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Un final inmerecido

Portada de Este es un nuevo día, de Facundo Cabral

 

 “Vino al mundo con el estigma de un personaje de novela de Dickens, pero tenía tantas ganas de dar que terminó saliéndose de las páginas del libro”.
UN FINAL INMERECIDO
 
Vino al mundo con el estigma de un personaje de novela de Dickens, pero como en la Londres dickensiana no había hueco ese 22 de mayo de 1937 decidió nacer en Buenos Aires, un día antes de que su padre abandonara el hogar. Hijo de la calle, a los nueve años se escapó de casa y vagó durante cuatro meses por el inhóspito y ancho mundo, hasta que consiguió colarse en la Casa Rosada para pedirle a Perón y a Eva Duarte que le dieran trabajo. Adicto a la bebida, a los catorce años dio con sus huesos en la cárcel, donde aprendió a leer y a escribir enseñado por un jesuita. Al igual que su compañero de fatigas el conde de Montecristo, acabó por fugarse de la cárcel. En un capítulo significativo de la novela, conoció a un vagabundo que le cantó el Sermón de la Montaña, melodía que sembró en nuestro personaje la vocación por componer poesía y música. Grabó discos de gran éxito que dieron la vuelta a mundo. Admirador de Borges y Walt Wihtman en lo literario e inspirado por Jesucristo, Gandhi y la Madre Teresa de Calcuta en lo ético, hizo de la paz su bandera.
Vino al mundo con el estigma de un personaje de novela de Dickens, pero tenía tantas ganas de dar que terminó saliéndose de las páginas del libro.
Unos pistoleros lo tirotearon el pasado sábado en Guatemala, camino del aeropuerto tras el último de sus conciertos. Dicen los informativos que murió en el acto, pero no es cierto del todo: Facundo Cabral, buen personaje de novela y buena persona, no ha hecho sino alcanzar la inmortalidad ganada a pulso, aunque un innominado y mediocre novelista haya escrito para él un final tan inesperado como inmerecido.  

 


 

 

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