Prólogo de “Oficios perdidos de Extremadura”

Oficios perdidos de Extremadura
Oficios perdidos de Extremadura (Editora Regional de Extremadura, 2013). Texto: Francisco Rodríguez Criado. Fotografías: Rosal Isabel Vázquez y José Antonio Fernández

Como os contaba días atrás, he publicado un nuevo libro: Oficios perdidos de Extremadura. Hoy os dejo el prólogo, por si fuera de vuestro interés.

PRÓLOGO

Inicio este prólogo con una confesión: nunca pensé que llegaría a escribir el libro que el lector tiene ahora en sus manos. No por falta de ganas sino de energías. No por falta de interés sino por vértigo al “proyecto en blanco”.


Trataré de explicarme.

Llevaba bastante tiempo coqueteando con la idea de escribir una semblanza sobre los artesanos del norte de Extremadura (Las Hurdes, La Sierra de Gata, El Jerte, El Valle del Ambroz…), zonas que yo había visitado en varias ocasiones sin más pretensión que disfrutar de su paisaje, su clima y sus gentes. Estas visitas casuales fueron calando en mí sutil y profundamente, tanto que un día decidí que había llegado el momento de sentarme a escribir algo sobre estos lugares que recibieron en su momento la atención y las visitas de ilustres como Miguel de Unamuno, Luis Buñuel, Mauricio Legendre, Alfonso XIII o Gregorio Marañón.

Pero antes de poner manos a la obra quería hacer un viaje por esas latitudes; así podría contactar con algunos artesanos y recabar información, anécdotas, vivencias con las que rellenar unas cuartillas. Mi idea era hacer un retrato literario-fotográfico de las profesiones artesanales que empiezan a estar peligrosamente en desuso, por no decir a punto de extinción. Tenía la pluma, tenía mi cámara fotográfica de aficionado, tenía la certeza de que el proyecto merecía la pena… Pero, entonces, ¿por qué me parecía tan difícil de llevar a cabo? ¿Por qué la satisfacción de haber concebido una idea atractiva no daba imperioso paso al desarrollo de esa idea?

Andando el tiempo, el deseo de escribir este libro se fue nublando con el presentimiento, cada vez mayor, de que todo se quedaría en nada. Sí, iba a ser uno más de mis sueños incumplidos, como recorrer Estados Unidos de costa a costa por la Ruta 66 o visitar las pirámides de Egipto. Y en sueño incumplido se hubiera quedado todo, una vez más, si la casualidad, o el destino si se prefiere, no hubiera puesto en mi camino a los fotógrafos Rosa Isabel Vázquez y José Antonio Fernández, responsables de la academia Imagenat, a quienes conocí en uno de los cursos intensivos de fotografía de naturaleza que imparten cada cierto tiempo en Los Barruecos (Cáceres).

Fue durante el transcurso de una conversación al aire libre, azarosa, cordial, en principio nada especial, oscura –no pretendo añadir elementos de ambientación literaria al prólogo, pero juro que se hizo de noche mientras fotografiábamos la puesta de sol y apenas distinguíamos nuestras caras–, cuando mencioné elogiosamente los paisajes del norte de Extremadura, circunstancia que aproveché, en un probable intento de fustigarme inconscientemente por mi falta de determinación, para rescatar el ya atrincherado deseo de escribir un libro sobre los artesanos de la zona. Sí, querido lector, este libro.

A estos fotógrafos –a quienes entonces apenas conocía pero que con la excusa de este libro han acabado por convertirse en buenos amigos– les pareció una idea maravillosa, tanto que se apresuraron a decirme, hormigueados por la envidia, que, llegado el momento, no dudara en consultarles sobre la manera de tomar las fotografías.

–Podemos darte algunos trucos de técnica fotográfica que te vendrán bien.

Algo se iluminó en mí al escuchar sus palabras de ánimo. En cuestión de un segundo supe que no eran solo energías y trucos fotográficos lo que me faltaba. Lo que necesitaba era apoyo humano. O por decirlo de otra manera: necesitaba un buen par de fotógrafos, voluntariosos y decididos, que impidieran que este proyecto, como casi todos los míos, se acabara diluyendo por las cañerías de la indecisión.

–¿Y por qué no os encargáis vosotros de hacer las fotografías? –pregunté sin dudar.

–¿Nosotros?

–Si las hago yo nunca superarán el nivel de aficionado…

Rosa y Jose se miraron sonrientes.

–Nos encantaría.

