Cuento breve recomendado: “La muerte de Odjigh”, de Marcel Schwob

Marcel Schowb, muerte de odjigh

“La escritura de Schwob, lejos de los decadentistas y simbolistas que predominaban en su época, denota un talento especial para conjugar la invención y la fábula. Es una escritura fluida y envolvente, elegantemente erudita, sorpresiva e inquietante, y cuya arquitectura narrativa está perfectamente aquilatada. Pero lo más destacable de Schwob, como testimonia Paul Léautaud en sus Diarios, era su curiosidad incesante: leyendo enfebrecidamente, queriendo conocer —sin método ni disciplina— toda novedad de sus coetáneos, analizando y “deconstruyendo”, sin ánimo de competencia o descrédito, las formas y filiaciones de sus lecturas. Sus amigos (Renard, Remy de Gourmont, Valéry, Colette, Claudel, Anatole France, Oscar Wilde, Stevenson…) le consideraban una biblioteca andante. Esa inteligencia se complementaba con su simpatía y bonhomía; virtudes que explican la cantidad y calidad de sus amistades. Cuando su vida se apagó en su apartamento de la calle Saint-Louis-en-l’Ile, a todos los que tuvieron la fortuna de tratarle se les enlutó el alma”.
Alberto Hernando
 
LA MUERTE DE ODJIGH
Marcel Schwob (Francia, 1867-1905)

En aquellos tiempos, el género humano parecía estar a punto de extinguirse. La órbita solar tenía la frialdad de la luna. Un invierno eterno resquebrajaba el suelo. Las montañas que habían surgido, vomitando hacia el cielo las entrañas llameantes de la tierra, se habían vuelto grises por la lava helada. Las comarcas estaban surcadas por ranuras paralelas o en forma de estrella; las grietas prodigiosas, abiertas de repente, destrozaban lo que había encima, engulléndolo, y se veía dirigirse hacia ellas, resbalando lentamente, largas filas de bloques erráticos. El aire oscuro estaba salpicado de agujillas transparentes; una blancura siniestra cubría los campos; la universal radiación plateada parecía esterilizar el mundo.

Ya no quedaba vegetación, salvo algunos restos de líquenes pálidos sobre las rocas. La osamenta del mundo se había separado de la carne, hecha de tierra, y las llanuras se extendían como esqueletos. Y, atacando la muerte invernal primero a la vida inferior, los peces y los animales marinos habían desaparecido, prisioneros en el hielo, y después los insectos que bullían sobre las plantas trepadoras, y los animales que acarreaban a sus crías en las bolsas del vientre, y los seres semivoladores que habían frecuentado las grandes selvas; tan lejos como la vista alcanzaba no quedaban ya árboles ni hierbas, y no se encontraba nada vivo salvo lo que quedara en cavernas, grutas o cuevas.

De este modo, entre los hijos de los hombres dos razas se habían extinguido ya: los que habían vivido en nidos hechos de liana, en la copa de grandes árboles, y los que se habían retirado al centro de los lagos en casas flotantes; las selvas, bosques, montes y matorrales cubrían el brillante suelo, y la superficie de las aguas estaba dura y reluciente como la piedra pulida.

Los Cazadores de Fieras, que conocían el fuego, los Trogloditas que sabían hollar la tierra hasta llegar a su calor interno, y los Comedores de Pescado, que se habían aprovisionado de aceite marino en sus agujeros de hielo, todavía resistían el invierno. Pero las fieras escaseaban, atrapados por el hielo tan pronto como el hocico llegaba a ras de suelo, y la madera para hacer fuego estaba a punto de agotarse, y el aceite estaba sólido como una piedra amarilla coronada de blanco.

Sin embargo, un matador de lobos llamado Odjigh, que vivía en una gruta profunda y poseía un hacha de jade verde, enorme, pesada y temible, tuvo compasión de los seres animados. Cuando estaba al borde del gran mar interior cuyo extremo se extiende al este de Minnesota, dirigió su mirada hacia las regiones septentrionales en donde el frío parecía amontonarse. En lo más profundo de su gruta helada tomó la pipa sagrada, vaciada en piedra blanca, la llenó de hierbas aromáticas cuyo humo se eleva en círculos, y sopló el incienso divino en el aire. Los círculos subieron hacia el cielo y la espiral gris se inclinó hacia el norte.

Hacia el norte se encaminó Odjigh, el matador de lobos. Cubrió su cara con una piel de ratón forrada y llena de agujeros cuya cola se balanceaba como un penacho por encima de su cabeza, ató alrededor de su cintura, con un cordón de cuero, una bolsa llena de carne seca hecha picadillo y mezclada con grasa y, moviendo el hacha de jade verde, se dirigió hacia las espesas nubes del horizonte.

