Microrrelato de Mely Rodríguez Salgado: Continuidad

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Mely Rodríguez Salgado
Un día en el campo. Fotografía de Francisco Rodríguez Criado para el relato “Continuidad”, de Mely Rodríguez Salgado

CONTINUIDAD

Mely Rodríguez Salgado

A Luna, la gata

Una vez que incineraron a la gata, que había llenado de alegría la vida de la pareja, esparcieron sus cenizas con lastimera delicadeza en el campo. El viento la arrastró hasta un lugar solitario y plomizo, pero las lluvias del invierno hicieron brotar de la tierra abonada una florecilla que se agitaba con el viento, intrépida como todo recién nacido, que parecía querer desprenderse del tallo con un ímpetu inaudito para echar a volar. A los pocos días, la flor se inclinó, marchita, y el aire la zarandeaba sin cesar de acá para allá hasta que se desplomó sobre la tierra ávida.

Pasado un tiempo, de las entrañas fecundas del terrenito, brotó una espiga, que fue creciendo y creciendo; era vigorosa, prieta, y tan alta que, desde su atalaya, parecía querer otear más allá de todo cuanto la rodeaba. Hacia el verano estaba tan cargada de granos que, generosa, se abrió y el viento arrastró sus semillas, que colonizaron otros territorios. Pero allí quedó la espiga solitaria ya vacía. Llegado el otoño se desplomó abonando, como su antepasada, la tierra.

En el otoño llovió abundantemente y cuando el invierno estaba a punto de desaparecer despuntó de entre la hierba un pomposo cardo de pétalos afilados, como garras de felino, que guardaba en el centro una hermosa flor azul, y hacia el final del verano se secó también. El fuerte sol y la lluvia constante pudieron con el cardo seco, y éste cayó abatido sobre la tierra húmeda, deseosa de alimento, a la que, de nuevo, fertilizó.

En la primavera todo fue reverdeciendo, y en el territorio de la florecilla inquieta, la espiga curiosa y el vistoso cardo, apareció tímido un tallo ondulante y lanoso, como un plumero, que, sabedor de su coqueta belleza, creció vigoroso y, cada vez que el viento soplaba, se mecía, como en una exhibición solemne, con la misma gracia que lo hubiera hecho la cola de un gato.

Leer el microrrelato de Mely Rodríguez Salgado “Pacto de silencio”.

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