duro, culto y popular. Pretendía con este libro explicarme a mí mismo y a los demás –Pablo es solo conocido por la gente a través de alguna carta que han oído en la iglesia– cómo un fariseo fanático llega a transformarse de tal manera para llevar la fe en el Mesías “hasta los confines de la tierra”. Y cómo esto lo hace sin contacto apenas con los apóstoles –quince días solo estuvo con Pedro, Juan y Santiago en Jerusalén–, por una iluminación directa de Dios.

 

–¿Qué cree usted que ocurrió en el camino de Damasco? Lo he leído con mucho cuidado y no me queda nada claro.

–Es que la explicación de ese momento constituye todo el libro. Por eso lo titulo, El resplandor de Damasco. Mire: Ahora por ejemplo está muy de moda hablar de “iluminación”, un término importado de Oriente. El que la alcanza “ve claro”. Es una experiencia que han tenido también algunos santos cristianos. Ignacio de Loyola cuenta que junto al río Cardoner en Manresa tuvo una “ilustración”, por la cual, aunque la Biblia despareciera, el sería gozando de luz suficiente para comprender el sentido de la vida y el mundo. Yo creo que es exactamente lo que le sucedió a Pablo en Tarso. Lo que pasa es que en su caso debió de ser tan tumbativa –eso significa en el lenguaje de Lucas “caerse del caballo” y quedarse ciego– que le dio la vuelta a su vida y le hizo capaz de sufrir de todo –naufragios, cárceles, azotes, apaleamientos– por predicar cuanto había sentido y visto dentro de sí, sin haber conocido personalmente al Cristo, el Mesías.

Pedro Miguel Lamet, Pablo de Tarso
“Pablo de Tarso. El resplandor de Damasco”, de Pedro Miguel Lamet (La Esfera de los Libros, 2015)

–¿Qué diablos (con perdón) es eso de la fe? Esta pregunta jamás se la haría al padre Astete.

Astete y Ripalda, los autores de los catecismos, por cierto ambos jesuitas, que aprendimos de niños, decían que es “creer lo que no vemos”. Pero eso es una simplificación infantil y enormemente incompleta. En el lenguaje bíblico la fe es una forma de conocimiento, una mezcla de intuición, confianza, sentimiento y riesgo. Por ejemplo, enamorarse no es un paso racionalista ni científico. Nadie cuando lo hace pone las células del enamorado/a en un microscopio para asegurarse de que hace lo acertado. En cierto modo es un acto de fe. (Por eso la gente se equivoca tanto). Sin embargo, es una verdad que se te impone. Algo parecido a la intuición poética, un saber sin saber, más allá de la lógica. Quizás por eso la mujer está más dotada para la fe –se la ha llamado el “sexo pío”– porque su conocimiento es más intuitivo que el lógico-matemático del hombre. No deja de ser curioso que los grandes pasos de la vida, e incluso de los avances de la ciencia, nazcan de una intuición. Eso no quita que se pueda y deba luego someterla a análisis y reflexión.

–Cárcel, viajes, penurias, a Saulo le llegan a dar por muerto tras ser lapidado, sufre el rechazo de los suyos. ¿Y todo eso por una revelación?

–Por una iluminación y por una continuada visita de Dios, como la que le llevó a saltos místicos hasta visitar el “tercer cielo”. Lo más maravilloso de Pablo es que es al mismo tiempo muy de la tierra, “vaso de barro”, como él dice. Como esa “espina” que dice llevar clavada y nadie sabe qué es, si las fiebres de la malaria que contrajo y que era considerada en su tiempo un desdoro y un “demonio”, o una tentación que le azotaba. Por eso algunos autores aseguran que estaba loco. ¡Menudo loco, que planificó y llegó a hacer lo que hizo! Sin él el cristianismo se hubiera reducido a una secta olvidada dentro de las reducidas fronteras de Israel.

–Hay una especie de ranking “los que han conocido” y los que no han conocido a Jesús. Saulo no le ha conocido. Eso juega en su contra. ¿El resto de los apóstoles desconfían de él?

–Ese es el mayor drama de Pablo. De cultura greco-romana, como era la ciudad ocupada de Tarso, ciudadano del imperio, judío por los cuatro costados y sin apenas contacto con los apóstoles, se convierte en el primer teólogo de la Historia. Sus cartas aportan reflexión sobre la Buena Noticia, mientras que los evangelios son hechos, narración, relatan acontecimientos. No es raro que los apóstoles desconfiaran de él cuando supera las normas judías sobre la circuncisión, las prescripciones alimentarias, y se centra solo en tres condiciones: la fe, la resurrección y un ritual bien sencillo, una comida entre hermanos, es decir la eucaristía. Así consigue llegar más fácilmente a los paganos. Hasta el final es incomprendido y rechazado. Tienen que pasar años después de su degollación en Roma para ser plenamente aceptado. Y aun así, siempre ha sido polémico: desde la herejía de Marción en el siglo II a las tesis judías actuales que defienden que nunca fue cristiano, pasando por la reforma de Lutero y los que después de la Segunda Guerra mundial defendieron la rocambolesca opinión de que su pensamiento es el origen remoto del exterminio nazi.

–Su apertura al mundo de los no judíos no está bien vista por Pedro, ni por Santiago, el propio hermano de Jesús. Pero sin Saulo el cristianismo sería muy diferente. ¿Qué aportó?

