Cuento breve recomendado (214): “El viento”, de Blaise Cendrars

"Blaise Cendrars", "Marc Chagall",
Retrato de Blaise Cendrars, por Marc Chagall. Fuente de la imagen

El poeta surrealista, Blaise Cendrars (véase en esta misma sección SEETETELANÉ), escribió los relatos africanos Cuentos negros para niños blancos para todos los niños del mundo y de cualquier edad porque, como dice en “Totems”, el primero de los cuentos: un hombre sensato no puede hablar de cosas serias con otro hombre sensato, sino que debe dirigirse a los niños. Cuentos tradicionales y sabias historias, reflejo de un mundo exótico donde el mito y la leyenda forman parte de la vida cotidiana, y que son reinterpretadas y escritas con particular cuidado literario por Cendrars, como esta del viento juguetón, bromista, inconstante y que, siempre hambriento, se traga todo lo que encuentra a su paso.

M.D.R

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Cuento breve recomendado (208): “Nosotros no”, de José B. Adolph

 

José B. Adolph
José B. Adolph. Fuente de la imagen

José B. Adolph. Fuente de la imagen

José B. Adolph no escribía todo el tiempo en clave de ciencia-ficción. Su registro es, más bien, variado, heterogéneo; pero lo más vital de su obra puede ser considerada dentro de esas páginas dedicadas a la reconstrucción de mundos probables, con vuelos imaginarios que no hacen sino proyectar sutilmente miedos colectivos, de alcance universal. Hay algo que debemos reconocer en la mayoría de los escritores del género de ciencia-ficción: privilegian los contenidos frente a la forma; perciben con más cuidado la construcción del mundo representado y menos los detalles de la forma, del estilo. En ese sentido, Adolph nunca deja de ser un autor de ciencia-ficción atípico, pues nunca deja de apreciar el cuidado de la prosa. Fue un autor con simpatías por el género, pero no un mariscal del culto. Siempre se sintió libre de entrar y salir de esos parámetros.

Carlos Batalla.

Fuente del texto: suplemento El Dominical, del diario El Comercio

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Cuento breve recomendado (192): “[El tiesto de Albahaca]”, de Giovanni Boccacio

Había en Messina tres hermanos jóvenes, todos mercaderes y muy ricos, cuando murió su padre, que era de San Gimignano. Tenían una hermana llamada Isabel, moza muy cortés y bella, a la que, sin razón aparente, no habían casado todavía. Y tenían estos tres hermanos en un establecimiento suyo un joven paisano llamado Lorenzo que dirigía y gobernaba todos sus negocios. Siendo él muy gallardo de su persona y hombre bizarro, Isabel,

Cuento breve recomendado: “Tarde y crepúsculo”, de Julián Ayesta

Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta (El Alcantilado, 2000)
 

“Espantada porque su hija leía novela tras novela del nocivo Federico Moccia, me pidió una recomendación. Le apunté, entre otros libros, Helena o el mar del verano de Julián Ayesta, [el libro al que pertenece el relato seleccionado] deliciosa novelita espléndida. A la semana me dijo cuánto le había gustado la novela a ella, pero no a su hija: “Claro, como no ha conocido aquellos veraneos eternos con los primos…” Deduje que a la niña tampoco se le podrá recomendar la Iliada porque no ha conocido aquellas expediciones de los aqueos, ni el Quijote, porque no ha dormido nunca en una venta manchega, ni La isla del tesoro porque no tiene un loro ni una pata de palo… A veces hasta los padres más listos se tragan —será el amor, que es ciego— las más idiotas ideas de sus hijos.”

[Este cuento incluye un comentario, al final, de Miguel Díez R.]

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Cuento breve recomendado (28): “El niño ladrón y su madre” (Fábula de Esopo)

Un niño robaba en la escuela los libros de sus compañeros y, como si tal cosa fuese buena, se los llevaba a su madre, quien, en vez de corregirlo, aprobaba su mala acción.

En otra ocasión robó un reloj que asimismo entregó a su madre. Ella también aceptó el robo. Así pasaron los años y el joven se transformó en un ladrón peligroso.

Cuento breve recomendado (6): “La montaña”, de Enrique Anderson Imbert

El niño empezó a trepar por el corpachón de su padre, que estaba amodorrado en la butaca, en medio de la gran siesta, en medio del gran patio. Al sentirlo, el padre, sin abrir los ojos y sotorriéndose, se puso todo duro para ofrecer al juego del hijo una solidez de montaña. Y el niño lo fue escalando: se apoyaba en las estribaciones de las piernas, en el talud del pecho, en los brazos, en los hombros, inmóviles como rocas. Cuando llegó a la cima nevada de la cabeza, el niño no vio a nadie.