Esas dos palabras le dieron un vuelco enorme al proyecto. Es más, diré, por no abandonar el tono confesional de estas páginas, que ahí fue cuando realmente nació el proyecto.

Los meses siguientes los dedicamos, asuntos propios aparte, a los preparativos, al principio de manera infructuosa. Rosa y Jose, afincados en Madrid, no conocían la zona, y  yo, aunque nacido en Cáceres capital, donde mantengo una vivienda a tan solo una hora y media del escenario natural que íbamos a retratar, no sabía bien cuál era la mejor forma de  empezar. Pregunté a varios amigos que mantenían una relación más estrecha que yo con el norte de Extremadura, quienes a su vez prometieron consultar a otros amigos. Pero el tiempo pasaba y no conseguíamos establecer contacto con ningún artesano. El asunto había vuelto a quedarse estancado. Bien mirado, solo había una diferencia respecto al status quo anterior: ahora éramos no una sino tres las personas a quienes se les estaba atragantando el proyecto.

Pero la vida es una novela donde tarde o temprano aparece un personaje determinante destinado a darle un giro a la historia. Ese personaje fue una amiga, María Carvajal. Como ocurrió con tantos amigos, nada más escuchar el resumen de nuestro objetivo, hizo la promesa de ayudarnos. Pero ella hizo más, mucho más. Durante al menos dos meses se amarró al teléfono y, tirando del hilo de Ariadna, consiguió hablar con personas que conocían a personas que conocían a personas que conocían a personas que conocían a artesanos de la zona… Yo leía, tan estupefacto como agradecido, los extensos y sacrificados correos electrónicos que María me escribía casi a diario. “Tengo un hombre que hace candiles en Villanueva de la Sierra. ¿Os interesa?”. “Tengo una ceramista en Moraleja”. “Tengo un campanero, y otro hombre que esculpe escudos de piedra en Gata…  Y tengo un hombre que hace sillas en Navaconcejo. ¿Podría valer?”. “Y además estoy pendiente de que me respondan de…”.

María siempre estaba pendiente de que alguien le respondiera desde los confines de tres puntos suspensivos. Cual maga en estado de gracia, consiguió sacar artesanos incluso  debajo de las piedras.

Luego todo fue más sencillo. Mar, mi mujer, empezó a estudiar las rutas, los emplazamientos, a buscar hoteles o casas rurales donde alojarnos; estudió incluso el parte meteorológico… Su apoyo logístico fue tan importante antes como durante la “expedición”.

Partimos a Navaconcejo, en el valle del Jerte, a mediados de julio, en plena ola de calor. Allí instalamos nuestra base, que al día siguiente, por comodidad, desplazamos a Pinofranqueado. Este acogedor pueblo de Las Hurdes iba a ser nuestro centro logístico.

No tendría sentido contar en este prólogo de manera detallada lo que he descrito –mitad documentación mitad ficción– en las páginas siguientes. Diré solo que, pese al calor y al cansancio, fue uno de los mejores viajes que he realizado nunca. El vigoroso cóctel de paisaje y paisanaje nos recompensó holgadamente el esfuerzo. Dando la razón al poeta  Kavafis,  fue tan importante (o más) el viaje que el destino. Y así es como en el norte de Extremadura encontré el oeste americano de la Ruta 66 y las pirámides de Egipto.

En esos viajes conocimos a más de veinte artesanos que nos abrieron amablemente las puertas de sus casas o de sus talleres, con fraternidad, con simpatía, como si nos conocieran de toda la vida… pese a que algunos de ellos –los que no habían sido  contactados por María– nada sabían de nosotros más allá de que éramos cuatro foráneos que cargados de cámaras, sistemas de iluminación, un bloc de notas y bolígrafo en mano (y, todo hay que decirlo, mucho atrevimiento) nos habíamos echado al monte para pedirles que nos hablaran de sus oficios, de sus vidas y, sobre todo, que nos permitieran observar en directo el trabajo de sus manos artesanales. Queríamos ser testigos, aunque solo fuera durante el transcurso de unas horas, de la obstinada querencia de estos hombres y mujeres a seguir realizando oficios tradicionales a la antigua usanza, esos a los que la modernidad viene condenando año tras año a la extinción.

A estos hombres y mujeres que nos acogieron no como a forasteros sino como a buenos convecinos quisiéramos dedicarles este libro, que es también un homenaje a la vida sencilla y natural que llevan los habitantes del norte de Extremadura y que tanto me recuerda a la de mi infancia. Esa vida sencilla que por el bien de la felicidad colectiva no debería desaparecer nunca.

Madrid, 2010

F.R.C.

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