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Rolling Stones. Fuente de la imagen

 

“Cuando yo era joven y presuntamente decente, los Stones ya eran unos viejos indecentes dispuestos a desafiar las reglas de la gravedad. Y ahí siguen: en pie. Insumisos a los códigos de la moral y el sentido común, estos incombustibles rockeros nos han enviado durante medio siglo un mensaje perturbador: a veces los hábitos más peligrosos no te conducen a la tumba y al fracaso sino a la riqueza y el estrellato”.

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Francisco Rodríguez Criado

No consumas drogas, no bebas alcohol, no frecuentes la compañía de malas mujeres, no despilfarres, no grites, no le robes la novia a tu amigo y no te subas a los cocoteros. Esta letanía bienintencionada podría firmarla cualquier madre del planeta, incluida la mía. Los padres quieren el bienestar para sus hijos, no que disipen sus existencias en un continuo ejercicio de autodestrucción. Pero, ay, la vida es extraña. Conozco personas de conducta ejemplar (deporte, buena alimentación, trabajo, familia y hogar y un mes de vacaciones anual en la playa) que han acabado muy mal. Y conozco también a tipos que llevan siglos consumiendo drogas, bebiendo alcohol, compartiendo fluidos con malas mujeres, sin un trabajo decente, y que, cuando se tercia, se suben a un cocotero para darse de bruces en el suelo. Hablo de los Rolling Stones, que ahora cumplen cincuenta años sobre el escenario.

Cuando yo era joven y presuntamente decente, los Stones ya eran unos viejos indecentes dispuestos a desafiar las reglas de la gravedad. Y ahí siguen: en pie. Insumisos a los códigos de la moral y el sentido común, estos incombustibles rockeros nos han enviado durante medio siglo un mensaje perturbador: a veces los hábitos más peligrosos no te conducen a la tumba y al fracaso sino a la riqueza y el estrellato.  

Pero no tentemos al diablo. Nosotros somos frágilmente humanos, mientras que Jagger, Richards y compañía son extraterrestres. Cincuenta años en la carretera vienen a confirmar la sospecha de que, para bien o para mal, estos afortunados profesionales del exceso y del libertinaje siguen siendo envidiablemente inmortales.

  

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