Cuento de José Luis Ibáñez Salas: Mi vida sin ti

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Skyline de Madrid. Fuente de la imagen

José Luis Ibáñez Salas, a quien entrevistamos en calidad de director de la revista recientemente creada, Anatomía de la Historia, compagina su trabajo en el mundo editorial del libro de Historia con la creación literaria. “Mi vida sin ti” es uno de sus relatos.

 

MI VIDA SIN TI

(cuento)

José Luis Ibáñez Salas 

Desde su amplio ventanal se ven las cuatro torres a esa hora fulgiendo como si ardieran en el horizonte anterior a la sierra de la ciudad. Tras ellas, también encima de ellas, el azul que llaman velazqueño se enseñorea de los cielos que ocupan casi todo el paisaje que su despacho se permite tener como decorado exterior.

Lleva varios días leyendo el original de una novela sobre la que volverá a ejercer de Dios. Y ahora se ha levantado de su silla para más que distraer su mirada descansarla contemplando cualquier cosa que no implique una toma de decisión suya. Las torres son una magnífica muestra de la clase de asuntos que no son de su incumbencia pero sí objeto de su admiración. No me preocupan pero no quiero que desaparezcan. El estado ideal. La situación de disfrute ideal: no disgustos / solo placer.

“Ha salido a tomar algo, ¡aprovecha para mirar en su escritorio!, ha dejado algo en su cajón. Date prisa, no suele tardar mucho, quiero saber qué le tiene tan entretenido, ¿es un artículo sobre algún acontecimiento histórico?, a veces relee cartas, a veces consulta textos, en ocasiones está absorto. No es el mismo que era. Necesito saber por qué está así.

 

Esta mañana, sin ser especial a otras, me di cuenta de que estaba hablando con alguien que me recordó una situación vivida en la juventud, cuando apenas podía clasificar las acciones, objetos, personas y sin embargo disfrutaba de cada momento como si nada importase. Aquél día tan lejano ya pero tan intacto, sentí el frescor de la noche en unas calles recién mojadas por la lluvia, el adoquinado de color gris plateado relucía como una sortija recién abrillantada, yo paseaba como solía hacer después de llover, y una voz a mis espaldas sonó tremenda pero hermosa, esa voz pronunció mi nombre, desde entonces jamás pude disfrutar de la noche ni la lluvia sin esa música que adorna todo lo que envuelve y da forma a una emoción que siempre lleva notas de color que hoy son de un azul cielo intenso.”

 

Anochece y la hora de regresar a su casa se acerca, despiadada. A la soledad de un despacho, de un lugar donde trabajar, uno se acostumbra, pero no a la de lo que debería de ser un hogar. Saber estar solo es algo que nunca aprendió. Nadie se lo enseñó, y él no intentó sobrevolar ese peculiar horror vacui que tanto le incomoda. De pequeño, no podía soportar un minuto en la mesa sin decir algo, sin borrar el insoportable tedio mortecino de los segundos solo de aire. Contaba entonces cualquier cosa que hubiera hecho en las calles de su barrio, en esencia aunque no únicamente jugar al balón. Hoy he metido un golazo cuando ya habíamos dicho elquemetaestegolgana. Y que le prestaran la atención que le prestaban sus padres, y sus hermanos pequeños, le causaba una intensa sensación de victoria más grande aún que la propia victoria que ahora rememoraba por el placer de completar los huecos que el silencio quería hacer suyos.

Mientras baja las escaleras del edificio en que trabaja piensa en la autora del manuscrito que tiene entre manos. La imagina morena y de buen tipo. Le viene una efigie de ella nítida a su mente. Tiene su edad, y la voz, que es cuanto conoce de ella, le sugiere formas insinuantemente sensuales, acomodaticias a sus manos y a sus vagos deseos de varón que no suele pensar en el sexo opuesto como eso, como sexo al que oponer algo.

No debería dudar en asumir la publicación de esa novela tan especial. Y no debería si no fuera porque habla de algo que no es posible que la autora conozca o haya imaginado tan compatible con su propia biografía de hombre de éxito solitario… Una novela cuyo argumento discurre por su propia vida. La vida del editor que es desde hace tantos años, desde que ja juventud decidiera esfumarse una tarde calurosa de junio mientras paseaba por Martínez Campos respirando y oliendo el Madrid que le trata como a un niño mimado desde que viniera al mundo.

