Cuento de Haruki Murakami: Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril

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Los relatos de Haruki Murakami nadan entre la soledad y ansia de amor que destilan sus personajes enmarcados en situaciones oníricas, surrealistas, que hacen que sus historias sean tan atrayentes y su estilo tan personal.

En El hombre de hielo, fiel reflejo de su personalidad literaria, narrado en primera persona, la protagonista, cuyo nombre no es revelado, nos conduce a un extraño pasado donde el azar, conjurado humorísticamente por Haruki en un hotel para esquiadores, hizo que conociera a un hombre de hielo. El comienzo del relato no puede ser más categórico: “Me casé con un hombre de hielo”. Luego, todo el tiempo para destejer esta madeja helada hasta el irónico y lógico final.

Cuento de Haruki Murakami: Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto. Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de al lado porque me gusta la forma de su nariz.

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Microrrelato escondido de Haruki Murakami: [Nota al margen]

 

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Microrrelato escondido de Haruki Murakami: [Nota al margen] 

Los sábados, ella pasaba la noche en el apartamento de Tsukuru, igual que había hecho Haida poco tiempo atrás. Los dos hacían el amor durante horas. A veces hasta que amanecía. Mientras lo hacían, él se esforzaba por pensar solo en ella y en su cuerpo. Concentraba sus sentidos, apagaba el interruptor de la imaginación, y mantenía lo más alejado posible todo lo que no estaba allí: los cuerpos desnudos de Shiro y Kuro, los labios de Haida.

Como ella tomaba anticonceptivos, podía eyacular dentro sin miedo. Ella disfrutaba de sus relaciones y parecía satisfecha. Cuando alcanzaba el orgasmo, gemía de una manera peculiar. “Todo es normal. No me pasa nada”, le tranquilizó Tsukuru. Gracias a ello dejó de tener sueños eróticos.

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