Cuento de Luis López Nieves: El gran secreto de Cristóbal Colón

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La Pinta, la Niña y la Santa María / Archivo Iconográfico, S.A. / Corbis. Fuente de la imagen

 

El escritor portorriqueño Luis López Nieves se dio a conocer con el relato histórico “Seva”, que obtuvo un gran éxito. Es autor de libros como La verdadera muerte de Juan Ponce de León (Primer Premio del Instituto de Literatura Portorriqueña, 2000), El corazón de Voltaire (Norma, 2005) y Escribir para Rafa (Norma, 2006). En diciembre de 1995 creó, desde San Juan de Puerto Rico, el portal electrónico literario Ciudad Seva, seguido por numerosos lectores en lengua castellana. En España, El corazón de Voltaire, novela que ha venido 200.000 ejemplares en todo el mundo, ha sido reseñada muy positivamente en diarios como El País, ABC y La Razón. Otro de sus libros, también publicado en nuestro país, es El silencio de Galileo (Mosaico-Norma, 2009).
 
El relato “El gran secreto de Cristóbal Colón” viene incluido en la antología Cincuenta cuentos breves (Cátedra, 2011), con edición de Miguel Díez R. y Paz Díez Taboada, ayudados por Blanca Ballester. El comentario que puede leerse después del relato es debido a esta antología.
 
 
El gran secreto de Cristóbal Colón
Luis López Nieves
(cuento)
 
Una flama negra danza sobre el agua
negra torre, negro vuelo, negro alfil.
Vanessa Droz

 

El 11 de octubre de 1492, a las nueve de la noche, Cristóbal se encaramó al mástil principal de la Santa María, envolvió el brazo derecho en una soga gruesa para no perder el balance, y clavó la vista en el horizonte umbroso. Aunque no había luna llena, el recuerdo del tenaz sol de la tarde aún flotaba en el aire y le permitía ver las apacibles olas de la mar. Allí permaneció cuarenta y cinco minutos, sin apenas mover la cabeza ni cerrar los ojos. Algunos tripulantes levantaban la vista recelosa de vez en cuando, pero no estaban seguros de si meditaba, oraba o examinaba una y otra vez, como era su costumbre, el mismo punto del horizonte inacabable.
 
A las diez menos cuarto Cristóbal se secó el sudor de la frente y bajó a cubierta. Su rostro no reflejaba frustración, ira ni cansancio: sólo mucha sorpresa y un poco de inquietud. Colocó la mano distraída sobre el hombro del marinero suspicaz que se disponía a subir al palo en su lugar, pero no dijo palabra. Regresó al castillo de popa, encendió con dificultad una de las pocas velas que le quedaban, desenrolló sobre el escritorio un pequeño mapa antiguo y se dedicó a estudiarlo.
 
A los pocos minutos, exactamente a las diez de la noche, Cristóbal Colón se frotó los ojos cansados. Reposó el mentón en la palma de la mano y miró por la ventana. Creyó ver a lo lejos, en medio de la noche oscura, una lumbre que subía y bajaba como si alguien hiciera señas con una antorcha. El rostro se le calentó de golpe. Llamó al repostero de estrados Pedro Gutiérrez, lo sentó junto a sí y le preguntó si veía la lumbre. Gutiérrez se acercó a la ventana, sacó el cuerpo hasta la cintura y respondió que sí, que la veía. Cristóbal Colón entonces llamó a Rodrigo Sánchez de Segovia y le preguntó si veía la lumbre, pero éste dijo que no. Poco después la luz desapareció y nadie más pudo verla.
 
A las dos de la mañana, sin haber dormido un segundo, el capitán Colón todavía examinaba el mapa con una lupa. Las manchas de sudor de sus axilas, que no se habían secado en los últimos cuatro días, le bajaban por los costados de la camisa y le subían hasta la mitad de las mangas. El Capitán colocó el dedo sobre el mapa y lo movió a la izquierda lentamente; lo detuvo en medio de la mar, en algún punto a todas luces imaginario. Comenzaba a bajarlo hacia el suroeste cuando estalló, de pronto, el grito casi histérico de Rodrigo de Triana, vigía de la Pinta: “¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!”
 