 

“Aún no sé qué decirte, cuando paso por esa avenida de tu ciudad y te veo sentado en un banco, siempre absorto y ensimismado como si nada aconteciese a tu alrededor más que un teléfono que en tu mano parece una joya custodiada de la que no te sabes desprender… Pienso ¿a quién hablará? y la angustia se me hace un torbellino en la garganta. ¡Alguien se adelantó!, !estúpida! siempre demorando el tiempo, que ingrávido pasa y en el que suceden cosas, aunque no lo creas, no debiste dejar que esto ocurriese. Ahora ya no lo podré evitar, sólo me queda contemplar su desbordada ilusión, su alegría, su risa a borbotones y esa manera de correr nerviosa cuando el semáforo amenaza cambiar. Debí devolverle la mirada cuando me miró, y me limité a desviar mi rostro indiferente mientras el corazón palpitaba como loco y mi pelo se rizaba entre mis dedos. ¿Quién será ella?, ¿de qué hablarán?, en algún momento creí oír su nombre, y entiendo que contra esto nada puedo hacer, ahora ya ni me ve aunque yo le mire, ni me presiente aunque cuando paso a su lado le bese, no puede oler mi perfume que se mezcla con mi aroma y pretende aturdirle; está embrujado. Sólo puedo aguardar y tener un deseo insano de que esa ilusión se rompa de pronto, esa distancia que les tiene pegados a un teléfono les asfixie y entonces en su debilidad tenga un aliado, y otra oportunidad se me presente; no fracasaré, le devolveré la mirada, comenzaremos algo y sin duda será a mí a quién espere en ese banco. ¿Quién es ella?, alguien que pasará a no ser, ¿quién soy yo?, quien siempre estará a su lado. Perdón, aún no sé qué decirte.”

 

Inquietante la novela, un manuscrito todavía, así es como llaman en su mundillo a los escritos que entrega un autor para que sea publicado, inquietante su forma e inquietante ese fondo en el que él es el protagonista. Él, que aparece en un retrato psicológico asombrosamente creíble. Real. Él, que ahora ha de decidir sobre su propio interés en que su vida aparezca puesta negro sobre blanco y dentro de un volumen que estará en las mesas de novedades de todo el país en cuanto que se atreva a publicarlo y acometa su posterior y rápida edición.

Entra en su casa, y se pone cómodo. Abre una cerveza. No se le va de la cabeza la voz de la autora, una voz que le rogaba que leyera él mismo su original, su novela. Pero se ha dejado los papeles impresos en la oficina. Y no le apetece encender su ordenador para leerlo en la pantalla. ¿¡Cómo demonios puede ella saber qué es lo que hago mientras leo los textos que me mandan!? No puede ser casualidad que acierte en las horas en que llevo a cabo cada cosa, en la que desayuno o en la que bajo a comer algo. O en la que me retiro a casa. Y es entonces que mira por la ventana del salón convencido de que ha de haber alguien espiándole. Y como nada le aclara si es observado, descuelga sin saber por qué el inalámbrico para ver si alguien escucha… Y la paranoia se va porque no es capaz de convivir con ella y sí de anularla en cuando es síntoma del más mínimo dolor. Se esfuma, pero no la voz de la escritora. Una voz hecha de susurros de lino, de un azúcar sin empalago, puro deleite evocador de pieles excitadas y sudores de almizcle.

Ha pensado que estaría bien escuchar canciones de Elliott Smith, y mientras selecciona algunas de ellas recuerda unas palabras de la mujer que le tiene hechizado. Unas palabras que no ha leído en su vida pero que tiene una certeza onírica de que se escondían en algún lugar de su mente desde siempre. No está seguro, cree que son de la primera parte de la novela, cuando el lector todavía es presa de un engaño y no sabe que en realidad… Pero eso es algo que a nosotros ahora no nos interesa. Esas palabras que ha conseguido memorizar inexplicablemente, él que no consigue retener ni las letras de las canciones que más le emocionan, flotan en medio de una melodía repleta de un significado que está por descubrir. El significado del amor sideral.

