Cuento breve de Alfonso Reyes: La cena

Comparto con vosotros este cuento de Alfonso Reyes, el más español de los escritores mexicanos. El cuento, titulado “La cena”, cabalga entre el misterio y el surrealimo. Una delicia de narración abocada a un final climático. (Y hasta aquí puedo contar).

Lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

Roberto Bolaño

Cuento breve de Alfonso Reyes

Cuento breve de Alfonso Reyes: La cena

La cena, que recrea y enamora.

San Juan de la Cruz

Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.

Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?

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Cuento de Iván Turgénev: Una cacería de patos silvestres

Ivan Sergéyevich Turgénev o Turgueniev fue un escritor –novelista y autor teatral– ruso que nació en Orel, Rusia, el 9 de noviembre de 1818, y que falleció en Bougivil, cerca de París, el 3 de septiembre de 1883. Provenía de una familia de ricos terratenientes. Sus padres lo enviaron a estudiar a San Petersburgo y luego a Berlín. La cultura germana lo influyó grandemente, por lo que se le tildó de ser el más occidental de los escritores eslavos. Fue amigo y enemigo de Tolstoi y de Dostoievski, con quienes disintió muchas veces, en medio de ciertos períodos de amistad y concordia. Sufrió el destierro y tuvo que asentarse en París, donde conoció a la cantante Pauline García–Viardot, con quien vivió hasta su muerte. Uno de sus libros más conocidos es Memorias de un cazador, a través del cual da a conocer la vida de los campesinos rusos, explotados y maltratados por la sociedad clasista y conservadora de los zares. Los relatos e historias de este libro le permitieron a Turgueniev realizar una crítica despiadada a ese tipo de gente.

Ernesto Bustos Garrido

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Cuento de Jorge Luis Borges: El fin

 

Recabarren, tendido, entreabrió los ojos y vio el oblicuo cielo raso de junco. De la otra pieza le llegaba un rasgueo de guitarra, una suerte de pobrísimo laberinto que se enredaba y desataba infinitamente…

Recobró poco a poco la realidad, las cosas cotidianas que ya no cambiaría nunca por otras. Miró sin lástima su gran cuerpo inútil, el poncho de lana ordinaria que le envolvía las piernas. Afuera, más allá de los barrotes de la ventana, se dilataban la llanura y la tarde; había dormido, pero aún quedaba mucha luz en el cielo. Con el brazo izquierdo tanteó dar con un cencerro de bronce que había al pie del catre. Una o dos veces lo agitó; del otro lado de la puerta seguían llegándole los modestos acordes. El ejecutor era un negro que había aparecido una noche con pretensiones de cantor y que había desafiado a otro forastero a una larga payada de contrapunto. Vencido, seguía frecuentando la pulpería, como a la espera de alguien. Se pasaba las horas con la guitarra, pero no había vuelto a cantar; acaso la derrota lo había amargado. La gente ya se había acostumbrado a ese hombre inofensivo. Recabarren, patrón de la pulpería, no olvidaría ese contrapunto; al día siguiente, al acomodar unos tercios de yerba, se le había muerto bruscamente el lado derecho y había perdido el habla. A fuerza de apiadarnos de las desdichas de los héroes de la novelas concluimos apiadándonos con exceso de las desdichas propias; no así el sufrido Recabarren, que aceptó la parálisis como antes había aceptado el rigor y las soledades de América. Habituado a vivir en el presente, como los animales, ahora miraba el cielo y pensaba que el cerco rojo de la luna era señal de lluvia.

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Cuento de Mario Benedetti: Sábado de Gloria

Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia. Primero pensé que serían las seis y cuarto de la mañana y debía ir a la oficina pero había dejado en casa de mi madre los zapatos de goma y tendría que meter papel de diario en los otros zapatos, los comunes, porque me pone fuera de mí sentir cómo la humedad me va enfriando los pies y los tobillos. Después creí que era domingo y me podía quedar un rato bajo las frazadas. Eso –la certeza del feriado– me proporciona siempre un placer infantil. Saber que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas, para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida, la muerte, el fútbol y la guerra.

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Cuento de José Luis Ibáñez Salas: Esta noche de Reyes

Noche de Reyes

Podríamos comenzar por decir que está lloviendo una fina lluvia sobre las aceras de las calles de una ciudad cualquiera de un mundo occidental que empieza a sentirse asediado por los derrotados y por los arrogantes suicidas medievales, podría comenzar (a qué el podríamos si el que va escribir, si el que ya está escribiendo soy yo con mi mismidad literaria forjada a base de escribir y leer y ver películas y sobre todo vivir y ser vivido) por dejar escrito en este que va a ser un cuento sobre una noche de Reyes que la ciudad es a esta hora un hervidero de camellos de los desiertos surcando sus cielos para que mañana los niños y muchos mayores se crean de verdad que los Reyes son los Reyes, unos Reyes más inventados que los propios Reyes que nunca fueron enterrados en la catedral alemana de Colonia.

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Cuento de terror de Stephen King: Coco

 Cuento de terror de Stephen King: Coco

Stephen King publicó el libro de cuentos El umbral de la noche (Night Shift es su título original) en 1978, en la editorial estadounidense Doubleday, sello que acoge a autores como Ray Bradbury, James Ellroy o Vladimir Nabokov. El libro de King tuvo mucho éxito; no en vano, varios de los cuentos fueron llevados al cine.

Damos uno de los cuentos de terror de Stephen King incluidos en el libro “Coco”.

 

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Cuento de terror de Stephen King: Coco

–Recurro a usted porque quiero contarle mi historia –dijo el hombre acostado sobre el diván del doctor Harper.

El hombre era Lester Billings, de Waterbury, Connecticut. Según la ficha de la enfermera Vickers, tenía veintiocho años, trabajaba para una empresa industrial de Nueva York, estaba divorciado, y había tenido tres hijos. Todos muertos.

–No puedo recurrir a un cura porque no soy católico. No puedo recurrir a un abogado porque no he hecho nada que deba consultar con él. Lo único que hice fue matar a mis hijos. De uno en uno. Los maté a todos.

El doctor Harper puso en marcha el magnetófono.

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