“Mi querido Dostoievski”, en palabras de Pilar Galán

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Pilar Galán, Mi querido Dostoievski
Pilar Galán y el autor durante la presentación, en Cáceres, de Mi querido Dostoievski
 
Varias personas me han expresado su deseo de leer el texto que la escritora Pilar Galán leyó durante la presentación de Mi querido Dostoievski en Cáceres. Pues aquí está el escrito en cuestión, que me ha enviado la propia autora, y que tiene mucho interés porque al tiempo que analiza mi novela hace un repaso por el género de la novela epistolar.
Por cierto, me chivan, para aquellas personas que tienen intención de acudir esta tarde a la presentación de la novela en Madrid, que hay un aparcamiento muy amplio y cómodo junto al teatro La Abadía.


Texto de presentación de Mi querido Dostoievski en Cáceres (16/3/2012)
Pilar Galán
Mi amistad con Fran se ha ido construyendo muy poco a poco, como es propio de dos tímidos, al menos en mi caso. Poco a poco me enteré de algunos detalles de su vida, de sus lecturas, de que a él también le imponía hablar en público. Luego empezamos a compartir cosas, una mesa redonda, un taller, visitas a la librería El Buscón, presentaciones de libros, editorial, proyectos, libros en común, que por ese azar especial de la literatura una vez salieron y otras mil no, y columnas periodísticas.
Hace ya muchos años, en una mesa redonda, en Trujillo, nos tocó explicar nuestra poética, y los libros que nos gustaba leer. Luego hemos coincidido más veces, y, he aquí que estamos otra vez juntos, en otra mesa, para que yo repita lo que a mí me gusta leer, lo que me ha gustado su novela.
Se nos ha pasado a los dos la edad de ser considerados principiantes, de ser jóvenes promesas de la literatura, si es que alguna vez lo fuimos, promesas, quiero decir, porque jóvenes sí lo hemos sido. Fran ya no es un aprendiz en el sentido de principiante, pero sí lo es porque en cada novela va mostrándonos lo que ha ido aprendiendo de sus lecturas, y cómo experimenta. Fran sobre todo es un gran lector. Como él reconoce, empezó tarde y quizá por eso el hambre de palabras ha sido más voraz. Dice Fernando Valls que las últimas generaciones de escritores están formadas por personas a las que les gusta escribir pero no leer, como si a un gastrónomo le encantara guisar pero no disfrutara con la comida, pero Fran es deudor de sus lecturas, y les rinde tributo, formando parte de una tradición, en este caso de la tradición epistolar.
Esta tradición empieza en Cicerón, Ovidio, Horacio o Séneca.
En el Renacimiento Petrarca es quizá el representante más destacado de subgénero. Lutero y Erasmo, Garcilaso y Boscán intercambiaron cartas en su vida real que el tiempo ha acabado convirtiendo en literatura.
El siglo XVIII es tal vez el período de máximo florecimiento de la correspondencia epistolar. Nace, además, en este siglo el género de la novela epistolar. Destaca Samuel Richardson con Pamela, y J.J Rousseau con su Nouvelle Héloise en Francia. Le sucede Choderlos de LacIos con Les liaisons dangereuses. Y en 1774 se publican Las tribulaciones del joven Verther de J.W. Goethe, de enorme repercusión.
En nuestra literatura, podemos destacar Varela, Galdós, Delibes, Bryce Echenique, C. Martín Gaite, o Cela.
En 1938, se publica en Estados Unidos Paradero desconocido, una delicia de setenta páginas, de K. Taylor, una mujer que firma como un hombre porque su editor consideraba que el tema del nazismo era demasiado cruel para una dama.
En la literatura rusa no puede dejar de mencionarse la primera novela de Fiodor M. Dostoievski, Pobres Gentes, escrita entre 1844 y 1846, cuando el autor tenía veinticinco años de edad.
A este autor van precisamente dirigidas las cartas de Laura Bauer, la protagonista del libro, una anciana apasionada por la literatura que escribe regularmente a su admirado Fédor Dostoyevski, allá donde esté, más de un siglo después de la muerte del escritor.
De los tres tipos que puede adoptar la novela epistolar: comunicación epistolar polilógica, la monológica y la mixta, el autor ha elegido la comunicación epistolar claramente monológica. Desde el principio, desde la página veintiuna, Laura Bauer asume que su destinatario no va a contestarle nunca. Un legado literario es lo mismo que un legado religioso, dice. Aunque sea de manera imperfecta, reconforta, y a mi edad, dice la protagonista, no se pueden desperdiciar los escasos momentos de felicidad que le da la vida. Por eso a pesar de que no obtendrá respuesta nunca, sigue escribiendo.
Lo que tiene de innovador la literatura epistolar es que el narrador ofrece al lector la oportunidad de asistir como voyeur a la intimidad de una persona. El autor es la única garantía de la verdad de lo escrito, que él presenta como prueba de credibilidad de la novela. Se limita a mostrar las cartas de alguien que, creyéndose a salvo de miradas indiscretas, desnuda sus pensamientos. Es un mero transcriptor, como quien encuentra un manuscrito inacabado o un mensaje en una botella. Así leemos esta novela, como si asistiéramos a la exposición de una realidad auténtica presentada como un discurso espontáneo por alguien que no es escritor profesional. ¿Y cuál es el secreto de Laura Bauer? ¿A qué historia asistimos como lectores que tienen acceso a la intimidad de una persona? ¿Y qué clase de persona es?
