Cuento breve recomendado (192): “[El tiesto de Albahaca]”, de Giovanni Boccacio

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Estatua de Giovanni Boccaccio en la entrada de la Galería de  los Ufizzi. Fuente de la imagen
 
“El escritor italiano Boccacio compuso su obra maestra, el Decamerón –«cien narraciones contadas a lo largo de diez días o jornadas»-, entre 1350 y 1365, uno de los más importantes libros de cuentos de la literatura universal. Por el variopinto mundo de estos cien relatos pululan toda clase de personajes y se entretejen sermones moralistas y aventuras eróticas desenfadadas, ecos del amor cortés e historias trágicas, apólogos orientales y alegres sátiras de costumbres. Toda la vida terrena está recogida en esta «comedia humana», desde los aspectos más cómicos hasta los más dramáticos, desde los más rastreros hasta los más sublimes, es decir, la extraordinaria variedad de las pasiones que agitan el corazón humano, los sucesos alegres o desventurados, los acontecimientos más insólitos o los más vulgares y grotescos. Y, además el genio literario de su autor supo expresar admirablemente esta humana materia bulliciosa con un arte narrativo nuevo, ágil y dotado de insospechados recursos. La historia propuesta pertenece a la cuarta jornada «en la que se habla de aquellos cuyos amores tuvieron un final infeliz»; se trata de un delicadísimo cuento de amor, venganza y muerte, en el que las dotes narrativas de Boccaccio se concentran en resaltar, con lograda efectividad, el dramatismo de la acción.
M.D.R.


