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Cuento breve recomendado (264): “El héroe”, de Julio Torri

Escritor Julio Torri
Julio Torri. Fuente de la imagen

Lo fugaz, lo fragmentario e inacabado son en Torri no sólo formas de la belleza, sino el modo en que desde la literatura es posible comprender el mundo. Sin duda, características que emparentan a este autor de principios del siglo XX con buena parte de la llamada posmodernidad literaria, tan en boga en estos albores del siglo XXI. Y sin embargo, es también un espíritu de ruptura e innovación —frente a los modelos de su época— lo que fija a Torri en su tiempo: hoy día se ha “normalizado” la escritura fragmentaria hasta volverse un fenómeno central de nuestros días. Los tiempos de Julio Torri eran todavía tiempos en que la creencia en una obra total no se había decantado, a pesar de que las rupturas promovidas desde el modernismo y las vanguardias hacían ver que los modelos totalizadores no terminaban de responder a sus cuestionamientos. El espíritu de innovación se mostraba en el rechazo a la norma. Hoy el rechazo a la norma parece ser la norma misma. De ahí que la prosa de Torri, si bien sigue siendo vigente hoy, contiene una rebeldía que antaño  figuraría como novedosa: la libertad, por ejemplo, que ejerce al salirse de la métrica y la versificación de la poesía es sin duda una de las apuestas innovadoras de sus poemas en prosa.

Nely Maldonado Escoto

EL HÉROE

Julio TORRI (México, 1889-1970)

Todo se adultera hoy. A mí me ha tocado personificar un heroísmo falso. Maté al pobre dragón de modo alevoso que no debe ni recordarse. El inofensivo monstruo vivía pacíficamente y no hizo mal a nadie. Hasta pagaba sus contribuciones, y llegó en inocente simplicidad a depositar su voto en las ánforas, durante las últimas elecciones generales. Me vio llegar como a un huésped, y cuando hacía ademán de recibirme y brindarme hospedaje, le hendí la cabeza de un tajo. Horrorizado por mi villanía, huí de los fotógrafos que pretendían retratarme con los despojos del pobre bicho y con el malhadado alfanje desenvainado y sangriento. Otro se aprovechó de mi fea hazaña e intentó obtener la mano de la princesa. Por desdicha mis abogados lo impidieron y aun obligaron al impostor a pagar las costas del juicio. No hubo más remedio que apechugar con la hija del rey y tomar parte en ceremonias que asquearían aun a Mr. Cecil B. de Mille.

La princesa no es la joven adorable que estás desde hace varios años acostumbrado a ver por las tarjetas postales. Se trata de una venerable matrona que, como tantas mujeres que han prolongado su doncellez, se ha chupado interiormente. (Perdonadme lo bajo de la expresión.) Resulta su compañía tan enfadosa que a su lado se explica uno los horrores de todas las revoluciones. Sus aficiones son groseras: nada la complace más que exhibirse en público conmigo, haciendo gala de un amor conyugal que felizmente no existe. Tiene alma vulgar de actriz de cine. Siempre está en escena, y aun lo que dice dormida va destinado a la galería. Sus actitudes favoritas, la de infanta demócrata, de esposa sacrificada, de mujer superior que tolera menesteres humildes. A su lado siento náuseas incontenibles.

En los momentos de mayor intimidad mi egregia compañera inventa frases altisonantes que me colman de infortunio: “la sangre del dragón nos une”; “tu heroicidad me ha hecho tuya para siempre”; o bien “la lengua del dragón fue el ábrete sésamo”; etcétera.

Y luego las conmemoraciones, los discursos, la retórica huera…, toda la triste máquina de la gloria. ¡Qué asco de mí mismo por haber comprado con una villanía bienestar y honores!

¡Cuánto envidio la sepultura olvidada de los héroes sin nombre!

De fusilamientos (1940)

De fusilamientos y otras narraciones, México, Fondo de Cultura Económica, 1964, págs. 58-59

CUENTOS BREVES RECOMENDADOS POR MIGUEL DÍEZ R. 

MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

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