Cuento breve de Miguel Bravo Vadillo: “El extraño personaje”

 

marquesina
Marquesina de autobús. Fuente de la imagen

EL EXTRAÑO PERSONAJE

Miguel Bravo Vadillo

Desde la cafetería Paraíso, donde trabaja como camarero, Samuel (un inmigrante de unos treinta años de edad) puede ver la parada de autobuses urbanos situada justo en la acera de enfrente. Sentado en el banco de la parada hay un hombre con las piernas extendidas que parece mirar, cabizbajo, sus propios pies. Samuel no sabría precisar cuánto tiempo lleva sentado allí aquel individuo pero, desde que se fijara en él, ha visto pasar un mínimo de cinco autobuses; y es una parada en la que él sabe que no coinciden más de tres líneas distintas. Desde luego cabe la posibilidad de que aquel hombre no esté esperando el autobús, sino a alguna persona con la que se haya citado allí; incluso puede que sólo esté haciendo tiempo antes de dedicarse a algo más provechoso. En cualquier caso, nuestro amigo decide no darle mayor importancia al asunto: las mañanas están cargadas de trabajo y no puede distraerse con lo que pasa en la calle.

Pero cuando, algunas horas después, Samuel vuelve a tener un minuto de respiro mira de nuevo a través del gran ventanal de la cafetería. Hasta ahora no había vuelto a pensar en aquel extraño personaje. Ya era casi la una de la tarde y aquel tipo seguía sentado en el banco de marras con la misma actitud ensimismada, quizá reflexiva. Samuel se da cuenta, además, de que hay más gente esperando sus respectivos autobuses; pero nadie se atreve a sentarse al lado del hombre en cuestión: todos permanecen de pie, ligeramente apartados. Pronto, sin embargo, comienza a llegar una nueva avalancha de clientes, exigiendo cañas frescas y sabrosas tapas, y Samuel vuelve a centrarse en su trabajo.


A las cuatro Samuel termina su turno y es sustituido por su compañero Alejandro. El hombre de la parada continúa en su lugar, impasible, y Samuel comenta la anécdota a su compañero. Éste le escucha con atención mientras sonríe con cierto aire de suficiencia.

–Mira tío, todo mortal tiene sus virtudes y defectos –dice al fin–. Pero si quieres que te dé un consejo: atiende a lo tuyo y no te metas en la vida de los demás, te lo digo por tu propio bien.

–Sí, pero es tan extraño…

–¿Qué tiene de extraño? De todo tiene que haber en la viña del Señor. En una gran ciudad como esta vas a encontrar gente muy rara. Esto no es como esa aldea tercermundista en la que vivías antes. Aquí cada uno va a lo suyo, y no se preocupa por lo que no es de su incumbencia.

–Empiezo a darme cuenta.

–No pienses más en ello, o el jefe se dará cuenta de que no estás a lo que tienes que estar.

Samuel no habla más del tema y se marcha al piso donde vive de alquiler. Allí le espera su esposa Nadia, que llegó la noche anterior para pasar un mes junto a él. Con un poco de suerte pronto podrán estar todos juntos –el matrimonio y sus dos hijos– y comenzarán una nueva vida en un país civilizado y próspero, un país en el que todos los miembros de la familia tendrán una oportunidad para salir adelante y vivir dignamente.

Al caer la tarde, Samuel y su esposa deciden salir a dar un paseo por el centro de la ciudad. Él quiere mostrarle unos grandes almacenes y deslumbrarla con el estilo de vida de Occidente. Como está cercana la Navidad la profusión de luminarias con la que están adornadas las calles es asombrosa, y un bullicio descomunal de gente abarrota aceras y tiendas. Nada de esto parece aturdir a la recién llegada, que mira en derredor con los ojos bien abiertos y una amplia sonrisa iluminando su rostro.

