Cuento breve recomendado (70): “La rosa”, de Juan Eduardo Zúñiga

Share on FacebookShare on Google+Tweet about this on TwitterShare on LinkedInPin on PinterestEmail this to someonePrint this page
Juan Eduardo Zúñiga
Escritor Juan Eduardo Zúñiga. Fuente de la imagen

“A mis cuentos, casi instintivamente, les dejo algunos aspectos para que el lector opine. No le cierro la interpretación racional del relato, sino que queda un poco abierto, para que el lector camine luego por el terreno del cuento, lo lleve consigo… Esto hace que le dé un ligero tono simbólico, como si la explicación racional no quedara explicada, sino que algo queda flotando.”

J.E.Z.

 

LA ROSA

Juan Eduardo Zúñiga, España, 1929

Ante el estudiante, un coche pasó rápidamente, pero él pudo entrever en su interior un bellísimo rostro femenino. Al día siguiente, a la misma hora, volvió a cruzar ante él y también atisbó la sombra clara del rostro entre los pliegues oscuros de un velo. El estudiante se preguntó quién era. Esperó al otro día, atento en el borde de la acera, y vio avanzar el coche con su caballo al trote y esta vez distinguió mejor a la mujer de grandes ojos claros que posaron en él su mirada.

Cada día el estudiante aguardaba el coche, intrigado y presa de la esperanza: cada vez la mujer le parecía más bella. Y, desde el fondo del coche, le sonrió y él tembló de pasión y todo ya perdió importancia, clases y profesores: sólo esperaría aquella hora en la que el coche cruzaba ante su puerta.

Y al fin vio lo que anhelaba: la mujer le saludó con un movimiento de la mano que apareció un instante a la altura de la boca sonriente, y entonces él siguió al coche, andando muy deprisa, yendo detrás por calles y plazas, sin perder de vista su caja bamboleante que se ocultaba al doblar una esquina y reaparecía al cruzar un puente.

Anduvo mucho tiempo y a veces sentía un gran cansancio, o bien, muy animoso, planeaba la conversación que sostendría con ella. Le pareció que pasaba por los mismos sitios, las mismas avenidas con nieblas, con sol o lluvias, de día o de noche, pero él seguía obstinado, seguro de alcanzarla, indiferente a inviernos o veranos.

Tras un largo trayecto interminable, en un lejano barrio, el coche finalmente se detuvo y él se aproximó con pasos vacilantes y cansados, aunque iba apoyado en un bastón. Con esfuerzo abrió la portezuela y dentro no había nadie.

Únicamente vio sobre el asiento de hule una rosa encarnada, húmeda y fresca. La cogió con su mano sarmentosa y aspiró el tenue aroma de la ilusión nunca conseguida.

Misterios de las noches y los días, Madrid, Alfaguara, 1992, págs. 121-122

Comentario 

En un ambiente urbano y, desde luego, bastante anterior a nuestros tiempos, pasa una y otra vez ante los ojos de un estudiante, y siempre a la misma hora, un coche de caballos en cuyo interior el joven entrevé un bello rostro de mujer, a la que, al día siguiente, le parece atisbar cubierta por un velo; una tercera vez, los grandes ojos claros de la mujer posan en él su mirada y, al cuarto día, la mujer le sonríe desde el fondo del coche. Tras ello, el joven lo abandona todo, clases y profesores, y espera con ansiedad la hora en la que el coche ha de pasar ante su puerta. Y aún, por quinta vez, la bella mujer le saluda con la mano alzada junto a su boca sonriente. Desde entonces, el estudiante corre, infatigable y desalado, tras el negro coche itinerante que lleva en su interior a aquella bella desconocida; él es el oscuro objeto del deseo y metonimia de lo que realmente persigue el muchacho: la belleza y el amor, que continuamente se alejan, se evaden, se esfuman.

El coche pasa sin cesar y su carrera es la del tiempo. Al fin, aquel joven estudiante del comienzo es ya un anciano cansado que, con paso vacilante y ayudado por un bastón, abre con trémula mano sarmentosa la portezuela de un coche parado en una calle marginal de un barrio del extrarradio urbano. Y, en el interior del coche y como símbolo de la belleza, del amor, de la ilusión -siempre efímeras-, hay sólo una rosa, roja y fresca, que le brinda su perfume.

Este cuento, pues, condensa y sintetiza el sentido último de la vida de un hombre en el encuentro final de una rosa abandonada en el asiento de un negro coche parado y vacío del que ni siquiera sabemos si es el mismo desde cuyo interior se disparaba una intensa mirada, el mismo desde el que una mujer hermosa sonreía y ni siquiera si ella era la misma -o tres o cinco distintas- cuya visión encendía el deseo del joven que corría en su busca. En fin, que, tras tanto camino recorrido, tras tanta agitación y desasosiego, tras tanto trecho de vida, todo lo que se logra es la levedad del aroma de la ilusión, empecinadamente perseguida, pero nunca jamás alcanzada.

Si en la convención trágica griega, la muerte era obscena, en estos tiempos lo es la vejez; así, en el tráfago de la modernidad, el antiguo coche parado y el hombre anciano y ya tan lento que está a punto de pararse, ocupan un lugar marginal y desenfocado, casi borroso. Y, como en la tragedia, también aquí la muerte está fuera de escena, en el vacío absoluto de la post-textualidad. Y, habiendo llegado al final del cuento y de la vida, “el resto es silencio”.

Paz Díez Taboada

Comprar MISTERIOS DE LAS NOCHES Y LOS DIAS

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R. 

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

narrativa_newsletterp

Artículos relacionados