 

“¿Qué hacer contigo?, si cuando no quiero detenerme a pensar en ti, una imagen aparece furtiva y distraída tropezando con mil ideas, te apareces a cada instante y algo parecido a mariposas juguetonas se divierten en mi vientre. Se diría que te amo. ¿Qué hacer contigo?, si cuando despierto entre las sábanas amanece un roce intenso que se me antoja tu piel y aún no te he tocado. ¿Qué podría hacer si no quisiera pensarte, si eres ya música celeste, entre motas de color intenso, cada día más brillante como si de estrellas se tratase? ¿Cómo hacer para no amarte, si ya te llevo dentro?”

 

¿Cómo hacer para no amarte, si ya te llevo dentro? ¿Cómo hacer para no amarte, si ya te llevo dentro? ¿Cómo hacer para no amarte, si ya te llevo dentro?

Esa mujer no solo identifica cada gesto de mi vida, cada uno de los grandes gestos de mi vida, lo esencial de mis días, piensa, sino que además reproduce de una forma conmovedora la esencia de un enamoramiento que se diría el enamoramiento de la especie humana desde que la especie humana puebla este planeta.

Cuando la semana pasada abrió su correo electrónico, recién sentado en la silla de su despacho, le sorprendió el De: del mensaje. almaenloslabios arroba hotmail punto com. Alma en los labios. Y no pudo evitar que ese día el primero de los correos que pinchara para leer fuera ese. Su asunto era aun más atractivo, más intrigante. Mi vida sin ti. Le sonaba al nombre de una película española. Buscó en Google aquella misma mañana y vio que no exactamente. La película se llamaba Mi vida sin mi. La autora de la novela enviada por mail había jugado con las palabras por alguna razón. Y no pudo evitar llamarla en cuanto abrió el archivo en el que adjuntaba la novela y leyó las primeras frases.

“Tus ojos azules dibujan mi cuerpo, que se contonea para llamarte, y mis caderas graciosas dibujan tu risa, que se apresura divertida en entretenerme. Tus ojos azules me miran y me tienen presa.”

No se trataba de una novela. Eso es, se dijo, mientras nervioso apagaba la música. Era una declaración de amor en toda regla. De amor incondicional, de un amor rendido. La autora de ese memorable e incontenible requiebro había conseguido toda su atención, de alguna manera le había embrujado. Esa es la palabra. Embrujado. Ella misma lo dice: “ahora ya ni me ve aunque yo le mire, ni me presiente aunque cuando paso a su lado le bese, no puede oler mi perfume que se mezcla con mi aroma y pretende aturdirle; está embrujado.”

Pero se refiere al embrujo de otra mujer, no al de ella misma. Está confuso, en realidad es una narradora que narra algo que ocurre solo en la narración, ¿o es una misiva directa al tuétano del único lector posible, del único y auténtico destinatario? Del dueño de esas palabras en realidad porque han sido escritas para él.

Se ha acostado en su cama, en su habitualmente solitaria cama. No puede leer nada, tan cansado está de no hacer otra cosa que leer, especialmente en un día como el de hoy. El sueño se apodera de él, que, aturdido, puede bailar abrazado a la mujer que le ha escrito a él una novela no para que la edite si no para cautivarle no como lector ni como editor sino como hombre sin capacidad de duda en un baile que es un círculo infinito movido por Elliott Smith y su balada incendiaria para posar sus manos en las caderas de ella y comenzar a besarla revolviéndole los caballos de azabache que inundan su habitación y le dejan el sabroso sabor de la sabia redentora de todos los hombres…

Despertar. Abrir los ojos y comprobar la silueta de una mujer a la que no ha visto en la vida. Su rostro inventado. Imaginado. Desayuna, se ducha, se viste. Aturdido por la poderosa atracción que una voz y unas palabras escritas están ejerciendo sobre él como nunca ninguna mujer, hombre o situación haya hecho en sus años sobre el mundo, se sienta en una silla un momento antes de dirigirse a su editorial. Se escucha a sí mismo decir “no he llegado hasta aquí para entumecido retornar a lagunas negras”. El primer verso de un poema que no recuerda desde cuando convive con él, aunque tiene muy presente la primera vez que lo leyó antes de que se le clavara en el esternón.

