Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia (133): “Goliath”, de Jack London

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Jack London
Escritor Jack London, autor del cuento “Goliath”. Fuente de la imagen en Internet

David Matías, licenciado en Filología Hispánica y autor de la novela Principio de incertidumbre (Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2013), nos recomienda el cuento “Goliath”, de Jack London, una narración muy actual en tanto que se aboga en ella por la “reedificación del mundo”.

Goliath” fue publicado por primera vez en la revista londinense Red Magazine, en 1908.

GOLIATH

Jack London 

El 3 de enero de 19…, la ciudad de San Francisco leyó, al despertar, en uno de los periódicos de la mañana, una extraña carta dirigida a un tal Walter Basset y que, con toda evidencia, provenía de un trastornado.

Walter Basset, el magnate más grande de la industria del oeste de las Montañas Rocosas, pertenecía a uno de los pequeños grupos capitalistas que, de hecho, tenían dominado el país. Por esta razón, era continuamente atacado por elucubraciones tan pretenciosas como imbéciles. No obstante, la epístola en cuestión difería hasta tal punto de las que recibía habitualmente, que en vez de tirarla a la papelera la había transmitido a un periódico. Estaba firmada por «Goliath» y el encabezamiento llevaba la siguiente dirección: Isla Palgrave.

He aquí su contenido:

«Al Sr. Walter Basset.

Señor:

Le invito al igual que a otros nueve de sus colegas, a visitarme en mi isla para estudiar conmigo ciertos proyectos  enfocados a la reconstrucción de la sociedad sobre bases más racionales. Hasta el presente la evolución social ha sido un fenómeno ciego y estéril. Se impone por lo tanto una transformación. El hombre se ha elevado del fango primitivo para dominar la materia, pero todavía no ha dominado la sociedad. En este momento, la humanidad es esclava de la estupidez colectiva, como hace cien generaciones era esclava de la materia. Existen dos conceptos según los cuales el hombre puede dominar la sociedad y servirse de ella útilmente para conquistar la felicidad y la alegría. Según la primera, ningún gobierno podría ser más virtuoso y sabio que los miembros que lo componen; la reforma y la transformación de una sociedad dependen exclusivamente de los propios individuos; cuanta más perfección adquieran estos, mas contribuyen a mejorar su gobierno. La plebe, las conversaciones políticas, la brutalidad primitiva y la ignorancia supina de una multitud de personas parece desmentir esta teoría. Una muchedumbre posee la inteligencia colectiva y los sentimientos de piedad del menos instruido y del máss grosero de sus miembros. Por otro lado en cuanto un barco se convierte en el juguete de una tempestad, sus miles de pasajeros se abandonan gustosos a la prudencia y a la discreción del capitán, en este caso el más capaz y el más experimentado.

Siguiendo el segundo concepto, la mayoría de las personas no son precursores. Toda iniciativa se encuentra frenada en ellos por la inercia de los principios establecidos. Los hombres que los representaban no simbolizan más que sus debilidades, su frivolidad y sus instintos groseros. Esta entidad ciega llamada gobierno no se somete a la voluntad del pueblo, sino que es el pueblo el que resulta su vasallo; en una palabra, la gran masa no hace su gobierno, está moldeada por él. Sin embargo, el gobierno ha sido siempre un monstruo engendrado por los destellos de inteligencia que salen de la masa amorfa.

Personalmente admito este último punto de vista. Y estoy impaciente. Durante cien mil generaciones, el gobierno ha sido siempre un monstruo. Hoy en día la masa aplastada bajo la inercia encuentra en la existencia todavía menos alegría que antaño. A pesar del dominio del hombre sobre la materia, el dolor humano, la miseria y la corrupción destruyen la armonía de nuestro planeta.

En consecuencia, he tornado la resolución de intervenir y de dirigir yo mismo durante algún tiempo los destinos de este navío del Mundo. Poseo la inteligencia y la amplia evidencia de un juez experimentado. Disponiendo de la fuerza me haré obedecer. Los hombres del Universo, doblegándose a mis órdenes, establecerán unos gobiernos que se convertirán en generadores de alegría. Los gobiernos modélicos que he concebido no aportaran al pueblo, por un simple decreto, la felicidad, la sabiduría y la grandeza de alma, pero le permitirán adquirir todos estos beneficios.

He hablado. Les invito pues, a Ud. y a sus colegas, a tener una conferencia conmigo. El 3 de marzo el yate Energón saldrá de San Francisco. Les ruego se encuentren, el día anterior, a bordo de dicho barco. Nada más serio que mi proposición. Los asuntos mundiales deben ser llevados, durante un cierto tiempo, por unas manos de hierro como las mías. Si no responde a mi llamada será castigado con la muerte. A decir verdad, no espero que Ud. tenga en cuenta mi requerimiento. Pero su muerte tendrá cuando menos como resultado el hacer reflexionar a aquellos de sus colegas que convocaré a continuación. No habrá sido, pues, inútil para la tarea que me he impuesto. Sepa Ud. que no estoy imbuido de ningún falso sentimiento sobre el valor de la vida humana. Llevo siempre en lo más profundo de mi conciencia la visión de una inmensa multitud de seres a los que la felicidad y la sonrisa les serán devueltas en eras futuras.

Suyo, para la edificación de una nueva y mejor sociedad.»

GOLIATH

La publicación de esta carta no causó la menor diversión local. La gente se sonreía al leerla pues era tan evidentemente la obra de un loco que no merecía ni ser discutida. No despertó el interés de los ciudadanos hasta el día siguiente por la mañana. Un telegrama de la Prensa Asociada de los Estados Unidos, seguido de una serie de entrevistas transmitidas a los periódicos por astutos reporteros, dieron a conocer los nombres de los otros nueve hombres de negocios que habían recibido cartas semejantes pero que no habían considerado la noticia lo suficientemente importante como para hacerla publica.

La emoción, más bien tibia, se hubiese disipado rápidamente de no ser por la caricatura del famoso artista Gabberton representando el misterioso Goliath como el próximo aspirante a la presidencia de los Estados Unidos. Luego de un lado a otro del país resonó el dicho:

«¡Venga, vigila, Goliath te mira!»

La semanas pasaron y todo el Mundo, incluido Walter Basset, olvidó el incidente. Pero en la mañana del 22 de febrero, Basset recibió una llamada telefónica del cobrador del puerto.

–Quería simplemente anunciarle –le dijo– la llegada del yate Energón que ha echado el ancla en el muelle número siete.

Walter Basset no divulgó jamás lo ocurrido aquella noche. Pero se sabe que se dirigió en coche hasta el puerto, que se hizo conducir hasta el extraño yate en una de las lanchas de Crowley y que subió a bordo del mismo. Cuando volvió a tierra, tres horas más tarde, envió unos telegramas a los nueve colegas que habían recibido la carta de Goliath.

Los redactó todos de la misma manera:

«El yate Energón ha llegado. El momento es grave. Os aconsejo reuniros conmigo.»

