Libros y casquerías

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La Casquería, en el madrileño Mercado de San Fernando. Fuente de la imagen

“Mientras la multitudinaria Feria del Libro de Madrid prosigue su curso apoyada por la presencia de miles de lectores y cientos de autores dispuestos a estampar sus firmas al mejor postor, en otro barrio de la capital, Lavapiés, La Casquería trata de abrirse camino en estos tiempos tan difíciles. Ubicada en una antigua casquería –de ahí su nombre– del mercado de San Fernando, esta pequeña empresa comparte el mismo objetivo que el resto de los negocios del entorno: vender productos al peso”.

 

 

LIBROS Y CASQUERÍAS
 
Mientras la multitudinaria Feria del Libro de Madrid prosigue su curso apoyada por la presencia de miles de lectores y cientos de autores dispuestos a estampar sus firmas al mejor postor, en otro barrio de la capital, Lavapiés, La Casquería trata de abrirse camino en estos tiempos tan difíciles. Ubicada en una antigua casquería –de ahí su nombre– del mercado de San Fernando, esta pequeña empresa comparte el mismo objetivo que el resto de los negocios del entorno: vender productos al peso. La única diferencia es que estos jóvenes empresarios no venden carne, pescado, verduras o lácteos. Venden libros. Libros de segunda mano al peso. Un kilo de literatura, diez euros. El precio de los libros depende, pues, del pesaje que marque la báscula, no de su calidad literaria. Da igual si el autor es Truman Capote, Tolstói o Corín Tellado. Los promotores de La Casquería unifican los precios porque, según afirman, un libro puede interesar mucho a un lector y muy poco a otro.
Es curioso que yo haya leído la noticia sobre esta nueva librería al peso en el mismo diario donde, unas páginas antes o después, puede leerse igualmente una crónica sobre la Feria del Libro de Madrid, a la que se le pide una urgente renovación que ofrezca a los lectores actos literarios de mayor calidad.
La Feria del Libro y La Casquería venden lo mismo (libros) desde parámetros muy diferentes. Mientras los primeros pretenden establecer los cánones de lo que es el interés literario, los segundos apuestan por dejar esa decisión en manos del lector, algo que, bien mirado, viene sucediendo desde mucho antes de la imprenta de Gutenberg.
 

 

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