Cuento de J.D. Salinger: Un día perfecto para el pez plátano

 

En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.

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“El hombre que ríe”, de Salinger (un cuento dentro de otro)

el hombre que ríe, Salinger

 

Ernesto Bustos Garrido rescata un cuento escondido dentro de otro. Se trata de “El hombre que ríe”, de Salinger, incluido en Nueve cuentos, en la edición Editorial Edhasa, Buenos Aires, Argentina, 2011, p. 87.

 

El hombre que ríe

J. D. Salinger

People say that life is the thing, but I prefer reading.

Todas las tardes, cuando oscurecía lo suficiente como para que el equipo perdedor tuviera una excusa para justificar sus malas jugadas, los comanches nos refugiábamos egoístamente en el talento del jefe para contar cuentos. A esa hora formábamos, generalmente, un grupo acalorado e irritable, y nos peleábamos en el autobús –a puñetazos o gritos estridentes– por los asientos más cercanos al jefe. (El autobús tenía dos filas paralelas de asientos de esterilla. En la fila de la izquierda habían tres asientos adicionales –los mejores de todos– que llegaban hasta la altura del conductor.) El jefe sólo subía al autobús cuando nos habíamos acomodado. A continuación se sentaba a horcajadas en su asiento de conductor, y con voz de tenor atiplada pero melodiosa, nos contaba un nuevo episodio de “El hombre que ríe”. Una vez que empezaba su relato, nuestro interés jamás decaía. “El hombre que ríe” era la historia adecuada para un comanche. Hasta había alcanzado dimensiones clásicas. Era un cuento que tendía a desparramarse por todos lados, aunque seguía siendo esencialmente portátil. Uno siempre podía llevárselo a casa y meditar sobre él, mientras estaba sentado por ejemplo, en el agua de la bañera que se iba escurriendo.

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Entrevista a Rubén Abella, autor de la novela ‘California’

 

Entrevista a Rubén Abella
Rubén Abella. Imagen cedida por el autor

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Rubén Abella

California (Menoscuarto, 2015)

Por Francisco Rodríguez Criado

California comparte temas con el resto de mis ficciones. Me refiero, por ejemplo, a las falsas apariencias, la identidad, la dificultad del ser humano para comunicarse, el poder de la palabra, el amor, la culpa, la felicidad y, como ya dije antes, la memoria. También comparte con ellas una voz, me parece a mí, una forma de contar que a los lectores puede resultarles reconocible. Se diferencia de ellas, además de por su absoluta contemporaneidad —la trama central empieza en octubre de 2010 y acaba en abril de 2014—, por la manera en que está construida. Mientras que mis otras novelas hacen uso de la fragmentación y de distintos puntos de vista para generar mosaicos narrativos, en California el narrador casi no se separa del protagonista. Lo sigue muy de cerca, con escasos desvíos, desde la primera página hasta la última.

R.A.

Rubén Abella (Valladolid, 1967), licenciado en Filología inglesa, es autor de varias novelas (La sombra del escapista, 2003. Premio de Narrativa Torrente Ballester; El libro del amor esquivo, 2009. Finalista Nadal; Baruc en el río, 2011) y de un par de libros de microrrelatos (No habría sido igual sin la lluvia, 2007. Premio Vargas Llosa NH, y Los ojos de los peces, Menoscuarto, 2010).

Hoy charlamos con él para que nos dé algunas pistas sobre su última publicación, la novela California, publicada recientemente en Menoscuarto.

 

Francisco Rodríguez Criado: Mientras leía California no pude evitar pensar en La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Son obviamente dos novelas muy diferentes, con su propio estilo, pero ambas narran el inesperado ocaso de dos hombres de éxito y en ambas se desencadenan los acontecimientos a partir de un suceso a priori nimio: en la primera ese suceso se produce cuando el rico corredor de Bolsa Sherman McCoy, que ha ido al aeropuerto a recoger a su hija, una vez de regreso a casa se equivoca de carretera y acaba en el Bronx. En California, el suceso nimio que marca el inicio de la decadencia comienza con la aparición de un par de preservativos olvidados en la maleta de César O’Malley, otro hombre de finanzas que tiene todo lo que podría desear: una esposa que le quiere, dos hijos y una carrera profesional brillante. ¿Qué te llevó a escribir una novela sobre este moderno héroe caído en desgracia y en qué medida podría ser una revisión de la hoguera de las vanidades como tema?

Rubén Abella: California y La hoguera de las vanidades son, como bien dices, dos novelas muy distintas, con estilos y metas dispares. También entre sus protagonistas hay claras diferencias. Sherman McCoy —el personaje de Wolfe— es un multimillonario petulante y adúltero —de hecho, creo recordar que quien lo acompaña en el coche en el arranque de la novela no es su hija, sino su amante— mientras que César O’Malley —mi personaje— lleva una vida irreprochable. Pero es cierto que ambas historias comparten la idea de fondo, para mí central, de que el ser humano, por mucho que se empeñe en creer lo contrario, tiene escaso control sobre las cosas que le ocurren en la vida, independientemente de su riqueza, inteligencia o estatus social. En ese sentido, el de la insignificancia de nuestras ambiciones, ambos libros pueden considerarse versiones literarias de la lapidaria frase del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo vanidad.

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