Cuento breve recomendado (237): La quimera, de Rafael Pérez Estrada

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Rafael Pérez Estrada
Rafael Pérez Estrada. Fuente de la imagen

De las nuevas generaciones me interesan las voces imparecidas, los escritores que les dan a la palabra un vuelo inesperado, mágico o sobrecogedor; me gustan los edificios habitados por ilusionistas o asesinos, me gustan los poemas en los que los ríos huyen del mar o intentan alzarse verticales, y aquellos en los que dos lunas iluminan por igual la dualidad de los amantes. Me inquietan los poetas que, tras leerlos, tienes que abrir un paraguas en tu interior porque notas que llueve. Y de otro modo me hacen perder el sueño los versos que dicen del hombre que busca entre miles de espejos a aquél que devoró su rostro, o incluso el poema en el que, simplemente, un ave nos acecha desde su incapacidad para el vuelo. Especialmente me interesan los poetas no nacidos y los poemas no escritos aún, porque ellos estarán más cerca de la verdad que busco.

R.P.E.

LA QUIMERA

Rafael Pérez Estrada (España, 1934-2000)

Sólo la halló en lo circunstancial y, sin embargo, su vida estuvo dedicada a ella. Una tarde, de niño, creyó reconocerla fugaz entre las sombras de las palmeras del parque de su infancia. Antes la había visto -y no recordaba si fue la primera vez- envuelta en palomas y encajes posando para un fotógrafo ya sólo existente en el olvido. Años más tarde, en Nueva York, caminando próximo al peligro de Harlem, encontró, cerca de una boca de riego, la huella de su pie desnudo, y puso la mano sobre la humedad en un intento inútil de librarla de la evaporación; más tarde, en una extraña tienda de lepidópteros regentada por un chino de maneras crueles, le pareció identificarla en el espejismo de un rostro reflejado primero en un espejo y luego transparente en el cristal de una cala de mariposas gigantes de Brasil. En Florencia equivocó su figura con la de una modelo que huía y resultó ser demasiado leve para ser ella. En París fue el calor de un perfume en un ascensor recién abandonado. También en Venecia la llamó a gritos y su osadía -un equívoco- provocó un grave escándalo al quitar, torpe, el antifaz a una muchacha colérica que en nada se le parecía. Supo de ella en Benarés: había estado investigando sobre las antiguas cacerías principescas del tigre literario. En Shanghai fue detenido -una cuestión de honor- al disparar sobre una sombra infiel abrazada a otra sombra. Pasó la mayor parte de su vida buscando en los archivos fotográficos de los artistas de moda una imagen que la memoria, nunca el deseo, deshacía lentamente. Y en la vejez, más comedido, no hizo confidencias de otras dudas y encuentros, pero siguió esperándola.

La palabra destino (Antología), Madrid, Hiperión, 2001, pág. 37.

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MEMORIAS DE UN VIEJO PROFESOR. LA LECTURA EN EL AULA (PDF)

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