La gente se burló de Basset. Al publicar sus telegramas en la prensa, una risa homérica se desencadenó en el país y volvió a aparecer con más fuerza la cómica frase. Goliath y Basset fuente de inspiración para dibujantes y humoristas. En una caricatura se veía a Basset, viejo lobo de mar, a horcajadas sobre el cuello de Goliath. La alegría se extendió por los clubes y salones mundanos y se contenía en las columnas de los periódicos para estallar en risotadas en las revistas consideradas cómicas.

Pero esta comedia tenía su lado serio: mucha gente y sobre todo sus asociados ponían seriamente en duda la razón de Basset.

No obstante, Basset envió a sus amigos una segunda serie de telegramas concebidos de la siguiente forma:

«Venid, os lo suplico. Si queréis vivir, venid.» Pero aquel hombre perdía fácilmente la paciencia. Cuando recibió por respuesta una nueva explosión, no siguió adelante con sus súplicas.

A la mañana siguiente los vendedores de periódicos de todas las ciudades y pueblos de Norteamérica voceaban en las calles la «edición especial» de la mañana.

Goliath, en efecto, había llevado a cabo su amenaza. Los nueve hombres de negocios refractarios a su invitación habían muerto. La autopsia practicada sobre los cadáveres reveló una violenta desintegración de los tejidos, empero los cirujanos y los médicos (los más famosos del país habían asistido a aquella sesión) no se atrevían a afirmar que aquellos hombres hubiesen muerto asesinados y todavía menos atribuir su muerte a causas desconocidas. Aquel misterio los sumergió en el aturdimiento. Nada, en el campo de la ciencia, les autorizaba a certificar que un habitante de la isla Palgrave había podido asesinar a distancia a aquellas desgraciadas victimas. Sin embargo, casi inmediatamente se tuvo noticia de un hecho innegable: la isla Palgrave no era un mito. Estaba en los mapas y los navegantes la conocían. Se encontraba a 180° de longitud oeste, sobre el paralelo diez, latitud norte, a solo algunas millas de los bancos de arena de Diana. Como las islas Midway y Fanning, la isla Palgrave estaba aislada, y era de formación volcánica y coralina. Además estaba deshabitada. Una expedición de ingenieros hidrográficos la había visitado algunos años antes e indicaban en sus informes la existencia de varios manantiales y de una excelente bahía pero de acceso muy peligroso. He aquí todo lo que se sabía de aquel minúsculo rincón de la Tierra que pronto iba a concentrar sobre si la atención del Mundo entero.

Goliath guardó silencio total hasta el 24 de marzo. Aquella mañana los periódicos reprodujeron su segunda carta, recibida por los principales jefes políticos de los Estados Unidos, designados convencionalmente bajo el nombre de «Hombres de Estado». Aquella carta, que llevaba el mismo encabezamiento que la precedente, estaba escrita en estos términos:

«Señor:

No se equivoque sobre el sentido de mis palabras. Tengo que ser obedecido. Considere de buen grado esta carta como una invitación o una orden de mi parte. En todo caso, si tiene todavía interés en pisar esta Tierra, no deje de encontrarse a bordo del yate Energón, en el Puerto de San Francisco, el 5 de abril por la noche, ultimo plazo. Le ordeno que venga a la isla Palgrave para tratar conmigo sobre las bases de una nueva sociedad.

Compréndame bien. Soy partidario de una teoría y pretendo que esta teoría funcione: es por esto que le pido su colaboración. Hago tanto caso de una vida humana como de una pera pasada, tengo demasiadas cosas para defender. Quiero restablecer la risa sobre la Tierra y para llegar a mis fines suprimiré a todos los que me estorben. La partida es formidable. Se calcula que hay mil quinientos millones de seres humanos sobre este planeta. ¿Qué pesa su miserable existencia comparada con todas estas? Menos que nada para mi. Acuérdese de que dispongo de la fuerza, que soy un sabio y que una vida, incluso un millón de vidas, no significan nada para mí al lado de los miles de millones de hombres de las generaciones venideras.

El que posee la fuerza es el que manda a sus semejantes. Gracias a una formación militar denominada falange, Alejandro conquistó una pequeña parte del Mundo. La pólvora, aquel descubrimiento químico, permitió a Cortés y algunos cientos de sus hombres vencer al imperio de Moctezuma. A lo largo de un siglo se cuentan una media docena de descubrimientos o de inventos fundamentales. Pues bien, yo soy el autor de un invento parecido: va a permitirme dominar el globo. No lo utilizaré con fines comerciales, sino por el bien de la humanidad. Necesito ayudantes con buena voluntad, gente dispuesta a obedecerme. Soy capaz, además, de imponer mi autoridad. Aunque tenga tiempo por delante, elijo el camino más corto. Una excesiva precipitación comprometería la buena marcha de los acontecimientos.

La sed de bienes materiales ha hecho del hombre salvaje el semibárbaro que vemos en nuestros días. Cierto, este estimulante ha sido útil para el progreso de la humanidad, pero ya ha cumplido su función y tiene que convertirse en un vestigio del pasado como la embriaguez y la creencia en el derecho hereditario de los reyes. Por descontado, Ud. no comparte esta opinión; sin embargo me ayudara a desechar anacronismos. Se lo anuncio: ha llegado la hora en que la comida y la vivienda y otras necesidades básicas serán satisfechas de manera automática; serán satisfechas gratuitamente y de acceso tan libre como el aire, gracias a mi descubrimiento y al poder que me otorga. En ese momento el bajo materialismo desaparecerá de este Mundo para siempre para dejar paso a las aspiraciones espirituales, estéticas e intelectuales que tenderán a embellecer y a ennoblecer el alma, el espíritu y el cuerpo. Entonces el Mundo entero estará dominado por la felicidad y la alegría.

Será el reino de la alegría universal.

Suyo, por hoy.»

GOLIATH

El Mundo persistía en su incredulidad. Los diez políticos que se encontraban en Washington no fueron como Basset alcanzados por la suerte, ninguno de ellos se tomó la molestia de ir hasta San Francisco para convencerse. En cuanto a Goliath, los periódicos lo comparaban a un tal Tom Lawson que fue célebre por su panacea universal. Los especialistas en enfermedades mentales concluyeron con pruebas en la mano, después de haber analizado la escritura de Goliath, que este se encontraba en un estado de enajenación mental.

El yate Energón llegó al puerto de San Francisco en la tarde del 5 de abril y Basset bajo a tierra. Pero el barco no partió al día siguiente, ya que ninguno de los diez Hombres de Estado había aceptado embarcar para la isla Palgrave. Este mismo día los vendedores de periódicos anunciaron a grandes voces la edición especial en todas las ciudades de Norteamérica. Los diez ministros habían muerto durante la noche.

El yate, anclado tranquilamente en el puerto, se convirtió en un palpitante centro de interés. Fue rodeado por una fiesta de barcos y barcas, y un gran número de remolcadores y de vapores salieron en su dirección.

