El género del microrrelato, visto por Andrés Ibáñez

 

Escritor y crítico literario Andrés Ibáñez.

Andrés Ibáñez publicó el 22 de marzo de 2009 un artículo en ABCD, el suplemento cultural del diario ABC, sobre el género del microrrelato, que tituló precisamente “Microrrelatos”. El artículo, polémico en demasía, levantó ampollas entre los seguidores de este género literario (que, como podréis leer, no es tal para Ibáñez). A mí no solo no me molestaron las opiniones del reseñista sino que me parece positivo que alguien se exprese con tal sinceridad -no exenta de gusto arbitrario por la polémica, todo hay que decirlo. Pero, como diría mi santa madre, “de todo ha de haber en la viña del Señor”.

En cualquier caso, reproduzco aquí sus opiniones sobre el microrrelato, ese pariente pobre de la literatura al que, al parecer de algunos, hay que tratar de hundir un poco más…

 


MICRORRELATOS
Andrés Ibañez
¿Conocen ustedes la anécdota de Tolstoi y los microrrelatos? Después de escribir varias novelas de inmensa longitud (Guerra y paz, Anna Karenina, Resurrección), un periodista le preguntó al anciano escritor que por qué no intentaba el género del microrrelato. Y Tolstoi, que nunca tuvo pelos en la lengua, contestó: «Porque son muy aburridos». 
 
Me parece una excelente respuesta. Los microrrelatos, en efecto, son muy aburridos. Y no es ese, probablemente, el peor de sus defectos. Me atrevería a decir que los microrrelatos son a la literatura lo que un sobrecito de ketchup es a la alimentación humana. En otras palabras, que los microrrelatos no son en realidad literatura porque no son, en realidad, nada. No son un género literario. No son un relato muy breve. No son «el resultado de una enorme depuración expresiva». En el 99,99 por ciento de los casos no son más que chorradas. Y chorradas llenas de clichés, además. Microrrelato: la mínima extensión que puede alcanzar una obra literaria de calidad pésima.
 
Sé que a estas alturas, mis afirmaciones ya estarán produciendo verdaderas oleadas de indignación, y que incluso mis lectores más fieles y acérrimos (imaginemos, por un momento, que tales seres existen) estarán furiosos y con las mejillas rojas.
 
Ahora viene la parte aburrida de la columna, esa en la que uno se ve obligado a matizar sus observaciones y adelantarse a las críticas más obvias demostrando que ya ha sopesado todos los argumentos y que ya conoce esos datos que van a esgrimir sus detractores. Me hablarán de Augusto Monterroso y de «El dinosaurio». Pero «El dinosaurio» no es más que una broma. Es como la obra 4?33??, de Cage. Eso se puede hacer una vez y cuela, pero sólo una vez. Me hablarán de los microrrelatos de Kafka o de Arreola, de Cortázar o de José María Merino, del dignísimo inicio del género en la antología Narraciones breves y extraordinarias, de Borges y Bioy Casares. Honorables inicios. Honrosas excepciones.
 
Enorme ingenio. Hace unos años un escritor al que no dudaría en calificar de brillante, e incluso deslumbrante muchas veces, Juan José Millás, dedicó su enorme ingenio al género de los microrrelatos. Si no recuerdo mal, Millás comentaba microrrelatos enviados por los lectores de su periódico. Y había alguno genial. Por ejemplo, éste (que espero recordar y citar correctamente): «Cierra los ojos. Todo lo que ves es mío».
 
Es brillante. Pero es una frase, y una frase no es una obra. Una frase no es un relato. Un verso brillante no es un poema, ni una frase brillante es un relato. Lo importante no es crear un ladrillo perfecto, sino construir una casa donde se pueda vivir.
 
El mito del microrrelato se basa en una serie de creencias muy de nuestra época. Primero, una cierta exaltación de lo breve, de lo rápido, de lo simple, de lo fugaz, de la obra de arte que no requiere tiempo ni esfuerzo y que se consume de un bocado. Segundo, la absurda noción de que ya no tenemos tiempo para leer novelas largas (afirmación que se contradice con los miles de novelas larguísimas que llenan las listas de «más vendidos» de todo el mundo). Tercero, la idea de que el microrrelato es un género que puede practicarlo todo el mundo y es ajeno, por tanto, al «elitismo» propio de la literatura convencional.
 
Género de diletantes. Esta última idea tiene una gran dosis de verdad, porque quitando los ejemplos obvios que todos tenemos en la cabeza y que sin duda se esgrimirán en mi contra, es evidente que los microrrelatos son un género propio de diletantes. He leído microrrelatos de buenos escritores y otros escritos por desconocidos: es imposible notar la diferencia. De hecho, no hay ninguna diferencia, como no la habría entre una escala de do mayor tocada en el piano por un estudiante de piano, Volodos y Lang Lang o, por poner otro ejemplo, entre un triángulo dibujado con un bolígrafo azul por usted, Joseph Beuys o Miquel Barceló.
 
Los microrrelatos suelen estar llenos de clichés, solecismos y sorpresas tontas (por ejemplo, el que habla está muerto). Corrijan los solecismos, eviten los clichés y aprendan de verdad a narrar sin sorpresas tontas. Eso es lo importante, no si el texto es breve o largo.

Cuento breve recomendado: “La mujer del bandido”, de Andrés Ibáñez

Visita nuestra sección de microrrelatos.

 

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3 comentarios en “El género del microrrelato, visto por Andrés Ibáñez”

  1. Sinceramente, creo que hay algo peor que escribir un microrrelato lleno de solecismos, sorpresas tontas y clichés, como dice Andrés Ibañez. (sin justificarlo y solo porque él lo dice)
    Y es escribir plomizos novelones tontos, llenos de solecismos, ideas tontas y pretensión, como hace el autor del comentario.
    Puestos a escribir algo inútil, la brevedad es una ventaja. Te deja mucho tiempo libre para vivir.

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