Cuento de John Steinbeck: Los crisantemos

Hoy es un día maravilloso para ofreceros un cuento del escritor estadounidense John Steinbeck (1902-1968), Premio Nobel de Literatura en 1962, famoso por novelas como La perla, De ratones y hombres y la siempre citada Las uvas de la ira, con versión cinematográfica de John Ford, interpretada por Henry Fonda. La recordáis, ¿verdad?

El cuento que podéis leer a continuación, “Los crisantemos”, fue publicado por primera vez en Harper´s Magazine, en el número 175 (octubre de 1937), y recopilado posteriormente en el libro de cuentos The Long Valley (1938).

El valle largo, publicado en 2009 por la editorial Navona, con traducción e introducción de José Luis Piquero González, recopila una docena de textos breves ambientados en el valle de Salinas, donde nació John Steinbeck, por los que desfilan sufridos ciudadanos (esposas, granjeros, braceros, activistas comunistas), con sus luces y sus sombras.

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Ojos de perro azul, un cuento de García Márquez

Entonces me miró. Yo creía que me miraba por primera vez. Pero luego, cuando dio la vuelta por detrás del velador y yo seguía sintiendo sobre el hombro, a mis espaldas, su resbaladiza y oleosa mirada, comprendí que era yo quien la miraba por primera vez. Encendí un cigarrillo. Tragué el humo áspero y fuerte, antes de hacer girar el asiento, equilibrándolo sobre una de las patas posteriores. Después de eso la vi ahí, como había estado todas las noches, parada junto al velador, mirándome. Durante breves minutos estuvimos haciendo nada más que eso: mirarnos. Yo mirándola desde el asiento, haciendo equilibrio en una de sus patas posteriores. Ella de pie, con una mano larga y quieta sobre el velador, mirándome. Le veía los párpados iluminados como todas las noches. Fue entonces cuando recordé lo de siempre, cuando le dije: «Ojos de perro azul». Ella me dijo, sin retirar la mano del velador: «Eso. Ya no lo olvidaremos nunca». Salió de la órbita suspirando: «Ojos de perro azul. He escrito eso por todas partes».

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Cuento de Jorge Ibargüengoitia: Manos muertas

Hoy damos un cuento de Jorge Ibargüengoitia. ¿Pero quién es este escritor de apellido impronunciable? Nacido en Guanajauto, México, en 1928, una ciudad de provincia que él definió como “casi un fantasma”. Escribió ensayos, cuentos, novelas, artículos de prensa, obras de teatro… Una de sus novelas, Los relámpagos de agosto, ganó en 1965 el Premio Casa de las Américas.

Tenía una prosa fluida y en ocasiones humorísticas (ese “humor contra los tontos solemnes“, como escribió Raúl Rivero), y le gustaba ridiculizar a algunos de sus personajes.

Falleció en Mejorada del Campo, Madrid, en 1983, en un accidente aéreo.

Si queréis saber más sobre él, os dejo una entrevista realizada a su mujer, la pintora mexicana Joy Laville.

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Amor y locura en un cuento de Guy de Maupassant

Amor y locura en Guy de Maupassant

Amor y locura, sí. ¿Acaso no están relacionados con dolorosa frecuencia? Valga como ejemplo este cuento de Guy de Maupassant, uno de los grandes cuentistas del siglo XIX, una suerte de Chéjov a la francesa.

Guy de Maupassant algo sabía de la locura: en sus últimos años tuvo brotes de locura, intentó suicidarse en más de una ocasión… Finalmente, debido a su lamentable estado psicológico fue ingresado en la clínica del doctor Blanche, en París.

Si no conocéis a Maupassant y queréis entrar en materia, os recomiendo su libro El horla. En Narrativa Breve hemos publicado bastantes cuentos suyos. Uno de mis preferidos es “El collar“:

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Un cuento de Leopoldo Lugones: Un fenómeno inexplicable

Leopoldo Lugones (1874-1938) fue uno de los escritores argentinos más importantes del pasado siglo. Escribió novela, cuento, poesía. Fue Premio Nacional de Literatura en 1926. Hombre de gran actividad intelectual y política, fundó la Sociedad Argentina de Escritores en 1926. Cuatro años después apoyó el golpe de Estado impulsado por el general José Félix Uriburu, que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen. Descontento con el destino de su país tras el golpe, y quizá influido por algún contratiempo amoroso que fomentó en él la depresión, se suicidó en 1938.

Otro argentino ilustre, Jorge Luis Borges, fue un gran admirador de Leopoldo Lugones, hasta el punto de que escribió en más de una ocasión sobre. Aquí puedes escuchar un texto sobre Lugones en voz del propio Borges

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El hombre de nieve, una historia de Murakami

—Es que yo no lo sé —dijo el hombre de hielo con tono calmado, pero resuelto. Y exhaló una compacta y blanca nube de aliento—. Yo no tengo pasado. Yo conozco el pasado de todas las cosas. Conservo el pasado de todas las cosas. Pero en mí no hay pasado. No sé dónde he nacido. No conozco el rostro de mis padres. Ni siquiera sé si realmente los he tenido. Ni siquiera sé cuántos años tengo. Ni siquiera sé si, en verdad, tengo edad.

El hombre de hielo estaba solo como un iceberg en medio de las tinieblas.

Cuento de Haruki Murakami: El hombre de nieve

Me casé con un hombre de hielo.

Encontré al hombre de hielo en el hotel de unas pistas de esquí. Es posible que aquél fuera el lugar más indicado para conocerlo. En el vestíbulo de aquel bullicioso hotel, atestado de gente joven, el hombre de hielo estaba solo, leyendo tranquilamente un libro en el rincón más alejado de la estufa. Ya casi era mediodía, pero a mí me dio la impresión de que la límpida y fría luz de la mañana todavía seguía brillando sólo a su alrededor.

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Cuento breve de Alfonso Reyes: La cena

Comparto con vosotros este cuento de Alfonso Reyes, el más español de los escritores mexicanos. El cuento, titulado “La cena”, cabalga entre el misterio y el surrealimo. Una delicia de narración abocada a un final climático. (Y hasta aquí puedo contar).

Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

Roberto Bolaño

Cuento breve de Alfonso Reyes

Cuento breve de Alfonso Reyes: La cena

La cena, que recrea y enamora.

San Juan de la Cruz

Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.

Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?

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Un cuento corto para niños: El caballo y el asno

Os dejo un cuento corto para niños: El caballo y el asno. Escribo “para niños” porque es muy didáctica y fácil de asimilar, aunque en realidad no estaría mal que los alumnos recordáramos esta historia de vez en cuando.

He leído la narración de “El caballo y el asno” en diversas versiones que en su literalidad difieren bastante entre sí, si bien la idea subyacente y la moraleja se mantienen. Doy la versión que se atribuye a Esopo.

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Cuento de Jorge Luis Borges: El fin

 

Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…

Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

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