Se apartó a la multitud, únicamente los hombres influyentes y los representantes de la prensa estaban autorizados a visitar el barco. El alcalde de San Francisco y el jefe de la policía informaron que no habían visto nada sospechoso y las autoridades del puerto anunciaron que los papeles del Energón estaban en regla hasta el más mínimo detalle. Numerosas fotografías ilustraron los artículos descriptivos que aparecieron en todos los periódicos.

La tripulación estaba compuesta sobre todo por escandinavos: suecos de cabellos rubios y ojos azules, noruegos afligidos con aquella melancolía tan particular de su raza, finlandeses estúpidos y una pequeña proporción de americanos y de ingleses. No demostraban ningún ardor ni estaban dispuestos a huir: eran hombres pesados, oprimidos por una especie de tristeza y de integridad bovina. Un aire serio y grave, formidablemente seguro de si, les caracterizaba a todos. Parecían seres cobardes pero intrépidos, empujados por una fuerza irresistible o llevados en la palma de la mano de algún gigante. El capitán era una norteamericano de ojos melancólicos y de facciones pronunciadas.

Un oficial de marina reconoció el Energón como el yate Scud, que había pertenecido a un tal Merrival del «Yacht Club», de New York. Este informe permitió constatar que el Scud había desaparecido desde hacia algunos años. El agente marítimo encargado de su venta certificó que el comprador era un simple intermediario desconocido para él y al que no había vuelto a ver jamás. El yate había sido construido en los astilleros de Duffey, en New Jersey. El cambio de nombre y el registro se habían efectuado legalmente en la época indicada. Luego el Energón había desaparecido en las brumas del misterio.

Mientras tanto, Basset enloquecía, ésta era por lo menos la opinión de sus amigos y de sus socios. Abandonando sus grandes empresas comerciales, juraba no hacer nada hasta que los demás dueños del Mundo consintiesen colaborar con él en la edificación de una nueva sociedad. La gente veía en ello la prueba de que la humorada de Goliath le preocupaba. No había dado ningún detalle a los periodistas. No era libre, afirmaba, para contar lo que había visto en la isla Palgrave, pero podía asegurarles que el asunto era de lo más serio.

Se contentó con anunciar la inminencia de un trastorno mundial. Ignoraba si los resultados serían favorables o nefastos para los hombres, pero estaba absolutamente convencido de que avanzaba. En cuanto a los negocios, ¡los mandaba a paseo! Las cosas de las que había sido testigo le preocupaban mucho más.

Los altos funcionarios de San Francisco no paraban de intercambiar telegramas con los ministros del Interior y de la Guerra en Washington. Al atardecer se intentó abordar secretamente el Energón y arrestar al capitán, ya que según la opinión del fiscal general se le podía hacer responsable del asesinato de los diez Hombres de Estado. El barco oficial salió efectivamente del muelle de Meigg en dirección al Energón, pero no volvió a aparecer y los hombres que llevaba a bordo no pudieron ser encontrados jamás. El gobierno intentó echar tierra sobre el asunto. En balde: las familias de los desaparecidos revelaron el secreto y los periódicos llenaron sus columnas de detalles monstruosos sobre el drama.

Entonces el gobierno recurrió a medidas extremas. El acorazado Alaska recibió la orden de capturar el extraño barco, o, en su defecto, hundirlo. Las instrucciones eran estrictamente confidenciales pero miles de personas que se encontraban en el paseo frente al mar y en los muelles del embarque del puerto asistieron al nuevo drama que se produjo aquella noche. El navío de guerra se había dirigido lentamente hacia el Energón y, a medio camino, había saltado; el casco hecho pedazos se perdió en plena bahía, dejando solamente unos miserables restos y algunos supervivientes esparcidos por la superficie del agua. Entre estos últimos se encontraba un joven teniente de navío, jefe de la cabina de radio a bordo del Alaska. Los periodistas le acapararon y le hicieron hablar:

–El Alaska apenas acababa de salir del muelle –dijo– cuando llegó el mensaje redactado en código internacional proveniente del Energón. Recomendaba al Alaska no acercarse más de media milla.

Inmediatamente el teniente había transmitido por el tubo acústico aquel aviso al capitán. No sabía nada más, sólo que el Energón había repetido dos veces el mensaje y que cinco minutos más tarde tuvo lugar la explosión. El capitán del Alaska había muerto con su barco. Estos eran todos los informes que se poseían.

No obstante, de pronto, el Energón había levantado el ancla siguiendo su ruta. Un formidable clamor resonó en la prensa: acusaba al gobierno de haberse mostrado demasiado pusilánime con aquel simple «yate de recreo» y con el loco Goliath y reclamaba medidas rápidas y decisivas.

Se elevaron igualmente protestas contra la pérdida inútil de vidas humanas y el asesinato premeditado de los diez «Hombres de Estado». Goliath no retrasó su respuesta: llegó con tal rapidez que los especialistas en telegrafía sin hilos certificaron que dada la imposibilidad de enviar mensajes a una distancia semejante, Goliath debía de hallarse en su propia zona y no en la isla Palgrave. Sea lo que fuere, la carta de Goliath fue entregada a la Prensa Asociada por un pequeño encargado de transportes al que se la habían dado en la calle.

He aquí lo que decía:

«¿Qué importan algunas miserables vidas? Con vuestras guerras insensatas suprimís millones de ellas sin el menor remordimiento. En vuestra lucha comercial matáis un número incalculable de niños, de mujeres y de hombres y cubrís triunfalmente estos asesinatos con el nombre de “individualismo”. Yo lo califico de anarquía. Voy a poner fin a vuestra destrucción en masa de seres humanos.

Vuestro gobierno intenta haceros creer que la explosión del Alaska fue debida a un accidente. Debéis saber que este barco ha sido destruido por orden mía. Dentro de algunos meses todos los acorazados serán aniquilados y tirados a la chatarra, y todas las naciones desarmadas. Las fortalezas serán desmanteladas, los ejércitos licenciados y la guerra no será más que un mal recuerdo. El poder me pertenece. Actúo por la voluntad de Dios. Someteré al Mundo entero, pero mi yugo será pacifico.»

GOLIATH

«¡Que hagan saltar la isla Palgrave!», pedían, con títulos sensacionalistas, los periódicos de aquel día. El gobierno se había adherido a aquella sugerencia, procediendo a reunir las flotas. En vano Walter Basset quiso hacer oír sus protestas: le redujeron al silencio con la amenaza de encerrarlo en un asilo para locos.

Cinco grandes escuadras fueron lanzadas contra la isla Palgrave: la escuadra asiática, la escuadra del océano Pacífico del norte y la del océano Pacífico del sur, la escuadra del mar de las Antillas, y la mitad de la escuadra del norte del Atlántico.