 

no he llegado hasta aquí para entumecido retornar a lagunas negras

más bien lo hago atraído por el resplandor de mi buena estrella

por fin, mi buena estrella

la de verdad, la que se esconde para aparecer en todos mis sueños

la que me avisa de las espinas y de los colmillos

una cuya silueta de seda roza mi entusiasmo

no, no he llegado hasta aquí para escribir poemas

he llegado para ceñirme virtuoso a su sólida manifestación de mujer

merecedora ella sí de poemas escritos desde la fiebre del agua

sí, desde el vapor y las máquinas

he llegado hasta aquí para fundar una nación sin muertos

nada de patrias, si acaso una nación de un perpetuo cortejo

sin consignas ni desfiles de botas de acero

la nación de las almas protegidas

para sus brazos he llegado

para su espalda y su madeja

fascinado por un tiempo y un espacio insólitos

el tiempo y el espacio donde arden los despojos de batallas

donde ven la luz los primeros besos de los humanos

fascinado por el vuelo y sus formas

no he llegado aquí para la contemplación ni para detenerme

si he llegado hasta aquí ha sido reclamado por el eterno femenino

mi buena estrella salvadora

encarnada en la más hermosa criatura jamás nacida

la buena estrella que me llamaba y me esperaba

al lado del camino

 

Las cuatro torres se alzan una vez más ante su vista. Como la primera vez que se plantó junto a la gran ventana de su despacho e, hipnotizado, casi pasó toda aquella tarde en su nueva oficina contemplándolas. Absorto en la inmensa soledad con la que las asociaba. Él que era un hombre sin angustias. Lo era en aquel entonces y lo seguía siendo hasta que la desazón comenzó a invadirle a medida que avanzaba en la lectura del original de Alma en los labios.

 

Nada que decir. Cielo azul, mar en rizo, azul cielo, ¿eres tú, amor? Nada que decir, solo ser durante un instante un recuerdo ávido de sol y aire embravecido con el mar de testigo y nuestros ojos anclados. Nada más que tu inquieto deambular y tus palabras juguetonas con unas manos deslizándose hacia mí. El mar en calma y una brisa o viento fresco resbalándose en la risa o en los cuerpos que disimulan contenerse ante el deseo y nada que decir, solo amor.”

 

El placer que en ocasiones, en las pocas ocasiones que él mismo lee sin informes de lectura previos, obtiene de los originales de novelas conmovedoras ha desaparecido por completo cuando vuelve a retomar las páginas impresas de lo que esa misteriosa mujer le ha enviado a él directamente. Y ahora cae en la cuenta de algo en lo que no había reparado hasta entonces. Su dirección de correo electrónico. No está al alcance de cualquiera. No consta en la web de la editorial ni es de esas que uno puede intuir genéricas como las que algunas empresas usan. Un nombre, el de pila en ocasiones o el apellido de la persona en cuestión, la arroba de rigor y el patronímico de la editorial acabado en un punto com o punto es. Su dirección de correo tampoco es la habitual directoreditorial, etc. etc. Él mismo decidió que fuera labioscomoespadas@loslibrosdesilvia.com. Y a esa cuenta es a donde la escritora le mandó sus palabras de fuego. Los párrafos que ahora le tienen cautivado rigen con determinación todo lo que puede digerir intelectualmente esta mañana.

Suena el teléfono y sin detenerse a pensar quién puede llamarle, cuando descuelga puede escuchar una voz de mujer sugerente pero firme, de mujer pletórica de determinación aunque al tiempo tímida, mas no insegura. Una voz andaluza que él es incapaz de localizar en el entramado de los acentos sureños de su país que tan mal distingue. Pero la voz es andaluza y es a la vez embriagadora, y evocadora. Evocadora aunque a penas la ha podido oír decirle Hola, eres Pedro Jesús, ¿verdad? Suficiente para de pronto situarse en medio de su pasado en aquella ciudad de Andalucía donde trabajó unos años.

Es ahora, durante una breve ráfaga que aun así le permite contestarle con un breve Sí, claro, el mismo, y tú debes de ser…, un joven empleado de una empresa dedicada a actividades culturales de todo tipo, de poca ganancia pero de mucho entusiasmo por la belleza, por promoverla y por contemplarla justo en el momento en el cual nace para el resto de las personas que la disfrutan. Y se halla en el salón donde se está presentando un libro, y una chica de su edad, casi de su misma estatura y con unas piernas de ensueño, no deja de mirarle.

