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Cuento breve recomendado: “La estepa rusa”, de José Jiménez Lozano

cuentos breves, jiménez lozano
José Jiménez Lozano

LA ESTEPA RUSA

José Jiménez Lozano (España, 1939)

Cuando yo fui monaguillo, anduve un día por la estepa rusa; aunque yo la estepa rusa sólo la he visto en una lámina de la enciclopedia de la escuela y en un libro muy grande de estampas que había allí, y, otra vez, en un cine que pusieron: una gran extensión de tierra, blanca y dura por la helada, y como con cristalillos incrustados; o como una sábana inmensa, cuando estaba nevada, que no se acababa nunca, y, no se veían nada más que de vez en cuando unos árboles y un pueblo, o una iglesia con las torres redondas.

Y así, también era, cuando íbamos aquel cura, don Agustín, y nosotros Alipio y yo, que éramos los monaguillos y le acompañábamos, nosotros montados en la burra, y a pie don Agustín, y todo estaba blanco de la escarcha, como si hubiera nevado o más; y aunque sólo eran dos kilómetros hasta el otro pueblo, parecía una estepa, y era muy bonito; que sólo cuando estábamos ya encima vimos el humo de alguna chimenea, y nos parecía el pueblo blanco un barco, o como el chorro de una ballena blanca dijo Alipio, a ver si don Agustín nos contaba lo de la ballena de Jonás que tanto nos gustaba. Pero don Agustín no hablaba. Íbamos a enterrar a un hombre pobre, que era muy joven y se había caído de un andamio, y cuando ya llegó el médico estaba agonizando, que no se podía haber salvado, dijo. Y su mujer no quería enterrarlo, porque no se quería separar de aquel cuerpo. Se había casado en Noviembre, y ese día de los Santos Inocentes ya estaba allí muerto.

Habían sido los vecinos los que habían avisado a don Agustín a nuestro pueblo, porque el otro pueblo era sólo una alquería con seis o siete casas, y fuimos también nosotros porque allí los chicos eran todavía muy pequeños y no podían hacer de monaguillos. Pero cuando llegamos, comenzó a gritar como una loca, y luego ya, a llorar muy despacio que es lo que te da más tristeza, y tuvieron que sujetarla unos hombres mientras don Agustín comenzó a cantar las cosas tan tristes del entierro, y nosotros contestábamos.


El ataúd iba en un carro, porque no había más hombres para llevarlo, y así fuimos hasta el camposanto que estaba todo blanco también, como en el libro de estampas de la escuela donde se veía también una tumba, sólo que allí junto a unos árboles que la cobijaban, y aquí era como un cuchitril con yerbajos y diez o doce cruces viejas. Así que ya lo enterramos al hombre pobre, y nos volvimos: nosotros otra vez en la burra y a pie don Agustín, como a la ida. Y, como ya estaba casi anocheciendo, se parecía que íbamos por la estepa rusa, y era muy bonito. Pero que si era verdad, don Agustín, decía Alipio y le decía yo que le preguntase, que a Jonás se lo había tragado una ballena, y, luego, lo había devuelto sano y salvo. Pero don Agustín no hablaba. Y, entonces, le decía yo a Alipio que le preguntase si era verdad, don Agustín, que la burra de Balaán vio una vez un ángel. Pero don Agustín no hablaba: y sólo ya, cuando estábamos llegando al pueblo de vuelta, aunque todavía parecía muy lejos, dijo de repente don Agustín: “¡Pobrecilla mujer! ¿no?”, y ya nos callamos también nosotros, arropándonos bien con la manta y continuamos andando; todavía mucho tiempo, nos pareció a nosotros.

Los grandes relatos, Barcelona, Anthropos, 1991, págs. 98-100

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