«Tengo el honor de informarle que hemos llegado frente a la isla Palgrave en la noche del 29 de abril –decía el informe del capitán Johnson, del acorazado North—Dakota, dirigido al ministro de la Marina–. La escuadra asiática, a causa de un retraso, no se ha reunido con nosotros hasta la mañana del 30 de abril. El consejo de almirantes ha decidido atacar mañana por la mañana a primera hora. El buque Swift VII ha logrado aproximarse sin ninguna dificultad: no se observa ningún preparativo de guerra en la isla. Ha observado varios barcos mercantes en el puerto y la existencia de un pequeño campo abierto con el que nuestra artillería acabará fácilmente. Los barcos de guerra se lanzarán de todas partes hacia la isla, abrirán fuego a tres millas de distancia y seguirán disparando hasta llegar al borde de los arrecifes. Allí volverán a desplegarse y librarán el verdadero combate. En varias ocasiones, desde la isla Palgrave nos han avisado por telegrafía sin hilos con mensajes redactados en código internacional, que nos mantuviéramos a un limite de diez millas, pero no hemos hecho ningún caso de estas notificaciones.

El North—Dakota no ha tornado parte en la acción del primero de mayo a causa de un accidente sobrevenido la víspera que ha dejado su timón provisionalmente inutilizable. En la mañana del primero de mayo el tiempo era sereno. Una ligera brisa soplaba del suroeste, pero no tardó en calmarse. El North—Dakota se encontraba a doce millas de la isla. A la primera señal las escuadras se lanzaron a toda la velocidad y de todas partes sobre la isla. Nuestro operador de radio seguía recibiendo los avisos de la isla Palgrave. Rebasada la distancia de diez millas, nada todavía. A tres millas el New York que iba a la cabeza de los otros buques a nuestro lado de la isla, abrió fuego. Inmediatamente después, volaba. Los otros no tuvieron tiempo de disparar: se hundieron todos, uno tras otro, ante nuestros ojos.

Algunos intentaron retroceder, pero ninguno pudo escapar.

El buque Dart XXX apenas alcanzaba la zona de diez millas cuando saltó. Fue el último. El North—Dakota está indemne. Las reparaciones del timón estaban acabadas. Hemos puesto rumbo a San Francisco.»

Ninguna lengua sabría describir la estupefacción de los Estados Unidos y de las otras naciones al enterarse de aquellos acontecimientos. Se encontraba frente a aquella cosa inadmisible: el nuevo hecho. El esfuerzo humano no era más que una farsa, una monstruosa futilidad. Si un simple loco, poseedor de un yate y de un pueblo sin defensa en una isla desierta, podía destruir las cinco flotas más orgullosas de la cristiandad.

¿Qué medios había empleado? Misterio. Los postrados sobre el camino polvoriento de los vulgares mortales gemían embrollándose en explicaciones. No sabían nada, esta era la verdad. Los consejeros militares se suicidaban por docenas. Su potente sistema bélico no habían resistido más que un papel de fumar en manos de aquel demente. El shock era demasiado violento para sus desgraciados cerebros. Al igual que el salvaje que se queda anonadado con los juegos de manos del médico brujo, el Mundo entero se había quedado estupefacto ante la magia de Goliath. Los hombres horrorizados por el espantoso semblante del desconocido llegaban hasta olvidar sus propias obras maestras de las que todavía el día anterior se mostraban tan orgullosos.

Como siempre, un país hacía la excepción de la regla: el Imperio del Japón. Embriagado con sus éxitos, liberado de toda superstición, no teniendo más fe que la de su buena estrella, se reía del fracaso de la ciencia.

Cegado por su orgullo de raza, se preparaba para la guerra. Toda la flota de Norteamérica se encontraba destruida. De las bóvedas celestes las sombras de los antepasados japoneses bajaron para reanimar el espíritu bélico de los vivos. La ocasión tan esperada se ofrecía por ella misma. En verdad, el Mikado era el hermano de los dioses.

Japón desencadenó sus monstruos de guerra. Tomaron las islas Filipinas como un niño coge un ramo de flores. Poco después los acorazados japoneses llegaban a Hawai, Panamá y a las costas del Pacifico. Los Estados Unidos fueron invadidos por el pánico. Un inmenso partido reunió a aquellos que deseaban la paz por encima de todo.

En medio del espanto general, el Energón apareció en la bahía de San Francisco y, una vez mas, Goliath elevó la voz. Sin embargo, la llegada del Energón no transcurrió en calma. En el momento en que las defensas costeras volaban en añicos, se produjeron formidables detonaciones en las fábricas de pólvora abiertas en las mismas colinas. La explosión de las minas submarinas colocadas en el «Golden Gate» proporcionaron a los ciudadanos de San Francisco uno de los más impresionantes espectáculos. Goliath les envió este nuevo mensaje, fechado como los demás en la isla Palgrave, y que fue publicado en los periódicos:

«¿Deseáis la paz? Que esta sea con vosotros. Vuestros deseos serán colmados, según mi promesa. ¡Pero concededme esta paz que reclamáis para vosotros mismos! ¡Que nadie toque mi yate Energón! Al primer acto hostil por vuestra parte, no quedara piedra sobre piedra en San Francisco.

Os invito, buenos ciudadanos, a que vayáis mañana a las colinas que bajan hacia el mar, para celebrar el inminente acontecimiento de una nueva era. Venid, con la sonrisa en los labios, cubiertos de guirnaldas y con música. Sed felices como niños, porque asistiréis al aniquilamiento de la guerra. No dejéis en esta ocasión de contemplar por ultima vez el material de guerra que a partir de ahora sólo podréis encontrar en los museos.

Os prometo un día de alegría. »

GOLIATH

Una locura sobrenatural flotaba por los aires. A los ojos del pueblo, todas las divinidades parecían haberse derrumbado y no obstante los cielos subsistían. Las leyes universales habían desaparecido, sin embargo el Sol seguía brillando, el viento soplando y las flores abriéndose: esto era lo que alucinaba a todo el Mundo. Era un milagro que el agua de los manantiales bajase todavía por la falda de las montañas. Toda la estabilidad del espíritu humano y los progresos realizados por los hombres caían hechos pedazos. El único ser equilibrado del Mundo era Goliath, aquella especie de loco sobre su isla.

Al día siguiente toda la población de San Francisco ascendió al son de las charangas, desbordantes de alegría, con sus estandartes al viento. Desfilaron innumerables caravanas llenas hasta los topes, una multitud de excursionistas de la escuela del domingo, todas las reuniones heterogéneas salidas del hormigueo de la vida metropolitana.

En el horizonte se elevaba la humareda de un centenar de barcos de guerra convergiendo todos hacia el «Golden Gate» abandonado sin defensa a sus asaltos. No del todo, sin embargo, ya que a poca distancia se divisaba el Energón, minúsculo juguete blanco, llevado como una pajita sobre las olas agitadas. Flotaba hacia la barra contra la que se precipitaba un fuerte reflujo impulsado por la brisa de verano.

Pero los japoneses actuaban con prudencia. Sus acorazados de treinta a cuarenta mil toneladas ejecutaron una serie de inteligentes maniobras mientras los pequeños cruceros de exploración de seis chimeneas saltaban sobre la mar centelleante como tiburones. Comparados con el Energón, eran leviatanes: el yate era la espada de San Miguel que iba a herir a los precursores de las hordas infernales.

