Lorca, de Granada al cielo

Texto e imagen: Francisco Rodríguez Criado
 
El editor Marino González (De la Luna Libros) me pidió hace un par de años una pieza teatral breve para la revista La luna de Mérida. La obra debería tratar la figura de Federico García Lorca, tener una extensión no superior a cinco folios y contar con un máximo de dos personajes (de cara a su representación por dos actores). El texto fue publicado en el número 21 de la revista La luna de Mérida (diciembre de 2009), y ha sido representado por los actores Nuria Cuadrado Jorge y Juan Carlos Tirado en al menos cincuenta centros escolares de Extremadura. 
El tema de Falla que suena durante algunos momentos de la representación, “Danza del fuego fatuo”, interpretado por Paco de Lucía, puede verse y escucharse en esta dirección de Youtube

                      

LORCA: DE GRANADA AL CIELO
Francisco Rodríguez Criado

(Fragmento teatral en un solo acto inspirado libremente en la figura del músico, dibujante, poeta y dramaturgo Federico García Lorca)
      
 
PERSONAJES Y ARGUMENTO
FEDERICO GARCÍA LORCA
BERNARDA ALBA
(Música de  fondo: Danza del fuego fatuo, fragmento de El amor brujo, de Manuel de Falla, interpretado por el guitarrista Paco de Lucía. Se alza el telón)
La acción se desarrolla en un único escenario (a la vez que escenario único): una pequeña parcela del cielo, en un día cualquiera, a una hora cualquiera. La puesta en escena es minimalista: el telón de fondo es  blanco, neutro, sin elementos decorativos. El espectador no debe intuir, por el momento, que la representación va a tener lugar en un lugar tan mitológico como el cielo.
El suelo, de tabla, es el habitual en un escenario. A la derecha hay una vieja silla mecedora de anea, y a la izquierda, un frondoso árbol de cartón-piedra. Federico está apoyado en él, tomando notas en un bloc. A sus pies yace una guitarra clásica. Federico es de estatura media, apuesto, con lunares en la cara y visibles entradas en el pelo, que lleva ligeramente engominado y peinado hacia atrás. Su aspecto es contradictorio: viste camisa blanca y un traje negro muy elegante pero a la vez muy arrugado Su cabello, bien cuidado, contrasta con una asilvestrada barba de cuatro días, y sus ojos, aunque todavía traspiran algo de la luminosidad de antaño, parecen tristes.
(De repente deja de sonar el fragmento de El amor brujo[1] y en su lugar redoblan ominosas campanadas[2]que sirven para introducirnos al nuevo personaje).
Bernarda hace su aparición por el lateral derecho del escenario. Es una mujer de unos sesenta años, viste de riguroso luto, con ropa desastrada y parca, sin alegría, de regusto añejo. De su cuello cuelga un largo y ostentoso crucifijo. Es una mujer de mal carácter, tosca y dominante, sin capacidad para la empatía. El cielo, como antes ocurriera con la tierra, le viene grande. Federico, al verla, deja el bloc y con gesto aburrido coge la guitarra, que empieza primero a acariciar (con la mirada perdida) y luego a rasgar melancólicamente, no con intención de sacarle música sino simplemente de tener algo entre las manos. Bernarda se dirige al centro del escenario y dedica una mirada de soslayo a Federico. Acto seguido, la mujer se arrodilla y pega el oído al suelo, y así, a gatas, se va desplazando aquí y allá por el escenario. Federico, incapaz de entretenerse con la guitarra, la deja en el suelo y se acerca a Bernarda con aire irónico. Ya de cara al público, empieza a hacer estiramientos con los brazos tratando de desentumecer los músculos. Las campanadas en señal de duelo siguen sonando.   
