Libro digital: Griego para perros, de Antonio Báez Rodríguez

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antonio báez rodríguez
Griego para perros, de Antonio Báez Rodríguez. Editorial Sabara, 2012.

Antonio Báez Rodríguez (Antequera, Málaga, 1964), profesor de latín y griego en un instituto público de secundaria en Málaga, es autor del libro de cuentos Mucha suerte (Narrador.es, Bilbao, 2008) y de la novela corta, La memoria del gintonic (Talentura, Madrid, 2011). Ha aparecido en diversos medios digitales y antologías, como Velas al viento. Los microrrelatos de La nave de los locos (Cuadernos del vigía, Granada, 2010) y Mar de pirañas. Nuevas voces del microrrelato español (Menoscuarto, Palencia, 2012).

Acaba de publicar un nuevo libro, en versión digital, titulado Griego para perros (Sabara, 2012), una antología de microrelatos articulados sobre un andamiaje novelado. Os ofrezco dos de esos microrrelatos: “Alcohol” y “Virginidad”.

Griego para perros se puede descargar en Literaturame (3,03 euros) en formato ePub sin DRM.

ALCOHOL

Estaba de vacaciones y me tomé varios gintonics en un hotel de lujo. Me gustan los gintonics, me gustan los hoteles y me gusta el lujo. Luego salí a echar una siesta en unos jardines cercanos. Duermo sin problemas en la calle. Me despertó una mujer lamiéndome la cara. La miré y ella me husmeó como si fuese un perrillo, dando una vuelta completa alrededor de mi cuerpo tumbado en la hierba. Cerré los ojos conforme, sabiendo que no estaba solo. Cuando al rato extendí una mano se acercó de nuevo juguetona y dio su primer ladrido. El primero de unos cuantos. Me ayudó a que me pusiera en pie de esa forma animosa y saltarina que tienen los chuchos cuando quieren colaborar.

—Qué vacaciones me estoy pegando, le dije.

—Me alegro de que lo estés pasando bien, me gustaría acompañarte.

—Después de una siesta tan estupenda lo mejor sería dar un paseo por…

—¿La isla?

Me sorprendió y luego recordé haber conducido a través de un puente, pero no sabía que había llegado a una isla. Caminamos un buen rato para ver la puesta de sol. Era una mujer callada, pero en modo alguno taciturna, yo le hablaba y ella sonreía o ladraba, a veces ladraba hacia algunos árboles, hacia algún turista, que aceleraba el paso espantado.

—¿Y mis amigos?, le pregunté, cuando caí en la cuenta de que los había dejado en el hotel de lujo bebiendo gintonics.

Pero ella no me hizo caso, se limitó a escarbar un poco entre la hojarasca.

Antes de que el último rayo del sol se ocultase en el horizonte me dio por pensar que quizás podría tener una aventura con aquella mujer, pero fue una idea que no cuajó en mi cabeza. Sin darnos cuenta, en animada compañía, pero sin apenas conversación, le habíamos dado la vuelta a la isla y nos hallábamos de nuevo en el jardincillo donde nos habíamos encontrado.

—Tengo que buscar a mis amigos, le dije.

Sonrió y ladró con conformidad. El grupo de sus amigas salía en ese momento del casino cercano y la llamaron, algunas con ladridos breves, tímidos.

Me acerqué para besarla en una mejilla y volvió a lamerme.

—Adiós, le dije, ha sido una bonita puesta de sol.

—Siempre merece la pena, me dijo, antes de volver con su grupo, que se repartió en un par de coches.

Volví al hotel por ver si mis amigos continuaban bebiendo, lo cual no sería extraño, pero en el bar del hotel no supieron darme ninguna noticia. No tengo problemas con dormir al raso, creo que ya lo he dicho, pero me pareció que lo mejor sería coger una habitación y darme una ducha antes de bajar a tomar unas copas.

VIRGINIDAD

La primera vez que me propuse perder la virginidad fue en verano y recuerdo que leía a Yukio Mishima. Por supuesto no lo conseguí. Veamos alguna versión de los hechos. En la terraza de los apartamentos en los que trabajaba en Fuengirola me propuse asaltar a una de las camareras de piso de un modo inesperado. Me hubiese podido pegar con una de las botellas de cerveza que estaba recogiendo, pero le bastó con mirarme en el momento en el que me dirigía hacia ella. Me daba vergüenza pensar que sería de los pocos chavales dedicados aquel verano a la hostelería que nunca se habían acostado con una mujer. Por las tardes desde la terraza, en la que se había frustrado mi fantasía amatoria, divisaba melancólico un horizonte surcado de hidropedales con mujeres que se entregaban en su duermevela a las caricias de Febo Apolo. Luego remataba mis faenas y regresaba en tren a casa, leyendo. Aprendí mucho ese verano y el siguiente. En realidad las picardías y los trucos de los hosteleros más bribones de la Costa del Sol. Lo que más les importaba era sacar tajada. Para mí aquel era un trabajo con el que costearme el curso. Tenía mucho tiempo para leer porque por una serie de circunstancias de índole picaresca acabé sentado tras un mostrador que funcionaba como conserjería. En uno de los cuentos de mi primer libro, plagado de erratas, hice que esa camarera con la que no perdí la virginidad me sedujera en la terraza del último piso, a pleno sol del mediodía. Me resulta imposible, eso sí, recordar su nombre, pero he retenido en la mente con todo detalle su rostro no demasiado agraciado y picado con marcas y hoyitos de la viruela. En mi segundo libro de cuentos, que es prácticamente un plagio del primero y que no consiguió librarse de las erratas, sólo tuve que jugar con la introducción de algunos adverbios para contar lo contrario: que ante la propuesta explícita de la camarera para convertirme en un hombre experimentado, yo metí la cabeza en el libro de un escritor japonés que se atravesó las tripas ritualmente.

(Leer “Patriotismo”, de Yukio Mishima).

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