El buen pueblo de San Francisco, reunido en los acantilados, no vio brillar la espada. Misteriosa, invisible, desgarraba el aire y daba los más horribles golpes cuyos efectos jamás había contemplado el Mundo. La gente estaba sobrecogida por aquel espectáculo. Vieron todos aquellos mastodontes, construidos para apartar la brumazón y lanzar truenos, proyectados de golpe hacia el cielo y caer hechos pedazos al fondo del océano. En cinco minutos se limpió todo. Sobre aquella enorme extensión el Energón parecía un pequeño juguete blanco que avanzaba solo hacia la barra.

Goliath se dirigió luego al Mikado y a los más antiguos Hombres de Estado japoneses. El simple cable que les hizo enviar por el capitán del Energón bastó para provocar la retirada inmediata de la escuadra japonesa que ocupaba las islas Filipinas. El Japón, aquel país escéptico, se había domesticado. había sentido el peso del brazo poderoso de Goliath. Y entonces obedeció dócilmente cuando Goliath le ordenó que desmontasen sus barcos de guerra y que transformaran el metal en útiles de paz.

En todos los puertos, en todos los astilleros, en todas las fábricas y fundiciones del Japón, los artesanos de piel morena, por decenas de miles, convertían los monstruos de guerra en una infinidad de objetos útiles: rejas de arado (Goliath insistía especialmente en que se fabricaran rejas de arado), motores a gasolina, armazones para puentes, hilos telefónicos y telegráficos, raíles de acero, locomotoras y material móvil para ferrocarriles.

El Mundo conoció aquella experiencia expiatoria, muy suave, no obstante, si se la compara con la que, en otros tiempos, obligaba al emperador a presentarse descalzo, en la nieve, ante el Papa por haber osado poner en duda el poder temporal del Vaticano.

Goliath lanzó luego su llamamiento a los diez hombres de ciencia más eminentes de los Estados Unidos.

Esta vez todo el Mundo le respondió sin vacilación y hasta con una precipitación cómica. Algunos sabios esperaron semanas enteras en San Francisco para no perder el barco.

El Energón salió del puerto el 15 de junio, con destino a la isla Palgrave. Bogaba en plena mar cuando Goliath realizó otra hazaña sensacional. Alemania y Francia iban a devorarse entre sí. Goliath les ordenó que se mantuvieran en paz, pero aquellas dos naciones no tomaron en cuenta la orden y decidieron tácitamente atacarse en tierra para más seguridad. Goliath fijó la fecha del 19 de junio para que cesaran los preparativos militares, pero los dos ejércitos, movilizados el 18, fueron arrojados el uno contra el otro a la frontera.

El 19 de junio, Goliath dio el golpe. Los ministros de la Guerra, los generales, los diplomáticos, y todos los patriotas fanáticos notorios de cada país murieron súbitamente, y este mismo día dos inmensos ejércitos, privados de sus jefes respectivos, pasaron las fronteras como un rebaño extraviado y confraternizaron.

No obstante, el gran Señor germánico de la guerra había huido. Se supo más tarde que se había refugiado en una enorme caja fuerte que contenía los archivos secretos de su Imperio. Salió de su escondrijo, con el corazón lleno de arrepentimiento, y siguiendo el ejemplo del Mikado se puso a fundir el acero de sus espadas para forjar rejas de arado y podadoras. Pero el hecho de que el Kaiser hubiera regresado sano y salvo, proporcionó a los sabios un indicio de la mayor importancia. Recobraron la sangre fría y se armaron de valor. Un hecho era evidente: el poder de Goliath no era cosa de magia. La ley universal seguía rigiendo el Mundo. La fuerza de Goliath tenía sus límites ya que de no ser así el emperador de Alemania no hubiese podido escapar a su suerte soterrándose en aquella vulgar caja de acero. Las revistas publicaron numerosos artículos sobre aquel incidente.

Los diez sabios, de regreso de la isla de Palgrave, desembarcaron el 6 de junio en San Francisco.

Importantes fuerzas de la policía los protegían de los periodistas. No, no habían visto a Goliath, declararon en la única entrevista oficial que concedieron a la prensa, pero le habían hablado y habían sido testigos de verdaderos milagros. Se les prohibía dar detalle. Empero podían afirmar que el Mundo estaba en vísperas de una revolución. Goliath disponía de un descubrimiento formidable que pondría al Mundo entero a su merced. Por suerte, Goliath no era cruel.

Los diez sabios se dirigieron directamente a Washington en un tren especial. Se encerraron días enteros con los ministros, mientras que toda la nación esperaba, ansiosa, el resultado de la conferencia.

Pero las cosas no adelantaban un paso. Desde Washington el presidente de los Estados Unidos dio ordenes a los personajes más influyentes del país. Cada día se vieron desfilar por la capital banqueros, reyes del ferrocarril, magnates industriales y altos magistrados: llegaban, pero su estancia no hacia adelantar las cosas.

Por fin, el 25 de agosto, se publicaron las famosas proclamaciones. El Congreso y el Senado habían establecido sus leyes, que fueron sancionadas por los jueces y aceptadas por los industriales. Se declaró la guerra a los capitalistas y fue proclamada la ley marcial en todos los Estados Unidos. El poder supremo fue conferido al Presidente.

En un solo día, el trabajo de los niños fue abolido por medio de un simple decreto que el ejército norteamericano estaba dispuesto a hacer respetar, en caso de necesidad. El mismo día todas las obreras de las fábricas fueron mandadas a sus casas y sus explotadores tuvieron que cerrar las puertas.

«¡No podremos obtener beneficios!» –se quejaban los pequeños capitalistas–. ¡ldiotas! –replicó Goliath–. «¡Cómo si todo el ideal del hombre consistiese en recoger beneficios! ¡Abandonad vuestro comercio!…». «¿Quien quiere que nos lo compre?» –lloriqueaban entonces–. «Comprar y vender… ¿es este pues todo el sentido que tiene la vida? Poned vuestros mezquinos e indecentes negocios en manos del gobierno para que los organice y los haga funcionar racionalmente.»

Al día siguiente, por un nuevo decreto, el Estado tomaba posesión de la totalidad de las fábricas, de los talleres, barcos, ferrocarriles y tierras productivas.

La nacionalización de los medios de producción y de distribución se operaba rápidamente; aquí y allá algunos capitalistas, invadidos por la sospecha, hacían oír sus protestas. Se les hacía prisioneros y se les llevaba a la isla Palgrave. A su retorno se adherían sin reservas a los actos del gobierno. Al cabo de algún tiempo el viaje a la isla Palgrave ya no fue necesario. A la menor objeción, los funcionarios de la Unión contestaban: «Goliath ha hablado», lo que en otros términos significaba que «tiene que ser obedecido».

Los grandes magnates de la industria fueron nombrados directores de servicios. Tuvo que ser reconocido que los ingenieros civiles, por ejemplo, trabajaban tan concienzudamente para el Estado como lo hacían antes en su empleo Privado. Un hecho era evidente: los hombres que poseían en un grado superior el don de mando no podían violar su propia naturaleza. Hubiese sido tan imposible refrenar su actividad como impedir a un cangrejo arrastrarse o a un pájaro volar.