FEDERICO (alzando ligeramente la voz): Tengo la sensación de haber estado inmovilizado durante años… Aquí se echa de menos algo de actividad. Me aburro, francamente. (Bernarda no le presta atención. Federico se gira hacia ella y, doblando ligeramente las piernas, se lleva una mano a la oreja, formando una caracola). ¿Qué? ¿Se escucha algo? Sí, claro que se escucha algo: ¡las campanadas! (Gritando): ¿¡Es que no se van a callar nunca las malditas campanadas!? (Al segundo, las campanadas dejan de sonar. Federico suspira. Bernarda le dedica una mirada ceñuda, pero no responde. Sigue a lo suyo, con la oreja pegada al suelo). ¡Ya era hora! ¡Qué alivio! Bueno, ¿qué? ¿Hay noticias del más allá? ¡Digo que si hay noticias del más allá!
BERNARDA (displicente): ¿Y qué si las hubiera?
FEDERICO (con los brazos cruzados, tratando de mostrarse seguro y relajado): ¿Pero de veras sigue creyendo establecer contacto con nuestro antiguo mundo?
BERNARDA: Tampoco tú creías que existiera un lugar como este, y ya ves.
FEDERICO: Bien mirado, esto deja mucho que desear.
BERNARDA: Pero estamos aquí, luego existe. Y no es cuestión de creer. Oigo nítidamente las voces, así de simple.  
FEDERICO: ¿Qué voces? Ah… la de sus hijas.
BERNARDA: ¿Cuáles, si no? Aunque últimamente estoy preocupada. Hace tiempo que no sé nada de ellas.
FEDERICO (Displicente): O sea que ya no escucha sus voces. No me extraña.
BERNARDA (Se levanta y comienza a sacudirse los bajos del vestido): ¿Decías algo?
FEDERICO (De buen humor): Digo que no me extraña. Si yo fuera hijo suyo, no querría hablar con usted durante el resto de mi vida.
BERNARDA: ¡Tú, hijo mío! ¡Jaaaaa! (Despectiva): Yo no podría tener un hijo como tú. Dios me libre. ¡Me moriría de vergüenza! Has de saber que la mía ha sido siempre una familia decente.
FEDERICO: ¿Y qué es la decencia, Bernarda? ¡Además, no me haga hablar! Ya que lo dice, tampoco yo no podría ser hijo suyo: nuestros genes, afortunadamente, son incompatibles. Pero, mire, la curiosidad me corroe: ¿se puede saber por qué no soy decente a sus ojos?
BERNARDA: ¡Por favor! ¡No me hagas hablar!
FEDERICO: Precisamente para eso le pregunto: para que hable.
BERNARDA: ¡Y aún lo preguntas! ¡Un hombre al que le gustan los hombres! Un pervertido incorregible que va siempre detrás de una pana[3].
FEDERICO: Ah, ese era mi pecado. ¡Cómo no me di cuenta! Y no un pecado cualquiera, claro, ¡sino un gran pecado! Pues aquí estoy, en el mismísimo cielo. No seré tan pecador como usted cree…
BERNARDA (reflexiva): Eso no evidencia nada. Mírame a mí… También yo estoy aquí.
FEDERICO (medio en broma): Es que el cielo ya no es lo que era antes. Dejan entrar en él a cualquiera. Menos al mítico San Pedro y a sus llaves, que no dan señales de vida.
BERNARDA: Tus bufonadas no me impresionan. Ya veo que no te arrepientes, y que serás un hombre corrompido por siempre jamás.
(Pausa)
FEDERICO: Bernarda, Bernarda, ¿algún día podremos charlar tranquilamente sin que eso que usted llama pecados sexuales nos separen? Yo quise vivir libre, libre de acción y libre de pensamiento… Quise vivir en armonía con mi visión poética del mundo… Desgraciadamente, no pude. El pensamiento de usted, que era el pensamiento imperante, conllevaba tristemente la represión. Represión, sí, no solo de acción sino también de pensamiento. Qué le vamos a hacer si no fui para su gusto lo suficientemente reprimido. 
