Una historia leída en WhatsApp

 

Algunos de mis mejores amigos, sabedores de que bajo mi coraza de hombre existencialista hay un gran amante del humor, suelen enviarme gamberradas al móvil, algunas de ellas muy divertidas. Cuando se trata de texto puro y duro, a falta de un título revelador –los MSN o los wasaps son parcos en cuanto a edición–, nunca sé que voy a leer.

Hoy, por ejemplo, me han enviado un texto que ha conseguido “engañarme”. Cuando lo empecé a leer me pregunté: ¿esto es una queja?, ¿una historia real?, ¿un chiste?, ¿una advertencia climática?

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Isabel Allende, corista durante un día

Nuestro colaborador Ernesto Bustos Garrido nos ofrece esta curiosa reliquia, un reportaje de Isabel Allende, contando cómo, por circunstancias de la vida, acudió cierto día de 1973 a la sala Bim Bam Bum para ofrecerse como corista. ¡Sí, como corista, habéis leído bien!

Como explica Ernesto en su artículo “El mundo de Isabel Allende y Eva Luna”,

“Ella era una joven periodista con formación universitaria, cuyas crónicas y reportajes destacaban por su audacia. Formaba parte de la plantilla de una revista semanal (Revista Paula) que tocaba temas de mujeres principalmente, con mensajes directos y explícitos hacia los hombres y su inveterado machismo. Isabel tuvo allí su mejor escuela. Un día la directora de la publicación la mandó a enterarse de la vida secreta de las bailarinas de teatro y cabaret. Isabel se hizo pasar junto a una amiga como postulantes a corista, y en la primera audición debió quitarse la ropa. Reconoce que se llenó de vergüenza, no por mostrar su delicado y armonioso cuerpo, sino porque ese día ella andaba con calzones de lana”.

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3 cuentos cortos para sobrevivir al lunes

Consciente de lo duros que son algunos lunes, os ofrezco tres cuentos cortos para que paséis un buen rato. Son tres historias cortas, muy cortas, de dos autores franceses decimonónicos (Aloysius Bertrand y Alphonse Allais, el hombre de la risa trágica). La tercera narración lleva la firma de Robert Burton, un clérigo inglés del siglo XVII.

Los he ordenado de menor a mayor extensión. Espero que os gusten estas narraciones breves.

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Breve ensayo de John Berger: Una carga de mierda

“Al igual que Benjamin, que bosquejó sesudos análisis artísticos a partir de sus paseos por los bulevares parisinos, o que Gramsci, que desarrolló toda una teoría de la cultura sirviéndose de las revistuchas de actualidad que recibía en su celda de la Italia fascista, Berger suele arrancar sus ensayos con pequeñas observaciones accesibles a casi cualquiera. Un encuentro inesperado, una pintura, un viaje, una película. Es el caso de “Una carga de mierda”, ensayo de 1989 recopilado en su libro Cada vez que decimos adiós (editado en español por De la Flor), donde reflexiona sobre la naturaleza de las heces mientras hace lo que debe hacer cualquier habitante de un pueblucho alpino: cavar un pozo y enterrar las deposiciones de todo el año. Mientras cava, cuenta Berger, tarde o temprano se sulfura, brota en él una especie de ira. En todas las lenguas –explica- “¡mierda!” es una maldición que expresa exasperación. Anoto en el margen del libro las que conozco: “shit!”, “merdre!”, “cazzo!”, “merda!”, “căcat!”, “schaise!”…”.

       Marcelo Pisarro, Nerds All Stars

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Cuento de Navidad de Antón Chéjov: El árbol de Navidad

Cuento de Navidad de Anton Chéjov

Cuento de Navidad de Antón Chejov: El árbol de Navidad

Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad. Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir. Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró al icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro. El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

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Cuento de Selva Almada: Un verano

Cuento de Selva Almada

Con el primo se conocían de vista; sus madres estaban distanciadas desde hacía tiempo, no sabía por qué ni desde cuándo. Pero esa vuelta, cuando se toparon en el parque de diversiones, los dos solos, sin amigos, se saludaron y simpatizaron enseguida. Empezaron a juntarse a la hora de la siesta y el primo le enseñó a disparar. Su madre nunca supo que había sacado la escopeta de su padre del escondite (la caja del vestido de novia, con el vestido de novia como mortaja, en la parte más alta del ropero). A ella no le habría gustado. Decían que el marido se le había muerto limpiando esa escopeta. Iban a practicar en los terrenos abandonados del ferrocarril.

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