En las cartas del principio, contemplamos a una anciana que vive en Roma, y que va ofreciendo pinceladas de sí misma, poco a poco, en cartas lentas sin destinatario posible. Ha sido profesora de matemáticas, no tiene hijos, solo un sobrino, tiene un perro, algún amigo, ha estado casada con un hombre guapo aunque le gustan los feos… Una existencia anodina en apariencia, solo en apariencia, porque desde el principio el autor nos avisa:¿Cómo sabe alguien que ha llegado al límite de sus fuerzas y que a partir de ahí no le espera sino el abismo? Y nos da la clave para entender por qué la protagonista escribe al autor: leyendo sus libros encuentra que muchos de sus personajes están en el punto anterior al límite que puede soportar una persona. Por eso ha elegido a Dosto, como ella le llama, familiarmente. Luego, al final, entenderemos mucho mejor esta información.
Solo que ese aviso se nos olvida cuando seguimos leyendo sobre la vida cotidiana de Laura, esa existencia que de ningún modo parece estar a punto de deslizarse hacia el abismo, sino sobre esa realidad conformada en días como un cuaderno de bitácora. Se nos olvida que a través de las cartas L. Bauer puede tratar de mostrarnos no su aburrida vida en Roma, sus paseos, sus lecturas, sino quizá una vuelta atrás en el tiempo, algo que justifique toda una vida, una excusa que quizá ella ha encontrado en la literatura.
El autor va encabezando cada carta con una circunstancia: calor, por ejemplo, ciclotimia, año nuevo y comportamientos viejos, carnavalescas, que son el subtítulo de la carta, debajo de la fecha que va indicando el paso del tiempo, los huecos, los silencios entre confesión y confesión. A través de ellos vamos uniendo fragmentos de un todo, que no quedará completo hasta el epílogo, cuando la novela monológica introduce un narrador extraepistolar que aclara lo que la protagonista no quiso o no pudo contar.
En las cartas van desfilando personajes tangenciales, los cotidianos, los que comparten día a día la existencia aparentemente gris. El cartero gruñón, la vecina actriz, su sobrino, la cuidadora, el médico, y en otro nivel narrativo, en ese otro tiempo ficcional que dura más que el narrado, aparece la historia de verdad, lo que se cuenta en esta novela en la que parece no pasar nada y pasa gran parte de la historia del siglo XX.
En un tono aparentemente coloquial, como corresponde al género, en una forma elocutiva dialógica, cercana al lenguaje dramático en su intento de provocar una reacción en el interlocutor, aunque este lleve muerto tantos años, Laura Bauer cuenta desde la vejez su infancia nómada y trashumante, la relación con su familia, el amor, la pérdida, la soledad, la tristeza como en el terrible cuento de Dostoievski en el que un cochero no encuentra a quien contar la pérdida de su hijo. ¿Y qué ha perdido la signorina Laura? Ese es el secreto del libro, desgranado a través de cartas sin respuesta posible. Y este es el secreto por fin revelado, y que yo no voy a revelarles a ustedes de la verdad del destinatario. Solo Dostoievski , el autor de Crimen y castigo, de Los hermanos Karamazov, de Memorias del subsuelo puede entender que el fin nunca justifica los medios, y que el crimen tiene un doble rasero moral, el del delito y el del pecado.
Mientras tanto, quedan todas las preguntas ¿por qué escribe?
¿Para qué se escribe? O en palabras del autor, ¿acaso no es un anhelo propio del escritor alcanzar la fama para que su condición de raro sea atribuida a su condición de escritor y no a sus debilidades de carácter?
Dice Fran, la única forma de superar la vergüenza es callar o bien exhibir abiertamente aquello de lo que te avergüenzas. No hay término medio. Comprenderás ahora, mi querido amigo, por qué me hace tanto bien escribir estas cartas donde el muro del cruel silencio poco a poco empieza a ser derrumbado por la embestida de las palabras más sinceras.
Y esto ya lo digo yo, pero podría decirlo L. Bauer, y podría haberlo escrito su autor. En los tiempos que corren, ahora que se levantan de nuevo todos los muros, y cada uno se encierra detrás del suyo propio para no ver lo que existe fuera, en estos tiempos de orejeras y vendas, de mendigos en las marquesinas, y crueles recortes, libros como este, cartas como estas, nos recuerdan para qué escribimos, por qué lo hacemos, y sobre todo por qué hay que seguir insistiendo en contar lo que no debe perderse nunca.
Y ahora, como dice L. Bauer, al final del libro, ese final que no voy a estropearles, muchas han sido mis palabras, pero ha llegado el momento de callar para que hable el verdadero protagonista.
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