–Pedro pasa por varias etapas. En un principio tuvo una revelación de que había que admitir también a los paganos. Luego, a instancias de Santiago y otros, dejó de sentarse a comer las carnes impuras que prohibía el Levítico. El personaje de Santiago, el “hermano de Jesús”, ha sido en mi opinión escasamente estudiado en ambientes católicos; se nos ha hablado muy poco de él. Sin embargo es rigurosamente histórico. Como otros parientes de Jesús que cita el evangelio, le criticaba y pensaba que se había vuelto loco. Pero después de la crucifixión Santiago se convierte y llega a ser una figura clave entre los seguidores del nazareno en Jerusalén. Hoy diríamos que era el más conservador, la derecha, el “carca” del grupo. Vestía de lino y era admitido a celebrar en el templo por su rigorismo en el cumplimiento de las prescripciones. No traga a Pablo, y aunque cede algo, llega a enviar espías para acusarle. Pablo supone el aperturismo. Hay que tener en cuenta que una de las mayores dificultades para que los paganos se convirtieran era la circuncisión, pues en las termas romanas donde la gente iba desnuda aparecer sin prepucio suponía una humillación social que movía a hilaridad.

–De su libro se deduce que María tuvo otros hijos. ¿Eso está aceptado por la Iglesia?

–Como sabe todo el mundo, el tema de la virginidad de María es una de las divergencias entre católicos y protestantes. Muchos exegetas católicos defienden que el término “hermano” en el lenguaje bíblico es muy amplio y engloba también a primos y parientes. Otros argumentan que José pudo tener otros hijos de un primer matrimonio. Todo depende también de qué se entienda por virginidad. ¿Es un hecho meramente físico? ¿Era imposible para Dios haber nacido como todo el mundo? Sea como fuere, me quedo con aquel momento en que Jesús, cuando le anuncian que están allí su madre y sus hermanos, responde: “¿Quiénes son mi madre y mis hermanos. Estos son mi madre y mis hermanos, lo que cumplen la voluntad de Dios” (Mc 3, 20-35). En una palabra, la pobre gente que le rodeaba. Él enseñaba algo nuevo, otro concepto de sangre y familia. Al final hasta en temas religiosos somos demasiado materialistas.

–Pablo de Tarso no es un personaje sencillo. Dicen que Jesús no deseaba a su lado gente “tibia”. Dígame, tras estudiarles a ambos, ¿quién cree que tenía peor carácter, Saulo de Tarso o el vasco Ignacio de Loyola?

–La pregunta me pone en un brete al ser tan negativa. ¿El peor? Yo diría que ambos tenían “mucho carácter”, porque sin carácter no hubieran llevado a cabo tan grandes empresas. Pero al mismo tiempo eran bien distintos. Pablo es un mediterráneo de sangre caliente: apasionado, impulsivo, hablador, algo colérico, pero al mismo tiempo entrañable. Yo he descubierto al escribir el libro cómo quería y le querían sus amigos y colaboradores, entre ellos muchas mujeres que mantenían la red de sus primeras iglesias domésticas. Léase por ejemplo la breve y preciosa carta a Filemón, escrita para liberar a un esclavo. Ignacio es un vasco parco en palabras y largo en hechos, más para adentro, pero con una sobria ternura escondida y un sentido práctico y universal de gran estratega. De ambos consta que se enfadaban. Eso me parece estupendo, les quita peana, y los abaja a la calle, más cerca de nosotros. Como suele decirse, “los santos también comen judías”.

Después de escribir El resplandor de Damasco, ¿ha conseguido ponerle “carne” al hombre? ¿Qué ha descubierto sobre Saulo?

–Algo de eso acabo de contestar en la anterior pregunta. Pero he de confesar que así como Jesús en su dimensión humana, sigue siendo misterio y en eso está su fuerza y su encanto, Pablo sigue siendo para mí un enigma. Físicamente poca cosa, hasta feo, bajo, un poco patizambo y medio calvo, sus efigies más antiguas le acercan a la imagen del intelectual, el filósofo. Tampoco era un gran orador, como se pone de manifiesto cuando le comparan en Éfeso con Apolo. Pero estaba provisto de una potente aura magnética que sin duda lo hacía muy atractivo y con una enorme capacidad de arrastre. Poseía una energía interior, una fuerza y valentía capaces de llevar adelante su gran ideal contra viento y marea. Listo además como el hambre. Y fascinante en esa mezcla de sano orgullo y al mismo tiempo conciencia de su debilidad: “La fuerza se realiza en la debilidad. Así que muy a gusto presumiré de mis debilidades, para que se aloje en mí el poder del Mesías” (2Cor, 12,10). ¿Humano? Sí, a veces demasiado humano, y por eso quizás más divino. Al final lo único que explica todo es que era un gran enamorado.

–Si pudiera hacerle una pregunta, una sola, como periodista, a Pablo de Tarso, ¿cuál sería?

–Dime, Pablo: ¿Podrías explicarnos qué viste y qué sentiste cuando te cegó el resplandor de Damasco? Estoy casi seguro de que me respondería: “No puedo. No hay palabras para expresarlo”.

–Con lo inefable hemos topado. Pues, si yo hubiese tenido esa oportunidad, habría querido saber una sola cosa y seguro que hay palabras para responder: ¿Se sintió usted alguna vez abandonado? ¿No? ¿Nunca? Haga memoria…

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“Entrevistas en la mochila” es una sección literaria de Gloria Díez. Asturiana, periodista y escritora, ha trabajado durante más de veinte años en prensa y televisión, donde ha realizado tareas de reportera y columnista. Ha tenido el privilegio de entrevistar a grandes hombres y mujeres cuyo valor no siempre estaba en paralelo con su prestigio social. Y viceversa. Con ese bagaje afronta “Entrevistas en la mochila”, sección por la que pasan algunas de las personas más relevantes de la literatura española.

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