Bienvenidos a Narrativa Breve

¡Bienvenidos a Narrativa Breve, un blog de referencia para amantes de la literatura en pequeñas cápsulas!

Este blog, en su versión antigua, comenzó su andadura en 2008. Desde entonces, unas veces solo y otras con la ayuda de los colaboradores, he tratado de ofrecer a los lectores aquellos textos literarios breves que consideraba podrían tener sumo interés.



Han sido muchos años de trabajo, pero aquí seguimos, al pie del cañón. Y contentos, porque Narrativa Breve es uno de los blogs sobre literatura en castellano más leídos y recibimos a diario miles de visitas. Estamos especializados en ofrecer a nuestros lectores cuentos breves, relatos cortos de grandes autores, microrrelatos, prosas poéticas, microrrelatos, poemas, cuentos tradicionales y cuentos anónimos…

Desde aquí te invitamos a que visites el blog con las últimas entradas, o si lo prefieres recréate con algunos de los textos más populares, que reproducimos a continuación. Y no olvides echar un vistazo a nuestras secciones más celebradas:

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Francisco Rodríguez Criado escritor, corrector de estilo, editor de blogs literarios.

 

LOS ARTÍCULOS SOBRE LITERATURA MÁS LEÍDOS



Apuntes sobre el arte de escribir cuentos

escribir cuentos
Escritor y políticos Juan Bosch

Lo primero que debe aclarar una persona que se inclina a escribir cuentos es la intensidad de su vocación. Nadie que no tenga vocación de cuentista puede llegar a escribir buenos cuentos. Lo segundo se refiere al género. ¿Qué es un cuento? La respuesta ha resultado tan difícil que a menudo ha sido soslayada incluso por críticos excelentes, pero puede afirmarse que un cuento es el relato de un hecho que tiene indudable importancia. La importancia del hecho es desde luego relativa, mas debe ser indudable, convincente para la generalidad de los lectores. Si el suceso que forma el meollo del cuento carece de importancia, lo que se escribe puede ser un cuadro, una escena, una estampa, pero no es un cuento.

“Importancia” no quiere decir aquí novedad, caso insólito, acaecimiento singular. La propensión a escoger argumentos poco frecuentes como tema de cuentos puede conducir a una deformación similar a la que sufren en su estructura muscular los profesionales del atletismo.

Sigue leyendo el artículo de Juan Bosch sobre el arte de escribir cuentos.


La mala salud de hierro del microrrelato

La mala salud de hierro del microrrelatoEl microrrelato se está desangrando en la mesa de operaciones, no por defecto –como ocurría antes– sino por exceso de transfusiones de sangre. Se están organizando demasiados concursos promovidos por personas que desconocen cómo funciona este género. Concursos que a su vez reciben las aportaciones de centenares de personas que también desconocen el género (no todas, claro). Al premiar “microrrelatos terapéuticos” –la etiqueta es mía–, a menudo de escasa calidad, se está fomentando un microrrelato canónico equivocado. Premiar la banalización implica impulsarla.

Sigue leyendo el artículo sobre el microrrelato


El realismo pesimista de Raymond Carver

El realismo pesimista de Raymond Carver

Para hablar sobre su concepto de la vida, lo mejor es reproducir la opinión de su propio autor rescatando unas líneas de su ensayo On writing: “Es posible, en un poema o en una historia corta, escribir sobre objetos vulgares utilizando un lenguaje coloquial, y dotar a esos objetos (una silla, unas persianas, un tenedor, una piedra, un anillo) con un inmenso, incluso asombroso, poder. Es posible escribir una línea de un aparentemente inofensivo diálogo, y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector (el origen del placer artístico, como diría Nabokov). Ésa es la clase de la literatura que me interesa”.

Sigue leyendo el breve estudio sobre Raymond Carver


Curiosidades sobre traducciones

traduccionesHoras después de la publicación de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte ya estaban disponibles algunas traducciones no oficiales (entiéndase “no autorizadas”) en muchos sitios webs que ofrecían descargas en formato PDF en idiomas, como, por ejemplo, el chino. Asimismo, en las calles de China se vendían copias ilegales de la recién publicada obra por valor de 40 yuanes. La versión en inglés costaba 270 yuanes en librerías. Tres días después de la publicación de este libro salió la traducción al español (igualmente no autorizada) en varios blogs que, se estima, recibieron cuatro millones de visitas.

Sigue leyendo el artículo sobre traducciones curiosas


LOS CUENTOS MÁS LEÍDOS




Cuento de Woody Allen: Fiesta de disfraces

Un cuento de Woody Allen

Les voy a contar una historia que les parecerá increíble. Una vez cacé un alce. Me fui de cacería a los bosques de Nueva York y cacé un alce.