Conforme pasaba, la vida se iba apagando. Los ríos se habían callado hacía ya mucho tiempo. El aire opaco sólo traía sonidos asfixiados. Las moles heladas, azules, blancas y verdes, radiantes por la escarcha, parecían los pilares de una carretera monumental.

Odjigh extrañaba de corazón el bullir de los peces nacarados entre las mallas de las redes de hilo, y el nadar serpentino de las anguilas marinas, y el caminar pesado de las tortugas, y la carrera ladeada de los gigantescos cangrejos de ojos bizcos, y los vivos bostezos de los animales terrestres: criaturas provistas de un pico plano y de garras, criaturas vestidas de escamas, criaturas moteadas de diversas maneras que alegraban la vista, criaturas amantes de sus crías, que daban saltos ágiles o hacían giros extraños o vuelos peligrosos. Y, por encima de todos los animales, echaba de menos a los lobos feroces, sus pieles grises y sus aullidos familiares, acostumbrado como había estado a cazarlos con el mazo y el hacha de piedra en las noches brumosas, bajo la luz roja de la luna.

En ese momento apareció a su izquierda un animal de madriguera que vive en lo más profundo del suelo y que se resiste a ser sacado de su agujero: un tejón flaco de pelo erizado. Odjigh lo vio y se alegró, sin pensar siquiera en matarlo. El tejón se acercó a él, manteniendo la distancia. Después, a la derecha de Odjigh, salió de repente de un pasadizo helado un pobre lince de ojos insondables. Miraba a Odjigh de lado, temerosamente, y reptaba con inquietud. Pero el matador de lobos también se alegró y siguió caminando entre el tejón y el lince.

Mientras avanzaba con la bolsa de carne dándole en el costado, Odjigh oyó tras de sí un débil aullido de hambre. Volviéndose como tras haber oído una voz familiar, vio un lobo escuálido que lo seguía tristemente. Odjigh se compadeció de todos aquéllos a los que había partido el cráneo. El lobo tenía la humeante lengua fuera y los ojos enrojecidos.

El matador continuó su camino junto con sus compañeros animales: el tejón subterráneo a la izquierda, el lince que lo ve todo sobre la tierra a su derecha, y el lobo de vientre hambriento detrás.

Llegaron al centro del mar interior que sólo se distingue del continente por el vasto color verde del hielo. Allí Odijgh, el matador de lobos, se sentó sobre un témpano y colocó frente a sí la pipa de piedra. Y puso también delante de cada uno de sus compañeros vivos un pedazo de hielo, parecido a los incensarios en los que se alimenta el humo, que cortó con el pico del hacha. Rellenó las cuatro pipas con hierbas aromáticas y después chocó una contra otra las piedras que crean el fuego; las hierbas se prendieron, y cuatro finas columnas de humo ascendieron hacia el cielo.

La espiral gris que se elevaba ante el tejón se inclinó hacia el oeste, la que se elevaba frente al lince se curvó hacia el este y la que se elevaba ante el lobo hizo un arco hacia el sur. Mas la espiral gris de la pipa de Odjigh ascendió hacia el norte.

El matador de lobos volvió a ponerse en camino, y, mirando a su izquierda, se entristeció: el tejón que ve bajo la tierra se perdía hacia el oeste; mirando hacia la derecha, echó de menos al lince que lo ve todo sobre la tierra y que huía hacia el este. Pensaba en efecto que ambos compañeros animales eran prudentes y avezados, cada uno en el ámbito que se le había asignado.

No obstante, siguió caminando, intrépido, llevando tras de sí al lobo famélico de ojos enrojecidos por el que sentía lástima.

La masa de nubes frías situada al norte parecía tocar el cielo. El invierno se encrudecía aún más. Los pies de Odjigh sangraban, cortados por el hielo, y su sangre se helaba en costas negras. Pero él avanzaba durante horas, días, semanas sin duda, puede que meses, chupando un poco de carne seca, echando los despojos a su compañero el lobo, que le seguía.

Odjigh caminaba con una esperanza confusa. Se compadecía del mundo de los hombres, de los animales y de las plantas que perecían, y se sentía fuerte para luchar contra la causa del frío.

Al final, su camino fue interrumpido por una inmensa barrera de hielo que cerraba la cúpula sombría del cielo como una cadena de montañas de cima invisible. Los grandes témpanos sumergidos en la capa sólida del océano eran de un verde límpido; luego se enturbiaban al amontonarse y, a medida que se elevaban, parecían de un azul opaco parecido al color del cielo en los hermosos días de antaño, pues estaban hechos de agua dulce y nieve.