Don Cristóbal Colón dejó de respirar: se puso de pie y golpeó el escritorio con el puño. En ese mismo instante hizo fuego el estrepitoso cañón lombardo de la Pinta, señal acordada para cuando se hallara tierra. Las naves restantes dispararon su propio cañonazo: las tripulaciones se despertaban y comenzaban a celebrar. Las campanas de la Niña, la Pinta y la Santa María repicaban a todo vuelo.
 
Don Cristóbal Colón salió a cubierta y ordenó al timonel que acercara la Santa María a la Pinta, donde Rodrigo de Triana contaba a la tripulación cómo había visto tierra por primera vez y le recordaba al capitán Martín Alonso Pinzón la recompensa de diez mil maravedís. La Niña se acopló a las otras dos naves y los marineros de las tres carabelas se unieron sobre la cubierta de la Pinta. Aunque eran las dos de la mañana y la noche era oscura, todos veían con sus propios ojos que no habían llegado al infierno ni al final del mundo, sino que estaban en una playa común y corriente, con arena, árboles y olas apacibles. El almirante don Cristóbal Colón ordenó arriar velas y esperar a que amaneciera. Impartió instrucciones de preparar el desembarco y luego regresó a la Santa María y se encerró en su camarote. Sacó del bolsillo una pequeña llave reluciente que aún no había tenido ocasión de usar en todo el viaje. Con ella abrió un baúl mediano, de madera oscura y perfumada, que tampoco había tenido motivo para abrir hasta hoy. Sacó una larga túnica de lana negra y la vistió por encima de su ropa de capitán. Sacó también unas botas nuevas, de cuero fulgente, que calzó tras quitarse las botas gastadas que había usado durante todo el viaje. Se lavó el rostro en una palangana de agua salada; luego se mojó el cabello blanco y lo peinó con los dedos.
 
Al abrir la puerta del camarote se encontró de frente con los marineros de las tres naos. Cuando vieron al nuevo almirante, envuelto en lana negra y con botas relucientes, se hincaron de rodillas: algunos lloraban de alegría, otros llevaban en los rostros el bochorno del amotinado arrepentido. El almirante don Cristóbal Colón los miró sin decir palabra.
—Capitán, perdónanos —dijo al fin un marinero flaco—. Fuimos desconfiados.
—Cantemos el Salve Regina —respondió don Cristóbal—. Luego preparaos para buscar víveres y agua.
Pocas horas después, al amanecer, el pequeño bote de remos llegaba a la playa con el almirante don Cristóbal Colón en la proa. Lo acompañaban, entre otros, los capitanes Martín Alonso Pinzón y Vicente Yáñez Pinzón. El flamante Virrey, con sus botas de cuero espléndido, fue el primero en saltar del bote y pisar las nuevas tierras de la reina de Castilla. Los maravillados acompañantes del descubridor seguían sus pasos de cerca.
A las nueve de la mañana las tripulaciones de las tres naves se habían bañado en la playa cristalina y descansaban sobre la arena blanca. El almirante de la Mar Océano hablaba con sus capitanes bajo la sombra de un árbol extraño, cuyo fruto olía a perfume y tenía forma de corazón. De pronto, cinco indios desnudos salieron de la arboleda. Cuatro eran jóvenes y robustos; el quinto, mucho más viejo, caminaba con la ayuda de un palo. Los jóvenes traían papagayos, hilo de algodón en ovillos y azagayas. Al ver a estas criaturas que irrumpían de repente en la playa, los marineros se alarmaron y corrieron a buscar sus espadas. Don Cristóbal Colón se acercó con prisa, ordenó la calma entre sus hombres y luego caminó lentamente hasta los indios asombrados. Cuando se detuvo frente a ellos los jóvenes lo miraron con extrañeza, pero el viejo, apoyándose del brazo de uno de los muchachos, se puso de rodillas con mucho trabajo. Luego bajó la cabeza en señal de respeto y le dijo a don Cristóbal Colón en voz baja, en una lengua que ningún español pudo comprender:
—¡Maestro, al fin has regresado!
 

