NarrativaBreve.com entrevista a José María Ávila

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José María Ávila, cofrade desde los diez años “por permeabilidad familiar”, es miembro activo de seis hermandades penitenciales de la Ciudad de Cáceres, y ha sido directivo en dos de ellas. Fruto de su pasión por la Semana Santa de Cáceres es su libro Semana Santa de Cáceres: los años perdidos (1970-1986), de reciente publicado en Ediciones QVE.

Charlamos con José María sobre su libro y sobre la Semana Santa de Cáceres, que tan bien conoce.


Francisco Rodríguez Criado: La contraportada de Semana Santa de Cáceres: Los años perdidos (1970-1986) afirma que no hay ningún documento escrito acerca de ese período de dieciséis años que tú abordas. ¿Qué te motivó a escribir este libro y desde cuándo venías rumiando hacerlo? Quisiera conocer también tu opinión sobre las causas de ese vacío documental en una ciudad como Cáceres, donde la Semana Santa goza aparentemente de gran tradición.

José María Ávila: Bueno, en realidad tenía en mente este proyecto desde hace bastantes años, no sabría precisar exactamente cuándo. Lo he ido posponiendo porque el estudio documental que requería el libro no era compatible con mis ocupaciones laborales. Las motivaciones para hacerlo fueron sencillas: mi propia curiosidad y una creciente frustración por querer conocer lo que ocurrió durante esos años y no encontrar referencias ni lugares donde acudir.
Este vacío documental tiene un motivo claro, y es que en el período referido, hace 30-35 años, la Semana Santa en Cáceres no alcanzaba ni de lejos la dimensión que conocemos ahora. Era un cúmulo de actos con escaso alcance y en horas bajas. Cuando uno acude a buscar referencias históricas sobre la historia de la Semana Santa cacereña, ya sea en libros, webs, archivos fotográficos, etcétera… encuentra información de todo tipo a partir de los años 1985-1986 y, en menor medida, algunos datos sueltos de mediados del siglo XX (décadas de los 40, 50 y 60), relacionados sobre todo con la actividad particular de algunas hermandades. Pero el período comprendido entre 1970 y 1986 permanece borroso, como escondido tras un velo que hasta ahora nadie se había preocupado de descorrer. De ahí también la idea del título: “Los años perdidos”.
F.R.C.: Tu libro no es de fácil definición. Trabaja con datos propios de un ensayo pero a la vez está articulado desde un narrador que cuenta en primera persona cómo sucedieron los hechos. ¿Por qué te has decantado por el uso de ese personaje-narrador (ficticio) para desarrollar hechos (reales)?
J.M.A.: Desde el principio tenía una obsesión que dominaba todo el proceso creativo de la obra: el rigor extremo en los datos y la contextualización histórica de cada hecho. Puse especial empeño en trasladar al libro cada fecha, cada nombre y cada anécdota que había conseguido sacar a la luz durante el proceso de documentación, pero esto conllevaba un riesgo que no estaba dispuesto a asumir: convertir el libro en una sucesión infumable de datos, casi a modo de enciclopedia. Para solucionarlo tuve que echar mano del narrador en primera persona, un recurso que me permitió acelerar el ritmo y amenizar el relato… en otras palabras, hacer la lectura más entretenida.
José María Ávila Román
Semana Santa de Cáceres. Los años perdidos (1970-1986), de José María Ávila. QVE, 21012.
F.R.C.: Eres cofrade desde muy niño y conoces a fondo el desarrollo que ha experimentado la Semana Santa cacereña. Me llama la atención los detalles tan exhaustivos que ofrece el libro. Haces un recorrido por el día a día de cada Semana Santa y explicas, entre otras cosas, el recorrido de los pasos, si hacía buen día o buena tarde-noche o si por el contrario llovía a cántaros, cuántos cofrades había disponibles para cada procesión, etcétera. Si, como explicas, no existe demasiada documentación al respecto, ¿cómo has accedido a estos datos? ¿Escribiste un diario mientras tenían lugar estos acontecimientos?
J.M.A.: No, yo nací en 1979 y solamente he vivido en primera persona los últimos años del período en que se desarrolla el libro. El proceso documental se cimenta sobre las innumerables visitas que fui realizando a la hemeroteca de la biblioteca municipal y a la hemeroteca de la Diputación Provincial de Cáceres. Estudié detenidamente todas las ediciones de los periódicos locales en las semanas anteriores y posteriores a la Semana Santa de cada año, un promedio de 40-45 ejemplares por cada capítulo del libro. De ahí fui sacando todos los datos que me parecían relevantes, para intentar componer a partir de ellos una historia lo más lineal y coherente posible.
