La relación personal entre Tolstói y Dostoievski

 

León Tolstoi (1828-1910)
 
He aquí dos de los más grandes escritores rusos de todos los tiempos: León Tolstoi y Fédor Dostoievski. Fueron contemporáneos, se admiraban y se enviaban mensajes de admiración. Y sin embargo no se conocieron nunca. ¿Por qué? Según escribe Aimée Dostoievski, hija del autor de Crimen y castigo, por miedo. ¿Miedo, a qué? A discutir. Y es que Tolstói y Dostoievski, más allá de la admiración mutua que se profesaban, tenían ideas sobre Rusia y sobre el mundo en general bastantes diferentes. 

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Un libro que hay que leer: “El idiota”, de Fédor Dostoievski

 

El idiota, Dostoievski
Una edición inglesa de “El idiota”, de Fédor Dostoievski

Biografía: 1821–1881 (Rusia)

Primera edición: 1868–1869

Publicado por: periódico Russkii Vestnik

Título original: Idiot

 

La segunda novela larga de Dostoievski reelabora el motivo del “loco santo”, la persona en apariencia ingenua que tal vez, en el fondo, sea sabia. El “idiota”, en este caso, es el santo príncipe Mishkin, un epiléptico (como el propio autor) que encontramos cuando regresa a Rusia de un sanatorio suizo para alojarse con una pariente lejana, la señora Yepanchin, esposa de un acaudalado general. Ambientada en el San Petersburgo de a década de 1860 que evolucionaba con gran rapidez, la narración describe el impacto que causa Mishkin en los Yepanchin y el medio social en que viven. El príncipe sirve de catalizado en el conflicto entre la hipocresía social y los sentimientos que enmascara, en aspectos como el dinero, la posición social, el sexo y el matrimonio. Como cualquier novela rusa buena, El idiota incluye una larga lista de personajes de nombres difíciles, y mueve los hilos de la intriga y la pasión frente al fondo de la emergente modernidad burguesa.

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Los mejores cuentos literarios de la Historia: “La muerte de un funcionario”, de Antón Chéjov

Gran cuentista ruso Ántón Chéjov. Fuente de la imagen

 

En su estudio fiodor m. dostoievski. novela y folletín, polifonía y disonancia (Almagesto, Buenos Aires, 1994), José Amícola glosa la figura de Antón Chéjov y destaca su cuento “La muerte de un funcionario”. El párrafo que reproduzco argumenta sobre la idea expresada por Dostoievski de que toda la literatura rusa procede de “El capote”, de Gógol.

Chéjov, por su parte, confirmó la frase acerca de la presencia insoslayable de El capote en la literatura rusa, pero al escribir sus textos breves -brevísimos- hacia fines del siglo modificó el patrón gogoliano. Chéjov deja de lado, en efecto, el principio constructivo de la oralidad y abandona, al mismo tiempo, el género “póviest”. De Gógol utiliza Chéjov la mirada intensa y fugaz de un solo instante. Lo que aparece ahora en Chéjov es una novedad que le será característica: el subtexto, lo no dicho. Chéjov pudo llevar a esa síntesis gracias a la concentración de su enfoque. En su cuento brevísimo “La muerte de un funcionario” encontramos, por ello, sólo el instante clave del protagonista de El capote. Para lograr esa síntesis Chéjov deja de lado la larga preparación que acontece en las obras de Gógol o la profunda introspección que caracteriza a Dostoievski. Cada autor eligió así un género literario que lo representaba y lo pasó a la posteridad con la marca impresa de su propia personalidad. En el caso de Dostoievski, maestro en el arte de la novela corta (que puede oscilar entre una veintena de páginas, como en El señor Projachin, o una centena como en Memorias del subsuelo), la época en que vivía no le permitía ver la realidad de otro modo más que como multiplicidad y caos. Y esto se compaginaba mal con el principio de la síntesis”.

José Amícola, fiodor m. dostoievski. novela y folltín, polifonía y disonancia (Almagesto, Buenos Aires, 1994), página 48.
 

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Dostoievski en el ojo del huracán

Dostoievski, en el ojo del huracán, crimen y castigo
Dostoievski en 1876. Fuente de la imagen

Dostoievski en el ojo del huracán

Dostoievski tampoco se salvó de recibir los ataques de sus contemporáneos. Abunda en ello este fragmento del estudio Dostoievski, de Augusto Vidal, publicado por Barral Editores en 1972. En estas líneas podemos leer el resumen de algunas de las críticas que el maestro ruso recibió tras la publicación de Crimen y castigo, novela publicada primero en la revista El mensajero ruso, en 1866, y un año después en forma de libro. Llama la atención -es una simple anécdota- que Vidal emplee en su libro el adjetivo “progresivo/a”, hoy en desuso a favor de “progresista”. 

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Dostoievski, indignado

Fiódor Dostoievski. Fuente de la imagen


Estoy alternando la lectura de varios libros con la del caudaloso Diario de un escritor, de Fiódor Dostoievski (Páginas de espuma, 2010), en edición de Paul Viejo, y he encontrado un simpático pasaje  en el que el bueno de Dosto se queja airadamente de lo mal que trataban su biografía en el Diccionario enciclopédico ruso. Hay que reconocer, leídos los lamentos del novelista, que no estuvo muy fino el autor de dicha semblanza. Qué poca puntería con uno de los grandes autores rusos de la época (y de todos los tiempos)…

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Para leer a Dostoievski

Comparto con vosotros esta viñeta de Manel Fontdevilla que he encontrado en DesEquiLibros. Iba a decir que es una viñeta satírica, pero bien mirado su mirada es ante todo realista: retrata casi en su literalidad a un amplio sector de lectores. [Texto de la viñeta] ¡Dostoievski! ¡Dostoievski! ¡Siempre he querido leer a Dostoievski! En cuanto … Sigue leyendo

“Mi querido Dostoievski”, en la sección Libros de Punto CEU

Por lo que se ve, Mi querido Dostoievski es, en cierta manera, una novela de lenta digestión. Aunque ya tuvo bastantes reseñas al poco de su publicación (febrero de 2012), me sorprende gratamente que siga recibiendo algunas líneas elogiosas en ciertos medios. Esta reseña que reproduzco, firmada por Pablo Velasco Quintana

La atormentada vida de Dostoievski

Es evidente que la fascinante vida de este escritor se refleja en su obra. Pero, queridos amigos, si aparte de leer sus libros queréis sentiros más cerca de él podéis visitar el Museo Dostoievski, en San Petersburgo, que se encuentra situado en el apartamento de seis estancias fielmente reconstruido donde el autor vivió sus últimos años. Sobre el escritorio de su despacho se puede ver su pluma e incluso la última receta del médico. El reloj está parado a las ocho y veinte, justo la hora de la muerte del escritor. No podemos pasar por alto, además, que el autor ruso nunca vivió más de tres o cuatro años en una misma vivienda y todas ellas, según el carácter maniático del autor, tenían algunos rasgos en común: estaban situadas en una esquina, de modo que tuviera vistas a las dos calles y habían de estar cerca de una iglesia para que pudiera escuchar las campanas desde su casa.