Cuento breve recomendado: [La estación], de Antonio Colinas

Antonio Colinas
Antonio Colinas. Fuente de la imagen

“Yo fui un niño muerto. El agua me devolvió a la vida.” Así comienza Antonio Colinas sus Memorias del estanque, que acaba de publicar la Editorial Siruela.

La imagen que devuelve el espejo de un tiempo detenido en el agua parada del estanque es la que dibujan estas memorias en las que Antonio Colinas evoca su autobiografía a través de una serie de imágenes fijas cuya sucesión compone el transcurso de una vida indisociablemente unida a la poesía, vinculada a su vez vertebralmente a su experiencia.

Sus recuerdos personales, la formación de su mundo poético, sus lecturas y los paisajes que son el telón de fondo de su obra; la música y la pintura se suceden en esta páginas a través de la armonía serena en la que se funden la prosa y la mirada de Colinas para revelar las claves vitales y estéticas de su poesía, la serenidad silenciosa conseguida tras un largo viaje interior hacia lo hondo de sí mismo o del mundo guiado por la lectura de Rilke y de Leopardi, de Machado y Juan Ramón, de San Juan de la Cruz y María Zambrano.

Por eso, desde el reflejo sereno de otro tiempo parado en su espejo, de La Bañeza a Ibiza, pasando por los cuatro años de estancia en Italia, o de México a China, estas Memorias del estanque construyen el relato de un viaje interior que se superpone a los viajes exteriores y a los distintos lugares ligados a la vida y la obra de Antonio Colinas.

Una obra profundamente vinculada a su vida por medio de una escritura en la que se funden –en un trayecto de ida y vuelta– sentimiento y pensamiento, emoción y meditación, pasado y presente. Como en estas líneas: “Hundo los ojos en el estanque y la realidad es doble; no sé si es la de sus orillas arboladas o la que se refleja en el agua, la de hoy o la del ayer. Hundo la mirada y me siento arrastrar por un río”.

Un río del que emergen la pintura y la música, Tiziano y Bach, Mahler y Botticelli, el Prado –“un estanque de estanques”–, Aleixandre o Neruda, los Alpes y el Teleno, la sabiduría oriental del taoísmo y la experiencia de la poesía en la calle en Latinoamérica.

Y cuando faltan las palabras convencionales el poeta intercala poemas inéditos que aluden también a ese proceso de construcción de una vida y de una voz poética que le ha dado sentido a su existencia a través de una búsqueda de plenitud que se prolonga hasta el presente:

“¿De qué está compuesta esta felicidad mía de ahora? Sobre todo de algo que ya señalé hace años, pero que entonces solo eran meras palabras para mí: soledad, serenidad, silencio. Hoy estas tres situaciones o estados de ánimo dan forma a algo más profundo que no puedo explicar con facilidad. Quizá todo se ha convertido a mi alrededor –en estos momentos, en estos últimos veranos, en estos campos– en símbolos fértiles.”

Además de las Memorias del estanque, el volumen incorpora como apéndice Un valle, dos valles, del que escribe Colinas: “Estas páginas nacen de una tremenda dualidad. De dos valles. Por un lado, del retorno al origen, del descenso a las raíces, de la meditación sobre las ruinas de mi infancia; del otro, de la contemplación de la naturaleza en su plenitud, la fuente originaria, para encontrar alivio Extremos que a veces logramos deshacer en esos instantes plenos.”

Santos DOMÍNGUEZ

 

Colinas rememora en Memorias del estanque diversos momentos de sus años de infancia en su pueblo natal, La Bañeza, situada al suroeste de la provincia de León y a 45 kms de la capital.

En la primera parte del texto seleccionado los recuerdos de la ciudad de entonces son las continuas ensoñaciones del protagonista: una hermosa ciudad que emerge en una fértil llanura salpicada por las aguas de los ríos Tuerto y Órbigo en las que se bañaban los muchachos bañezanos, aguas tan limpias que podían beber de ellas. El Parque del Jardinillo era y es el más famoso y frecuentado parque bañezano. La bicicleta, las lecturas solitarias bajo el gran paseo central arbolado y el aroma del tomillo y de las rosas nocturnas persisten en la memoria del autor después de tantos años. Y junto al parque la estación de ferrocarril abandonada desde el año 1983 pero todavía viva para el muchacho protagonista, porque era allí donde su padre le llevaba a él y a su hermano para contemplar ensimismados el paso del último tren.

Aquí comienza la segunda parte de la añoranza del autor con esa estación íntimamente unida a su vida familiar en La Bañeza: su despedida a los quince años y, especialmente, la salida y vuelta de su padre al acabar la guerra, con el desenlace final del imprevisto conocimiento de la muerte de su madre, la abuela de Colinas. Es la estación de las lágrimas, “pero también la de aquel aroma del tomillo que borraba cualquier pesar y que fue en mi infancia un territorio con sus pequeños tesoros.”

Miguel Díez R.

Antonio Colinas

[LA ESTACIÓN]

Antonio Colinas (España, 1946)

 

Me reprochan los míos que siga ensoñando la ciudad de entonces, llena de huertas y con unos ríos de aguas claras; agua que bebíamos mientras nos bañábamos; ciudad rodeada de pequeños microcosmos, como el del Monte, el Jardinillo o el Parque, más unido este último a mi bicicleta y a mis lecturas en solitario bajo el gran paseo central arbolado. Llevo todavía en mí el aroma del tomillo y de las rosas nocturnas del Jardinillo. Muy cerca de él estaba la estación de ferrocarril, de la que un día partió el último tren que ya no regresó. Recuerdo que cada día, nada más comer, nuestro padre nos llevaba de paseo unos momentos, a mi hermano y a mí —antes de que él volviera al trabajo—, al Jardinillo y luego a la estación, a ver un tren que llegaba a aquellas horas soltando nubes de humo y carbonilla, siguiendo hacia el sur la Vía de la Plata.

La estación: un lugar más unido a las lágrimas que a las alegrías, a decir verdad. Allí vi las lágrimas de mi madre por vez primera, cuando me fue a despedir, cuando dejé la ciudad y la casa a mis quince años. También por aquella estación de mi infancia había salido mi padre un día para cumplir, en tierras andaluzas, con su servicio militar, pero no sabía que los de su promoción iban a hacer una mili ¡de cuatro años!, pues, al poco de llegar a su destino, estalló la Guerra Civil. Salió de esa estación seguramente animoso y volvió a ella en 1939, acabada la guerra, muy feliz por el regreso a la casa de sus padres. Pero él no esperaba que, al bajar del tren, se iba a encontrar con una persona que, con la mayor de sus inocencias, le diría: «Siento la muerte de tu madre. Has venido para el funeral, ¿verdad? Pero no has podido llegar a tiempo. La enterraron ayer». Ese fue el punto final para mi padre de aquellos cuatro años, de una guerra de la que volvía con la conciencia tranquila, pero que recordaba siempre con aquel amargo desenlace familiar final. La estación de las lágrimas; pero también la de aquel aroma del tomillo que borraba cualquier pesar y que fue en mi infancia un territorio con sus pequeños tesoros: el del contacto con la naturaleza, con los buenos amigos, con los libros. El Jardinillo y el Parque, lugares para la iniciación a tantas cosas.

Memorias del estanque, Madrid, Siruela, 2016

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