Ese caldo de cultivo posteriormente lo completé con diversos elementos que conseguí recopilar de forma personal: fotografías de particulares, datos o fechas muy concretas que alguna cofradía había difundido de forma pública, cuadernillos que la extinta Comisión Pro-Semana Santa editaba con el pregón de cada año y que he podido estudiar gracias a que mi padre conservaba algunos… en resumen, un sinfín de detalles de aquí y de allí. Podemos decir que el libro es un collage compuesto por centenares de recortes.
Los datos meteorológicos, por ejemplo, figuran en las crónicas de la prensa de la época, pero además se pueden contrastar con grandes archivos documentales que existen en Internet. Indagando un poco, no es difícil averiguar qué tiempo hizo en cualquier lugar de España en prácticamente cualquier día del siglo XX. Todos los cofrades asociamos fechas y vivencias de nuestra memoria con el tiempo que hiciera ese día: si llovió, si cayó una tormenta, si hizo mucho frío, si pasamos calor… me parecía esencial trabajar este aspecto para dotar de veracidad al relato.
F.R.C.: Cuentas en tu libro que la Semana Santa vivió momentos muy duros durante la transición. A cada año que pasaba disminuía el número de cofrades, quizá porque los nuevos vientos de la época no eran favorables para las celebraciones religiosas. ¿En algún momento llegaste a considerar que la Semana Santa cacereña corría el riesgo de desaparecer?
J.M.A.: Sin lugar a dudas. De hecho, con el correr de los años algunas cofradías dejaron de procesionar, algunos actos se dejaron de celebrar, y algunos organismos se disolvieron, sin ninguna causa concreta más allá del desinterés y la monotonía que imperaba. Durante los años más negros, que son los del trienio 1979-1981, la Semana Santa de Cáceres pudo perfectamente dejar de existir como tal. No lo hizo porque las celebraciones pasionistas son una suma de actos individuales, y supongo que habrían hecho falta algunos años más para fueran desapareciendo todos por completo. Pero la tendencia irremisible apuntaba a ese fin, y realmente se estuvo muy muy cerca. La hemorragia se corta en el año 1982 gracias a una especie de resurrección popular y espontánea que permite a las cofradías subsistir unos cuantos años más, hasta 1985 o 1986, cuando comienza el verdadero crecimiento.
F.R.C.: Como cofrade que eres, ¿cuáles crees que son las grandes virtudes de la Semana Santa cacereña y qué aspectos, en tu opinión, deben mejorar aún?
J.M.A.: La Semana Santa de Cáceres hoy ostenta la declaración de Interés Turístico Internacional, y es un referente socioeconómico de enorme peso para la ciudad. Hace 30 años, sin embargo, estaba a punto de desaparecer. Hay que pararse a pensar lo que esto significa y valorarlo en su justa medida. En mi opinión no existe ninguna circunstancia en la historia reciente de la ciudad que hable tan positivamente de los cacereños y de su empeño por sacar adelante algo con sus propias manos.
Los aspectos que se deben mejorar son muchísimos, pero voy a citar tres que me parecen esenciales:
–Desde el punto de vista organizativo, estamos estancados. No podemos seguir gestionando las cofradías y la Semana Santa a través de mecanismos y patrones de pensamiento de hace 25 o 30 años. Hemos crecido mucho, pero nuestro esqueleto continúa siendo el mismo. Falta profesionalidad, falta valentía para poner en práctica nuevas ideas, y falta voluntad para digerirlas.
–Tenemos graves carencias en la comunicación externa. Las cofradías no sabemos comunicarnos ni con nuestros propios hermanos, ni con la ciudad en la que desarrollamos nuestra labor. Solo nos comunicamos con nosotros mismos y dentro de un ámbito muy reducido. Así es imposible que avancemos y que la ciudad, especialmente la parte no cofrade, se involucre realmente en lo que hacemos.
–En Cáceres hay demasiados sacerdotes a los que no les gusta la Semana Santa, y esto supone un obstáculo para casi todo. Algunas hermandades lo sufren más que otras, pero en conjunto quien pierde es la Semana Santa. Hay una fricción permanente entre la religión tradicional y las expresiones de religiosidad popular que, mientras no se solucione, seguirá actuando como freno para la actividad cofrade.

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Si quieres saber más sobre la Semana Santa de Cáceres, visita su blog Cáceres en ocho días.

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