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Luis Cernuda, la Generación del 27 y el cine

Luis Cernuda y el cine
Luis Cernuda en la Alameda de Ronda, en 1934. Fuente de la imagen en internet

Tengo una perra joven que no sabe estar sola en casa, y cuando se ve en esa circunstancia no tarda en destrozar todo lo que está a su alcance, por lo general CDs de música y libros. Esta misma mañana me he ausentado de casa media hora y a mi regreso ya había participado en una de sus escaramuzas. Mientras recogía los restos del desastre, me he topado en el suelo con un libro que ha escapado con cierta suerte de las garras de la temible Betty: Luis Cernuda. Recuerdo cinematográfico, de Rafael Utrera Macías, publicado por Fundación El Monte (Sevilla, 2002).

Os ofrezco un texto de este libro que dista de ser conclusivo: es solo un fragmento del primer capítulo. La intención no es otra que rescatar la fascinación que algunos miembros de la Generación del 27 sentían por el cine y animar a los lectores a que lean este libro (u otros similares) si quieren documentarse sobre el tema.


LUIS CERNUDA

RECUERDO CINEMATOGRÁFICO

Campo de los modernos héroes: la pantalla

Luis Cernuda

La generación de Cernuda ante el cinematógrafo

Cernuda fue uno de los miembros de la Generación del 27 que se sintió cautivado por el mundo del celuloide. Los componentes de la llamada “generación del cine y los deportes” actuaron en unos casos como ávidos espectadores de una nueva forma estética y, en otros, manifestando la influencia de esas imágenes en algún lugar de sus escritos. Una diferente capacidad perceptiva respecto a los escritores precedentes, permitió a estos jóvenes literatos convertirse, por medio de sus poemas o ensayos, en cantores de las nuevas técnicas, mudas o sonoras, y del mágico mundo que las generaba.

La admiración para con el cinema corría pareja con el culto a la música de jazz, a la velocidad desarrollada por el automóvil, a la novedad de los deportes populares o elitistas, a la modernas teorías suscitadas por el psicoanálisis. Cada uno de estos aspectos, y otros semejantes, se convirtieron en rasgos distintivos de la “modernidad” y fueron aireados al final de los años veinte en variadas publicaciones, desde las madrileñas Revista de Occidente y La Gaceta Literaria, a las andaluzas Papel de Aleluyas y Mediodía.

De entre los escritores contemporáneos, Alberti pedía respeto por haber nacido con el cine mientras que para Jarnés y Ayala era el mejor regalo de los dioses y el genuino arte coetáneo; Arconada lo enjuiciaba como verdadera expresión de lo moderno y Vela se sentía en la butaca del cine como si estuviera a lomos del Clavileño cervantino; para Cernuda, la pantalla era el campo de los modernos héroes.

El cinematógrafo, como novedoso referente, fue acogido con entusiasmo por los literatos: los factores esenciales del lenguaje fílmico, las posibilidades espacio-temporales creadas por el montaje, el contraste entre la ficción y realidad, la película fascinante y su fantástico protagonista, la eximia actriz de turbadora belleza, el personaje audaz, elegante, sensible, cómico, fueron algunos de los elementos fecundantes del ensayo, del poema, de la prosa; a su vez, esta nueva literatura dejará sentir su influencia sobre el cinema tanto en la plástica de su ya madura expresión muda como en la todavía inexperta sonora.

Cernuda, espectador

Como tantos jóvenes literatos de la época, Luis Cernuda se sintió fascinado por el mundo de la pantalla y, más o menos ocasionalmente, dejó su huella cinematográfica en algunos de sus escritos cuando no en cierta correspondencia con sus amigos: tal es el caso del epistolario dirigido a Higinio Capote.

El espectador Cernuda fue especialmente sensible a la cinematografía de los últimos años del Mudo (1926-1929) y a los primeros del Sonoro (1929-1932); actores y personajes, películas y locales, situaciones y argumentos citados por él, se sitúan en arcos temporales que cierran el genuino periodo saliente y abren el discutido, por entonces, nuevo periodo audiovisual.

El adolescente alumno de los Escolapios, luego joven universitario hispalense, debió frecuentar desde niño los cines sevillanos; las salas cinematográficas (cercanas a sus domicilios de Acetres, primero, y Jáuregui o Aire, después), Pathé, Imperial, Duque, San Fernando, Llórens, Cervantes, entre otras, acogieron los estrenos de películas norteamericanas proyectadas en su ciudad natal en la década de los años veinte; estos films, La viuda alegre, Monseiur Beaucaire, El pirata negro, El gran desfile, El peregrino, El ladrón de Bagdad, Ben-Hur, Amanecer, le permitieron establecer sus primeras citas cinéfilas. Tal tipo de cine gozaba de sus preferencias porque era el mejor portador de unos valores existentes en Estados Unidos, país donde la vida se acercaba “al ideal juevenil, sonriente y atélico”, según sus propias palabras (Prosa: 910).

En etapas posteriores, alejado ya de Sevilla, serán los locales cinematográficos los que merezcan su recuerdo; en Madrid frecuentó el Callao y el Palacio de la Música, céntricos, el Goya y el Royalty, confortables; por el contrario, en la ciudad francesa de Toulouse los encontró “detestables” y con un punto añadido de chauvinismo en su programación.

Dos años antes de que el sonoro llegara al sevillano Cine Lloréns, Cernuda lo conoció en París, concretamente en el Madeleine Cinema, allá por noviembre de 1928, oyendo y viendo Sombras blancas en los mares del sur, una película inicialmente muda a la que la productora “Metro”, mediante el sistema “Movietone”, incorporó la palabra (“Civilización”) y oportunos efectos sonoros para denunciar, como un anticipo del cine ecologista, la degradación de la cultura polinesia a manos del hombre blanco.

De sus estancias posteriores, madrileña, londinense, norteamericana, mejicana, no parece haber constancia, hoy por hoy, de cómo el cine le siguió interesando, afectando, impactando, ni si los nuevos héroes de la pantalla, actores y personajes, mantenían para él su interés basado en la peculiar fotogenia, el mismísimo glamour, la consumada elegancia, de los cineastas del periodo silente. El cine le ofreció siempre materia sobrada para hilar un discurso donde tales referentes se transformaban en recurso poético (y, en efecto, así se hará con los poemas que citaremos posteriormente) pero Cernuda, en esto, como en tantas otras cosas, se mostró económico y reservado.

Rafael Utrera Macías, Luis Cernuda. Recuerdo cinematográfico, Fundación El Monte, Sevilla, 2002, páginas 7-10.

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