[EL TIESTO DE ALBAHACA]
Giovanni Boccaccio (Italia, 1313- 1375)
Había en Messina tres hermanos jóvenes, todos mercaderes y muy ricos, cuando murió su padre, que era de San Gimignano. Tenían una hermana llamada Isabel, moza muy cortés y bella, a la que, sin razón aparente, no habían casado todavía. Y tenían estos tres hermanos en un establecimiento suyo un joven paisano llamado Lorenzo que dirigía y gobernaba todos sus negocios. Siendo él muy gallardo de su persona y hombre bizarro, Isabel, que muchas veces lo había mirado, empezó a sentirse complacida de él. Lo notó Lorenzo y, abandonando otros enamoramientos, puso su ánimo también en ella y, agradándose los dos, la cosa anduvo de modo que en poco tiempo consiguieron lo que ambos deseaban. Y, continuando con esto, refocilándose y teniendo mucho placer los dos, no acertaron a hacerlo tan secretamente que una noche, yendo Isabel a donde Lorenzo dormía, lo notó el hermano mayor. El cual, como era discreto, aunque se sintió enojado, esperó hasta la mañana siguiente, revolviendo muchos pensamientos dentro de sí. Y al llegar el día contó a sus hermanos lo que había visto de Isabel y Lorenzo y con ellos deliberó que, para que no se siguiese del caso infamia alguna a su hermana ni a ellos mismos, disimularían como si nada supiesen hasta que, sin daño ni perjuicio suyo, pudieran quitarse de encima tal afrenta. Y en esta disposición, platicando y riendo con Lorenzo como de costumbre, sucedió que, so capa de salir de la ciudad los tres, se llevaron consigo a Lorenzo. Y al llegar a un lugar muy solitario y remoto, mataron a Lorenzo, que no recelaba nada, y lo enterraron de modo que nadie lo advirtiese; y al volver a Messina hicieron correr la voz de que lo habían mandado por negocios a otro lugar. Fue esto fácilmente creído, porque muchas veces solían hacerlo.
Al no volver Lorenzo y tras preguntar Isabel por él mucho y solícitamente a sus hermanos, ocurrió que, siéndole ya larga la ausencia, un día en que preguntó con más insistencia, uno de los hermanos le dijo:
-¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes con Lorenzo que tan a menudo nos preguntas por él? Si vuelves a preguntarnos, te contestaremos como conviene.
Y la triste y dolorida joven, temiendo sin saber qué, callaba y, cuando llegaba la noche, muchas veces rogaba patéticamente a Lorenzo que retornase y, otras, con muchas lágrimas se dolía de su larga ausencia. Y, sin alegrarse con nada, seguía siempre esperando.
Una noche, habiendo llorado mucho a Lorenzo, que no tornaba, y durmiéndose al fin entre sollozos, Lorenzo se le apareció en sueños, pálido y maltrecho, con las ropas desgarradas, y le pareció que le dijo:
-No haces, Isabel, más que llamarme, y de mi larga ausencia te entristeces y con tus lágrimas fieramente me acusas, mas has de saber que no puedo retornar, porque el último día que me viste tus hermanos me mataron.
Y le explicó el lugar en que le habían enterrado y le dijo que no volviese a llamarlo ni esperarlo, y desapareció.
Despertó la joven y, dando crédito a la visión, lloró amargamente. Y, al levantarse por la mañana, nada osó decir a sus hermanos, sino que resolvió ir al lugar indicado y ver si era verdad lo que en sueños se le apareció. Y una vez recibida licencia para ir a entretenerse fuera del lugar, acompañada de una sirvienta que con ella solía andar mucho y sabía todas sus peripecias, fue al lugar indicado tan pronto como pudo y quitando varias hojas secas que allí había, cavó donde le pareció menos dura la tierra. Antes de cavar mucho encontró el cuerpo de su mísero amante, aún no descompuesto ni corrompido, y manifiestamente conoció que su visión había sido verdadera. Y, dolorida como ninguna mujer y sabiendo que el llorar no servía de nada, con gusto se habría llevado todo el cuerpo para darle conveniente sepultura.
Pero, como eso no podía ser, con un cuchillo, lo mejor que pudo, cortó la cabeza de su amante y, envolviéndola en una toalla y volviendo a echar sobre el cadáver la tierra, puso la cabeza en el regazo de la criada y, sin que nadie la viese, volvió a su casa.
Se encerró en su cámara con la cabeza y larga y amargamente lloró sobre ella, al punto de que la lavó toda con sus lágrimas, dándole por doquier mil besos. Y luego tomó uno de esos grandes y hermosos tiestos en los que se planta albahaca o mejorana y dentro colocó la cabeza envuelta en una tela muy bella, Y, poniendo tierra encima, plantó algunas matas de bellísima albahaca salernitana, sin regarla jamás a no ser con sus lágrimas, o con agua de rosas o de azahares. Había tomado por costumbre sentarse siempre junto aquella maceta, y de cuidarla con todo su afán, como que tenía oculto a su Lorenzo, y, después de muchos cariños, comenzaba a llorar hasta bañar toda la planta de albahaca.
Fuese por tan largo y continuado cuidado, fuese por la riqueza de la tierra procedente de la cabeza corrupta allá adentro, la planta de albahaca se hizo muy grande y muy bella y también muy olorosa. Varias veces notaron los vecinos aquella ocupación de la joven y, oyendo maravillarse a sus hermanos de que de tal modo estuviera ella perdiendo su belleza, les dijeron: «Nosotros sabemos que tiene tal costumbre». Al oírlo y advertirlo los hermanos hicieron a hurtadillas que se le quitase aquel tiesto. Y, no encontrándolo ella, muchas veces lo pidió y con mucha insistencia y, al no serle entregado, entre llantos y lágrimas enfermó, y no pedía en su dolencia, otra cosa que el tiesto. Mucho se maravillaron los hermanos de aquella petición y quisieron ver lo que dentro había, y, quitando la tierra, hallaron el lienzo y dentro la cabeza, no tan consumida aún que no conocieran por la cabellera rizada que era Lorenzo. Quedaron muy pasmados y temieron que aquello se supiese, por lo que, enterrando la cabeza y sin decir nada, sigilosamente salieron de Messina y se fueron a Nápoles.
La joven, siempre sin dejar de llorar y pidiendo su tiesto, llorando murió y su desventurado amor tuvo término. Pasado cierto tiempo, se hizo el caso manifiesto a muchos y hubo quien compuso esa canción que todavía hoy se canta y que dice:
¿Quién pudo ser el mal cristiano
que me robó el tiesto de albahaca?
 
Decamerón, trad. Juan G. de Luaces, Barcelona, Círculo de Lectores, 1965, págs. 280-284
 

 

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