Pasadas unas horas, y casi por inercia, el matrimonio acaba en la cafetería donde trabaja Samuel y deciden cenar allí. Samuel, muy animado, hace las presentaciones entre Alejandro y su mujer; pero, cuando mira a través del ventanal y comprueba que el mismo hombre continúa apostado en el banco de la parada, siente un ligero escalofrío. Entonces dirige la atención de su compañero hacia la ventana, al tiempo que le lanza una mirada inquisitiva.

–No le he prestado atención –dice éste–, pero seguro que no es el mismo prójimo. Uno se encuentra con mucha gente así por la calle, y todos se parecen. De todas formas, eso no es asunto mío. Bueno, encantado de conocerte –añade, dirigiéndose a Nadia–. Ahora, si me disculpáis, debo continuar con mi trabajo.

Alejandro se marcha para atender a otros clientes. Nadia se interesa entonces por la historia del hombre de la parada. Su esposo le cuenta que aquel tipo lleva sentado allí todo el día, pero a nadie parece importarle.

–Acerquémonos a hablar con él, quizá necesite ayuda –sugiere la mujer.

Ahora que Nadia siente interés por el desconocido, Samuel parece dudar sobre la conveniencia de entablar una conversación con él e intenta disuadirla; aunque, en el fondo, está íntimamente decidido a hacer lo que ella diga.

–¿Estás segura? Puede que se moleste si le dirigimos la palabra; después de todo, no le conocemos de nada.

–También puede que nos agradezca nuestro interés. Quizá esté enfermo, o se haya perdido. Por su aspecto parece un mendigo, y yo diría que no ha comido nada en todo el día.

–O puede que no sea más que un tipo raro, un loco, como hay tantos en las grandes ciudades. Tal vez tenga un arma oculta bajo el abrigo mugriento y esté esperando a que alguien le dirija la palabra para emprenderla a tiros.

–¡Ya! O quizá esté esperando el autobús de su vida. ¿Cómo es esa frase tuya?

–La vida es ese autobús que pasa mientras tú esperas otro que quizá no pase nunca.

–¡Eso!

–Eso no tiene nada que ver con el caso.

–Vayamos a ver, por favor –suplica Nadia.

–Está bien –accede Samuel, finalmente–, pero deja que hable yo.

–Como quieras.

Samuel y Nadia se miran con complicidad antes de emprender la pequeña aventura. Primero compran un bocadillo (el más barato) y luego, cogidos de la mano, salen de la cafetería y cruzan el paso de peatones hasta situarse justo delante del extraño personaje de la parada. Ahora que lo ven de cerca no les cabe ya la menor duda de que se trata de un indigente: incluso empieza a oler un poco mal. Samuel le pregunta algo, pero el extraño no responde.

–¿Ves?, pasa de nosotros –añade en voz baja, dirigiéndose a su mujer–. Será mejor que no le molestemos más, nunca se sabe cómo puede reaccionar este tipo de gente.

Dos señoras mayores, que aguardan de pie a cierta distancia, miran a la pareja con recelo. Parecen sorprendidas por el espontáneo interés que demuestran por aquel desconocido maloliente y de aspecto tan desagradable. En ese momento Nadia comienza a abrigar una terrible sospecha, pero por un inopinado sentimiento de temor no se atreve a tocar al misterioso individuo. Decide, entonces, agitar la mano muy cerca de su mirada ausente.

El extraño ni siquiera pestañea.

Miguel Bravo Vadillo nace en Badajoz en 1971. Es colaborador habitual de la revista cinematográfica Versión Original, editada por la Fundación ReBross de Cáceres. En los últimos años ha publicado poemas y cuentos en la colección El vuelo de la palabra, editada por el ayuntamiento de Badajoz. Fue uno de los autores seleccionados para la 4ª entrega de “3X3 Colección de poesía”, que dirige Antonio Gómez y publica la Editora Regional de Extremadura. En 2013 Ediciones Vitruvio ha publicado su poemario Destellos.

Blog personal.

Microrrelato de Miguel Bravo Vadillo: El muro

“Una habitación propia”, de Virginia Woolf, en Grandes Libros, por Miguel Bravo Vadillo.

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