Odjigh agarró su hacha de jade verde y talló escalones en las escarpaduras. Así fue subiendo lentamente hasta una altura prodigiosa, donde le parecía que su cabeza estaba envuelta en nubes y que la tierra había huido. Y sobre el escalón, justo por debajo de él, estaba sentado el lobo, que aguardaba confiado.

Cuando creyó haber llegado a la cima, vio que estaba formada por una muralla azul vertical, brillante, y que no se podía continuar. Pero miró tras de sí y vio al animal vivo y hambriento. La piedad por el mundo animado le dio fuerzas.

Hundió el hacha de jade en la muralla azul y cavó en el hielo. Las esquirlas volaban a su alrededor, multicolores. Cavó durante horas y horas. Los miembros se le pusieron amarillos y arrugados del frío. La bolsa de la carne estaba marchita desde hacía mucho. Había masticado la hierba aromática de la pipa sagrada para engañar el hambre y, de pronto, infiel a los Poderes Superiores, tiró la pipa a las profundidades, junto con las dos piedras para hacer fuego.

Cavaba. Oyó un chirrido seco y gritó, porque sabía que el ruido venía de la hoja de su hacha de jade, que estaba a punto de rajarse por el frío excesivo. Entonces, como no tenía nada para calentarla, la alzó y la hundió rabiosamente en su muslo derecho. El hacha verde se tiñó de sangre tibia. Y Odjigh cavó de nuevo en la muralla azul. El lobo, sentado detrás de él, lamió gimiendo las gotas rojas que le llovían.Y de improviso la pulida muralla estalló. Surgió un inmenso hálito de calor, como si las estaciones cálidas se hubiesen acumulado al otro lado, en la barrera del cielo. La grieta aumentó y el fuerte soplo rodeó a Odjigh. Oyó el ruido de todos los brotes de la primavera y sintió llamear el verano. En la gran corriente que lo alzó le pareció que todas las estaciones volvían al mundo para salvar la vida general de la muerte en los hielos. La corriente arrastraba los rayos blancos del sol, y las lluvias tibias y las brisas que acarician y las nubes cargadas de fecundidad. Y en el aliento de la vida cálida las nubes negras se amontonaron y crearon el fuego.

Surgió un largo trazo de llamas con el estrépito del trueno, y la brillantísima línea le dio a Odjigh en el corazón como una espada roja. Cayó contra la muralla pulida, dando la espalda al mundo hacia el que las estaciones volvían en el río de la tempestad. El lobo hambriento, subiendo tímidamente, las patas apoyadas sobre sus hombros, se puso a roerle la nuca.

“La morte d’Odjigh”, en Le roi au masque d´or, 1892.Trad. Blanca Ballester

Comentario

En este relato de Schwob, aparecen todas las componentes de la literatura épica. Se desarrolla en un lugar y tiempo mítico-simbólicos, en los tiempos primigenios, durante una de las glaciaciones cuando hombres, animales y plantas están a punto de perecer en un invierno eterno, que el autor francés dibuja grandiosamente con poderosas descripciones apocalípticas. El héroe es Odjigh, el cazador, que, sintiéndose investido de una misión sagrada, emprende un largo y penoso viaje hacia el Norte, para liberar las fuerzas vitales del universo aprisionadas bajo los hielos glaciales. Como en toda aventura propia de una narración fantástica, tiene compañeros de viaje, que son, en este caso, tres animales simbólicos: un tejón o el esfuerzo, un lince o la visión en la distancia y un lobo, imagen de la muerte. El talismán, instrumento en que se concentran el poder y la fuerza sobrenatural, es el hacha de jade verde. El relato termina con la victoria del héroe al golpear hasta romper el muro de hielo, liberar el calor de las entrañas de la tierra y, de esta manera, devolver la vida al mundo y restablecer el curso de los tiempos. Pero, como siempre en toda acción trágica, la victoria no redunda en beneficio del propio héroe, porque Odjigh, el cazador, tras su titánico trabajo, muere en la cumbre de la montaña helada, traspasado su corazón por un rayo, como una espada roja, y el cuerpo del héroe sirve de alimento al lobo hambriento que lo había acompañado. Lo poético y lo fantástico se entrelazan en una narración simbólica en la que destacan el ritmo y la belleza de la prosa; y que revela de manera sorprendente la huella del pensamiento mítico en el imaginario del autor.

Miguel Díez R.

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