Cuento breve recomendado: Emain Macha. Un viejo mito irlandés

Emain Macha. Un viejo mito irlandés
Marta Cerviño estudió Ciencias y Lenguas de la Antigüedad en la Universidad Autónoma de Madrid. Interesada en la mitología universal, está preparando un libro sobre mitos del mundo. Su trabajo de fin de grado consistió en un estudio comparativo entre el héroe de la Iliada, Aquiles, y el héroe irlandés Cúchulainn. El mito con su comentario, a continuación presentado, es una muestra del libro en proyecto.

Emain Macha

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La Maldición de los Hombres del Ulster

(Un viejo mito irlandés)

Marta Cerviño (España, 1993)

En el Ulster, entre las montañas, vivía con sus hijos un granjero viudo llamado Crunniuc. Un día, cuando estaba solo en su casa, se presentó una hermosísima mujer que entró en el hogar y se estableció allí como si siempre hubiese vivido con ellos. Por extraño que pueda parecer, ni Crunniuc ni sus hijos le preguntaron nunca quién era ni de dónde venía y la aceptaron en la familia como una más.

Algo de magia había en la presencia de esta mujer, pues desde que apareció ante su puerta, la riqueza y la fortuna de Crunniuc aumentaron.

Un día, el rey del Ulster hizo llamar a sus hombres a la capital, con motivo de la celebración de una feria. Crunniuc, como buen súbdito, acudió a la llamada, dejando a su misteriosa mujer en casa.

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Dos historias cortas de Francisco Tario

Hoy os traigo dos historias cortas de un autor más bien oculto que os pueden gustar .

Francisco Tario es un escritor mexicano (1911-1977) poco conocido, y eso ha fomentado en parte que se asocie su figura –creo que de manera artificial– a la marginalidad debido a que no formó parte de ningún grupo literario ni se apoyó en ninguna corriente. Cultivó géneros como el cuento, la novela y el teatro, y se le compara con Juan Rulfo, un escritor clave en la narrativa breve del siglo XX que, pese a su fama, quizá por su carácter retraído, no buscó los focos. Un reportaje sobre Francisco Tario publicado en ABC retrata a Tario como un hombre atractivo, casado con una mujer muy hermosa, con cierto espíritu y aspecto dandi, y con muchas aficiones: el deporte, los toros, el fútbol, el piano, la vida en la naturaleza… Y fue amigo de Octavio Paz y Carlos Fuentes. (Todo lo cual casa mal con esa imagen de marginal que se pretende dar de él. Yo diría que fue un escritor inadvertido, y nada más, alguien que tenía cosas más interesantes que hacer que perder el tiempo en tertulias literarias, jeje).

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Amor y locura en un cuento de Guy de Maupassant

Amor y locura en Guy de Maupassant

Amor y locura, sí. ¿Acaso no están relacionados con dolorosa frecuencia? Valga como ejemplo este cuento de Guy de Maupassant, uno de los grandes cuentistas del siglo XIX, una suerte de Chéjov a la francesa.

Guy de Maupassant algo sabía de la locura: en sus últimos años tuvo brotes de locura, intentó suicidarse en más de una ocasión… Finalmente, debido a su lamentable estado psicológico fue ingresado en la clínica del doctor Blanche, en París.

Si no conocéis a Maupassant y queréis entrar en materia, os recomiendo su libro El horla. En Narrativa Breve hemos publicado bastantes cuentos suyos. Uno de mis preferidos es “El collar“:

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Un cuento de Leopoldo Lugones: Un fenómeno inexplicable

Leopoldo Lugones (1874-1938) fue uno de los escritores argentinos más importantes del pasado siglo. Escribió novela, cuento, poesía. Fue Premio Nacional de Literatura en 1926. Hombre de gran actividad intelectual y política, fundó la Sociedad Argentina de Escritores en 1926. Cuatro años después apoyó el golpe de Estado impulsado por el general José Félix Uriburu, que derrocó al presidente Hipólito Yrigoyen. Descontento con el destino de su país tras el golpe, y quizá influido por algún contratiempo amoroso que fomentó en él la depresión, se suicidó en 1938.

Otro argentino ilustre, Jorge Luis Borges, fue un gran admirador de Leopoldo Lugones, hasta el punto de que escribió en más de una ocasión sobre. Aquí puedes escuchar un texto sobre Lugones en voz del propio Borges

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Diana Quer: la desaparición perfecta

Recuerdo que siendo muy niño me impactó escuchar por primera vez la expresión “el crimen perfecto”. Una precoz inquietud lingüística me hizo reflexionar sobre la contradicción de que algo tan cruel como un asesinato fuera no solo bueno, sino el súmmum (o sumun, como recomienda la RAE) de lo bueno, esto es: perfecto. Entonces estaba lejos de comprender que el mundo es en sí una contradicción (cuanto más vivimos, por ejemplo, más cerca estamos de la muerte) y que no merece la pena concederle demasiada importancia a nada que resulte a primera vista discordante.

Asumidas ya las reglas del juego, durante un tiempo me entretuve sopesando no los aspectos filológicos del lado oscuro del ser humano y sus consecuencias, sino los conceptuales: ¿existía el crimen perfecto, como defendían algunos, o era imposible, como especulaban otros? ¿Pero por qué no iba a existir el crimen perfecto –me preguntaba yo– cuando son tantas las personas asesinadas al día en el planeta sin que sus autores materiales o intelectuales paguen por ello? Lo que los partidarios del no defendían –y defienden– es que los eficaces investigadores cuentan con tantos medios –tecnológicos y humanos– como para desbaratar cualquier crimen, por muy bien planificado que esté.

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El hombre de nieve, una historia de Murakami

—Es que yo no lo sé —dijo el hombre de hielo con tono calmado, pero resuelto. Y exhaló una compacta y blanca nube de aliento—. Yo no tengo pasado. Yo conozco el pasado de todas las cosas. Conservo el pasado de todas las cosas. Pero en mí no hay pasado. No sé dónde he nacido. No conozco el rostro de mis padres. Ni siquiera sé si realmente los he tenido. Ni siquiera sé cuántos años tengo. Ni siquiera sé si, en verdad, tengo edad.

El hombre de hielo estaba solo como un iceberg en medio de las tinieblas.

Cuento de Haruki Murakami: El hombre de nieve

Me casé con un hombre de hielo.

Encontré al hombre de hielo en el hotel de unas pistas de esquí. Es posible que aquél fuera el lugar más indicado para conocerlo. En el vestíbulo de aquel bullicioso hotel, atestado de gente joven, el hombre de hielo estaba solo, leyendo tranquilamente un libro en el rincón más alejado de la estufa. Ya casi era mediodía, pero a mí me dio la impresión de que la límpida y fría luz de la mañana todavía seguía brillando sólo a su alrededor.

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