Cuento breve recomendado (1): «El suicida», de Enrique Anderson Imbert

suicida
 
 

«Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno».

 

Cuento de Enrique Anderson Imbert: El suicida

(Argentina, 1910-2000)

(cuento)

 

Al pie de la Biblia abierta -donde estaba señalado en rojo el versículo que lo explicaría todo- alineó las cartas: a su mujer, al juez, a los amigos. Después bebió el veneno y se acostó.

Nada. A la hora se levantó y miró el frasco. Sí, era el veneno.

¡Estaba tan seguro! Recargó la dosis y bebió otro vaso. Se acostó de nuevo. Otra hora. No moría. Entonces disparó su revólver contra la sien. ¿Qué broma era ésa? Alguien -¿pero quién, cuándo?- alguien le había cambiado el veneno por agua, las balas por cartuchos de fogueo. Disparó contra la sien las otras cuatro balas. Inútil. Cerró la Biblia, recogió las cartas y salió del cuarto en momentos en que el dueño del hotel, mucamos y curiosos acudían alarmados por el estruendo de los cinco estampidos.

Al llegar a su casa se encontró con su mujer envenenada y con sus cinco hijos en el suelo, cada uno con un balazo en la sien.

Tomó el cuchillo de la cocina, se desnudó el vientre y se fue dando cuchilladas. La hoja se hundía en las carnes blandas y luego salía limpia como del agua. Las carnes recobraban su lisitud como el agua después que le pescan el pez.

Se derramó nafta en la ropa y los fósforos se apagaban chirriando.

Corrió hacia el balcón y antes de tirarse pudo ver en la calle el tendal de hombres y mujeres desangrándose por los vientres acuchillados, entre las llamas de la ciudad incendiada.

Enrique Anderson Imbert

Cuentos latinoamericanos

Ver el vídeo «El suicida» (Mariano G. Aponte, 2003), basado en este cuento de Anderson Imbert.

Suicidas de ayer y hoy

Arriesgar la vida por causas peregrinas conduce a truncar gratuitamente las de los amigos y familiares. Pensaba en estos últimos más que en el finado –a quien ya nada ni nadie podrá librar de su estulticia– cuando leía en la prensa noticias sobre el balconing. Esta modalidad de salto al vacío parece en decadencia: será porque no está al alcance de cualquiera disponer de un balcón que cuelgue sobre una piscina.

Pero a rey muerto, rey puesto. La nueva moda consiste en poner en peligro la vida para hacerse un selfie, voz inglesa que deberíamos adoptar sin castellanizar para distinguirla de autorretrato, disciplina fotográfica que mantiene su solera y dignidad.

En lo que va de año, el Ministerio de Interior de Rusia ha contabilizado diez muertos y más de cien heridos, efectos secundarios de hacer selfies y el bobo al mismo tiempo. La cámara fiel recoge las estampas heroicas de jóvenes –y no tan jóvenes– dispuestos a inmortalizarse –tiene ironía el verbo– mientras conducen, se emborrachan, coquetean con un arma cargada o hacen malabarismos tratando de mantener la verticalidad sobre un tejado.

En sintonía con el Werther de Goethe, el siglo XVIII alimentó una moda suicida que alcanzaría también a no pocos escritores (Thomas Chatterton, Karoline von Günderrode, Heinrich von Kleist…). Ese romanticismo añejo se ha reencarnado, 300 años después, en una versión ramplona que protagonizan quienes consideran pasional y aventurero grabar los momentos más estúpidos –y a veces los últimos– de su existencia.

Doy por sentado que los familiares y amigos de estos temerarios no merecen sufrir por  muertes tan absurdas. 

Francisco Rodríguez Criado 

6 cuentos sobre el suicidio – Narrativa Breve

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R.

 

 

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2 comentarios en «Cuento breve recomendado (1): «El suicida», de Enrique Anderson Imbert»

  1. Sí, me gusta. Aprovecho para compartir un microrrelato sobre el tema que he publicado esta semana en Avuelapluma.

    Efectos Secundarios

    Sonó el teléfono en el momento justo. Dudó, pero ante la insistencia, atendió la llamada.
    — Le informamos de nuestra nueva oferta para conectarse a internet —la voz impersonal de la grabación se clavó en su oído.
    Colgó con furia. Cuando volvió a por la cuchilla, se le habían quitado las intenciones de suicidarse.

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