corrector de estilo

Joven leyendo un libro. Fuente de la imagen en internet

Opiniones de un corrector de estilo (42): El uso de las coletillas

Hemos llegado a tal grado de contaminación lingüística que es casi imposible escuchar una entrevista en la radio en la que el entrevistado de turno (un deportista, pongamos) pronuncie dos frases sin echar mano de la muletilla la verdad es que. Los más lolailos ya dicen la verdá que para ahorrarse la letra d y la tercera persona del singular del verbo ser. (Si es cuestión de economía del lenguaje, ¿por qué no omiten las cuatro palabras, que no aportan nada y aburren mucho?). Y eso que por suerte empieza a desvanecerse poco a poco la moda del ¿Vale? de confirmación que muchos hispanohablantes introducen compulsivamente en sus frases para constatar que su interlocutor no es idiota y que logra procesar la información que se le está dando.

El objetivo de estas líneas no es sacar a relucir los pocos recursos que el español tiene en el uso del castellano, sino la poderosa capacidad de mimetismo de nuestra sociedad. Si usamos compulsivamente giros verbales que resultan cansinos y vacuos, es porque las personas de nuestro entorno hacen lo mismo: expresarse compulsivamente de manera cansina y vacua. Puestos a imitar, parece que siempre imitamos lo malo. Por eso los futbolistas tienden a reproducir el discurso dubitativo y monótono de Julen Guerrero (¿dónde quedó?) y no el de Jorge Valdano, a quien muchos tachan de pedante precisamente por la elegancia y delicadeza con la que mima nuestra lengua, que es también la suya.

No usar la coletilla la verdad es que más allá de lo estrictamente necesario demuestra cierta impermeabilidad a coloquialismos cansinos y un alivio para los oídos.

Francisco Rodríguez Criado

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Opiniones de un corrector de estilo (34): Esos minutos que son tan breves

Considero que sin precisión no se puede escribir bien, y es esa falta de precisión la que domina muchas veces el lenguaje escrito (y también el televisivo), tantas veces contaminados por los vicios de la oralidad cotidiana. ¿Pero hasta adónde hay que llevar esa precisión? Lo diré: hasta sus últimas consecuencias. Deberíamos tener en cuenta que aquello que vale en el lenguaje oral a veces no vale en el lenguaje escrito, que siempre debe optar a la excelencia. Y la mejor forma de optar a esa excelencia es afinar el oído, poner el lenguaje a revisión, dudar de nuestras propias palabras.

Veamos un ejemplo.

Supongo que en más de ocasión habéis escuchado a algún presentador decir algo como

En breves minutos les ofreceremos una primicia…

¿Qué significa en “breves minutos”? Yo no lo sé, pero me gustaría que el periodista de turno me lo explicara. Cuando era pequeño aprendí en Barrio Sésamo que una hora dura sesenta minutos y que un minuto dura sesenta segundos. Han pasado los años y, al parecer, nada ha cambiado: los minutos siguen durando sesenta segundos. Es decir: no hay minutos breves porque no hay comparación posible: todos duran lo mismo: sesenta segundos. (Da gusto encadenar frases mediante dos puntos…). Por tanto, lo que el periodista quería decir es

En pocos minutos les ofreceremos una primicia…

o

En breve les ofreceremos una primicia…

o

A continuación les ofreceremos una primicia… ["A continuación" suele significar "después de la publicidad"].

 

También podríamos decir o escribir “en breves instantes”, pero aquí alguien podría poner reparos, pues un instante está condenado a la brevedad.

Y es que a veces es más fácil ofrecer una primicia que hablar con corrección…

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