La conversación toma de repente unos derroteros imprevistos, porque ella le pregunta no sin dulzura si ya ha tenido tiempo de leer su novela, la novela que te mandé para que  la leyeras, y ese  suena como un relámpago en medio de una noche de verano colmada de fragancias casi asfixiantes. Él no es capaz de decirla que la está leyendo, que se encuentra atrapado en las frases que está seguro de que ella ha escrito solo para que sean leídas por él. Únicamente alcanza a preguntarle ¿Cómo te llamas? renunciando de forma poco profesional pero inevitable al protocolario voseo. Alma en los labios. Me llamo Alma en los labios. Te llamaré otra vez cuando la hayas leído.

Decirla que cómo puede saber cuándo él habrá leído su texto es algo que tarda lo suficiente en fluir desde su cerebro hasta su boca, el tiempo preciso para que ella ya haya colgado y sea solo el eco de un sonido del sur donde en ese momento la primavera es ya una presencia tibia y una necesidad para los ateridos habitantes de las tierras donde aun prosigue el frío con su gris inercia. Esos lugares donde como el suyo ahora mismo la calle es un escenario de desagradable visita.

Vuelve a la novela, y siente un picor en la espalda que no puede mitigar y que se prolonga hasta obligarle a frotarse contra las asas de un armario lleno de libros que nunca leerá. El picor es menor que su deseo de conocer a esa mujer, pero es que cualquier atisbo de sensación tiene menos importancia que el ansia de tenerla en frente de él e invitarla a tomar un café, tal vez una copa, a cenar…

Se pega al respaldo de su silla todo lo cómodo que puede para concentrarse de una manera absoluta, totalizadora en las páginas impresas. Una a una, ante él despliegan una lluvia limpia y persistente, no molesta, mas bien vivificadora, un suave vendaval de emociones en el que puede hasta casi oler lo que él es para una mujer a quien ya está seguro de conocer desde siempre.

“El editor había subido a la habitación, al entrar alguien ansiado le esperaba, no hizo muecas de alegría pero su corazón palpitaba acelerado. Era ella que tras un tiempo de ausencia nuevamente volvía a estar junto a él, y habían escogido aquel lugar tan significativo, desde donde por fin podían divisar aquella iglesia, en todo su esplendor antiguo y embellecido por sus miradas. Una ventana frente a un monumento que les daría la fuerza de emprender y volver a comenzar…”

 

No recuerda haber vivido determinados pasajes del manuscrito, pero su poder es tal que no duda en verse a sí mismo entre las paredes del dormitorio desde el que se divisa una iglesia que aparece ahora ante sus ojos como un templo restaurado recientemente, con andamios mal envueltos en plásticos con vocación de suelo, incrustada en su portada encalada la portada gótica de sí misma, preservada durante siglos para desde sus arcos tallados y ya decrépitos ser la ruina que la noche convierte en presente.

No atiende el teléfono, el display le permite saber que quien le llama puede sin duda esperar. De hecho lo descuelga, aunque pronto, asustado, lo vuelve a dejar activo por si ella decide no esperar a que acabe la lectura ya frenética.

 

“En aquel lugar se amaron, no antes de haber intercambiado algunas palabras certeras pero precipitadas y miradas que todo decían acerca del futuro que les aguardaba. Eran ellos para siempre, y lo notaron, percibieron que ese encuentro no era uno de tantos que habían tenido desde la aventura y la temporalidad. Ese marcaba el comienzo de una vida juntos de la mano, por fin, un espacio compartido de sábanas suaves y cortinas de tul, enmarcado todo en un recinto amable y acogedor que siempre estaría lleno de risas y llanto conjugado, descifrado en el extraño lenguaje de los besos.”

 

Se acerca la hora de comer y cancela una cita. Las horas frente a las frases escritas por Alma en los labios le han dejado aturdido. No a la manera de un aturdimiento doloroso y pleno de confusión, sino más bien a la de una suspensión tenaz, de las que consiguen detener el tiempo y hacer del espacio un no lugar. La novela ha llegado a su fin y, de inmediato, agotado escucha el timbre del teléfono. Es ella.

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