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“Mi querido Dostoievski”, según Juan Ramón Santos

Juan Ramón Santos y Francisco Rodríguez Criado en la Feria del Libro de Cáceres.
Fotografía: María Carvajal.

 

Durante la presentación de Mi querido Dostoievski en Plasencia, el pasado 27 de abril, Juan Ramón Santos nos sorprendió a los presentes con la lectura de una carta escrita para la ocasión. Sorpresa, digo, de que hubiera optado por el género epistolar para presentar una novela epistolar. Un acierto, creo yo.
Este es la carta-presentación de Juan Ramón Santos, que me ha cedido para su publicación en NarrativaBreve.com.

 

“[…] más allá de la anécdota de que una anciana se decida a escribir cartas a un escritor muerto, Mi querido Dostoievski explica, en buena medida, las razones por las que leemos y escribimos, y eso hace que resulte, además de amena, muy interesante”.
Juan Ramón Santos
 


PRESENTACIÓN “MI QUERIDO DOSTOIEVSKI”
27 DE ABRIL DE 2012
MES DEL LIBRO
Plasencia, 15 de marzo de 2012
Querido Fran,
¿Cómo no iba a querer presentar en Plasencia Mi querido Dostoievski? Si, como dicen, los libros que uno escribe son, de alguna manera, tus hijos, tu novela es para mí no voy a decir que una ahijada –porque sería arrogarme, en su corta vida, un protagonismo que no merezco–, pero sí, digamos, una sobrina, o la hija de unos buenos amigos, o, como poco, uno de esos vecinos que conoces desde que nacieron, que te caen simpáticos y a los que ves crecer desde la ventana con sincero orgullo. Sabes que la novela me gustó mucho cuando la leí por primera vez, hace no recuerdo cuánto, en aquella versión impresa en folios, y fue un lujo intercambiar contigo entonces impresiones y debatir sobre aciertos y posibles fallos. Fue una ocasión extraordinaria para reflexionar y conversar acerca de la escritura en toda su extensión, desde el planteamiento general de una novela hasta cuestiones de detalle como puntos, comas o adjetivos. También sabes que después no he dejado de seguirle la pista al libro en la distancia, sus avatares por concursos y editoriales y su llegada a Ediciones de La Discreta, que me alegró muchísimo saber que decidían publicarla y que sentí una enorme satisfacción al tenerla por fin entre mis manos, en esta edición tan bonita, tan elegante, tan merecida, con esa fotografía de la vieja máquina de escribir que tanto sugiere acerca de la historia que contiene. Después de acompañarla, aunque haya sido desde lejos, en ese largo camino desde la impresora hasta la imprenta, ¿cómo no iba a querer estar con vosotros en su puesta de largo en mi ciudad?
Una de las cosas que más me ha llamado la atención y me ha intrigado siempre de tu historia es el motivo que lleva a una mujer como Laura Bauer a escribirle cartas a un escritor, como Dostoievski, muerto más de un siglo antes. ¿Qué sentido tiene? Supongo que te lo habrá preguntado más gente. En cualquier caso, bien pensado, olvidándonos por un momento de Laura y de Dostoievski, la literatura ha sido siempre en buena medida un diálogo entre vivos y muertos. Es cierto que muchos de los autores que leemos –como, por ejemplo y por fortuna, tú, Fran, autor de Un elefante en Harrods, y de Historias de Ciconia,y de Mi querido Dostoievski– están perfectamente vivos y que, en ese caso, la palabra escrita no hace sino salvar la distancia que nos separa y forjar una suerte de intimidad con el autor, pero estoy seguro de que en el origen de la literatura está no tanto esa necesidad de estrechar espacios como la de sobrevivir al paso del tiempo y, sobre todo, el deseo de sortear la frontera de la muerte.
Son muchos los libros de escritores muertos que he leído –yo diría, de hecho, que son la mayoría–, pero, es curioso, pocas veces he sentido de forma más viva que la literatura sirve para borrar el paso del tiempo como al escuchar unas grabaciones de cuentos de Cortázar hechas por él mismo que pongo en ocasiones cuando voy solo en el coche. Hay un momento, muy al principio de la grabación, en el que Cortázar, con ese raro acento suyo, entre porteño y francés, y la respiración pegada al micrófono, dice de forma improvisada: «quisiera sentirme un poco como si estuviera en la misma habitación donde usted oye ahora este disco, y cuando digo usted, usted no existe para mí y, sin embargo, ¡vaya si existe!, porque usted y yo somos este encuentro desde tiempos y espacios distintos, una anulación de esos tiempos y esos espacios, y eso es siempre la palabra y la poesía», y en esos momentos, solo en el coche y con la lluvia arreciando, quizá, sobre el parabrisas, ¡vaya si se le siente cercano!, ¡vaya si se siente que su voz, gracias a ese grabador en el que registró con tanta torpeza sus palabras, ha logrado traspasar la muerte!, ¿y qué otra cosa no han hecho la palabra escrita y los libros sino eso, hacerlo llegar, a Cortázar y a tantos otros autores muertos, vivo hasta nosotros?
