Cuatro fábulas de Emilio Gavilanes

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cuatro fábulas
Robert Louis Stevenson. Fuente de la imagen

Conozco a Emilio Gavilanes por las dos obras que ha publicado en la editorial La Discreta, El río y Una gota de ámbar. Tengo pensado rescatar para este espacio literario algunos relatos cortos de El río, libro que me gustó mucho en su momento. Mientras tanto, el lector de narrativabreve.com puede hacerse una idea -si acaso no conoce aún a Gavilanes- de la notable calidad de sus minificciones con estas cuatro fábulas, que fueron escritas a petición de Antón Castro.

“Contra la seriedad, la risa. Pero contra la risa, la seriedad.”

Gorgias

 

1. Escribir

 
Stevenson estaba escribiendo aquella fábula protagonizada por un objeto cuya posesión proporciona al propietario la satisfacción de todos sus deseos, pero que hay que vender antes de morir por un precio inferior al de la compra para evitar la condenación eterna.
 
Stevenson quería llegar al límite. Saber qué haría el hombre al que se le ofreciese el objeto por la última fracción de moneda existente, el hombre que supiese que no iba a poder venderlo. Lo consultó con Lloyd Osbourne, su hijastro. “Ese último hombre”, opinó Lloyd, “no querrá comprarlo, eso está claro. Pero tampoco lo querrá el penúltimo, porque sabrá que nadie se lo compraría. Y del mismo modo, si el penúltimo no lo quiere, el antepenúltimo tampoco, porque tampoco encontraría comprador. Y retrocediendo así, nadie lo querría comprar.” “Tu razonamiento, Lloyd, es impecable. Pero no resuelve nada. Solo es un razonamiento. ¿Cuál crees tú, de verdad, que no lo compraría?” Lloyd lo meditó. “Tú nos sabrás convencer de que ninguno.”

2. Descubrimiento

 
-Durante tu instrucción –le dijo el chamán al aprendiz, en medio de la selva- lo que más a menudo vas a hacer es caminar por el reino de los espíritus. Al principio, conmigo. Después, con los que a mí me acompañaron. Y finalmente, solo.
 
-¿Cuál será mi objetivo?
 
-Ninguno. Solo tienes que mirar. No te puedo adelantar lo que vas a ver, porque el mundo está en perpetuo cambio. Verás cosas que yo no vi. Y no verás cosas que yo vi. Tendrás, como yo tuve, una ventaja sobre el primer brujo. Cuando en la Tierra cada planta era la primera planta y los animales aún no habían tenido descendencia y los hombres no sabían nada, tu primer antepasado se echó al camino, con temor, forzado por el hambre de la tribu, pues ni plantas ni animales consentían en servir al hombre. Remontó el gran río, atravesó las montañas y dejó atrás las grandes llanuras, siempre en busca de algo que no se negase a obedecerle. Llegó desnudo al país del frío y las tormentas. Una mañana, a punto de rendirse y darse media vuelta, se encontró, asombrado, con las almas de todos los miembros de su tribu, separadas de sus cuerpos, independientes de ellos, graves, solemnes, formando un rebaño. Aquel mono asustado, que solo buscaba algo de comer, descubrió, sin buscarlo, que era inmortal.
 

3. Final

 
Tras la batalla, los ángeles consiguieron atravesar los nueve puentes, descerrajar los portones y hacerse con el control de la fortaleza del Infierno. Todos los cautivos recibieron la liberación con entusiasmo. Hasta que se organizó el traslado, la multitud aguardó ociosa, repartida en grupos de todos los tamaños, que paseaban, conversaban…
 
Cuando partieron los primeros convoyes y se produjeron las primeras separaciones y despedidas, muchos fueron conscientes de que no volverían a encontrarse entre tanta gente. Entonces vieron aquel lugar con nostalgia y en el último momento se rebelaron y se resistieron a abandonarlo. 
 
 

4. Alma

 
Un hombre fue a la guerra y se llevó a su perro. El perro, que siguió llevando una vida muy parecida a la de casa, ignoraba que estaba en la guerra. El campo de batalla no era más que campo. Comía las mismas sobras. Ladraba al silbido de las balas que pasaban por encima, como insectos.
 
El día que mataron a su dueño hubo retirada. El campamento fue abandonado. No dio tiempo a recoger los cuerpos. El perro montó guardia junto al cadáver de su amo. A la mañana del segundo día, los buitres comenzaron a acercarse. Cuando se aproximaban mucho, el perro se arrancaba contra ellos y los espantaba. A cinco metros escasos corría un arroyo. El animal tenía sed. Si se acercaba al agua, los buitres corrían hacia el cadáver. Entonces, antes de conseguir llegar al arroyo, el perro daba media vuelta para ahuyentarlos.
 
Una mañana el aire rizaba lo que desde lejos parecía un montón de ropa vieja. Los buitres lo miraban, todavía quietos.
Emilio Gavilanes

 

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