De manera que toda aquella magnifica energía humana fue utilizada para el mayor bien de la sociedad.

Los seis principales directores de los ferrocarriles inauguraron, en mutua colaboración, un sistema racional de ferrocarriles que dio unos resultados sorprendentes. No hubo más quejas por falta de material móvil. Aquellos jefes no fueron escogidos entre los reyes del ferrocarril de Wall Street sino entre las filas de verdaderos asalariados que, en otros tiempos, hacían el verdadero trabajo.

Wall Street ya no existía. Ya no habían compras ni ventas, nadie ofrecía y nadie pedía valores. No se podía especular sobre nada.

«Haced trabajar a los agitadores –había ordenado Goliath–. Dad a los muchachos que lo deseen la oportunidad de aprender profesiones honorables. Haced trabajar a los viajantes de comercio, a los vendedores, a los representantes de publicidad, y a los agentes de cambio y bolsa. »

Los intermediarios y los parásitos ocuparon por centenares puestos útiles. Los cuatrocientos mil ociosos del país que hasta entonces vivían de sus rentas fueron igualmente obligados a ponerse manos a la obra. Muchos hombres importantes fueron despedidos de sus empleos, y, cosa curiosa, por sus propios colegas. A esta categoría pertenecían los políticos cuya competencia consistía en dirigir las combinaciones políticas y en sacar una buena tajada. Las gratificaciones ya no tenían razón de ser. Los intereses privados no podían estar protegidos por privilegios, no se intentó ya sobornar a los legisladores, y estos hicieron por primera vez leyes favorables al pueblo. De ello resultó que hombres íntegros y capaces encontraron su vocación en la legislatura.

Gracias a esta organización racional, se obtuvieron resultados sorprendentes. La jornada de trabajo era de ocho horas y no obstante la producción no cesaba de aumentar. Se dobló y se triplicó, a pesar de la enorme cantidad de energía empleada en la realización de progresos sociales y en la reglamentación del país, sumergido en otros tiempos en el caos de la competencia.

El nivel de vida se elevó por sí solo: a pesar de todo, el consumo de los productos no podía seguir la marcha de la producción. Se redujo a cincuenta años, luego a cuarenta y nueve, luego a cuarenta y ocho el limite de edad para los trabajadores. Se prohibió emplear muchachos de menos de dieciocho años, en vez de los dieciséis de antes. La jornada de ocho horas fue reducida a siete horas, y al cabo de algunos meses, a cinco.

Existían algunas dudas, no sobre la identidad de Goliath sino sobre la manera que había organizado el dominio del Mundo. Circularon detalles íntimos, se siguieron ciertas pistas y se reunieron algunas noticias que no parecían tener ninguna relación entre ellas. Se evocaron extrañas historias de negros que habían sido robados de África, de obreros chinos y japoneses desaparecidos misteriosamente, de islas solitarias en los mares del Sur en las que se había capturado a los indígenas, extrañas historias de yates y barcos mercantes comprados por desconocidos y que no se habían vuelto a ver; no obstante sus características correspondían a las de las embarcaciones que habían transportado a los orientales y a los insulares.

Todo el Mundo se preguntaba, ¿como había podido conseguir Goliath el dinero? Y se daba a entender que había sido explotando a aquellos desgraciados que vivían aislados en el pueblo de Palgrave. Gracias al producto de su trabajo, había adquirido yates y barcos mercantes y sus comisarios habían hecho el resto. ¿Y cuál era el producto de su trabajo que había dado a Goliath el poder necesario para lograr realizar sus planes? El radium comercial proclamaban los periódicos, el radiyte, el radiosole, el argatium, el argyte, y el misterioso orlyte, que habían sido de un valor inestimable para la metalurgia. Eran nuevos compuestos químicos descubiertos en el primer decenio del siglo XX y cuyo uso industrial y científico se había desarrollado formidablemente a lo largo del segundo decenio.

Se supuso que naturalmente la línea de barcos fruteros, que hacían el servicio entre Hawai y San Francisco debía de pertenecer a Goliath ya que no se descubrió ningún otro propietario: los hombres encargados de las expediciones no eran más que simples agentes marítimos. Por fin empezó a divulgarse la noticia de que la mayor parte del aprovisionamiento mundial de aquellos valiosos productos químicos era transportado a San Francisco por aquellos mismos barcos fruteros.

El carácter legitimo de aquellas conjeturas fue confirmado algunos años más tarde cuando los esclavos de Goliath fueron emancipados: el gobierno internacional del Mundo les dotó de una honorable pensión. Los agentes y los altos emisarios de Goliath eximidos de su juramento revelaron cosas importantes sobre la organización y los métodos de Goliath.

No obstante, sus ángeles destructores guardaron un mutismo absoluto. Los nombres de aquellos hombres que ejecutaron a los grandes dignatarios de la república no serán conocidos jamás. Mataron realmente por medio de aquella fuerza misteriosa que entonces Goliath había descubierto y bautizado como Energón.

Pero en aquella época nadie soñaba con el Energón, aquel gigante que debía de transformar el Mundo.

Solo Goliath poseía el secreto, y lo guardaba celosamente. Hasta sus grandes capitanes que habían hecho saltar, desde el Energón, una potente flota de guerra, ignoraban de donde provenía aquella fuerza sutil y peligrosa. Solamente conocían una de sus numerosas aplicaciones, y aún porque Goliath, para alcanzar su objetivo, había tenido que darles instrucciones detalladas. Actualmente todo el Mundo sabe que el radium, el radiyte, el radiosole, y todos los demás derivados del radio eran subproductos de la fabricación del Energón que Goliath extraía de los rayos solares, pero entonces nadie tenía la menor idea y Goliath seguía gobernando el Mundo con el terror.

El Energón fue utilizado, entre otras cosas, en la transmisión por radio. Por aquel medio, Goliath pudo transmitir sus órdenes a sus emisarios diseminados por toda la superficie del globo. Pero el aparato que se necesitaba era tan engorroso que apenas cabía en un baúl de transatlántico de dimensiones respetables. Hoy en día, gracias a las mejoras del sabio Hendsoll, este aparato cabe en el bolsillo de una chaqueta.

El 23 de noviembre de 19… Goliath lanzó su celebre Carta de Navidad de la que damos el siguiente extracto:

«Hasta aquí, al mismo tiempo que impedía a las demás naciones de matarse entre ellas, me he ocupado sobre todo en los Estados Unidos. Pero no he dado al pueblo norteamericano una reorganización racional de su país, sino que he dejado que se la hiciese por sí mismo.

Hoy en Norteamérica se ríe mucho más y se posee mucho más sentido común que antes. La comida y la vivienda ya no se obtienen a través de los métodos anárquicos de un pretendido individualismo; estas primeras necesidades de la vida se han convertido en necesidades de acceso automático, por así decirlo. Cosa maravillosa, los ciudadanos de los Estados Unidos han realizado este milagro ellos mismos. ¡Insisto que en este punto no he tenido nada que ver! Me he contentado con inculcar el miedo a la muerte a algunos personajes con cargos importantes que retrasaban el reino de la risa y de la razón. Este miedo a la muerte, a desembarazarnos de los que nos molestaban, ha permitido a la inteligencia humana realizarse socialmente.

