McDermott, entre la vida y la muerte

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Patrick McDermott y Olivia Newton-John.
Patrick McDermott y Olivia Newton-John. Fuente de la imagen

 

Patrick McDermott, el novio de Olivia Newton-John, no estaba muerto, estaba de parranda, viviendo en Sayulita, una pequeña población surfera del Pacífico mexicano. Dice el librero local de San Pancho, el pueblo de al lado, que “es el lugar ideal para hacerse el muerto. Yo tengo un amigo aquí que ha muerto tres veces porque le debía dinero al banco”.

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Entrevista a Rubén Abella, autor de la novela ‘California’

 

Entrevista a Rubén Abella
Rubén Abella. Imagen cedida por el autor

LAS ENTREVISTAS DE NARRATIVA BREVE

Rubén Abella

California (Menoscuarto, 2015)

Por Francisco Rodríguez Criado

California comparte temas con el resto de mis ficciones. Me refiero, por ejemplo, a las falsas apariencias, la identidad, la dificultad del ser humano para comunicarse, el poder de la palabra, el amor, la culpa, la felicidad y, como ya dije antes, la memoria. También comparte con ellas una voz, me parece a mí, una forma de contar que a los lectores puede resultarles reconocible. Se diferencia de ellas, además de por su absoluta contemporaneidad —la trama central empieza en octubre de 2010 y acaba en abril de 2014—, por la manera en que está construida. Mientras que mis otras novelas hacen uso de la fragmentación y de distintos puntos de vista para generar mosaicos narrativos, en California el narrador casi no se separa del protagonista. Lo sigue muy de cerca, con escasos desvíos, desde la primera página hasta la última.

R.A.

Rubén Abella (Valladolid, 1967), licenciado en Filología inglesa, es autor de varias novelas (La sombra del escapista, 2003. Premio de Narrativa Torrente Ballester; El libro del amor esquivo, 2009. Finalista Nadal; Baruc en el río, 2011) y de un par de libros de microrrelatos (No habría sido igual sin la lluvia, 2007. Premio Vargas Llosa NH, y Los ojos de los peces, Menoscuarto, 2010).

Hoy charlamos con él para que nos dé algunas pistas sobre su última publicación, la novela California, publicada recientemente en Menoscuarto.

 

Francisco Rodríguez Criado: Mientras leía California no pude evitar pensar en La hoguera de las vanidades, de Tom Wolfe. Son obviamente dos novelas muy diferentes, con su propio estilo, pero ambas narran el inesperado ocaso de dos hombres de éxito y en ambas se desencadenan los acontecimientos a partir de un suceso a priori nimio: en la primera ese suceso se produce cuando el rico corredor de Bolsa Sherman McCoy, que ha ido al aeropuerto a recoger a su hija, una vez de regreso a casa se equivoca de carretera y acaba en el Bronx. En California, el suceso nimio que marca el inicio de la decadencia comienza con la aparición de un par de preservativos olvidados en la maleta de César O’Malley, otro hombre de finanzas que tiene todo lo que podría desear: una esposa que le quiere, dos hijos y una carrera profesional brillante. ¿Qué te llevó a escribir una novela sobre este moderno héroe caído en desgracia y en qué medida podría ser una revisión de la hoguera de las vanidades como tema?

Rubén Abella: California y La hoguera de las vanidades son, como bien dices, dos novelas muy distintas, con estilos y metas dispares. También entre sus protagonistas hay claras diferencias. Sherman McCoy —el personaje de Wolfe— es un multimillonario petulante y adúltero —de hecho, creo recordar que quien lo acompaña en el coche en el arranque de la novela no es su hija, sino su amante— mientras que César O’Malley —mi personaje— lleva una vida irreprochable. Pero es cierto que ambas historias comparten la idea de fondo, para mí central, de que el ser humano, por mucho que se empeñe en creer lo contrario, tiene escaso control sobre las cosas que le ocurren en la vida, independientemente de su riqueza, inteligencia o estatus social. En ese sentido, el de la insignificancia de nuestras ambiciones, ambos libros pueden considerarse versiones literarias de la lapidaria frase del Eclesiastés: “Vanidad de vanidades, todo vanidad.

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Cuento de Juan Rulfo: La Cuesta de las Comadres

Cuento, Juan Rulfo, La Cuesta de las Comadres
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Cuento de Juan Rulfo: La Cuesta de las Comadres

Los difuntos Torricos siempre fueron buenos amigos míos. Tal vez en Zapotlán no los quisieran pero, lo que es de mí, siempre fueron buenos amigos, hasta tantito antes de morirse. Ahora eso de que no los quisieran en Zapotlán no tenía ninguna importancia, porque tampoco a mí me querían allí, y tengo entendido que a nadie de los que vivíamos en la Cuesta de las Comadres nos pudieron ver con buenos ojos los de Zapotlán. Esto era desde viejos tiempos.

