Kiriwina, una isla insólita repleta de cuentos

Kariwina, Ana Tapia,
Kiriwina, de Ana Tapia (Fin de viaje, 2012)

KIRIWINA, UNA ISLA REPLETA DE CUENTOS

Francisco Rodríguez Criado

Ana Tapia tiene clara ventaja respecto a otros narradores: cuenta entre sus familiares –al menos eso reza la dedicatoria– con un tío abuelo que fue devorado por un tiburón de camino a Cuba y con una madre que le pone al corriente de esas historias. Tradición por la aventura y por la crónica de mundos insólitos no le falta, pues.

Ese bagaje cultural y vital se nota en este libro de cuentos breves que hoy os presento, Kiriwina, de reciente publicación en la nueva colección Huéspedes de la editorial granadina Fin de viaje. Kiriwina es una isla del Océano Pacífico pero también es el escaparate del universo narrativo más breve de la escritora Ana Tapia (Almería, 1974).

El libro se antoja un compendio de islotes narrativos. Y conste que el sustantivo “islotes” no es casual. Las historias de Kiriwina son a primera vista cuentos cortos o muy cortos –microrrelatos, si se prefiere el término–, en apariencia independientes entre sí. Pero estos cuentos, como suele ocurrir con los islotes, están apiñados en la distancia: comparten las mismas aguas, los mismos intereses, hasta el punto de que se retroalimentan entre sí. Por decirlo en corto: las narraciones de Kiriwina no se agotan al llegar a la última línea sino que conectan con cuentos venideros donde se va a incidir en la temática, en las situaciones y en los personajes (esos aventureros a su pesar que sin saberlo andan buscándose los unos a los otros). Son cuentos seriados (la autora y el editor hablan de “historias transversales”) que se reparten por el libro, insisto, como pequeños islotes, algo incomunicados pero a la vez muy próximos. Esta dinámica opera, por ejemplo, con los relatos “California 1” (página 12), “California II” (12), “Impares” (22), “Una mujer gravemente mutilada da a luz a un bebé sano” (23), etcétera, todos ellos articulados alrededor de la estela (física y metafísica) que va dejando un tiburón. Podríamos leerlos por separado, alterando el orden, sin establecer parentescos entre ellos, pero su autonomía narrativa nos parecerá imperfecta: los finales de estos minicuentos no cierran la historia sino que nos convocan en nuevas narraciones de la serie. Lo curioso es que esa ligazón entre unos y otros conforma una suerte de sinopsis de novela que se cuela entre bambalinas. Así que en cierta manera uno tiene la sensación de estar leyendo “una novela de microrrelatos” y no un libro de microrrelatos al uso. Justifica mi apunte que la propia autora, en su primera intervención, nos recomiende “leer estos microcuentos en el orden en que aparecen, ya que entre ellos se esconden, como canicas de un mismo color, ciertas historias transversales, cuya trama se va desgranando a lo largo de las páginas”.

Jugando a clasificar Kiriwina en categorías, he detectado al menos tres tipos de cuentos, que, bien mirado, se entremezclan: 1) cuentos donde la irrealidad compone el sustrato de la narración (la invasión de los miembros de una asociación de guapos narcisos, el hombre contrabajo hecho de carne humana y de madera, el niño que es mordido por un plato sucio, dos trenes que se buscan durante años para besarse, las mujeres que son mitad humanas y mitad árbol); 2) cuentos con robots (“Visión quieta de Zórvix”, “Amor de Zórvix” y 3) cuentos –por así decirlo– que retratan los entresijos del mundo con una mirada diferente, desde el extrañamiento. Estos últimos son mis preferidos. Tengo anotados seis o siete de esos cuentos, de los que reproduzco un par de ellos, concebidos desde la inversión.

KIRIWINA

Cuando Malinowsky llegó a la isla Kiriwina, estaba tan ocupado estudiando a los nativos, que no vio el tiburón.

Vio a dos hombres intercambiando brazaletes. Vio los restos del fuego de la noche. Vio un viejo erecto echando la siesta en un jergón. Vio a una joven huyendo, por la orilla, de los abrazos de su futuro marido.

Pero no vio al tiburón, que había recorrido cientos de millas para acercarse a aquel paraíso, sin otro interés que contemplar, aunque fuera una vez en su vida, a tan ilustre eminencia.

 

LA PERSPECTIVA INVERSA

La chica de la minifalda, al pasar junto a la obra, cambia el orden de su mundo: se pone en jarras, adelanta el pubis, chasquea la lengua, frunce los labios y, señalando a dos operarios bastante jóvenes, grita con tono obsceno aquello que les comería de buena gana, y después espera, sonriente, a que ellos la manden a la mierda.

Kiriwina es, para concluir, un libro bien pensado, sutilmente irónico, ameno y original (sin caer en la extravagancia) que merece la atenta lectura de los amantes de la narrativa breve.

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