BERNARDA: No fuiste lo suficientemente decente, querrás decir.
FEDERICO: Vaya por Dios.
BERNARDA: Además, dices que si fueras hijo mío no querrías hablar conmigo. Pues bien, entonces ¿a qué viene que me dirijas la palabra? Márchate a otro lado y déjame en paz.
FEDERICO: En eso tiene razón… (Decide cambiar de tema). Esto es tan aburrido… Hace días que no veo a nadie… A nadie más que a usted. Ya es ironía del destino.
BERNARDA: Para mí esto tampoco es el paraíso… Dicen que eras poeta. Pues entretente escribiendo versos.
FEDERICO (conciliador): Lo intento, pero nada me sale. Ni siquiera consigo recordar los poemas que escribí antes de venir a este desapacible lugar. Tengo entendido que eran buenos, pero no guardo el menor recuerdo… Ay, la música y la inspiración me han abandonado. Lógico: la poesía es algo vivo que no se puede escribir cuando uno está muerto.
BERNARDA (Se sienta en la mecedora y empieza a balancearse): Habla por ti. Yo estoy más viva que nunca.
FEDERICO: ¡Pero si esto no es vivir, Bernarda! Abajo (porque estamos arriba, ¿verdad?), la poesía era una manera de alcanzar la inmortalidad con estas manos (se las mira), pero ahora que he alcanzado la inmortalidad –si se le puede llamar así– he perdido las ganas de vivir. ¿Vivir, para qué? Antes uno pensaba que la vida no tenía sentido y eso era precisamente un aliciente para buscárselo con todas las energías. Pero aquí pasa el tiempo y es siempre lo mismo. Nada, nunca pasa nada. Tengo sed de belleza y en este desierto no encuentro ningún oasis.
BERNARDA: ¡A mí nada me interesan tus quejas! ¡Fastídiate, tú y todos los poetas, siempre con la belleza a cuestas! ¿Sabes que te digo? Ojalá yo no hubiera venido a este mundo. Ni a este ni al otro. Pero no tuve esa suerte. Claro, el señorito Federico tenía que lucir sus habilidades literarias y necesitaba para su numerito teatral una mala mujer que simbolizara todos los males de la sociedad. Y ahí es donde entra la malvada Bernarda Alba. Vale, en tu opinión y en la de tus lectores soy una bruja, una fanática religiosa, y le he amargado la existencia a todos cuantos me rodeaban. Mis hijas, como bien dices, no quieren hablarme. ¿Pero quién tiene la culpa? ¡Tú, que me hiciste así! Y por si fuera poco ahora vengo aquí, a este inmundo agujero, y me encuentro contigo. Mira, mejor me dejas en paz.
FEDERICO: Bueno, mujer, no siga por ese camino que esto empieza a parecer una obra de teatro de Luigi Pirandello…
BERNARDA: Ni mujer ni leches. Estoy harto de ti y de tu aureola de santo. Si supieran los que tanto idolatran al gran Federico García Lorca que te has convertido en un tipo aburrido e improductivo que está siempre tumbado junto a un árbol y va de un lado a otro, errabundo, con el traje mal planchado, amargando a una pobre mujer como yo. Ni siquiera sabes ya tocar la guitarra.
FEDERICO (sincerándose):Aquí no me encuentro en mi salsa… Yo que he sido un hombre de mundo he acabado en este infierno que es el cielo… Rara vez se ve por aquí a alguien. (Se arrima al escenario y grita hacia el cielo): Eh, ¿hay alguien aquí? ¡Eoooooooooooo! ¡Eoooooooooooo! (Resignado). Aquí no hay nadie.
(Bernarda se echa a reír estrepitosamente)
 (Pausa)
BERNARDA (poniéndose seria): ¡Los hombres! Los hombres siempre habéis sido los responsables de todos los males… Mira mi Adela. Estaría viva si no fuera por ese gañán de Pepe el Romano[4], que metió en mi casa la enfermedad de la lascivia…
