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Ponga un negro literario en su vida

Ponga un negro literario a su vida

El negro literario dista mucho de ser algo exclusivamente moderno: en el siglo XIX estos mercenarios de la pluma (en el mejor sentido de la palabra) ya hacían sus pinitos, escribiendo novelas que luego eran editadas con la firma de otro autor (por lo general, más conocido que ellos). Pero tal vez sea una novedad su “normalización” en el mundo editorial. Tanto que, como nos cuenta Alfredo Álamo, hay empresas que ofrecen abiertamente (y oscuramente, añadiría yo: por adverbios de modo que no quede…) servicios de “negros literarios”. El siguiente paso en esta normalización es que el autor vaya acompañado de su negro literario en las presentaciones del libro al uso para que este último explique cómo pergeñó el libro mientras el primero tomaba el sol en la playa…

(Fuente: Lecturalia, 1/06/2010. En la imagen, Paul Auster, que fue negro literario -como él mismo ha confesado en más de una ocasión- antes de triunfar con sus propias novelas, ).


 

 

El negro literario

“Aprovechando el estreno de la película de Polanski El escritor -The Ghost Writer o, como se llamaba hasta hace poco el libro, El poder en la sombra- no estaría de más hablar de esa figura -la de El escritor fantasma- que en el acervo popular español se conoce más como Negro literario, es decir, una figura que en origen era cercana a la esclavitud creativa y que además se quedaba siempre en la sombra.

¿Cómo surge esta figura? Pues desde que la literatura se convierte en un negocio y aparecen autores, normalmente de folletín, como Alejandro Dumas, por poner un ejemplo, que no pueden cubrir la demanda de aventuras y amoríos correspondiente y deciden alquilar a otros, normalmente aspirantes a escritor famoso o a otros caídos en desgracia, para que les rellenen las cuartillas a cambio de unas pocas monedas.

También es un clásico la figura de negro editorial como aquel que se presta a escribir las memorias de alguien famoso pero sin poner su nombre en el producto final. Esto se da, claro, desde tiempos de la aristocracia europea y las primeras casas burguesas con inquietudes. Los mecenazgos no eran tan altruistas como muchos podían creer.

Así que podríamos hablar de un negro literario más dedicado al dinero, al mercado, y otro hijo directo del orgullo y el ego. Los dos se mantienen hoy en día, aunque con diferencias con respecto a los días del folletín y los mecenas, aunque ha aparecido el negro editorial, aquel que escribe el libro-modelo que le pide la editorial y que firma con un nombre falso.

Todo esto se hace por dos motivos claros: Dinero y Contactos.

Lo del dinero está claro. Ganarse la vida -honradamente- con la literatura -es decir, sin insultar demasiado en tertulias-, es muy pero que muy complicado. Entonces llega alguien y te ofrece escribir la tercera parte de una serie de novelas muy populares… por un fijo y módico precio. Que sea el nombre de otro el que aparezca en las cubiertas es un mal necesario… peor se vive picando en la mina, ¿verdad?

Los contactos. Esto no es un tema baladí. Firmarle las obras a tal o cual escritor de renombre es un secreto a voces en el mundillo editorial. Los tiempos de los grandes secretos ya pasaron a la historia. Si un negro literario se muestra bien dócil y gentil es más que probable que pueda, en algún momento, sacar cabeza por sí mismo y dejar atrás esos folios manuscritos con las palabras de otros.

Escribir las autobiografías de futbolistas, folclóricas y estrellas de Gran Hermano es también una actividad habitual de los negros literarios, pero en esta ocasión hay muchos que incluso rechazan firmar con su nombre aunque les dejen hacerlo: prefieren cobrar un fijo y luego, al llegar a casa, ducharse con agua muy, muy caliente.

Existen incluso agencias dedicadas a la negritud literaria que, con sus tarifas ya establecidas, ofrecen sus servicios. No me queda claro si son cooperativas o es una plantación esclavista en la que van captando escritores despistados, pero lo cierto es que la vanidad es la estrella del S.XXI y más de uno está encantado de pagar por unas loas y unas glosas a buen precio. Vanitas, vanitatis…”.

Alfredo Álamo

 

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