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El cuento jíbaro: antología del microrrelato mexicano

 

El cuento jíbaro (Ficticia/UV, 2006) es el título de una antología del microrrelato mexicano, en edición de Javier Perucho, que tiene la virtud de aunar teoría y práctica, es decir: breves estudios sobre el microrrelato y, cómo no, piezas de algunos de los microrrelatistas mexicanos más interesantes.

“La estética del Telegrama” es el título de la reseña de José María Espinasa sobre dicha antología, publicada en el número 356 (agosto de 2007) de la revista Nexos, y que yo tomo prestada de ficticia.com.

 

La Estética del Telegrama 

“El cuento jíbaro: bajo este título, realmente afortunado, el lector encontrará una “antología del microrrelato mexicano”. Sin duda, en estos tiempos de telegrafía en la red, se trata de uno de los pocos géneros que aprovecha y se sitúa en medio de la necesidad de síntesis que exige la dinámica de lectura contaminada por la internet y la publicidad, para crear una nueva manera de expresión. O no tan nueva como bien señala el antólogo y prologuista Javier Perucho. El microrrelato, o como se le quiera llamar (Perucho da a escoger varias terminologías, con sus pros y sus contras) vive actualmente un auge, tanto en su práctica como en su nivel cualitativo y de divulgación y merecía ya un esfuerzo ordenador selectivo como el que Perucho ha hecho (otros, como el multicitado Lauro Zavala lo han realizado en el terreno teórico), pero tal vez debería haber divido su esfuerzo en dos: primero una antología de tipo histórico, en la cual la conciencia del crítico hace tomar retrospectivamente conciencia a las obras de autores del pasado, al grado de que permite perfilar minicuentos donde no los hay, y que debería de llegar digamos hasta los años sesenta; y otra, más muestra que antología, de los practicantes actuales, sobre todo cuando sólo se incluye una muestra de cada autor. 

En los textos de teoría lúdica incluidos al final del libro de diversos autores destaca el hecho de la condición súbita, relampagueante, repentina del microrrelato, un poco a la manera de lo que el haiku aporto a la poesía hace un siglo, y el aforismo a la filosofía hace dos o más, una capacidad de síntesis que se abre, expansiva, intensamente luminosa e inquietante. Pero no hay que confundir (ocurre con facilidad) esa condición con la del chiste, se podría decir, incluso, que el humor que maneja el microrrelato es todo lo contrario de chistoso, y sin embargo algunos de los minicuentos incluidos por Perucho parecen haber sido escogidos por eso. Una vena interesante es ver cómo se pisa los callos con el aforismo y el poema en prosa, y plantear una manera de diferenciarlos.

Muchas de las discusiones teórico-genéricas tienen que ver con la extensión del texto, y a pesar de que se insiste en que no es tanto la brevedad como otras cosas lo que determina un microrrelato, es evidente que su tamaño resulta esencial y lo condiciona, de manera tan férrea como condicionan los 14 versos al soneto. Si esto nos sirviera para hacer metáforas un poco obvias se diría que el relámpago es al trueno lo que el microrrelato al cuento, y la tormenta a ambos primeros como a su vez la novela… Toda la comparación está armada sobre la idea de duración y en cambio pierde, en efecto, muchas de las connotaciones más sutiles, por ejemplo, la desesperanza y el pesimismo que suele respirarse en el minicuento.

En esta vía una de sus cualidades es que hace uso de los recursos formales más propios para condensar la intensidad y evitar el lugar común, el peor pecado que puede cometer es el de obviedad, y es el que le queda más cerca, no tanto por su estrecha relación con la fábula, el refrán o la parábola, sino porque la sorpresa cuando no es revelación se agota tan pronto que al día siguiente es ya noticia vieja. La velocidad implícita en su duración hace que el microrrelato acuda con excesiva facilidad a la paradoja, que le baste invertir los términos de una comparación para decir algo. Y es evidente que no ocurre así, por eso se debería prestar más atención a cierto tipo de microrrelatos que se apoyan en elementos a la vez más formales y más profundos.