Lo que quería decirte es que quizá lo que haya pensado Laura Bauer es que si, como decimos, la literatura no es sino un diálogo entre vivos y muertos, una vez trazada la dirección, la carretera que une al lector con el que escribe, ¿qué más da el sentido en que circulen las palabras?, y que quizá sea esta idea la que la lleva a emprender una relación epistolar con un escritor, como Dostoievski, muerto y más que muerto, que quizá lo que busca, a fin de cuentas, la signorina Bauer es invertir la magia de la literatura, cambiar el sentido en que circulan las palabras, sabedora, sin duda, de que una respuesta expresa de Dostoievski es, además de imposible, innecesaria, porque las respuestas que busca ya están, o se intuyen, en Los hermanos Karamazov, Crimen y castigo, Los demonios, El jugadoro Memorias del subsuelo. En definitiva, habrá pensado Laura, si Dostoievski se permitió el lujo de arrojar sus palabras y sus obsesiones a sus lectores presentes y futuros, ¿por qué no iba a tener derecho ella a hacer lo contrario?
Y, si no, de todos modos, siguiendo la lógica de Borges en la introducción de El Hacedor, cuando pase el tiempo y ciento treinta años no sean nada, ¿quién se dará cuenta así, a primera vista, de la distancia temporal que separaba a Laura de su querido Dostoievski, de que sus cartas tenían un destinatario imposible? Para entonces, cuando –como dice Borges– se hayan confundido los tiempos y la cronología se haya perdido en un orbe de símbolos, de algún modo será justo afirmar que Laura le ha escrito cartas a Fédor y que el escritor ruso las ha leído.
Otra pregunta que me suscitó de entrada la novela es por qué Dostoievski, por qué no Tólstoi, o Dickens, o Flaubert. Una respuesta rápida y evidente sería que elige a Dostoievski porque le gusta, y sin duda es así, pero, ¿por qué le gusta? Porque, a primera vista, pocos escritores parecen tan alejados de la alegre y vital e irreverente Laura Bauer como el atormentado Fédor Dostoievski. Sin embargo, la propia novela nos va desvelando los motivos, y poco a poco vamos descubriendo que, a pesar de las apariencias, Laura es, como Raskólnikov o como tantos personajes de Dostoievski, un ser atormentado por la culpa, una culpa que, desde nuestra perspectiva, resulta casi inexplicable, una culpa que yo llamaría bondadosa, empática o solidaria porque, en buena medida, Laura asume una responsabilidad que no le corresponde, un arrepentimiento aplastante por las acciones de otros, pero eso la hace aún más entrañable y más potente, y la convierte en toda una heroína moral… De todos modos, respecto a esto, no te preocupes, que no desvelaré en la presentación nada que no tenga que desvelar.
Contaré, eso sí, que desde la primera carta nos introduces de golpe en la vida de una anciana que vive en Roma, que nos enganchas enseguida con la narración de sus pequeñas peripecias cotidianas, que nos haces dudar en todo momento de si está loca o está cuerda, de si es una vieja misántropa o una ancianita adorable, y que, aparte de la relación epistolar, que ocupa, desde luego, el centro de la trama, se sucede, a lo largo de la novela, toda una serie de curiosos episodios protagonizados por personajes bien trazados que vas introduciendo sutilmente en la historia, como el perro, la señora de la limpieza, la vecina, el sobrino o, desde luego, el médico, Silvestre, que acaba jugando un papel inesperado, pero no te preocupes, que no diré nada del pasado de la protagonista. Eso queda entre Dostoievski, tú y yo, y el que quiera enterarse, que se lea la novela.
Ya para terminar –pensaba escribirte una pequeña nota aceptando, sin más, tu propuesta, pero ya llevo escritos cuatro folios–, más allá de la anécdota de que una anciana se decida a escribir cartas a un escritor muerto, Mi querido Dostoievski explica, en buena medida, las razones por las que leemos y escribimos, y eso hace que resulte, además de amena, muy interesante.
En fin, Fran, por si no fueran suficientes los motivos que he dado para aceptar tu invitación (ya ves, como si decirte que sí necesitase justificación alguna), ahí va uno más, de regalo: le estoy cogiendo gusto a las presentaciones, porque, a falta de público –que siempre es muy escaso–, últimamente se están convirtiendo en una ocasión extraordinaria para encontrarme de nuevo con los amigos y tomar unas cervezas o unos vinos y charlar un rato, con lo que, aunque sólo fuera por eso, Fran, será un placer verte de nuevo después de tanto tiempo, además, en Plasencia, y hablar de Mi querido Dostoievski, y de libros, y de escritura, y de tantas y tantas cosas.
Nos vemos pronto en Plasencia.
Un fuerte abrazo,
Juanra

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