Y cuando el Mundo entero haya seguido este ejemplo, mi tarea no habrá terminado todavía. Pero será necesario que todas las naciones hagan ellas mismas este primer esfuerzo.

Quiero persuadirlas de que actualmente la inteligencia humana, con la energía mecánica de que dispone, es capaz de organizar la sociedad de tal manera que la comida y la vivienda estén al alcance de todos, que la jornada de trabajo sea reducida a tres horas y que la risa y la alegría reinen en el Universo.

Una vez obtenido este resultado, no por mí, lo repito, sino por la voluntad de los hombres, legaré al Mundo una nueva fuerza mecánica, mi propio descubrimiento. El Energón no es nada más que la energía cósmica contenida en los rayos solares. Cuando los hombres no vean más aquellas multitudes de mineros llevando una vida de esclavos en las entrañas de la Tierra, ni más fogoneros cubiertos de carbón, ni más mecánicos grasientos.

Todos podrán, si quieren, vestirse de blanco.

Entre los hombres nacerán nobles aspiraciones: todos sus esfuerzos tenderán a realizar conceptos morales, a alcanzar las altas cimas del pensamiento, se apasionaran por la pintura, la música y la literatura.

Se entregarán a los deportes, todos rivalizarán entre ellos, pero ya no por el vil metal o con la esperanza de una vulgar recompensa, sino por la alegría que experimentarán al desarrollar el vigor de sus músculos y el refinamiento de su espíritu. Serán todos productores de alegría: la misión de cada uno consistirá en golpear con la risa el yunque sonoro de la vida.

Ahora quiero deciros unas palabras sobre el porvenir inmediato: el primer día del año todas las naciones deberán desarmarse, todas las fortalezas y los barcos deberán ser destruidos y todos los ejércitos licenciados.»

GOLIATH

El 1 de enero, el Mundo entero se desarmó. Millones de soldados, marineros y obreros de los ejércitos activos, de flotas, de innumerables arsenales e industrias destinadas a la fabricación de armas de guerra fueron enviados a sus casas. El presupuesto previsto para todos aquellos hombres y aquellas costosas maquinas recaía hasta entonces sobre las espaldas de la clase obrera. Pero a partir de aquel momento se empleó en cosas más útiles, y el gigantesco Mundo del trabajo lanzó un enorme suspiro de alivio. La policía del Mundo entero, confiada a algunos oficiales de paz, tuvo una misión puramente social, en unos momentos en que la guerra era el enemigo declarado de la humanidad.

El noventa por ciento de los crímenes se cometían contra la propiedad privada. Con la desaparición de esta, por lo menos en los medios de producción y con la organización de la industria que daba a cada uno la posibilidad de vivir, los crímenes de este tipo se acabaron, por decirlo de alguna manera. Las fuerzas de la policía fueron reducidas a la más mínima expresión. Casi todos los delincuentes habituales u ocasionales se abstuvieron voluntariamente, por falta de razones plausibles. Se adaptaron naturalmente a las nuevas condiciones de vida. Algunos criminales fueron cuidados y curados en los hospitales. En cuanto al resto, los incorregibles y los degenerados, se les aisló.

En todos los países el número de tribunales disminuyó gradualmente. El noventa y cinco por ciento de los procesos civiles provenían de riñas por cuestiones de herencia, de desacuerdos sobre derechos de propiedad, procesos de impugnaciones de testamentos, rupturas de contratos, quiebras, etc.. Con la abolición de la propiedad privada, este porcentaje de causas discutidas en la algazara de los pretorios, descendió también. Los tribunales no fueron pronto más que recuerdos, vestigios de la época anárquica que precedió el advenimiento de Goliath.

El año 19… fue rico en acontecimientos en la historia mundial. Goliath dirigió el planeta con mano de hierro. Reyes y emperadores fueron a la isla Palgrave, asistieron a los milagros del Energón y se marcharon, con el temor y la muerte en el corazón para abdicar de sus tronos, de sus coronas y renunciar a sus privilegios hereditarios.

Cuando Goliath hablaba a los políticos (los llamados Hombres de Estado), estos obedecían… o morían.

Dictó reformas universales, destruyó los parlamentos rebeldes para aniquilar la gran conspiración que los Señores del dinero y los magnates de las industrias formaron contra él.

«Ya no es hora de bromas –les dijo–. Sois unos anacronismos. Dificultáis la marcha de la humanidad.»

A los que protestaban, que eran muchos, les respondía:

«Es inútil discutir. ¡No acabaríamos en siglos! Todo lo que contáis es historia antigua. No tengo tiempo que perder. ¡Apartaos de mi camino!»

Goliath se contentó con poner fin a la guerra e indicar a los hombres un amplio plan de reconstrucción.

Amenazando con la muerte a los grandes que retrasaban el progreso, Goliath permitió a los mejores pensadores ejercitar su inteligencia con toda libertad. Goliath les dejó poner en regla los numerosos detalles de la reedificación del Mundo. Quería darles la ocasión de probar sus aptitudes, y respondieron plenamente a sus previsiones. Gracias a su iniciativa, la peste blanca fue suprimida definitivamente. A pesar de la avalancha de protestas que recibieron de las personas de corazón sensible, no dudaron en aislar a todos los individuos tarados por su herencia y prohibirles contraer matrimonio.

Goliath no intervino en absoluto en el establecimiento de colegios de inventos. Esta idea surgió casi simultáneamente con el espíritu de miles de pensadores sociales y se vieron aparecer por todas partes aquellas magníficas instituciones. Por primera vez el hombre empleó su genio para resolver el problema de la vida simple, en vez de malgastarlo en la búsqueda de dinero.

Las tareas domésticas, tales como la limpieza de las habitaciones, de la vajilla y de las ventanas, basura, colada, y toda esa gama de trabajos sórdidos y sin embargo indispensables fueron reducidos a nada, luego se mecanizaron. A los hombres de esta generación les costaría imaginarse el estado mugriento y bárbaro en que vivían aquellos esclavos de la época anterior a 19….

Miles de hombres concibieron espontáneamente; y al mismo tiempo, esta otra idea: el gobierno internacional del Mundo. La feliz realización de este sueño fue para mucha gente una sorpresa pero no fue nada comparado con la sorpresa de los sociólogos y biólogos que no estaban todavía completamente convencidos cuando unos hechos irrefutables trastornaron las doctrinas de Malthus. Gracias a los ratos de ocio y a la alegría que reinaba en el Mundo, el nivel de vida considerablemente elevado, el gran espacio de tiempo dedicado a las distracciones, a la búsqueda y al esplendor de la belleza, a todos los nobles atributos del pensamiento humano, el número de nacimientos decreció de forma sorprendente. El pueblo dejó de procrear como el ganado. Y más aún: no se tardó en constatar una sensible mejora en la mayoría de los recién nacidos. La teoría malthusiana fue enteramente rebatida. Todas las predicciones de Goliath sobre la posibilidad de la inteligencia humana secundada por la energía mecánica se realizaron. Ya casi no se vieron más descontentos. Los más cascarrabias eran los hombres que se acercaban ya a la vejez, pero el Estado les subvencionaba una pensión respetable –de todas maneras ya habían pasado el limite de edad para el trabajo– y la mayoría de ellos dejaron de gemir. Se consideraban infinitamente más felices con el régimen actual que con el antiguo: pasaban tranquilamente sus viejos días, colmados de alegría y de un confort que no habían conocido nunca durante su extenuante juventud.