FEDERICO: ¿Todavía pensando en eso?
BERNARDA: ¡Y en qué quieres que piense, si tengo todo el tiempo del mundo! Hombre fue el que sedujo y llevó a la ruina a mis hijas, hombres fueron los que empezaron la guerra, y hombres fueron los que te arrojaron a una cuneta después de dispararte cuatro tiros.
FEDERICO (enfrentándose a ella, enfadado): ¡Mejor dejamos el tema de los hombres y sus cunetas! ¡Qué mujer! ¡¿Quién me mandaría a mí escribirla?!
BERNARDA (balanceándose aún en la silla mecedora, le mira sonriente): ¡Vaya, he dado con un tema espinoso! ¿Sabes, qué? No me callo. Ya ves para qué te sirvió la poesía. ¡Para nada! ¿Qué es el arte y esa belleza de la que tanto hablas en un mundo de malas bestias que están siempre deseando tener una excusa para matarse los unos a los otros? ¿Y por qué todos tus personajes femeninos llevan vidas tan miserables? ¿Por qué? ¿Es que tienes algo contra las mujeres?
FEDERICO (Tapándose los oídos): Demasiadas preguntas. Pero diga lo que le dé la gana, no la escucho, mala bruja.
BERNARDA: El arte, ja. Me río yo del arte. Los artistas, tan puros y tan ateos, se ríen de nuestras creencias religiosas para luego adorar a dioses mortales con pies de barro.
FEDERICO (Con las manos en los oídos, pero escuchando a la perfección las palabras de Bernarda): Oiga, que yo soy creyente… A mi manera, claro.
BERNARDA: Estáis por encima del bien y del mal y a quienes aún mantenemos la fe nos echáis en cara nuestra ingenuidad y nos llamáis fanáticos. Eso los decís quienes vais escribiendo poemitas y tocando la lira mientras las bombas estallan a vuestros pies. (Girándose hacia él). Me río yo de los artistas.
FEDERICO (quitándose las manos de los oídos): ¡Yo he llevado a mis libros y a los escenarios mujeres como usted precisamente para criticar a una sociedad que relega a la mujer a un segundo plano, eternas muñecas rotas en manos de los dioses y de maridos egoístas que solo piensan en la esposa para que le dé mesa y cama! ¿Quién ha hecho más que yo por la emancipación de la mujer?
BERNARDA: ¡Emancipación! ¿Y qué significa esa moderna y pomposa palabra sino desobediencia? Desobediencia al marido, al padre, a la madre, desobediencia a la decencia, a la tradición y a las buenas maneras.
FEDERICO: Por favor… Su tiranía ya acabó con la felicidad de sus cinco hijas, y ahí sigue, hablando de decencia y pegando el oído al suelo, esperando ¿qué?  ¿Escuchar acaso que la han perdonado? Abra los ojos y los oídos de una maldita vez a la Razón.
BERNARDA: ¡Sí, hablo de la decencia! Porque mi hija murió virgen, que lo sepas.
FEDERICO: Ah, la virginidad, bendito tesoro. Pobre muchacha, deseando el calor de un hombre que la hiciera sentir una mujer de verdad, que le hiciera experimentar por primera vez que era un ser humano… ¡Lo mismo que deseaban el resto de sus hijas! Otras desgraciadas que nunca pudieron realizarse como mujeres porque para su madre, también mujer, cualquier gesto de libertad menoscababa su poder, un poder omnívoro y demencial. ¿Por qué siempre hemos de ir en contra de nuestra naturaleza y nunca a favor de ella? ¿Y por qué siempre hemos de soportar a alguien que nos tutele para que vivamos según sus ideas y no según las nuestras?
BERNARDA (suspirando): El poetastro tampoco se queda corto haciendo preguntas…
FEDERICO: Y para que lo sepa, yo no sé si Adela murió virgen, pero de lo que no me cabe duda es de que se suicidó, la infeliz, por su culpa.