 

Comentario
 
Este relato es una recreación literaria y muy libre del Diario de a bordo escrito por Colón -y conservado en un amplio extracto realizado por el padre Las Casas- en los pasajes correspondientes a los “dos días que cambiaron el mundo”, 11 y 12 de octubre de 1492. Todo el cuento está minuciosamente cronometrado y condensado en seis momentos determinantes: las nueve, las diez menos cuarto y las diez de la noche del primer día, y las dos de la madrugada, al amanecer y las nueves de la mañana del 12 de octubre.
 
El autor juega con los diversos nombres y títulos que recibió el Almirante a lo largo de su vida y tras su magnífica aventura de descubridor de las Américas. Así, desde el inicial Cristóbal, como probablemente le llamarían sus familiares, amigos y colegas de navegación, a Cristóbal Colón, el capitán Colón, el almirante don Cristóbal Colón, hasta la denominación de Virrey y Almirante de la Mar Océana, en una gradación que asegura la ascensión hacia la grandeza y la fama universales por la que fue ascendiendo aquel oscuro navegante de enigmático origen. Curiosamente, al final del último párrafo del relato, se recobra el nombre de Cristóbal Colón, precisamente cuando el viejo indio le dijo “en una lengua que ningún español pudo comprender: Maestro, al fin has regresado”.
 
En un primer momento se presenta al descubridor, al anochecer del primer día, encaramado al mástil de la Santa María: imagen inicial y poderosa del soñador imbuido de la verdad de sus propios sueños, con la mirada clavada, durante cuarenta y cinco minutos, en el horizonte “umbroso” e “inacabable”, “sin apenas mover la cabeza ni cerrar los ojos”.
 
De las siguientes secuencias en las que se mezcla la ficción con datos extraídos del documento de Las Casas, destaca en el momento en que, a las dos de la mañana del día 12 y desde la carabela La Pinta, Rodrigo de Triana lanzó el famoso grito: “¡Tierra! ¡Tierra! ¡Tierra!!. El relato recoge aquel momento trascendental, después del largo y penoso viaje, con este comentario tan exacto y realista: “Aunque eran las dos de la mañana y la noche era oscura, todos veían con sus propios ojos que no habían llegado al infierno ni al final del mundo, sino que estaban en una playa común y corriente, con arena, árboles y olas apacibles”.
 
López Nieves -él mismo descendiente de Colón- cierra el relato, casi documental por su realismo, con un elemento sorpresivo que le aporta un valor mítico. ¿Ya había estado el Almirante en tierras americanas antes del famoso 12 de octubre de 1492 y su viaje desde España era, pues, sólo un retorno? ¿Es posible que estuviera en posesión de misteriosos saberes, y así podría explicarse ese sorprendente saludo que a la llegada a la isla de Guanahani le dirige el anciano indígena en una lengua totalmente desconocida por los españoles que lo acompañaban?
 

© del comentario: Cincuenta cuentos breves (Cátedra, 2011).    

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Luis López Nieves (1950): Doctor en Literatura Comparada por la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook. Irrumpió en 1984 en el ambiente literario al publicar su relato histórico Seva, el cual pasó a convertirse en uno de los mayores éxitos literarios de Puerto Rico. Editorial Norma publicó en 2006 La verdadera muerte de Juan Ponce de León, libro ganador del Primer Premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña en el año 2000. Otras de sus obras son El corazón de Voltaire (Norma, 2005) y Escribir para Rafa.

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1 comentario en “Cuento de Luis López Nieves: El gran secreto de Cristóbal Colón”

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