Pienso, por ejemplo, en los extraordinarios textos que Francisco Segovia ha publicado en Conferencia de vampiros, Abalorios y otras cuentas y Sarta de abalorios, o en los de Daniel González Dueñas, su estricto contemporáneo. También pensaría en algunas páginas de Esther Seligson y Hugo Hiriart, un poco mayores. Más que ausencia deliberada me parece desconocimiento, ya que responden perfectamente al criterio perfilado en el prólogo. Segovia representa el humor y la ironía en un terreno más allá de lo anecdótico, en el tejido sintáctico, lugar en donde las referencias adquieren un valor mayor que el de la cita o el guiño, presuponen un mundo textual y vital pleno tanto históricamente —la novedad no es un valor en sí— como afectivamente. Esther Seligson, que adensa esa condición relampagueante al cargarla de drama; Hiriart a su vez, heredero directo de la imaginería arreoliana, busca el relámpago tan breve que hay que agudizar la vista para mirar cómo estalla para adentro (implota dicen los físicos).

Ausencias notables, pero hay muchas más, precisamente porque se trata de un género sin canon (estuve a punto de poner: sin canonizar) y el trabajo de Perucho no parece pretender ser una nómina de elegidos sino una manera de abrir la discusión sobre su práctica. Lo que es menos defendible es la ausencia de algunos clásicos, Max Aub, por ejemplo, que escribió uno de los libros más redondos de microrrelato, sus Crímenes imaginarios [Crímenes ejemplares, N. del E.], o de Francisco Tario y Ramón Rubín, espléndidos cuentistas que si bien no practicaron metódicamente el cuento breve sí escribieron algunos formidables.

El cuento jíbaro… no hace sino abrir una discusión, ir en busca de una percepción —más que definición— genérica, y proponer una guía para orientarse entre los autores que practican esa percepción de la escritura, una prosa sin demora, casi la celebración de una condición telegráfica y que, como los telegramas mismos, casi siempre portadores de malas noticias, queda resonando en la memoria. Esa duración distinta es la que hace fascinante al microrrelato”.

 

José María Espinasa

Reseña publicada en la revista Nexos, Núm. 356, agosto de 2007.

 

Ficha técnica del libro 

El cuento jíbaro. Antología del microrrelato mexicano 

Perucho, Javier 

México, Ficticia/UV, 2006. 168 pp.

Colección de cuento: Biblioteca de Cuento 

Cuentos de: Carlos Díaz Dufóo Jr., Mariano Silva y Aceves, Genaro Estrada, Francisco Monterde, Andrés Henestrosa, Alfonso Reyes, Mariana Frenk-Westheim, Julio Torri, Salvador Novo, Edmundo Valadés, Luis Cardoza y Aragón, Margo Glantz, Sergio Golwarz, Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Raúl Renán, Otto-Raúl González, Salvador Elizondo, José de la Colina, Federico Patán, Pedro F. Miret, José Emilio Pacheco, Agustín Monsreal, René Avilés Fabila, Beatriz Espejo, Marco Antonio Campos, Felipe Garrido, Jorge F. Hernández, Héctor Carreto, Guillermo Samperio, Ignacio Betancourt, Luis Arturo Ramos, Jaime Moreno Villarreal, Martha Cerda, Juan Villoro, Ethel Krauze, Luis Felipe Hernández, Mauricio Carrera, Mónica Lavín, Leo Mendoza, Rosa Beltrán, Mauricio Montiel, Cristina Rivera Garza, Ricardo Chávez Castañeda, Luis Humberto Crosthwaite, Agustín Cadena, Marcial Fernández, Javier García-Galiano, Leticia Herrera Álvarez, Luis Ignacio Helguera, Luis Tovar, Ana García Bergua, Luis Bernardo Pérez, Ana Clavel, Flavio González-Mello.

 

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