Así que lo aseguré sobre el parachoques de mi automóvil y emprendí el regreso a casa por la carretera oeste. Pero lo que yo no sabía era que la bala no le había penetrado en la cabeza; sólo le había rozado el cráneo y lo había dejado inconsciente.

Justo cuando estaba cruzando el túnel el alce se despertó. Así que estaba conduciendo con un alce vivo en el parachoques, y el alce hizo señal de girar. Y en el estado de New York hay una ley que prohíbe llevar un alce vivo en el parachoques los martes, jueves y sábados. Me entró un miedo tremendo…

Leer el relato completo de Woody Allen


Cuento de Ednodio Quintero: La muerte viaja a caballo

La muerte viaja a caballoAl atardecer, sentado en la silla de cuero de becerro, el abuelo creyó ver una extraña figura, oscura, frágil y alada volando en dirección al sol. Aquel presagio le hizo recordar su propia muerte. Se levantó con calma y entró a la sala. Y con un gesto firme, en el que se adivinaba, sin embargo, cierta resignación, descolgó la escopeta.

A horcajadas en un caballo negro, por el estrecho camino paralelo al río, avanzaba la muerte en un frenético y casi ciego galopar. El abuelo, desde su mirador, reconoció la silueta del enemigo. Se atrincheró detrás de la ventana, aprontó el arma y clavó la mirada en el corazón de piedra del verdugo. Bestia y jinete cruzaron la línea imaginaria del patio. Y el abuelo, que había aguardado desde siempre este momento, disparó. El caballo se paró en seco, y el jinete, con el pecho agujereado, abrió los brazos, se dobló sobre sí mismo y cayó a tierra mordiendo el polvo acumulado en los ladrillos.

Leer el relato completo de Ednodio Quintero


Cuento de John Cheever: Reunión

Cuento de John Cheever Reunión
Escritor John Cheever.

La última vez que vi a mi padre fue en la estación Grand Central. Yo venía de estar con mi abuela en los montes Adirondacks, y me dirigía a una casita de campo que mi madre había alquilado en el cabo; escribí a mi padre diciéndole que pasaría hora y media en Nueva York debido al cambio de trenes, y preguntándole si podíamos comer juntos. Su secretaria me contestó que se reuniría conmigo en el mostrador de información a mediodía, y, cuando aún estaban dando las doce, lo vi venir a través de la multitud. Era un extraño para mí —mi madre se había divorciado tres años antes y yo no lo había visto desde entonces.

Sigue leyendo esta historia corta de John Cheever


4 historias cortas de Augusto Monterroso

4 historias cortas de Augusto Monterroso

Augusto Monterroso, uno de nuestros cuentistas preferidos, consigue escribir grandes historias con muy pocas palabras, algo de agradecer en un blog como este, que prima textos breves que pueden leerse en pantalla (sea en el ordenador, el móvil o la tableta). Hoy os ofrezco cuatro historias cortas de Monterroso, tres de ellas especialmente breves, y una, la que publico al final, más extensa. Podríamos decir que son tres microrrelatos y un cuento. Creo que estas cuatro narraciones serán un regalo para quienes ya conocemos a Monterroso y una puerta abierta para quienes aún no han leído nada suyo. El último los cuentos, “Sinfonía concluida”, es un ejercicio de estilo en una sola frase. Una frase larga, muy larga. Algo parecido a lo que también hizo Roberto Bolaño en su cuento “Playa”.

Sigue leyendo estas historias cortas de Monterroso


Cuento de Jorge Luis Borges: El libro de arena

El libro de arena de Borges

La línea consta de un número infinito de puntos; el plano, de un número infinito de líneas; el volumen, de un número infinito de planos; el hipervolumen, de un número infinito de volúmenes… No, decididamente no es éste, more geométrico, el mejor modo de iniciar mi relato. Afirmar que es verídico es ahora una convención de todo relato fantástico; el mío, sin embargo, es verídico.

Yo vivo solo, en un cuarto piso de la calle Belgrano. Hará unos meses, al atardecer, oí un golpe en la puerta. Abrí y entró un desconocido. Era un hombre alto, de rasgos desdibujados. Acaso mi miopía los vio así. Todo su aspecto era de pobreza decente. Estaba de gris y traía una valija gris en la mano. En seguida sentí que era extranjero. Al principio lo creí viejo; luego advertí que me había engañado su escaso pelo rubio, casi blanco, a la manera escandinava. En el curso de nuestra conversación, que no duraría una hora, supe que procedía de las Orcadas.

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Cuento de Enrique Anderson Imbert: La montaña

Cuento el suiciida
Enrique Anderson Imbert

Al pie de la Biblia abierta –donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo– alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien –¿pero quién, cuándo?– alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.