Los hombres adultos se adaptaron sin dificultad al nuevo estado de cosas y, en cuanto a los jóvenes, lo aceptaron con naturalidad.

La suma de felicidad humana creció enormemente. El Mundo había vuelto a encontrar su alegría y su sentido común. Hasta los profesores de sociología, aquellos viejos zopencos que se habían opuesto por todos los medios a la nueva era, ya no se quejaban. Estaban veinte veces mejor remunerados que antes y trabajaban menos. Se les encargó revisar la sociología y de componer nuevos manuales sobre esta ciencia.

Al cabo de algunos años, una vez cumplida su tarea, Goliath abandonó la gestión del Mundo. A partir de entonces el Mundo se dirigía por sí solo, sin choques, de forma magistral.

En 19… Goliath ofreció a la humanidad el Energón que le prometía desde hacía tanto tiempo. Habiendo encontrado él mismo mil maneras de utilizar aquel maravilloso gigante que debía hacer solo el trabajo de los hombres, los colegios de invenciones encontraron con el empleo del Energón la solución a muchos enigmas que habían desorientado a él mismo en los años precedentes.

La jornada de trabajo de dos horas fue inmediatamente reducida a casi nada. Según las predicciones de Goliath, el trabajo se convertía en un simple juego. La capacidad productiva de cada uno fue tan enorme que el más humilde ciudadano pudo consagrar todo su tiempo libre a una existencia infinitamente más suntuosa que la del individuo más favorecido bajo el antiguo régimen. Nadie había visto a Goliath. Los pueblos de la Tierra reclamaron a coro y a gritos la presencia de su Salvador. A pesar de toda la importancia del descubrimiento de Goliath, todos reconocieron que había sido sobrepasado por la grandeza de su visión social. Era un superhombre, un superhombre científico, y todos ansiaban verlo…

En el año 19…, después de extensas dudas, salió por fin de la isla Palgrave y desembarcó en San Francisco el 6 de Junio. Desde su retiro en aquella isla, era la primera vez que aparecía en publico. El Mundo tuvo una decepción. La imaginación de los hombres fue puesta a prueba. Para ellos Goliath era un personaje heroico, un semidiós que había transformado el planeta. Las victorias de Alejandro, de Cesar, de Gengis Khan, y Napoleón eran como un juego de niños comparadas con sus formidables hazañas.

Por los muelles de San Francisco y las calles de la ciudad, se vio circular, a pie o en coche, un pequeño hombrecillo de unos setenta años, perfectamente conservado, con la tez rosa y blanca. Encima de su cráneo se distinguía una tonsura del tamaño de una manzana. Era miope, cuando se quitaba las gafas se veían unos ojos azules y graciosos, llenos de una sorpresa cándida como los de un niño. Tenía la manía de parpadear arrugando la cara, parecía que se riese pensando en la broma colosal que había gastado a la humanidad imponiéndole la felicidad y la risa.

Aquel superhombre científico, aquel tirano del Mundo tenií unas debilidades increíbles. Le gustaban los bombones y se volvía loco por las almendras saladas. Llevaba siempre con él una bolsa de papel llena de almendras y, como excusa de esta ligera glotonería, decía que su organismo necesitaba aquel régimen.

Profesaba una irresistible aversión por los gatos. Durante el discurso que pronunció en el Palacio de la Fraternidad, se desmayó de miedo cuando al gato del portero se le ocurrió subir al estrado y rozarle una pierna.

Pero apenas acababa de descubrirse al Mundo cuando sus antiguos amigos le reconocieron. Era Percival Stulz, el germano—americano que en 18… había formado parte del Sindicato Metalúrgico. Durante dos años, por aquella época, había sido secretario de la sección 369 de la Fraternidad Internacional de los mecánicos. En 18…, a los veinticinco años, seguía unos cursos especiales en la Universidad de California y sobrellevaba sus necesidades con lo que entonces se llamaban «seguros de vida». En el museo de la Universidad, se conservan todavía sus notas de estudiante, muy apreciadas. Sus profesores se fijaron muy especialmente en que a menudo se quedaba con la mente en blanco, sin duda ya entreveía las grandes visiones que más tarde debería realizar. El hecho de darse el nombre de Goliath y de envolverse en el misterio, fue por su parte una pequeña broma, explicó más tarde. Goliath podía despertar la imaginación del Mundo y trastornarlo, mientras que Percival Stulz, aquel enclenque con sus patillas y sus gafas, habría sido incapaz de mover un grano de arena.

Pero pronto la gente superó el desengaño causado por la apariencia física de Goliath y sus antecedentes.

Respetó en él al espíritu superior de todos los siglos, le quiso por él mismo, por sus ojos miopes y graciosos y la manera inimitable con que fruncía las cejas cuando se reía. Le quiso por su simplicidad, su camaradería y su calurosa mansedumbre, por su debilidad por las almendras saladas y su aversión a los gatos.

Hoy en día, en la ciudad maravilla de Asgard, se levanta con temible magnificencia la estatua de Goliath. Aplasta las pirámides y todos los monumentos monstruosos y manchados de sangre de la Antigüedad. Sobre este monumento, como todo el mundo sabe, está grabada, sobre bronce imperecedero, la frase profética del superhombre: fabricaremos todos más alegría: la misión de cada uno consistirá en golpear la risa sobre el yunque sonoro de la vida.

Nota del autor: Esta destacada composición es obra de un tal Harry Beckwith, estudiante del Colegio de Lowell en San Francisco. Harry Beckwith acababa de cumplir los quince años cuando la escribió. Goliath obtuvo el primer premio de composición del Liceo en el año 2204. El año pasado, el laureado pasó seis meses en Asgard, aprovechando la beca de viaje que le otorgaba el premio. La riqueza de detalles históricos, la atmósfera de la época y el estilo personal de esta redacción son realmente dignos de atención en un muchacho tan joven.

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3 comentarios en “Los mejores 1001 cuentos literarios de la Historia (133): “Goliath”, de Jack London

  1. No me ha gustado, aunque no entro a valorar su calidad literaria. London escribe maravillosamente bien, soy admiradora de su literatura, pero este cuento no me ha gustado.

  2. Es un relato que marcó mi infancia pero no recordaba el nombre ni el de su autor, ahora con palabras clave: “Goliat”, “barco” y “energón” encontré esta página con el texto completo. ¡Gracias!

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