BERNARDA (ahora es ella quien se tapa los oídos): ¡Dices que se suicidó por mi culpa!
FEDERICO: ¡Sí, eso he dicho! Cualquier lector informado bien lo sabe. Usted es tan asesina como los que me pegaron cuatro tiros.
BERNARDA: ¡Cállate, arpía, poetastro, titiritero de mala muerte! (Federico se echa a reír y ella se deja caer en el suelo, gimoteando). Me cago en todos tus muertos, Federico García Lorca. Para mí tú ya no eres nadie.
(De repente, Federico deja de reír y se queda contemplándola con pena. Se acerca a ella y le pone una mano en el hombro, que retira al momento).
FEDERICO (tras un largo silencio): Perdóneme, mujer. No sé, a veces decimos cosas que no pensamos…
(Pausa)
BERNARDA ALBA (todavía en el suelo, tratando de reponerse de la emoción): En tu caso es peor: no solo las dices sino que además las escribes. A saber cuántas personas estarán en estos  instantes leyendo tus difamaciones sobre lo que ocurría en mi casa. Por no hablar de los más inmorales, esos que van al teatro a ver cómo sufren los personajes de turno…  
FEDERICO: Lo siento. (Se dirige a la silla, se sienta y empieza a balancearse tímidamente, como sin fuerzas). No sé por qué hemos de llegar siempre a estos extremos… Bueno, al menos la he visto llorar… por primera vez. (Pensando en voz alta). Quién lo hubiera dicho: la fría y deshumanizada Bernarda Alba llorando…
(Bernarda se incorpora a duras penas, embargada aún por la emoción, y una vez en pie mira a izquierda y a derecha, sin saber qué camino tomar).
BERNARDA: Por lo que a mí respecta, pongo fin a esta conversación. Menuda escena hemos dado. Menos mal que nadie nos ve…
FEDERICO: Sí, eso es una ventaja… Por aquí nunca hay nadie. Es un cielo despejado…
BERNARDA: Me gustaría no haberte conocido, Federico.
(Acto seguido sale del escenario por el mismo lugar por el que había entrado. Empiezan a atronar las campanadas).
FEDERICO (entre deprimido y resignado): Qué duro es sentirme solo y tener tantas cosas que decir y no encontrar las palabras adecuadas… Lo que daría por encontrar palabras… incluso aunque fueran inadecuadas. (A punto de echarse a llorar, se levanta y se dirige al público). ¡Eoooooooooooo!, ¿hay alguien ahí? ¡Eoooooooooooo! (Gimoteando, se arrodilla y, con la oreja pegada al suelo, pregunta en voz baja  pero audible): ¡Eoooooooooooo!, ¿hay alguien ahí? Por favor, ¿hay alguien ahí?
(Las campanadas se callan y Federico abandona el escenario mientras empieza a sonar de nuevo Danza del fuego fatuo en la guitarra de Paco de Lucía, tema musical que, a modo de cierre de la representación, sonará íntegro).
TELÓN

[1] Manuel de Falla, íntimo amigo de Lorca, compuso El amor brujoen 1915.
[2] El acto primero de La casa de Bernarda Alba, de Lorca, empieza con tañidos de campanas, que ponen fin al funeral del marido de Bernarda.
[3] En el manuscrito que se ha conservado de su obra teatral La casa de Bernanda Alba, Lorca utiliza la palabra “pana” en sustitución de “pantalón”, creando así, como bien afirma el editor y estudioso teatral Mariano de Paco, en la edición de Octaedro (2009), “una doble metonimia al usar pana por pantalones y éstos por el hombre que los usa”.
[4] Pepe, el Romano es un personaje de gran importancia en La casa de Bernarda Alba, pero, aunque es citado en la obra una y otra vez, en ningún momento aparece de manera presencial.
 

 

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