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Cuento de Oscar Wilde: El gigante egoísta

El gigante egoísta

Cada tarde, a la salida de la escuela, los niños se iban a jugar al jardín del Gigante. Era un jardín amplio y hermoso, con arbustos de flores y cubierto de césped verde y suave. Por aquí y por allá, entre la hierba, se abrían flores luminosas como estrellas, y había doce albaricoqueros que durante la Primavera se cubrían con delicadas flores color rosa y nácar, y al llegar el Otoño se cargaban de ricos frutos aterciopelados. Los pájaros se demoraban en el ramaje de los árboles, y cantaban con tanta dulzura que los niños dejaban de jugar para escuchar sus trinos.

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Cuento de Mario Benedetti: El otro yo

Mario Benedetti cuentosSe trataba de un muchacho corriente: en los pantalones se le formaban rodilleras, leía historietas, hacía ruido cuando comía, se metía los dedos a la nariz, roncaba en la siesta, se llamaba Armando Corriente en todo menos en una cosa: tenía Otro Yo.

El Otro Yo usaba cierta poesía en la mirada, se enamoraba de las actrices, mentía cautelosamente , se emocionaba en los atardeceres. Al muchacho le preocupaba mucho su Otro Yo y le hacía sentirse incómodo frente a sus amigos. Por otra parte el Otro Yo era melancólico, y debido a ello, Armando no podía ser tan vulgar como era su deseo.

Una tarde Armando llegó cansado del trabajo, se quitó los zapatos, movió lentamente los dedos de los pies y encendió la radio. En la radio estaba Mozart, pero el muchacho se durmió. Cuando despertó el Otro Yo lloraba con desconsuelo. En el primer momento, el muchacho no supo que hacer, pero después se rehizo e insultó concienzudamente al Otro Yo.

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Cuento de Octavio Paz: El ramo azul

El ramo azulEn un intenso monólogo, en primera persona y como si fuera un sueño, “El ramo azul” cuenta una extraña historia en un extraño pueblo y con un extraño personaje que con la más pasmosa naturalidad trata de sacarle los ojos al protagonista-narrador para ofrecerle a su novia un ramito de ojos azules. Una escenografía misteriosa envuelve esta historia surrealista que, como es frecuente en la obra de Paz, no sigue la llamada escritura automática,
-¿Qué quieres?

-Sus ojos, señor –contestó la voz suave, casi apenada.

-¿Mis ojos? ¿Para qué te servirán mis ojos? Mira, aquí tengo un poco de dinero. No es mucho, pero es algo. Te daré todo lo que tengo, si me dejas. No vayas a matarme.

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Cuento de Juan Rulfo: No oyes ladrar los perros

No oyes ladrar los perrosEl viejo se fue reculando hasta encontrarse con el paredón y se recargó allí, sin soltar la carga de sus hombros. Aunque se le doblaban las piernas, no quería sentarse, porque después no hubiera podido levantar el cuerpo de su hijo, al que allá atrás, horas antes, le habían ayudado a echárselo a la espalda. Y así lo había traído desde entonces.

–¿Cómo te sientes?

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Cuento de Edgar Allan Poe: El retrato oval

el retrato oval
Retrato en daguerrotipo de Edgar Allan Poe por Marcus Aurelius Root, 1848. Fuente de la imagen

El castillo al cual mi criado se había atrevido a entrar por la fuerza entes de permitir que, gravemente herido como estaba, pasara yo la noche al aire libre, era una de esas construcciones en las que se mezclan la lobreguez y la grandeza, y que durante largo tiempo se han alzado cejijuntas en los Apeninos, tan ciertas en la realidad como en la imaginación de mistress Radcliffe. Según toda apariencia, el castillo había sido recién abandonado, aunque temporariamente. Nos instalamos en uno de los aposentos más pequeños y menos suntuosos. Hallábase en una apartada torre del edificio; sus decoraciones eran ricas, pero ajadas y viejas.

Colgaban tapices de las paredes, que engalanaban cantidad y variedad de trofeos heráldicos, así como un número insólitamente grande de vivaces pinturas modernas en marcos con arabescos de oro. Aquellas pinturas, no solamente emplazadas a lo largo de las paredes sino en diversos nichos que la extraña arquitectura del castillo exigía, despertaron profundamente mi interés, quizá a causa de mi incipiente delirio; ordené, por tanto, a Pedro que cerrara las pesadas persianas del aposento -pues era ya de noche-, que encendiera las bujías de un alto candelabro situado a la cabecera de mi lecho y descorriera de par en par las orladas cortinas de terciopelo negro que envolvían la cama.

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Cuento de Horacio Quiroga: El hombre muerto

el hombre muerto

El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundaban las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó, en consecuencia, una mirada satisfecha a los arbustos rozados y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo.

Al hacerlo así deseaba entregarme, si no al sueño, por lo menos a la alternada contemplación de las pinturas y al examen de un pequeño volumen que habíamos encontrado sobre la almohada y que contenía la descripción y la crítica de aquéllas.

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