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Juan Rulfo, analizado por Carlos Monsiváis

Carlos Monsiváis

Juan Rulfo, analizado por Carlos Monsiváis

Carlos Monsiváis (1938-2010) leyó este texto en el Palacio de Bellas Artes el 3 de mayo de 1996 como apertura del Homenaje Nacional a Juan Rulfo. En él da las claves de la importancia de Rulfo, ese “clásico vivo”: el estilo y los temas de su obra, la dificultad de ser llevado al cine y al teatro, su “mexicanidad”, su normalización de la tragedia… 

Monsiváis ganó el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo en 2006 (llamado entonces Premio FIL de Literatura) . 
 
Fuente: La Jornada

 

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Cuento de Juan Rulfo: Acuérdate

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Cuento,  Juan Rulfo, Acuérdate
Juan Rulfo. Fuente de la imagen

Cuento de Juan Rulfo: Acuérdate

Acuérdate de Urbano Gómez, hijo de don Urbano, nieto de Dimas, aquél que dirigía las pastorelas y que murió recitando el “rezonga ángel maldito” cuando la época de la gripe. De esto hace ya años, quizá quince. Pero te debes acordar de él. Acuérdate que le decíamos “el Abuelo” por aquello de que su otro hijo, Fidencio Gómez, tenía dos hijas muy juguetonas: una prieta y chaparrita, que por mal nombre le decían la Arremangada, y la otra que era rete alta y que tenía los ojos zarcos y que hasta se decía que ni era suya y que por más señas estaba enferma del hipo. Acuérdate del relajo que armaba cuando estábamos en misa y que a la mera hora de la Elevación soltaba un ataque de hipo, que parecía como si estuviera riendo y llorando a la vez, hasta que la sacaban fuera y le daban tantita agua con azúcar y entonces se calmaba. Esa acabó casándose con Lucio Chico, dueño de la mezcalera que antes fue de Librado, río arriba, por donde está el molino de linaza de los Teódulos.

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Cuento de Juan Rulfo: Es que somos muy pobres

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cuento, Juan Rulfo, Es que somos muy pobres
Juan Rulfo. Fuente de la imagen

ES QUE SOMOS MUY POBRES

Juan Rulfo

(cuento)

 

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos ente­rrado y comenzaba a bajársenos la tristeza, comenzó a llo­ver como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin dar­nos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un mano­jo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el agua fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.

Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca que mi papá le re­galó para el día de su santo se la había llevado el río.

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el es­truendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumban­do el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.

Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazo­nes y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se no­taba en que el ruido del río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta. A la hora en que me fui a asomar, el río ya había per­dido sus orillas. Iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la Tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.

Y por el otro lado, por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tama­rindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque aho­ra ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.

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Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia: “Diles que no me maten”, de Juan Rulfo”

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Puri Claver, autora de microrrelatos recogidos en la antología Un rato para un relato (Rumor Visual, 2010) y del libro de relatos Partir de cero (Rumor Visual, 2012), nos recomienda “¡Diles que no me maten!”, de Juan Rulfo, incluido en El llano en llamas (1953), sin duda uno de los mejores libros de relatos publicados en el siglo XX.

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Cuento breve recomendado: “No oyes ladrar los perros”, de Juan Rulfo

Fotocomposición a partir de un retrato de Juan Rulfo y una fotografía tomada por el autor mexicano.
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Yo había llegado a México el mismo día en que Ernest Hemingway se dio el tiro de la muerte, el 2 de julio de 1961, y no sólo no había leído los libros de Juan Rulfo, sino que ni siquiera había oído hablar de él. Yo vivía en un apartamento sin ascensor. Teníamos un colchón doble en el suelo del dormitorio grande, una cuna en el otro cuarto y una mesa de comer y escribir en el salón, con dos sillas únicas que servían para todo.
Mi problema grande de novelista era que después de los libros que había publicado me sentía metido en un callejón sin salida y estaba buscando por todos lados una brecha para escapar. Conocí bien a los autores buenos y malos que hubieran podido enseñarme el camino y, sin embargo, me sentía girando en círculos concéntricos, no me consideraba agotado; al contrario, sentía que aún me quedaban muchos libros pendientes pero no concebía un modo convincente y poético de escribirlos. En ésas estaba, cuando Álvaro Mutis subió a grandes zancadas los siete pisos de mi casa con un paquete de libros, separó del montón el más pequeño y corto, y me dijo muerto de risa: “Lea esa vaina, carajo, para que aprenda”; era Pedro Páramo. Aquella noche no pude dormir mientras no terminé la segunda lectura; nunca, desde la noche tremenda en que leí La metamorfosis de Kafka, en una lúgubre pensión de estudiantes de Bogotá, casi 10 años atrás, había sufrido una conmoción semejante. Al día siguiente leí El Llano en llamas y el asombro” permaneció intacto. El resto de aquel año no pude leer a ningún otro autor, porque todos me parecían menores.
Gabriel García Márquez

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